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Maniobras de distracción

Más allá del Negrón/ La pandemia mata a 12,000 personas en un mes y las calles se incendian… por unas canciones de rap

Juan Carlos Laviana

Los últimos días han sido pródigos en titulares estremecedores. Sobre la pandemia, hemos podido leer que, sólo en las cuatro semanas que van del 15 de enero al 16 de febrero, el coronavirus ha matado en España a 12.665 personas. Esta escalofriante cifra es superior a la de los fallecidos durante el pasado mes de marzo, en el momento más crítico.

En cuanto a asuntos pecuniarios, pero igualmente acuciantes, hemos tenido conocimiento de que la economía española se contrajo el último año un 11 por ciento, lo que supone el mayor desplome desde la Guerra Civil. También se nos ha informado de que la deuda pública de España alcanzaba proporciones equivalentes a la deuda contraída tras la pérdida de Cuba en 1898, otra de la fechas negras de nuestra historia. Y no parece que vaya a corregirse, dado que la tasa de desempleo se ha disparado de tal manera que nunca antes el Estado había tenido que gastar tanto en pagar subvenciones, ya sean a los parados o a los afectados por los ERTE,

Pero aún hay más datos indicativos del drama que sufrimos. “Desde la Guerra Civil España no perdía tanta esperanza de vida”. Y un último titular: “Las secuelas ‘invisibles’ de la pandemia podrían seguir dañando a la salud y la economía durante ‘décadas’. Décadas. Y nosotros pensando en desescalar. A ver si para Semana Santa, o si para el puente de mayo o si, como tarde, para el verano. Resulta comprensible que muchos quieran mirar para otro lado. Es humano.

Quienes no debieran mirar para otro lado son los que tienen en sus manos el destino del país. En la semana que conocíamos estas alarmantes noticias, ¿han oído alguna reacción al respecto de un político? ¿Alguno ha propuesto una medida para modificar la tendencia de esas implacables cifras? ¿O alguno ha dicho que se va a estudiar el éxito de la estrategia en Asia y Oceanía? Si alguien lo ha hecho, yo no me he enterado.

El gran debate político de los últimos días no ha sido la pandemia y sus devastadores consecuencias. No. La preocupación de la mayoría de nuestros políticos nacionales y los grandes debates se ha centrado en asuntos bien distintos. Se ha discutido mucho sobre la “calidad” de nuestra democracia, Y mucho más aún sobre por qué se le daba diferente trato a una joven “fascista y socialista” convertida en estrella de las redes que al rapero Pablo Hasél.

La polémica acabó en la calle con violentísimos altercados en gran parte del país. Es la España que cerró 2020 con un paro juvenil del 40 por ciento. La España en la que se caen dos aviones cada día (forma gráfica de hacerse a la idea del número de muertos por el virus). Pero lo que les preocupa a esos jóvenes antisistema,y a algunos políticos que los jalean desde el sistema, es la suerte de un rapero que incita al maltrato de la mujer, al odio y a la violencia.

¿Qué ha pasado aquí? ¿En qué momento perdimos la perspectiva de lo que es importante y lo que no? ¿Cómo es posible que hayamos distorsionado la realidad? ¿Cómo puede preocuparnos más una banalidad que una tragedia para la que se nos empiezan a acabar los referentes históricos?  

Los esfuerzos dedicados a esas fruslerías los restamos de la lucha contra la pandemia. El debate político debiera estar centrado en lo esencial. ¿Cómo avanza el proceso de vacunación? ¿Es el orden elegido el adecuado? ¿No debería haber un proceso centralizado en vez de dejarlo en manos de cada autonomía? ¿Qué pasará con los países del tercer mundo que no tienen recursos para pagarse la vacuna? ¿No deberíamos estar implantando ya el pasaporte –antes cartilla- de vacunación? Por no hablar del eterno debate sin resolver: ¿Relajación o confinamiento más duro?

Todas estas cuestiones y muchas más están pendientes de respuesta. Sin embargo en el orden del día de la mayoría de nuestros políticos no parecen tener prioridad. No hace falta pecar de conspiranoico para saber que en política las maniobras de distracción son práctica habitual. No hay más que ver la precipitada decisión de Pablo Casado de abandonar la sede de Génova para emboscar sus reveses. No sería de  extrañar que estuviéramos ante una nueva cortina de humo. ¿A quién beneficia poner la atención en el rapero Hasél y no en la gestión de la pandemia? A los ciudadanos, no.

(Artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 25 de febrero de 2021)

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Menem, el populista que quiso convertir el peronismo en liberalismo

Fue presidente de Argentina entre 1989 y 1999, década en la que privatizó grandes empresas y dinamitó el estado del bienestar

Juan Carlos Laviana 14 febrero, 2021 19:52

Pocos políticos han alcanzado la gloria de que el tiempo de su mandato se conozca por su nombre. Carlos Menem ostentaba el récord de permanencia en el poder de un presidente constitucional argentino: diez años. Años que van de 1989 a 1999, periodo que en Argentina se conoce como el «menemismo». Desgraciadamente, ese tiempo se recuerda como una época nefasta para el país, en la que el estado de bienestar fue dinamitado y la corrupción adquirió forma de gangsterismo. 

El joven Menem vio por primera vez al general Perón y a Evita en el año 1951 cuando viajó a Buenos Aires para disputar un trofeo de baloncesto universitario. Se quedó fascinado por aquellas personalidades arrolladoras y se convirtió de inmediato al justicialismo. Pero, como recuerda hoy un diario bonaerense, el joven Menem no sabía en ese momento que el destino le tenía guardado pasar a la historia como “el demoledor de la justicia social y la soberanía económica” que le había deslumbrado en su juventud. Consiguió, según el periódico Página 12, lo que ni siquiera las dictaduras más antiperonistas habían conseguido.

Cuando Menem llega al poder en 1989, se encuentra una Argentina asolada por una inflación sin precedentes. En contra de lo que sus votantes esperaban de él, adopta unas políticas ultraliberales. En poco tiempo, la tendencia inflacionista cambió de dirección, el producto nacional creció de forma ostensible y la renta per cápita de los argentinos alcanzó niveles desconocidos. En realidad, era un espejismo. Fue lo que los argentinos dieron en llamar “la gran fiesta de los ricos”

El nuevo presidente peronista había recurrido a una privatización devastadora de las grandes empresas del país para obtener réditos inmediatos. Aerolíneas, eléctricas, petroleras, comunicaciones, altos hornos, ferrocarriles… Todo, absolutamente todo, fue vendido a precios irrisorios. La otra cara de la moneda no tardó en dejarse ver. Las multinacionales que se habían hecho cargo de las grandes compañías estatales iniciaron una oleada de despidos masivos. Los contratos laborales cada vez eran más precarios. El paro se disparó, la asistencia social desapareció y la conflictividad social estalló en las calles.

Un obituario aparecido en la prensa argentina califica a Menem como “el hombre que nació para una cosa, pero hizo la opuesta”. Y así fue desde su nacimiento. La familia de Menem, en realidad se llamaba Menehem, pero el funcionario de aduanas simplificó el apellido. Era hijo de emigrantes sirios musulmanes suníes. Conservó la fe de sus padres durante sus años jóvenes hasta que las leyes argentinas le obligaron a convertirse al catolicismo para aspirar a la presidencia.

El destino le tenía guardado pasar a la historia como “el demoledor de la justicia social y la soberanía económica”

Se convirtió en cabecilla revolucionario de la muy combativa región de La Rioja. De líder local justicialista llegó a ser gobernador. Fue peronista sin Perón, cuando la mayoría de los militantes abandonó al líder, exiliado en España. Su fidelidad no le impidió granjearse a los enemigos del fundador del justicialismo. “Animal político, con la picardía y la astucia del zorro”, como fue descrito, siempre supo nadar entre dos aguas.

En 1964 decidió buscar sus raíces musulmanas y viajó a la ciudad siria de Yabrud, donde conoció a Zulema Yoma, que se convertiría en su esposa y sería la madre de sus hijos, Zulemita y Carlos Jr. Mujeriego confeso, logró convencer a todo el mundo de que esta vez sentaría la cabeza. 

Fue de los pocos elegidos en 1972 acompañó a Perón en el vuelo Madrid-Buenos Aires, el regreso ya poco triunfal de un líder en su ocaso. Estaba convencido de que él podía ser el sucesor. Su fidelidad le llevó incluso a alinearse con Isabelita en la guerra civil del partido por suceder al gran líder. 

El golpe militar lo llevó a la cárcel. Cuentan que los militares esperaban de él una feroz resistencia, pero los recibió con cortesía, saludó uno por uno a los captores y se dejó conducir a prisión. Transcurridos dos años, fue puesto en libertad bajo vigilancia en la casa de una familia de La Plata. El conquistador Menem se enamoró de la hija de la casa con la que tuvo un hijo que nunca reconoció. El pleito por la paternidad le siguió hasta 2003, cuando la madre que había llegado a ser diputada se suicidó.

Aprovechó su libertad vigilada para dar rienda suelta a otra de sus debilidades, codearse con la farándula. Fue entonces cuando se hizo amigo del boxeador Carlos Monzón y de algunas de las actrices más reputadas de la Argentina de entonces. Acabada la dictadura, viajó a España. Quería el beneplácito de Isabelita, pero esta ni siquiera le recibió. Según los analistas, fue una forma de transmitirle que Perón nunca había confiado en él.

La negativa de la heredera oficial del peronismo no le desanimó y lanzó su carrera hacia la Casa Rosada. En la presidencia, mantuvo sus actitudes extravagantes -no se limitaban a las patillas, la melena y el poncho de gaucho-, en forma declaraciones tan extemporáneas como cuando amenazó con bombardear Washington DC, si Estados Unidos atacaba a su amigo Gadafi.

Aprovechó su libertad vigilada para dar rienda suelta a otra de sus debilidades, codearse con la farándula

Se le acusó de haber financiado su campaña con dinero procedente de Siria y Libia. Pero traicionó a sus amigos árabes cuando decidió apoyar al presidente Bush y enviar barcos argentinos a la primera guerra del Golfo.

Algunos analistas llegaron a relacionar esa traición con el brutal atentado a la embajada israelí en Buenos Aires, en el que murieron 22 personas y varios centenares resultaron heridas. Y también atribuían el mismo motivo al accidente que costó la vida a su propio hijo cuando se estrelló el helicóptero en el que viajaba. 

Su esposa Zulema aseguró siempre que se había tratado de un atentado, del que Menem era el directo responsable por sus sucios negocios con sanguinarios dictadores. Tras la trágica muerte de su hijo, abandonó a su marido.

En el debe de Menem también se encuentra el indulto a los altos mandos de la dictadura, condenados por atrocidades contra la población civil. No sólo los perdonó, sino que además paralizó todos los intentos de nuevas investigaciones.

Menem, maestro de líderes populistas, consiguió mantener unidas las diferentes facciones del peronismo, pese a su manifiesta traición a los principios del justicialismo. Supo arreglárselas para convencer a los argentinos de que su entrega al neoliberalismo era lo que el país necesitaba. De hecho, consiguió ser elegido en 1995. 

Pero ya no pudo engañar mucho más tiempos a su país, hay quien se sostiene que llegó a casarse, ya en su vejez con una joven Miss y presentadora de televisión para ganarse el afecto popular. Tras ser apeado del poder en 1999, en 2003 intentó la reelección. Sin embargo, tuvo que retirarse al ver que una nueva figura emergente, Néstor Kirchner, estaba a punto de arrollarlo en la segunda vuelta. 

“Síganme, no los voy a defraudar”, “Argentina, levántate y anda” o “A los tibios los vomita Dios”, son frases utilizadas por Menem utilizadas en sus campañas y que dan idea de su carácter populista. Eso sí, hay que reconocerle que durante diez años logró engañar a los argentinos y que fue el único presidente democrático que lo hizo durante tanto tiempo.

Carlos Saúl Menem nació en Anillaco (Provincia de La Rioja, Argentina) el 2 de julio de 1930 y murió en Buenos Aires el 14 de febrero de 2021 a los 90 años. Casado y divorciado por dos veces, deja tres hijos.

(Artículo publicado en EL ESPAÑOL)

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Francisco Luzón, el banquero que supo sacar valor de la enfermedad

Juan Carlos Laviana 17 febrero, 2021 15:21

En España sabemos mucho más de la ELA desde que el banquero de éxito Francisco Luzón anunció en 2016 que tres años atrás había sido diagnosticado. Sabemos que la esperanza de vida es de unos cinco años, unos pocos más con cuidados especiales, como en su caso. Sabemos que el proceso de deterioro es vertiginoso. Y lo sabemos porque lo hemos visto en él paso a paso. Desde que su hija, camino de un partido de fútbol, notó que su padre hablaba raro hasta el día de su muerte, a la que llegó tras haber perdido la movilidad, el habla y hasta la respiración.

Fueron necesarios tres años de peregrinaje por los hospitales más prestigiosos de todo el mundo para encontrar un diagnóstico. Y otro año y medio para asimilar la condena a una tortuosa y agónica enfermedad conducente a una muerte segura. A partir de ahí, todos sus esfuerzos se centraron en conseguir fondos para la investigación, para la búsqueda de una cura, para facilitar la vida a otros enfermos con menos recursos y en disfrutar cada día de la vida. Porque, según él, se puede disfrutar de la vida aún en esas circunstancias. “Dedico a pensar en la muerte cinco minutos al día, ni uno más”, respondía cuando le preguntaban por el seguro final. Su actitud ante la enfermedad hará que su nombre quede unido para siempre al de la ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica) y al valor para afrontarla.

Antes, el nombre de Francisco Luzón formaba parte de la reciente historia financiera de España. Hijo de una familia campesina, emigrada a Barakaldo, consiguió estudiar la carrera de Económicas con una beca. Empezó su vida profesional desde lo más bajo del escalafón en el Banco Vizcaya, Quince años después, ya participó de forma decisiva en la fusión con el Banco de Bilbao y en la creación del gigante BBV. El ministro Solchaga lo llamó para sustituir a Miguel Boyer al frente del Banco Exterior de España, banco público vinculado al PSOE. Y sería él quien liderara la exitosa fusión de varias entidades públicas hasta crear el conglomerado Argentaria.

Detonante de la enfermedad

Emilio Botín lo fichó como adjunto para, con él de mano derecha, modernizar el banco. Contribuyó a ampliar la entidad con múltiples fusiones y la implantó en toda Latinoamérica. Un viaje conjunto, colegas y amigos, que duró quince años. En 2013, un todavía muy joven Luzón sorprendió con una jubilación anticipada, que le supuso una indemnización bruta de 65 millones de euros. Luego contaría sus desencuentros con Botín, la “falta de palabra” del banquero cántabro, la “traición del amigo”, que aquella gran decepción acabaría por ser el detonante de su enfermedad.

En su libro El viaje es la recompensa (La Esfera de los libros), cuenta con detalle el desencuentro con su gran amigo, su cómplice y compañero. “CuandoEmilio Botín me llevó al límite en noviembre de 2011 y yo me negué a aceptar su propuesta para seguir siendo yo mismo -escribe-, se rompieron algunas de mis neuronas. Aquella mañana mi boca se quedó sin salivaAl levantarme de la silla, tras la dura conversación que mantuvimos cara a cara, me rompí. Ya no respiré igual. Allí empezó todo“.

La ELA da la cara

Luzón asumió que con la jubilación empezaba una nueva etapa. Tenía muchos motivos para disfrutar de la vida, Acababa de casarse en segundas nupcias con María José Arregui, una mujer de 58 años a la que había conocido como propietaria de la academia brasileña donde los empleados del banco recibían clases de portugués. Su actividad era frenética. Había dejado el banco, pero no de trabajar.

Seguía perteneciendo a numerosos consejos de administración, asesoraba a empresas, participaba en proyectos de formación de jóvenes directivos, incluso llegó a ser vicepresidente de la Biblioteca Nacional. Hasta que sólo 20 meses después de su jubilación, la ELA dio la cara y ofreció sus primeros síntomas.

En 2016 toma la decisión de hacer pública su enfermedad. Y al mismo tiempo, ayudado por su gran apoyo, su mujer María José, anuncia la creación de la Fundación Francisco Luzón, “el mayor reto transformador de mi vida, una fundación que ayude a encontrar una cura a esta terrible enfermedad, uniendo a todos los agentes que deben estar implicados en la misma”. Los cinco años que van desde ese momento hasta su muerte, dedicó todas sus fuerzas -muchas más de las que aparentaba- a luchar contra la enfermedad en privado, como paciente, y en público como gran activista.

No dejó de sonreír

El mal avanzó de forma vertiginosa. Tenía que comunicarse a través de una tableta en la que tecleaba con la mirada. Llegó un momento en que no podía mover ni un solo músculo, Dejó de respirar sin la ayuda del ventilador. Una grúa le movía entre la cama y el sofá. Pero no decae o al menos no lo deja traslucir. “Felizmente puede sonreír -declara su esposa en una entrevista en El País-. Lo hace y mantiene el brillo en sus ojos y la profundidad de su mirada. Y menos mal que sonríe y que sus ojos siguen vivos”.

Tanto Francisco como su mujer se dan cuenta de que, pese a todo, son unos privilegiados. “Lo que determina la supervivencia de alguien con esta enfermedad –explicaba María José- es la capacidad económica, es así de triste y así de duro (…) Nuestra situación económica permite que mi marido esté atendido por cuidadores y profesionales las 24 horas del día. No todos los enfermos de ELA disponen de estas capacidades”. Y ese va a ser el trabajo de la Fundación, que disponer de medios que suponen años de vida no dependa de la economía de cada uno. Y es que, como buen banquero, Luzón siempre defendió la importancia del dinero. “El dinero es como el estiércol: de nada sirve si no se esparce”, llegó a asegurar rememorando sus orígenes campesinos.

Amar y soñar

El banquero dijo que nunca se había planteado la eutanasia, pero que respetaba a los enfermos que optaban por esa salida. “Creo en Dios -manifestó en una entrevista-. Me parece que el cosmos y la vida sin él no tienen sentido. Cada mañana agradezco a Dios el nuevo día. (…) La vida es amor. No como, no hablo, no huelo, no me muevo, pero amo y sueño. Amaré la vida hasta el último segundo.

Probablemente sea el propio Francisco Luzón quien mejor se haya definido a sí mismo. Cuando recibió el premio León de EL ESPAÑOL en 2019, explicó que se consideraba una persona que había dedicado toda su vida la creación de valor, transformando la realidad y devolviendo a la sociedad parte de lo que le ha dado. Con su ejemplo y su Fundación la realidad, sin duda, es diferente.

Francisco Luzón López nació el 1 de enero de 1948 en El Cañavate (Cuenca) y murió el 17 de febrero de 2021 en Madrid a los 73 años. Estaba casado con María José Arregui. Deja tres hijos -Estíbaliz, Iratxe y Fran- y dos nietos.

(Artículo publicado en El Español)

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General Galindo, azote de ETA y jefe militar de los GAL

Gracias a él se desarticularon 278 comandos y fueron detenidos 1.700 terroristas, pero su carrera se vio enfangada por sus métodos

Juan Carlos Laviana 13 febrero, 2021 21:00

El exgeneral de la Guardia Civil, Enrique Rodríguez Galindo, ha fallecido este sábado a los 82 años de edad a causa de la Covid-19. Durante los quince años que estuvo al frente del cuartel de Intxaurrundo en San Sebastián Galindo fue el enemigo número uno ETA. Desde la primera línea de batalla de la lucha sin cuartel contra la banda terrorista, gracias a sus expeditivos métodos de vigilancia y de investigación, fueron desarticulados 278 comandos y detenidos 1.700 terroristas. Su efectividad le valió ascensos meteóricos en el escalafón de la Guardia Civil y un sinfín de condecoraciones que lucía orgulloso en su solapa.

Lo tenía todo para haber sido el gran héroe en la lucha contra el mayor enemigo de la democracia española. Pero su carrera y sus méritos se vieron no solo ensombrecidos, sino enfangados, cuando se airearon sus métodos poco ortodoxos. El general Galindo –para los etarras y sus seguidores, la encarnación del terror policial- asumió que el fin justificaba los medios.

Según se puede leer en la sentencia que recoge su condena, el suyo era «un caso de perversión de los medios en atención a los fines». Consideraba que cualquier atajo era válido para contener aquella sangría provocada por el terrorismo. Cien de sus hombres, cien guardias del fuerte que era Intxaurrundo, fueron asesinados por los terroristas. Una placa recuerda hoy sus nombres a la entrada del cuartel.

El “caso Lasa y Zabala” dejó al descubierto las torturas
que se practicaban en el cuartel de Intxaurrondo.

Intxaurrondo, la imponente fortaleza desde la que se dirigía la lucha antiterrorista, una ciudad dentro de una ciudad, que se autoabastecía, que acogía a cientos de jóvenes que llegaban de toda España para hacer frente a la gran amenaza, se convirtió en un auténtico símbolo para los habitantes de San Sebastián.

Para los guardias civiles novatos, instruidos en disimular su acento, en cómo relacionarse con los ciudadanos, en cómo explorar a todas horas los bajos del coche, era el único lugar en el que se sentían seguros. Para los donostiarras, en cambio, se convirtió en el objeto de todo tipo de habladurías sobre terribles torturas, crueldades inimaginables, en una especie de misterioso castillo kafkiano.

Lo que hasta entonces solo habían sido rumores se demostró verdadero cuando los periodistas del diario El Mundo, encabezados por Melchor Miralles, comenzaron a investigar y a dejar al descubierto la trama de los GAL. El llamado «caso Lasa y Zabala» fue el detonante que demostró lo que ocurría de puertas adentro en el cuartel.

La historia comienza en 1985 con el descubrimiento de unos restos humanos en la localidad de Busot (Alicante), muy lejos del País Vasco. Los huesos no pudieron ser identificados, dado su deterioro, hasta 1995, cuando se determinó que los correspondían a José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala, desaparecidos en 1983.

Víctimas de los GAL

Ellos fueron las primeras víctimas del terrorismo de Estado de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL). Se trataba de dos miembros muy jóvenes de ETA, con apenas 18 años. Habían sido secuestrados en Bayona (Francia) y trasladados al cuartel de Intxaurrondo por orden del entonces comandante Galindo. De ahí, desplazados al palacio Cumbre de San Sebastián, una señorial villa pública utilizada por la policía, donde serían cruelmente torturados.

Hasta tal punto estaban desfigurados los dos jóvenes, que se decidió hacerlos desaparecer. Galindo encargó la misión a dos guardias civiles, que los remataron y los enterraron en cal viva, de ahí la dificultad para su reconocimiento. 

El general fue condenado a 75 años de cárcel, de los que
sólo cumpliría cinco por motivos de salud.

Las investigaciones periodísticas demostraron que Galindo ejercía la máxima autoridad militar de lo que se dio en llamar «el gal verde», el brazo armado de toda una trama de políticos, que iba de gobernadores civiles, como Julen Elorriaga, a ministros del Interior, como José Barrionuevo, pasando por secretarios de Estado, como Rafael Vera.

El héroe Galindo pasó a ser un apestado cuando en 2000 fue condenado a 75 años de cárcel -por secuestro, torturas y asesinato-, de los que sólo cumpliría cinco. En septiembre de 2004, y tras serle varias veces denegada la concesión del tercer grado, la Dirección General de Instituciones Penitenciarias permitió a Galindo que cumpliera su condena fuera de la cárcel dada la grave enfermedad cardiovascular que padecía y su avanzada edad. También perdió su empleo y su grado.

Acababa así una carrera brillante, de un hijo del cuerpo que había dedicado su vida, desde los 18, años a la Guardia Civil. Que se había preocupado por estudiar en la Academia Militar de Zaragoza. Que se había presentado voluntario para destinos tan exóticos como la vieja colonia de Guinea. Y que un traslado como guardia de Tráfico le sirvió para conocer Guipúzcoa y el mundo en el que arraigaba el terrorismo. Esta experiencia cambiaría su vida para siempre. Se quedó fascinado por la labor que desempeñaban allí sus compañeros y decidió que aquel era su destino, que aquella era su lucha. 

Cúpula militar de ETA

Sus éxitos fueron notables. Además de los mencionados, a él se debe el mayor golpe atestado a la cúpula militar de ETA. Bajo su mando, y gracias a su obsesiva búsqueda de información, el 29 de marzo de 1992 caía en la localidad francesa de Bidart la hidra de múltiples cabezas en que se había convertido la cúpula de la serpiente terrorista, y que había sido bautizada oficialmente como «Colectivo Artapalo». 

Participó como intermediario en los intentos de
negociación con ETA de los gobiernos de Felipe
González.

Galindo era conocido por tratar de tú a tú a los dirigentes de ETA. Se vanagloriaba de conocerlos muy bien. Ese conocimiento le sirvió para participar en diferentes conversaciones mantenidas con los líderes de la banda por parte de los gobiernos socialistas en la década de los 80. Él facilitó contactos con mediadores en el propio País Vasco e incluso el diálogo directo en Andorra con el entonces cabecilla Domingo Iturbe Abasolo, Txomin,  

Al poco de conocerse la sentencia condenatoria en abril de 2000, sus compañeros de armas le agasajaron con una cena homenaje. Pero, en cuanto ingresó en prisión, los mandos de la Benemérita y sus camaradas de los GAL pronto se olvidaron de él y solo recibía las visitas de sus familiares y algunos amigos íntimos.

En la cárcel, según contaría la periodista Cristina López Schlichting en un reportaje en El Mundoentretenía su tiempo haciendo crucigramas y resolviendo desafíos psicológicos. Allí también completó sus conocimientos de informática y se dedicó a sus lecturas favoritas, best-sellers de Grisham o Follet, libros de Historia y algunos ensayos sobre ETA.

Su familia llegó a recoger cien mil firmas solicitando su indulto, pero fueron rechazadas. Incluso llevaron su caso al Tribunal de Estrasburgo. Pero el general nunca mostró el menor entusiasmo por los recursos judiciales. Asumió su destino en la cárcel Después de cinco años, repartidos entre una prisión militar y una civil, el fallecido José Luis Alonso, ministro del Interior, decidió indultarle en 2004, amparándose en la mala salud del ex general.

El general estaba convencido de que la crueldad de los
etarras justificaba usar sus misma armas.

Galindo y sus cómplices olvidaron, según puede leerse en la sentencia condenatoria, que el Estado debe defenderse del terrorismo, por supuesto, pero sólo «desde el respeto a los valores que defienden el Estado de Derecho». El general no opinaba o mismo, creía que la crueldad de los etarras justificaba usar sus mismas armas. De hecho, no llegó a mostrar el menor signo de arrepentimiento. «Asumo la condena como un servicio a mi país y a mi patria –afirmó-, nunca he hecho otra cosa».

Enrique Rodríguez Galindo nació en Granada el 5 de febrero de 1939 y murió el 13 de febrero de 2021 a los 82 años. Deja mujer, tres hijos y dos hijas.

(Artículo publicado en EL ESPAÑOL)

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Necesitamos unas negritas

Más allá del Negrón/ Documentales sobre Umbral y Leguineche recuerdan que el periodismo precisa reinventarse continuamente

Juan Carlos Laviana

Fotograma del documental Anatomía de un dandy.

Fotograma del documental Anatomía de un dandy.

Por azares del destino, coinciden los estrenos de sendos documentales sobre Francisco Umbral (Filmin y unos pocos cines) y sobre Manuel Leguineche  (TVE).  Si añadimos el aún fresco centenario de Miguel Delibes, padre periodístico de los dos anteriores, tendremos el trío completo de los mejores periodistas, cada uno en su especialidad, de la segunda mitad del siglo XX.

La coincidencia provoca, de forma inevitable, una reflexión sobre un periodismo, el actual, en crisis crónica y muy necesitado de ideas. De las historias de los colosos tenemos mucho que aprender. No es solo nostalgia. No es que ellos tuvieran la fortuna de ejercer en la edad dorada del periodismo.  O del “periodismo del pelotazo”, como lo han bautizado con menos delicadeza una nueva generación empeñada en demostrar cada día que el periodismo nació con ellos.

Umbral, Leguineche y Delibes no lo tuvieron fácil ni nadaron en la abundancia. En absoluto. Vivieron bajo una asfixiante dictadura que controlaba la mayoría de los medios, pelearon contra la censura inflexible, pasaron penalidades, pero, pese a todo, los  tres innovaron de forma decisiva el oficio que eligieron. Si nosotros nos enfrentamos a una traumática transición, ellos hicieron su propia transición, no menos traumática,  de un periodismo bajo la bota a un periodismo libre.

En la película «Anatomía de un dandy», se oye a Umbral contar que cuando Juan Luis Cebrián le llamó para escribir en la última página de «El País», le pidió que se inventara algo nuevo. Y Umbral se inventó las negritas. En realidad, copió las versalitas de Alfonso Sánchez, gran cronista de sociedad y popular crítico de cine que recordarán los más viejos. El invento de las negritas de Umbral fue una revolución en el periodismo. Esa aparente fruslería tipográfica provocó que cientos de miles de personas compraran el periódico para ver a quién masacraba o glorificaba Umbral con sus negritas.

El hecho de que Umbral fuera un fanfarrón, un egoísta, un machista, un pesetero, un mal compañero, lo que usted quiera, no resta un ápice a su mérito.  Fue un genio literario que revolucionó el columnismo. Aún se le sigue imitando con escaso éxito, ya que su estilo era tan personal que copiarlo es poco menos que una misión imposible. Una oferta millonaria, unida al malestar que había creado en la redacción de «El País», facilitó el cambio de cabecera. El narcisista Umbral llegó a exigir al director que los artículos de Rosa Montero o Manuel Vicent –dos muy buenos amigos suyos- no aparecieran en la última página, que quería exclusivamente para él.

También se puede escuchar en la película a Umbral desvelando los detalles de su fichaje por parte de Pedro J. Ramírez, primero para «Diario 16» y luego para «El Mundo».  Umbral preguntó al director  por qué tenía que escribir  los siete días de la semana y no podía escribir  solo dos o tres. Y Ramírez le contestó, siempre según el imaginativo escritor, que resultaba imprescindible que escribiera a diario, porque sus columnas eran una droga que los lectores necesitaban todas las mañanas, y su obligación era dársela para que siguieran comprando masivamente el periódico.

El documental de Umbral –al igual que el de Leguineche- provoca un enorme desconsuelo al periodista de hoy. ¿Cómo hemos podido cambiar tanto? ¿En qué momento nos dejamos arrebatar nuestro papel esencial en la sociedad? ¿Cuándo  dejamos de suministrar a nuestros lectores la dosis de la medicina que les es imprescindible? Deberíamos preguntarnos cada día, como preguntó Cebrián a Umbral,  qué podemos inventarnos.  ¿Dónde están nuestras negritas, nuestras apasionadas crónicas de  guerra, nuestras sabias tribunas literarias de lo cotidiano? En suma,  ¿dónde están los Umbral, los Leguineche y los Delibes de hoy?  Probablemente aún sean muy jóvenes o no les hayamos dejado asomar la cabeza.  Hace cuarenta años, ni nos imaginábamos que unas simples negritas podían revolucionar un oficio.

(Artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 18 de febrero de 2021)

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Alberto Oliart, el ministro que combatió el golpismo y metió a España en la OTAN

Juan Carlos Laviana (Publicado el 13 febrero, 2021 a las 14:38 en EL ESPAÑOL)

En la larga trayectoria de Alberto Oliart, destaca su labor como ministro de Defensa de la UCD. Con más habilidad que firmeza se enfrentó a un Ejército aún anclado en el franquismo. Tras el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, el nuevo presidente Calvo-Sotelo le puso al frente del ministerio más comprometido en aquel momento, del que dependía el Ejército.

Lo primero que hizo Oliart, tras asumir el cargo en el que sucedió a Agustín Rodríguez-Sahagún, fue reunirse uno por uno con los capitanes generales, para que le dieran su versión de lo ocurrido el 23-F. Lo que oyó de boca de los mandos militares no fue muy alentador. A pesar del fracaso del golpe, la mayoría de ellos hubieran dado por buena la llamada solución Armada. Es decir, la de un gobierno provisional presidido por el general. No sólo eso, sino que, además, como relataría el propio Oliart años después, los mandos militares “buscaban limitar muchísimo las autonomías, los sindicatos, ilegalizar el PCE, (…) reponer la pena de muerte (…) y erradicar el desorden público en la calle”.

Ese era el Ejército con el que le tocaba lidiar. El juicio de Campamento, conocido así por celebrarse en unos barracones de esa zona de la Casa de Campo, sería la primera prueba de fuego en el pulso del nuevo ministro con los militares. Sólo un año después del golpe, los 33 implicados se sentaron en el banquillo. El clima era de máxima tensión. Los acusados provocaban continuos desórdenes y no paraban de protestar.

Por su parte, uno de los principales encausados, el general Milans del Bosch hacía lo que le venía en gana y llegó a abandonar la sala sin el permiso del tribunal. Incluso exigieron, y consiguieron, la expulsión de la sala de Pedro J. Ramírez, director entonces de Diario 16, por un reportaje que no fue de su gusto. Más que un juicio tenía el aspecto de una farsa.

Elevó las penas de los golpistas

El ministro se vio obligado a intervenir. En una medida valiente, decidió cambiar al presidente del tribunal militar. Se dijo entonces que las provocaciones de los golpistas habían llevado al magistrado un estado de ánimo que le impedía poner orden. El nuevo presidente consiguió detener los desmanes de los acusados que utilizaban el juicio para desprestigiar la democracia. En junio, el tribunal emitió una sentencia con penas benevolentes para los imputados.

Hasta tal punto que, por ejemplo, sólo condenó a 6 años de prisión al general Armada y a otros 11 acusados, a penas tan ínfimas que pudieron seguir en el Ejército. Oliart, recogiendo el malestar popular y enfrentándose a los mandos, ordenó a la Fiscalía que recurriera la sentencia. El recurso consiguió elevar considerablemente las penas. En el caso de Armada pasó de seis a 30 años.

En aquellos momentos, Oliart se vio en una situación muy comprometida. Recibió críticas desde todos los frentes. Por un lado, se le acusó de ser demasiado complaciente con los altos mandos militares. Por otro, de defender con uñas y dientes al Rey y de intentar proteger al Monarca de cualquier duda sobre su papel en el golpe. Incluso se le acusó de favorecer, a la hora de conceder, ascensos a los golpistas frente a aquellos militares que defendieron abiertamente el orden constitucional.

Hay un dato importante y muy significativo de su personalidad. Oliart consideraba, como otros muchos, que la democracia se encontraba en grave peligro en aquellos momentos. Fue el único ministro de Leopodo Calvo-Sotelo que estaba a favor, y luchó por ello, de un gobierno de coalición con todos los partidos, excluyendo al PCE. Su intento fracasó, pero de haber triunfado, la historia reciente de España hubiera sido muy diferente.

Reformó el CESID

Una de las medidas más relevantes de Oliart fue la reorganización del CESID –hoy, CNI-, cuya eficacia y lealtad había quedado en entredicho al no detectar el golpe del 23-F. Nombró nuevo director al teniente coronel Emilio Alonso Manglano. El cambio de actitud del nuevo servicio de inteligencia quedaría de manifiesto sólo unos meses después.

La noche del 1 de octubre de 1982, Manglano se citó con el presidente Calvo-Sotelo, el ministro del Interior, Juan José Rosón, y el de Defensa, Alberto Oliart. En una reunión que se prolongó hasta la madrugada, el jefe de la Inteligencia fue detallando los pormenores de un golpe que estaba en marcha para el día 27 de este mes, víspera de las elecciones generales. Era el conocido como golpe de los coroneles.

Entre sus objetivos, se encontraba “neutralizar” al Rey y al presidente del Gobierno. Disponían de listas de personalidades relevantes, políticos, periodistas y militares contra los que se ordenaba actuar de forma “contundente”. Según los expertos, el golpe estaba preparado de una forma muy profesional y hubiera resultado enormemente sangriento.

Oliart y los reunidos, después de una larga discusión, decidieron detener a los cabecillas. La decisión no era fácil, porque eran conscientes de que ese nuevo intento de golpe iba a ser decisivo en el resultado electoral de una ya agónica UCD. En cualquier caso, el ministro decidió darle la menor publicidad posible a la desarticulación de la trama militar para evitar que las detenciones caldearan aún más el ya muy crispado ambiente preelectoral.

Entrada en la OTAN

Otro acontecimiento histórico en el que Alberto Oliart fue decisivo es el ingreso de España en la OTAN. Como ministro de Defensa, defendió en el Congreso la intención del gobierno de Calvo-Sotelo de solicitar la adhesión a la Alianza militar, asunto que se consideraba esencial para convertir un Ejército mayoritariamente golpista en uno moderno y profesional. La oposición había tomado el asunto como bandera contra el Gobierno, en el Parlamento y en la calle. Se exigía cuando menos un referéndum. Pese a la fuerte contestación, Oliart llevó a cabo todos los trámites para el ingreso en la organización militar.

El 10 de junio de 1982, asistió, junto a Calvo Sotelo y el ministro de exteriores, José Pedro Pérez-Llorca, a la cumbre de la OTAN en su cuartel general de Bruselas, donde se izó por primera vez la bandera española. “Allí empezó –explicaría Oliart tiempo después – el cambio definitivo de la mentalidad de la Fuerza Armadas españolas”.

Oliart también jugó un papel destacado, como diputado de UCD, en la negociación del Estatuto de Guernica con los nacionalistas vascos encabezados por Xabier Arzalluz. Fueron unas reuniones tensas, siempre a punto de romperse. A esa tensión contribuyó decisivamente un atentado en mitad de las conversaciones.

Un comando de ETA, del que formaba parte Arnaldo Otegi, hirió de gravedad al diputado centrista Gabriel Cisneros, al que intentaba secuestrar. Los terroristas siempre intentaban influir con las armas en las negociaciones que tenían que ver con el País Vasco.

Al frente de RTVE

Después de haber sido ministro de Industria y haber lidiado con la crisis del petróleo, de haber formado parte de la comisión que discutió los Pactos de la Moncloa, de comenzar la democratización del Ejército como ministro de Defensa, de ejercer de ministro de Sanidad, en 1982, tras la aplastante derrota de la UCD por el PSOE, abandonó la política.

Durante un tiempo estuvo dedicado a la escritura, y en especial a la poesía, a la que era muy aficionado. Llegó a ganar el Premio Comillas de Biografía por sus memorias Contra el olvido, en las que con una prosa brillante repasa su vida desde la niñez. Incluso volvió a su Extremadura natal para dedicarse a la cría de ganado.

Interrumpió su retiro público entre 2009 y 2011, tiempo en el que por acuerdo de PSOE y PP, presidió la Corporación de RTVE. A él se debe que TVE dejara de emitir publicidad y que, durante ese periodo, se convirtiera en líder de audiencia. Aunque, eso sí, recibió numerosas acusaciones por parte del PP de manipulación política de los informativos.

Fue acusado de corrupción al hacerse pública la firma de un contrato por parte de RTVE con la empresa de uno de sus hijos. Oliart presentó de inmediato la dimisión. Y más tarde se le llegó a calificar de víctima del 15-M, por el ambiente de vigilancia contra la corrupción que el movimiento de la Puerta del Sol había puesto en marcha.

***Alberto Carlos Oliart Saussol nació en Mérida en 1928 y murió en Madrid el 13 de febrero de 2021 a los 92 años. Estaba casado con Carmen de Torres Flores. Tuvo seis hijos, de los cuales dos murieron en accidente de tráfico. Su hija Isabel fue pareja del cantante Joaquín Sabina, con el que tuvo dos hijas.

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Memoria y pandemia

Más allá del Negrón/ Los expertos sostienen que, una vez conseguido que los pacientes respiren, el siguiente paso es enfrentarse a las secuelas neurológicas

Juan Carlos Laviana

La pandemia no deja de sorprendernos. Me cuenta un amigo que un editor de Madrid ha estado muy grave a causa del coronavirus.  Estamos tan acostumbrados a recibir la fatídica noticia que ha dejado de asombrarnos. Ya se ha convertido en algo rutinario, que no sorprende. Los más de tres millones de casos y 80.000 muertos en España nos tienen que tocar necesariamente cerca. Es una mera cuestión  de probabilidades. Todos estamos rodeados de infectados si es que no lo somos nosotros mismos.

Esa trágica rutina se altera con algo que sí que empieza a sorprendernos, y mucho: algunas secuelas que deja esta peste salvaje, aún por domesticar. El editor de Madrid ha estado muy grave, ha pasado días críticos. Afortunadamente, ya le han dado el alta, pero la enfermedad no deja de acompañarle. El mal le ha endosado secuelas físicas muy alarmantes, entre ellas una severa tromboflebitis.  Y, lo que resulta aún más perturbador, secuelas psíquicas: ha perdido la memoria. No toda la memoria, sino la de un tiempo muy preciso, muy concreto. El editor se ha olvidado de 2020. Sí, el año entero se ha borrado de su cerebro. Recuerda perfectamente lo ocurrido en  2019 y antes. Recuerda también nítidamente estas primeras semanas que llevábamos de 2021. Pero, en su cabeza, 2020 no existió.

La laguna en la memoria del amigo editor se corresponde con el tiempo de pandemia. Se ha olvidado de todo lo que tiene que ver con la enfermedad: de las mascarillas, del confinamiento, de las terribles imágenes de las UCIs y de las morgues.  Del coronavirus sabe lo que ahora le van contando. En una interpretación pedestre, a cualquiera se le ocurre pensar que estamos ante lo que en las películas llaman amnesia por estrés postraumático. Parece que es un síntoma frecuente en algunos pacientes de Covid, aunque habitualmente no limitado a un periodo tan concreto. Las estimaciones médicas sostienen que  hasta ahora nos hemos estado preocupando de que los pacientes respiren, y que, a partir de ahora deberemos enfrentarnos a las secuelas neurológicas, “cada vez más aterradoras”, según los científicos.

La pandemia y la distorsión del tiempo parecen ir unidas. En un estudio realizado en el Reino Unido durante el confinamiento más férreo, el 80 por ciento de los encuestados asegura que en algún momento había visto alterado el sentido del tiempo. El problema está tan extendido que hasta se ha acuñado una denominación específica para la dificultad de determinar en qué día de la semana estamos: blursday  (día difuminado). De hecho, la palabra ha sido elegida por la Universidad de Oxford como uno de los vocablos que definen 2020. El diccionario Collins la define como «término humorístico para referirse al día de la semana que parece no diferenciarse mucho del día anterior». Es decir, lo que antes conocíamos como día de la marmota. O, aplicado al tráfago  turístico,  «Si hoy es martes, esto es Bélgica», recurriendo al título de la película.

A propósito del estudio británico, Rafael Román Caballero, investigador de la Facultad de Psicología de la Universidad de Granada,  aseguraba la semana pasada en un artículo que «el lado más negativo de la distorsión del tiempo aparece con la depresión y la ansiedad». Y añadía que  «estos sentimientos generan un profundo malestar que motiva que la persona examine con frecuencia sus sensaciones y su evolución». Esa obsesión, según el profesor, provoca que las horas se nos hagan insufriblemente eternas.

El investigador recoge además la conclusión de un estudio realizado en Italia que concluye que la  COVID-19 debe ser considerada como «una nueva forma de estrés o experiencia traumática, con diferentes consecuencias psicopatológicas comparables con otros desastres naturales, como terremotos, tsunamis o guerras».

No es de extrañar que, como mecanismo de defensa, el cerebro del editor madrileño haya borrado el tiempo en que la enfermedad ha estado omnipresente entre nosotros. Y que además, en su caso particular, le llevó a debatirse entre la vida y la muerte en la UCI de un hospital madrileño. Ojalá que la pandemia le devuelva la memoria de ese año, por dolorosa que sea. Ojalá que todos recuperemos, de una u otra forma, ese año que se nos ha arrebatado. El tiempo es vida y, además, como decía Goethe, nuestro bien más preciado.

(Artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 11 de febrero de 2021)

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¿Es usted de izquierdas o de derechas?

Más allá del Negrón/ Unas palabras de una ministra sobre la homofobia en los barrios obreros reabre el debate

Juan Carlos Laviana

Una declaración de una notable ministra del Gobierno ha resucitado un viejo debate con muchas aristas. ¿Son las personas de izquierdas o de derechas por el mero hecho de vivir en un determinado barrio? ¿Son las personas más adineradas indefectiblemente más cultas que las pobres? ¿Son las personas con economía desahogada más sensibles a la discriminación por motivo de raza o sexo?

La ministra  escribía textualmente: «Claro que en los barrios obreros hay personas LGTB».  Que yo sepa, en ningún sitio está escrito que la sexualidad tenga que ver con la clase social. «Les pasa que no les alquilan un piso por ser lesbianas», explica.  Yo estaba convencido de que ese tipo de discriminación la ejercían los acomodados intransigentes, pero la ministra seguro que tiene estudios que demuestran lo contrario. «Que les dan una paliza por ser trans, que se burlan de ellos en el cole o en su curro», insiste. Resulta que  las palizas ya no solo las dan los violentos de la extrema derecha, sino también los obreros. Y finaliza la miembro del Gabinete: ¿Aún hay quien piensa que los derechos LGTBI son “simbólicos” y no materiales?». La verdad es que no acabo de entenderlo y tendría que consultar algún manual de Derecho. Y, como decía Umbral, ahora no me voy a levantar a mirarlo.

¿Alguien piensa que los habitantes de Vallecas, La Calzada o El Llano son más homófobos que los de Galapagar, Somió o Viesques? ¿Alguien cree que los niños del colegio Internacional de Meres son más tolerantes con los ahora llamados «diferentes» que los del Colegio Público de Tremañes? A mí, en la muy obrera escuela unitaria de Perlada, me dieron de lo lindo por gordo, cuatrojos y enclenque, pero dudo que hubiera corrido mejor suerte en un colegio pijo.

¿Acaso la ministra está sosteniendo que la riqueza material da la cultura y que cuanta más cultura, más de izquierdas se es? Porque si es así, si se aplica el criterio material, estaría diciendo que los barrios más ricos son de izquierdas y los más pobres de derechas. En suma, la ministra de Podemos estaría dándole la razón a Vox.

Aquí ya no se entiende nada. Esto es el mundo al revés. Hay líderes políticos que parecen no haberse enterado de que la división izquierda/derecha cada vez sirve para menos y, desde luego, ya poco depende de ser rico o pobre. No hay más que ver el caso del independentismo catalán. ¿Apoyar el procés es ser de derechas o de izquierdas? En el resto de España, se considera un movimiento de acomodados que no quieren ser solidarios con las regiones más pobres y, por tanto, de derechas, Entonces no se entiende por qué en todo el país quienes se muestran más comprensivos con los independentistas son los llamados, o considerados a sí mismos, partidos de izquierdas.

La escritora izquierdista norteamericana Amber A’Lee Frost lo explica muy claramente en un muy interesante artículo titulado «Por qué prefiero El Financial Times sobre el New York Times», que publica en español la revista Letras Libres. Sostiene que el Financial Times es decididamente capitalista y no disimula su ideología: el dinero. En cambio, según ella, el New York Times ha engañado a sus lectores haciendo pasar por progresistas movimientos como el #Metoo de las estrellas y las privilegiadas, olvidándose de las proletarias.

Según Frost, para que movimientos como el #Metoo fueran de verdad de izquierdas, habría que «incluir a mujeres que recogen tomates, trabajan en líneas de montaje, atienden mesas y limpian habitaciones de hotel». Y lo explica: «Un periodismo fuerte centrado en los trabajadores habría politizado el problema con demandas serias de políticas públicas y leyes laborales». Sin embargo, nos acusa a los periodistas por sólo habernos fijado en los nombres sonoros que para nada necesitan la ayuda de la prensa.

La ínclita ministra del Gobierno español, y tantos políticos como ella,  debieran abandonar el tópico de las izquierdas y de las derechas, de los barrios ricos y los barrios pobres, para intentar ser más precisos y para conectar de verdad con sus votantes. La izquierda se ha vuelto más cultural –más, chic, más divina, más caviar- que verdaderamente revolucionaria.

Juan Claudio de Ramón, uno de nuestros más clarividentes jóvenes columnistas lo explicaba a la perfección en un artículo de The Objetive. «Durante años me pregunté si yo era más de izquierdas o de derechas. La pregunta dejó de agobiarme al comprender que estaba mal formulada: presupone que sólo hay dos clases de personas». Y lo cierto es que hay tantas clases como personas. Es cierto que todo resultaba más simple cuando éramos de izquierdas o de derechas. Tal vez por eso nos empeñamos en vivir encasillados.

(Artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 4 de febrero de 2021)

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La pérdida de la voluntad

Más allá del Negrón/ Nuevos mecanismos nos roban la libertad y asumen la capacidad de tomar decisiones por nosotros

Juan Carlos Laviana

Lo han llamado «reproducción aleatoria». No se asusten, ya han dicho que están buscando una denominación más atractiva. Se trata de una nueva función que la plataforma Netflix anunció la semana pasada y que pondrá en marcha este mismo año.  La empresa, pensando siempre en la comodidad del usuario, ha querido resolver un problema que empezaba a ser preocupante. Al parecer, los usuarios perdemos mucho tiempo dando vueltas por el menú sin decidir qué ver. Es cierto que la oferta resulta tan apabullante que hace realmente complicado decantarse por una opción  concreta. Más que nada –todo hay que decirlo- porque estamos olvidando que, igual que no veíamos todas las películas que se estrenaban en el cine, tampoco es imprescindible que veamos todas las series.

Una especie de ansiedad devoradora, una glotonería desmedida, parece haberse apoderado de nosotros. A ver quién es el valiente que se atreve a salir al patio de las redes sociales y reconocer que no ha visto «Gambito de dama», ni «Los Borgen», ni «El ala Oeste», ni siquiera «Patria». Qué incultura, por Dios. Quedaría como un paleto. No estaría à la page. Sería tan poco cool que ni siquiera entendería los mensajes del vicepresidente  del Gobierno.

Si usted se encuentra en ese caso,  deje de preocuparse. Netflix ya tiene la solución y pronto la va a poner a su alcance.  Con la revolucionaria función de «reproducción aleatoria» se acabaron sus problemas. Adiós a las horas perdidas leyendo sinopsis, repasando listas de las series más vistas, comprobando cuántas de las series preferidas del vicepresidente le quedan por ver. Adiós a ese insoportable malestar que es la indecisión. Netflix elegirá por usted. Para ser exactos, quien elegirá por usted será un algoritmo, preparado especialmente para usted por los mejores programadores de la prestigiosa compañía de streaming.

Usted repose cómodamente y no se preocupe por nada. El algoritmo sabe exactamente lo que necesita. Porque, aunque usted no conozca muy bien al algoritmo, el algoritmo le conoce a usted mejor que su propia madre. Se preguntará de qué le conoce, claro.  No le conoce de toda la vida, sino solo desde que usted empezó, sin darse cuenta, a clicar distraídamente botones de ok, a poner likes cuando le preguntaban si el mensajero había sido educado, o dejar  rácanas propinas al chófer de Uber. Sí, rácanas,  porque al algoritmo lo sabe todo. 

Y, además, porque mientras usted daba vueltas por la gran oferta de series y películas, el algoritmo iba tomando nota de que usted se detenía más tiempo en unas que en otras, que de algunas hasta veía un tráiler y, además, sabe con certeza que tipo de libros y de música le gustan, porque un primo del algoritmo trabaja de lo mismo en un famoso gran almacén a distancia.

Por si usted es un poco tonto  -no digo que lo le sea, pero lo puede ser como cualquiera-  y no sabe lo que necesita, el algoritmo está preparado para detectar lo que a usted le conviene y ni siquiera lo sabe.

Lo decía de forma muy clara el muy avispado capitán Beatty en  «Farenheit 451».  Los seres humanos tendemos a sentirnos desgraciados cuando  nos vemos obligados a tomar decisiones, lo que supone elegir una opción, pero también rechazar otra.  Lo mejor para evitar esa desgracia, según el capitán, es ahorrarle el trance al pobre que esté en la encrucijada, y enseñarle solo uno de los aspectos sobre los que decidir. O mejor, aún, no enseñarle ninguno. Es decir, decidir por él.

Estamos delegando funciones que nos son propias. Poco a poco vamos haciendo dejación de la voluntad, esa aptitud que supone «la facultad de decidir y ordenar la propia conducta». Y debe ser muy importante porque    mi madre me repetía una y otra vez: «Tú Juan Carlos, no vas a llegar a ninguna parte,   porque no tienes  fuerza de voluntad.»  

(Artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 28 de enero de 2021)

Ilustración de Pablo García para La Nueva España

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Larry King, el rey de la entrevista en televisión

Juan Carlos Laviana 

Larry King fue una de las grandes leyendas de la televisión americana. Su siempre colorida combinación de camisa, corbata y tirantes creó escuela en presentadores de todo el mundo, como José María Carrascal, quien siguió su estética en España. Durante los 25 años que estuvo al frente del mítico programa de la CNN ‘Larry King Live’, entrevistó a todos los presidentes y primeras damas -siete de Nixon a Obama-, lo que da idea de su poder de convocatoria. Decenas de líderes mundiales, de Arafat a Putin, se sometieron a sus incisivas entrevistas.

Todo el mundo quería ser entrevistado por él. En total, recibió a 30.000 personalidades de todo tipo. Siempre al filo de la actualidad, en 2000 hizo 37 programas consecutivos dedicados al polémico recuento de votos en Florida, en los que recibió a 348 invitados. En las semanas posteriores al 11-S, 700 personas pasaron por su programa, de las que 35 eran los máximos mandatarios de sus países.

¿Qué tenían de particular las entrevistas de Larry King para que todo el mundo accediera a ser entrevistado por él? A diferencia de otros periodistas, ofrecía a sus entrevistados una imagen cercana, familiar y hasta inofensiva. Siempre se mostraba como una persona sincera y seria, lo que hacía hasta divertidos los momentos muy concretos en los que, ya desarmado el personaje, dejaba asomar su carácter irreverente y su particular sentido del humor. Otra característica de King es que se negaba a preparar en exceso sus entrevistas para no mostrarse encorsetado. Incluso llegó a presumir que nunca había leído previamente los libros de los escritores a los que había entrevistado.

El beso en la boca a Paul Newman

Su particular técnica dio lugar a momentos memorables. En mitad de una largamente buscada entrevista a Paul Newman, se levantó sin venir a cuento y dio un fogoso beso en los labios al actor. En un programa dedicado a los Beatles, preguntó sobre la canción Something a la viuda de George Harrison, que se quedó muda ya que la fue la canción había sido escrita para la anterior mujer del ‘beatle’.

El propio King explicó mejor que nadie su estilo. “La gente se siente cómoda conmigo -dijo en una entrevista-. Les miro a los ojos, les escucho, hago preguntas cortas, nunca con más de dos frases. De diez veces, la cámara debe enfocarlos nueve a ellos y solo una a mí”. Y añadió: “Como Sinatra me dijo una vez, ‘sé que te preocupa mi respuesta, por eso voy a contestar a tu pregunta’. Ese es mi papel”.Larry King entrevistando a Donald Trump en 1999.

Larry King entrevistando a Donald Trump en 1999. Reuters

Larry King nació en una familia humilde. La muerte de su padre cuando sólo tenía nueve años le afectó profundamente. Perdió la afición a estudiar y descartó ir a la Universidad. Se dedicó a realizar pequeños trabajos –fue mensajero de la UPS- para ayudar a la familia. Hasta que un cazatalentos de la CBS le revivió su sueño de ser locutor de radio y le dijo que en Miami había muchas oportunidades. El joven King no dudó en coger un autobús y plantarse en Florida en busca de fortuna. Empezó limpiando los estudios de una emisora y acabó siendo una celebridad radiofónica.

Estrella de la CNN

En 1985, la CNN se fija en un espacio radiofónico de entrevistas con público, que él dirigía desde Miami. Le ofrece el programa ‘Larry King Lives’. A partir de ahí, el éxito no le dejaría de acompañar. Coincidió en un momento en que la cadena de Ted Turner era la única de noticias 24 horas. Se había labrado una fama mundial de ser una televisión moderada, objetiva, en la que encajaban perfectamente las respetuosas y rigurosas entrevistas de King. Fue un matrimonio feliz durante 25 años, hasta que se rompió abruptamente en 2010. El presentador anunció su marcha tras descubrir que se estaba buscando un sustituto para él. Desde entonces y hasta cerca de su muerte, se dedicó a hacer entrevistas para su canal de internet.

King nunca disfrutó de buena salud. De hecho, padecía diabetes, tenía problemas cardiovasculares y fue operado de un cáncer de pulmón. Fue un fumador empedernido durante muchos años y hacía alarde de ello. Dicen que pasaba de los tres paquetes diarios. Entre sus compañeros llamaba la atención la costumbre de mantener el cigarrillo encendido en el cenicero mientras estaba en antena, para no tener que encenderlo en la siguiente pausa. Hasta que un infarto obligó a colocarle cinco bypass y el presentador se convirtió en un férreo activista contra el tabaquismo.Larry King entrevistando a Madonna en 1999.

Larry King entrevistando a Madonna en 1999. Reuters

Ocho matrimonios y ocho divorcios

Tuvo una vida sentimental ajetreada, de la que dan fe sus ocho ex mujeres, entre ellas una cantante, una playmate y una profesora de matemáticas. Y también affaires con mujeres tan notables como la actriz Angie Dickinson, con la que estuvo saliendo cinco años. En 2019, solicitó el divorcio de su última mujer, Shaen Southwick. El pasado año, su vida familiar había sufrido, además, un muy duro golpe con la muerte de dos de sus hijos. King se mostró desolado: “Un padre nunca debe sobrevivir a sus hijos”. Sería por poco tiempo.

King deja como legado el testimonio vivo de la historia de las últimas décadas. Lo ofrecen sus entrevistados, desde el Dalai Lama hasta Elizabeth Taylor, desde Mijail Gorbachov hasta Barack Obama, desde Bill Gates hasta Lady Gaga. En la interminable lista, King solo echaba de menos a un gran personaje, el papa Juan Pablo II. “Me fascinaba”, dijo de él.

Y deja también un ejemplo de sencillez y profesionalidad, un estilo ejemplar para los periodistas que le sucederán: “No pregunto ‘¿qué pasa con Ginebra o Cuba?’. Pregunto: ‘Señor presidente, ¿qué es lo que no le gusta de este trabajo?’. O ‘¿cuál es el mayor error que ha cometido?’ Eso es fascinante”. Encontraba lo que era importante para cada persona y se lo hacía notar, por eso todos querían ser entrevistados por Larry King.

Lawrence Harvey Zeiger (Larry King) nació en Brooklyn (Nueva York) el 19 de noviembre de 1933 y murió en Los Ángeles el 23 de enero de 2021 a los 87 años. Deja ocho exesposas, tres hijos, nueve nietos y cuatro bisnietos.

  • (Artículo publicado en EL ESPAÑOL el 23 enero de 2021)

Lorenzo Silva

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Phil Spector, un personaje perverso al que debemos la banda sonora de nuestra vida

El mítico productor, conocido por sus éxitos musicales pero también por sus escándalos personales, murió este domingo por coronavirus.

Juan Carlos Laviana

Varias generaciones le debemos la banda sonora de nuestra vida. Desde Las Ronettes a Bruce Springsteen, pasando por Leonard Cohen o Los Beatles. A él le debemos que la música rock, desde los 50 del siglo XX al presente, suene como suena. Su grandísima notoriedad como genio de la música pop se convirtió en leyenda por su carácter violento y sanguinario. Los productores, en música, suelen pasar desapercibidos en favor de las grandes estrellas como Los Beatles, Los Ramones o Los Beach Boys.

Spector definía su técnica musical como “una aproximación wagneriana al rock & roll” y sus composiciones como “pequeñas sinfonías para niños”. Fue el creador de lo que se dio en llamar el muro de sonido (Wall of Sound). Trataba de provocar con la música un efecto de densidad, que reproducía a la perfección en las emisoras de radio y en las máquinas de discos. Spector, también compositor, reunía en las grabaciones un gran número de músicos que tocaban todo tipo de instrumentos. A menudo, doblaba y hasta triplicaba esos instrumentos, provocando una sensación abrumadora, que la música llenase todos los espacios.

Conocerte es amarte, baby

El hecho de que su primer gran éxito llevara como título el epitafio de su padre, que se había suicidado cuando él tenía solo diez años, ya hace suponer que por su cabeza no funcionaban las cosas bien. “Ben Spector. Father. Husband. To Know Him Was To Love Him”. Tras destacar en los festivales del instituto por su manera de tocar la guitarra, pronto constituyó su propio grupo con otros compañeros de clase. Él era, a la vez, guitarrista y vocalista de los Teddy Bears, para lo que compuso en 1958 To Know Him Is to Love Him (Conocerte es amarte, baby, como se conocía aquí), que llegó a ser el número uno en Estados Unidos.

A partir de ahí, todo serían éxitos en las listas de los más vendidos, acompañados de oscuros episodios personales. Sucesos que acabaron con sus huesos en el hospital penitenciario de California, donde el coronavirus acabó con su vida. Tras un proceso judicial de seis años, en el que consiguió eludir la cárcel a base de pagar cuantiosas fianzas, fue condenado en firme en 2009 por el asesinato a tiros de la actriz. En el momento de su muerte, estaba cumpliendo una sentencia de prisión de 19 años.

La joven actriz Lana Clarkson fue encontrada sin vida el 3 de febrero de 2003 en la mansión californiana de Spector. Su cuerpo yacía desplomado en una silla, con una sola herida de bala en la boca y numerosos dientes rotos esparcidos por la alfombra. El productor se excusó diciendo que se trataba de una muerte accidental. A la chica, aseguraría después, se le había disparado el arma cuando “estaba besando” el cañón. Sin embargo, el chófer de la casa, que fue quien llamó a la Policía, testificó que había oído decir en voz alta a Spector: “Creo que he matado a alguien”.

La vida de Spector había empezado a torcerse a mediados de la década de los setenta, según su biógrafo Dave Thompson. En 1974, resultó gravemente herido a consecuencia de un accidente de automóvil. Spector salió disparado a través del parabrisas del coche que conducía. Se le dio por muerto hasta que un policía insistió en hacer una última comprobación y le detectó un débil pulso. Tenía lesiones tan graves en la cabeza que fue necesaria una operación de cinco horas, en la que se le aplicaron 300 puntos en el rostro y más de 400 en la parte posterior de la cabeza, Desde entonces, el productor comenzó a usar las aparatosas pelucas con las que tanto llamaba la atención.

Matrimonios y escándalos

Su vida sentimental también se vio afectada por su carácter insoportable, según sus parejas. Se casó tres veces. La primera en 1963 con Annete Merar, vocalista del trío Los Spector, que él producía. Tardó poco en iniciar un romance con la que llegaría a ser su segunda mujer, Ronnie, cantante principal del grupo femenino Las Ronettes, al que también producía. Con Ronnie adoptó un hijo. Y, meses más tarde, el músico “le regaló” a su esposa por Navidad un par de niños gemelos de tres años, según el testimonio de ella.

Ronnie llegó a escribir sus propias memorias denunciando que Spector la había secuestrado en su mansión y que la había sometido a crueles torturas sicológicas. Además, había saboteado su carrera musical, prohibiéndole actuar. Cinco años después de la boda, Ronnie, con la ayuda de su madre, huyó descalza del apartado caserón. Spector incluso la amenazó con contratar a un sicario para matarla si no firmaba un acuerdo de divorcio renunciando a sus hijos y a sus ingresos. Los hijos confirmarían años más tarde que su padre también los había mantenido prisioneros a ellos y que incluso les obligó a simular actos sexuales con su novia de entonces.

En la década de 1980, Spector tuvo hijos gemelos con una mujer con la que nunca se llegó a casar. Uno de los niños murió de leucemia con sólo once años.

La tercera boda la celebró el 1 de septiembre de 2006, mientras estaba en libertad bajo fianza y en espera de juicio. Su nueva mujer tenía 41 años menos que él. Spector solicitó el divorcio en 2016, alegando “diferencias irreconciliables”.

El carácter violento lo exhibió también en su vida profesional. Algunas de sus peleas ya forman parte de la historia de la música. Durante la grabación de Rock ‘n’ Roll, Spector mantuvo una fuerte discusión con John Lennon que el productor intentó zanjar pistola en mano, disparando al aire y amenazando a los presentes. Al final, se escapó con lo que habían grabado hasta el momento. El disco tuvo que retrasarse años hasta que el exbeatle consiguió recuperar el material sustraído.

Spector amenazó también con un arma a miembros del grupo Los Ramones durante la grabación del mítico álbum End of The Century. Las discusiones siempre eran por cuestiones artísticas. Dee Dee Ramone afirmó que Spector le había llegado a apuntar con un arma para impedirle salir del estudio. El batería Marky Ramone, por su parte, quitó hierro al asunto y recordó que el arma estaba en el estudio, pero que no pasaba nada ya que el productor tenía permiso. “Nunca fuimos rehenes, podríamos habernos ido en cualquier momento”, concluyó.

Su vida fue tortuosa y él fue un hombre cruel, pero todos los expertos coinciden que pasará a la historia como el primer autor completo de la música pop. No era solo productor, sino también escritor, director creativo, arreglista y supervisor. Fue un autor en el sentido que dominaba todas las fases del proceso seguido por los discos desde que son ideados hasta que llegan a ser escuchados. Sin el toque Spector, ni Imagine, ni Let it Be, ni el Concierto de Bangladesh hubieran sonado como suenan. Por hablar solo de los Beatles.

Brian Wilson, de los Beach Boys, dijo de él: “Es atemporal. Marca un hito cada vez que entra al estudio”. Sus incontables canciones fueron un hito, pero el mayor de sus éxitos fue haber elevado el rock a la categoría de la gran música.

Harvey Phillip Spector nació el 26 de diciembre de 1939 en el Bronx (Nueva York) y murió el 16 de enero de 2021, a los 81 años, en Los Ángeles (California).

(Artículo publicado en EL ESPAÑOL el 18 de enero de 2021)

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Lo de Madrid

Más allá del Negrón/ Aluvión de críticas sobre la capital por el colapso de Filomena y la gestión de la pandemia

Juan Carlos Laviana

Lo de Madrid no tiene nombre. No lo tiene porque es muy difícil de explicar. Así que se ha dado en llamar “lo de Madrid” y todo el mundo lo entiende a su conveniencia. Para bien o para mal. Sea por fas o por nefas, la capital siempre está en el ojo del huracán. El origen de esta expresión viene al pelo del asunto. En Roma se dividían los días entre fastos y nefastos. Es decir, aquellos propicios para grandes actos públicos y festividades de todo tipo. Y aquellos en los que mejor no levantarse de la cama. Últimamente, en Madrid, todos los días son nefastos.

Lo de Madrid, para muchos, es culpa de los madrileños. Quejicas, flojos, egocéntricos, prepotentes son los epítetos más suaves que hemos recibido. Digo hemos no porque haya apostatado de Asturias, sino porque todos los que vivimos aquí somos madrileños, incluso los asturianos. Sé que damos mucho la lata, y que todo lo que ocurre en esta ciudad atruena hasta taladrar tímpanos desde el Ampurdán hasta Ayamonte. Esto es muy grande. Somos casi siete millones de almas de su padre y de su madre, que casi no cabemos, que nos vamos tropezando unos con otros. Y, además, tenemos que soportar la pesada carga de servir de aposento a las instituciones del Estado. Alguna compensación teníamos que tener.

Lo de Madrid con la nevada ha sido un desastre. Sin duda, la gestión ha sido más catastrófica que la propia nevada. Diez días después del primer copo, la basura sigue sin  recoger, las calles están anegadas de nieve y los colegios cerrados. Todo el crédito ganado con la pandemia lo han perdido las autoridades locales con una inclemencia climatológica previsible. En compensación, nunca he visto una actividad civil tan esperanzadora como la que se ha producido estos días: las calles están tomadas por vecinos que limpian las aceras, voluntarios despejan los accesos a hospitales y colegios y muchos usuarios de coches cuatro por cuatro han trasladado enfermos y personal sanitario. Madrid, la gran urbe insolidaria, donde nadie conoce al vecino de al lado, ha sacado de no se sabe dónde palas y picos para desatascar su ciudad.

Lo de Madrid con la pandemia no ha sido un desastre, como se ha hecho creer. O, por lo menos, no ha sido un desastre mayor que el de Cataluña, País Vasco o Asturias, es decir, la propia España. Los datos de contagiados viajan en una noria. Un territorio es hoy el más castigado y mañana pasa a ser el epicentro de la peste. Nadie lo está haciendo bien. Ni siquiera la Merkel. Pero con Madrid se han ensañado. Resulta inaudito que la inauguración de un hospital público sea una mala noticia. Por mucho que se haya utilizado como acto de propaganda, ¿Pero no envidiamos las siete camas de Alemania por mil habitantes? Algo habremos mejorado el ratio con hospital nuevo ¿no? Lo dejo dicho, a mí que me lleven al Zendal.

Lo de Madrid y la política ha provocado que nos convirtamos en el rompeolas de todas las disputas. ¿Qué culpa tienen los madrileños de que la lucha gobierno/oposición se libre sobre sus espaldas? En toda España –no solo en Madrid- se critica con fiereza a Ayuso y Almeida. Se han convertido, para bien o para mal, en la verdadera oposición al gobierno. Lo cual dice poco del PP. Y dice mucho menos del resto de partidos que son incapaces de hacerles oposición en su territorio. Pregunte quién es la alternativa de Almeida en el Ayuntamiento o la alternativa a Ayuso en la Comunidad. Nadie conoce a la oposición y lo más que le nombran es a un tal Gabilondo, hermano de un famoso periodista.

Lo de Madrid viene a demostrar la nula coordinación entre administraciones. Los conductores atrapados en la M-40 o M-30 con la nieve eran cosa de Moncloa. Los atrapados en La Castellana o en la Gran Vía, del Ayuntamiento. Y los atrapados en la M-505 de la Comunidad. Así, no hay quién se aclare- No me extraña que, cuando en la Transición se repartieron los territorios por autonomías, nadie quisiera quedarse con el marrón de Madrid, Cada vez se echa más de menos aquella idea de convertir la ciudad en un Distrito Federal. Como Washington, un sitio adonde ir a protestar. Hasta suena cinematográfico: Madrid DF.

Lo de Madrid y la economía sí que escandaliza. Hay quien dice que vivimos en un paraíso fiscal. Por más que miro por la ventana, no veo un paisaje tipo Barbados, Islas Vírgenes o Caimán. Si acaso, Madrid es un paraíso económico, comparado con el resto de España. Guste o no, es la locomotora que tira del país, con una tasa de paro muy por debajo de la media, y no en vano la mayoría de los inmigrantes prefieren instalarse aquí.

Lo de Madrid no es ni tan malo ni tan bueno. Eso sí, curioso es una barbaridad. Tanto, que es para donarlo a la ciencia y que lo estudie. Por más que nos denostan, yo, de momento, me quedo aquí, en este infierno más allá del Negrón. 

(Artículo publicado en La Nueva España el 21 de enero de 2021)

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¿Quién manda aquí?

Más allá del Negrón/ La crisis de Washington demuestra que hasta el presidente de EE.UU está sometido a la dictadura  de las redes sociales

Juan Carlos Laviana

¿Manda Trump? ¿Manda Sánchez? ¿Manda Barbón? Lo lógico sería que fueran ellos quienes mandaran, ya que sus mandatos son el resultado de la decisión popular, tanto si nos gusta como si no. Pues no, no mandan, aunque lo parezca. La crisis vivida en Washington ha dejado al descubierto la fragilidad del mundo actual. Ha demostrado que por encima de los mandatarios siempre hay alguien. ¿La ley? Ojalá fuera la ley.  Al menos en el caso de Trump,  se ha demostrado que hay alguien por encima más poderoso incluso: Twitter.

Pero ¿a Twitter quién le ha dado vela en este entierro?, ¿a quién representa Twitter?, ¿a Twitter quién lo ha elegido?  Nadie y todos, según se mire. Nadie lo ha elegido, porque es una empresa privada que no responde más que ante sus accionistas, un conglomerado de empresas de capital riesgo. Y todos nosotros, los que la usamos, lo hemos elegido porque, por el mero hecho de utilizar esta red social, la estamos haciendo más poderosa. ¿Recuerdan aquello de que cuando te dan algo gratis es porque el precio eres tú?

Resulta tan sobrecogedor que redes sociales como Twitter (o Facebook, tanto monta) hayan estado sirviendo durante cuatro años de altavoz a Trump y a sus seguidores, esos salvajes que vimos asaltar el Capitolio y los 75 millones que le votaron.  Resulta tan impactante que ahora, cuando le queda poco más de una semana en el despacho más poderoso del mundo, hayan decidido quitarle el megáfono que alcanza, al instante y de forma simultánea, a decenas de millones de almas. La verdad es que hay que ser muy ingenuos para caer a estas alturas del guindo sobre el poder de Twitter.

La cuenta que la empresa de Jack Dorsey decidió acallar no fue la de un particular llamado Donald Trump, fue nada menos que la de POTUS (President of The United States),  nombre de usuario en Twitter del presidente de EE.UU, sea quien sea este). Muchos se han preguntado  por qué la red social esperó al último momento, cuando ya se derramaba la sangre y la sagrada voluntad democrática había sido pisoteada. Muy sencillo, porque POTUS, al que ahora censuran, estaba siendo el mejor propagandista, el mayor promotor de sus intereses.

La pregunta debiera ser dónde está la orden judicial.  No la hay, porque Twitter sólo depende del capricho de su CEO, el tal Jack Dorsey, un programador informático muy listo y capaz de construir desde la nada un medio de comunicación capaz de mandar sobre el presidente de los Estados Unidos. Jack Dorsey no es nadie para decidir si el presidente es un irresponsable, un incendiario o un peligro público.  Sólo el poder judicial tiene la autoridad para determinar tal cosa y decretar el cierre de su cuenta.

Nunca olvidaré la peripecia de Alberto Otaño, histórico redactor jefe de “Diario 16” en aquellos primeros años ochenta, tan convulsos por el ruido de sables. Cuando la rotativa estaba a punto de imprimir una gran exclusiva, que, al parecer, representaba un peligro para la seguridad nacional, se presentaron en el periódico unos funcionarios uniformados al grito de que el diario no podía difundirse. El sabio Otaño se les enfrentó preguntándoles dónde estaba el papelito. Se quedaron paralizados. No había papelito. Se trataba sólo del deseo de un gobernante al que no le convenía aquella noticia. La rotativa arrancó y el periódico se distribuyó. Desde entonces, en muchas redacciones ante informaciones comprometidas se recurre a la anécdota del papelito: “que traigan el papelito”.

Los tiempos han cambiado. Entonces eran las cloacas del Estado las que intentaban controlar qué se publicaba y qué no. Ahora es un particular. Así se llame Jack Dorsey o Mark Zuckerberg. ¿Les vamos a dejar a ellos que nos protejan de los excesos del poder? ¿Qué manden sobre el poder político?  Hoy han venido a por Trump, pero mañana vendrán a por Sánchez, a por Ayuso o a por Barbón.  Más vale que los políticos de todo el mundo –sólo Merkel se ha pronunciado-  empiecen a poner coto a los desmanes de las redes, que dejen de alimentarlas al utilizarlas como foro del debate político.  En los periódicos, lo sabemos bien. Nos engañaron haciéndonos creer  que internet iba a servir para difundir masivamente nuestras informaciones.  Fue una trampa que ha servido para que las redes, los agregadores, los Google, lleven años robándonos las noticias y lucrándose con ellas.

(Artículo publicado en La Nueva España el 14 de enero de 2021)

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Sheldon Adelson, el magnate que financiaba (y manejaba) a Trump

El artífice del fracasado Eurovegas no quería ser recordado por sus casinos o por sus hoteles, sino por su apoyo al Estado de Israel

Juan Carlos Laviana

No se puede decir que Sheldon Adelson sea el último de los viejos magnates, pero lo cierto es que van quedando muy pocos. Le iban como anillo al dedo palabras tan gráficas como tycoon o mogul, utilizadas en inglés para designar al hombre hecho a sí mismo y que ha triunfado en los negocios de forma tan desmesurada que está por encima hasta de los presidentes.

Adelson acabó convirtiéndose, gracias a los casinos, en uno de los hombres más ricos del mundo y en uno de los principales, si no el mayor, sustento económico de Donald Trump.

Adelson no empezó como los nuevos magnates digitales, en el garaje de su casa en los suburbios residenciales. Él se crio junto a sus padres, judíos emigrantes, y sus dos hermanos en un apartamento de una habitación en un barrio pobre de Boston. Su padre conducía un taxi y su madre regentaba un pequeño negocio de tejidos.

No había mucho dinero en casa para poder estudiar. Así que Adelson siguió el tópico guion del magnate americano. Con solo doce años, pidió un préstamo de 200 dólares a su tío y compró una licencia para poder vender periódicos por las calles. El joven emprendedor, a los 16 años, volvió a pedir dinero a su tío para iniciarse en el entonces prometedor negocio de las máquinas expendedoras de golosinas.

No obtuvo la rentabilidad esperada, pero el gran hombre de negocios no se rinde así como así. Se tomó un descanso y se alistó en el ejército, donde adquirió la escasa formación que ni siquiera había conseguido en la vida civil. Se convertiría de inmediato en lo que se ha dado en llamar un emprendedor en serie: vendedor de productos de tocador, representante de anticongelantes para coches, gestor de viajes chárter. Sus biógrafos calculan en total unos cincuenta negocios diferentes.

Se hizo millonario en un abrir y cerrar de ojos. Tanto, que a los treinta años ya se había enriquecido y arruinado dos veces.

El casino de Sinatra

El año 1989 sería clave en su vida. Compra por 128 millones de dólares el Sands Hotel and Casino de Las Vegas, un establecimiento al que el mismísimo Frank Sinatra y su rat pack habían dado pedigrí con sus correrías.

Su carrera ya resultaría imparable. A él se atribuye haber transformado la ciudad del juego en el principal destino para convenciones en los Estados Unidos.

Forjó un imperio. Tiró abajo el viejo Sands y construyó un nuevo resort valorado en 1.500 millones, un remedo del glamour de la vieja y culta Europa, representada por una Venecia de cartón piedra, con sus gondoleros y sus canales en medio del desierto. Fue un cambio radical en la industria del juego, al ofrecer todo tipo de comodidades y distracciones para todo tipo de visitantes.

De ahí pasó a la conquista de Asia con numerosos casinos. En 2006, abrió en Macao el que iba a ser el primer casino de la República Popular China. Luego, en 2010, extendió el negocio a Singapur con la construcción del edificio Marina Bay, uno de los más caros del mundo, con 2.500 habitaciones y todo tipo de amenidades. Las empresas de Adelson ya no eran una multinacional, sino un imperio económico.

Eurovegas en Alcorcón

Es por aquel entonces, en 2012, cuando en España se empieza a hablar del gran magnate americano que quiere montar Las Vegas Europa (Eurovegas) en Alcorcón, a las afueras de Madrid.

Adelson llega como un nuevo Míster Marshall. Se habla de miles de puestos de trabajo. En aquella España postcrisis se veía en Adelson una bendición llegada del cielo. Coqueteaba con la presidenta Esperanza Aguirre. Deslumbraba con su poderío al propio José María Aznar. Incitaba una encendida pugna entre Madrid y Barcelona.

Y, al final, el fiasco. Mr. Adelson se fue y nunca más se supo de él. Hasta hoy. La razón de su abandono, según la versión más extendida, fueron las duras medidas españolas contra el tabaco. Para el magnate resultaba imprescindible que se pudiera fumar en sus casinos.

Ya por entonces sus prácticas empresariales empezaron a ser objeto de numerosas denuncias y demandas judiciales. Se publicó que había extorsionado a funcionarios chinos para obtener las licencias. Se le acusó de comprar favores políticos de manera habitual y corrupta. Incluso se llegó a publicar que había financiado al Partido Republicano con dinero procedente de la prostitución en China.

Su ejército de abogados consiguió que las demandas fueron desestimadas. Lo único que admitió Adelson fue la posibilidad de que algunos de sus métodos no se ajustaran del todo a la ley.

Adiós a los demócratas

Por lo que se refiere a la política, el magnate, como la mayoría de los judíos adinerados, apoyó al principio al Partido Demócrata. Pero en la década de los 80 se desencantó y cambió de bando. Mucho después, en 2012, explicó sus razones en un artículo titulado No dejé a los demócratas. Ellos me dejaron a mí, publicado por el Wall Street Journal. La razón fundamental era que consideraba más firme la defensa del Estado de Israel por parte de los republicanos que por parte de los demócratas.

Sin embargo, los expertos sostienen que hubo otras razones y que tras el cambio estaba su lucha contra los sindicatos en sus empresas. En un artículo aparecido en The New Yorker se llegaba a afirmar que Adelson “busca dominar la política a través del poder bruto del dinero”.

La generosidad con los republicanos aumentó cuando Trump (al fin y al cabo un empresario con intereses económicos muy parecidos) decidió presentarse a la presidencia. Su donación a la campaña de 2016 fue la mayor que recibiera ningún otro candidato.

Financió también el acto de la toma de posesión del nuevo presidente, la lucha contra la investigación de las relaciones del presidente con Rusia y la última campaña de las elecciones de 2020.

Sin embargo, las mayores donaciones de Adelson fueron para el Estado de Israel y la causa judía. No sólo lo apoyó con dinero, sino también forzando decisiones políticas. Se considera que su intervención fue clave para que Trump decidiera trasladar la embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén.

Adelson y su esposa presenciaron en primera fila la ceremonia de inauguración. Cuando le preguntaron cuál quería que fuera su legado, respondió que no quería que se le recordara por sus casinos o por sus hoteles, sino por su apoyo a Israel.

La primera dama Mirian

Se casó dos veces. Del primer matrimonio, en los años 70,  tuvo tres hijos adoptados, uno de los cuales murió a causa de la droga.

Al año siguiente de su divorcio, en los 80, conoció en una cita a ciegas a Mirian Farbstein Ochshorn, una doctora en medicina. Se casaron en 1991 y se mantuvieron unidos hasta su muerte.

Su nueva esposa se convirtió en una especie de primera dama del magnate. Le acompañó en todas sus causas públicas y en sus penalidades privadas.

El empresario había enfermado muy joven de una mielitis, que le obligaba a moverse en silla de ruedas. Desde hace años, luchaba también contra un linfoma de Hodgkin que finalmente acabó con su vida.

Adelson era un convencido del sueño americano, del individualismo y del poder de cada persona de labrarse su futuro. Muchas veces le preguntaron cuál era la razón de su tremendo éxito y él siempre respondía: “Si haces las cosas de manera distinta a los demás, el éxito te acompañará como si fuera tu propia sombra”.

No hay duda de que él hizo las cosas a su manera.

Sheldon Gary Adelson nació en Boston el 6 de agosto de 1933 y murió en Malibú el 12 de enero de 2021 a los 87 años. Deja esposa, Mirian, y cuatro hijos.

(Artículo publicado en EL ESPAÑOL el 12 de enero de 2021)

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Qué negro era mi valle

Más allá del Negrón/ Desechados lo pozos como almacén para la vacuna, la minería queda relegada a nostalgia literaria

Juan Carlos Laviana

Me he permitido subir  al blog la magnífica ilustración publicada en La Nueva España. Creo que es del gran Pablo García, pero no esto seguro

La última oportunidad de la minería para rendir un servicio a la sociedad pasó de largo. Cómo hubiera cambiado la historia si la mina hubiera sido agraciada con el encargo de almacenar la vacuna. Al parecer, en el interior de los pozos la ventilación por hidrógeno podría alcanzar los 70 grados bajo cero, necesarios para conservar en buenas condiciones el líquido más valioso en el mundo. No pudo ser. El desinteresado ofrecimiento de la minería fue declinado. Así se lo comunicó el Gobierno del Principado a los impulsores de la idea. El Gobierno de la nación respondió a la industria negra, como tantas otras veces, con el despectivo silencio administrativo.

Las vacunas reposan en silos secretos de la agreste meseta castellana. Resulta imprescindible la discreción. Son el remedio para una sociedad enferma y, por tanto, el objetivo de quienes sueñan con que esta sociedad nunca se cure. Tal vez quienes tomaron la decisión tuvieron en cuenta la tan necesaria seguridad. Tal vez se acordaron de que los del 11-M vinieron aquí, a por nuestra dinamita, para la escabechina de los trenes de Madrid. Lo contó con precisión Manuel Jabois en  «Nos vemos en esta vida o en la otra». La mina es muy fotogénica,  queda muy bien en las fotos y en las novelas.

Guardianes de la vacuna. Sólo de pensarlo emociona. Hubiera sido esa soñada resurrección de un sector mártir, sacrificado dicen, nada menos que en pro de la salud ambiental del planeta, ¿Se imaginan? Otra vez indispensables, otra vez sacando las castañas del fuego, otra vez con los ojos de toda España puestos en nosotros, los siervos del vil mineral.

Quienes de una forma u otra somos hijos del carbón –tan certeramente bautizados por la escritora Noemí Sabugal- vivimos con la ansiedad de volver  a ser útiles. De ahí que los mineros siempre estén a la que salta. Dispuestos a ofrecerse para lo que sea. Lo demostraron cuando fueron los únicos capaces de rescatar el cuerpo del niño Julen de las entrañas de un omnívoro pozo andaluz. La próxima semana hará dos años.

Y lo volvieron a demostrar en los momentos más duros de la pandemia. Cambiaron el los monos por los EPI para realizar labores de desinfección, para auxiliar a personas aisladas en pueblos remotos de esta tierra tan retirada de todo. Ignoro por qué no los volvieron a llamar para desenterrar -¿se dice así?-  de la nieve a los dos operarios del quitanieves sorprendidos por un descomunal alud en San Isidro. En este terruño, castigado por los argayos en el exterior y los desprendimientos en el interior,  es frecuente que el enterramiento en vida preceda al enterramiento post mortem.

Aquí, donde más fácil lo tienen los Reyes para regalarnos carbón año tras año, en este recién nacido 2021 inusitadamente nos han traído cultura. Libros. Resulta que la mina, lo dice el suplemento cultural más influyente de este país, protagoniza un momento de efervescencia literaria. El leonés Julio Llamazares daba cuenta el fin de semana pasado de nuevos libros que  reflejan «el impacto que acarreó el final de la minería en los paisajes afectados y en la vida de las personas».

Sostiene Llamazares que en otros países han sido más generosos con la cultura de la mina. Ya sólo con  producir la universal «Qué verde era mi valle» hubiera bastado. Y añade que ahora, por fin, se le presta de nuevo la atención con lo que llama  «un inventario de un pasado duro y un presente desolador».

Se llena así «un vacío histórico en la literatura española», proclama el autor de «Luna de lobos». Resultaba obligado pasar ya de «La aldea perdida» de Palacio Valdés o de la «Sexta galería» de Martín Vigil, y entrar de lleno en el siglo XXI. Entre  los representantes de esa nueva literatura minera, aparece el tándem Aitana Castaño y Alfonso Zapico, con «Los niños de humo» y sus «Carboneras».  Este año los Reyes no nos trajeron carbón, este año los Reyes nos trajeron libros; eso sí, libros sobre el carbón.

(Artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 7 de enero de 2021)

Me he permitido subir al blog la magnífica ilustración publicada en La Nueva España. Creo que es del gran Pablo García, pero en el diario no aparece firmada.

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Neil Sheehan, el periodista que ‘robó’ los papeles del Pentágono porque pertenecían al pueblo

Fotocopió sin permiso 7.000 folios de un informe secreto del Departamento de Defensa y demostró que el Gobierno mentía sobre la guerra de Vietnam.

Juan Carlos Laviana

Neil Sheehan consiguió dos hitos clave en la historia del periodismo del siglo XX. El primero, la exclusiva de los documentos que demostraban que el Gobierno de los Estados Unidos mentía de forma sistemática y estaba mandando a sus soldados a morir en Vietnam a pesar de saber que su sacrificio sería inútil. Esos documentos son conocidos como Los papeles del Pentágono.

Su segundo gran hito fue la resolución del Tribunal Supremo de Estados Unidos que garantizaba el derecho a publicar los documentos, una de las mayores victorias de la libertad de expresión en el siglo XX. Nunca la prensa había sido tan respetada como entonces y nunca más lo sería en el futuro. Ni siquiera con el caso Watergate.

Sheehan ganó el Pulitzer y pronto cayó en el olvido. El mérito acabaría llevándoselo su director, A.M. Rosenthal, y la cabecera para la que trabajaba, The New York Times. Al fin y al cabo, la exclusiva fue un gran trabajo en equipo.

Gracias a la película de Steven Spielberg Los archivos del Pentágono (2017), en la que Sheehan sólo tiene un papel muy secundario, el mérito recaería también en la decisiva intervención en la batalla judicial de Katharine Graham y Ben Bradlee, editora y director del periódico de la competencia, The Washington Post.

Una decisión clave

Si el reportero Sheehan, experto en asuntos políticos, militares y diplomáticos, no hubiera tomado una decisión clave en junio de 1971, esos dos hitos de la historia del siglo XX no hubieran sido posibles.

La decisión fue –pese a la prohibición expresa de su fuente– fotocopiar los 7.000 folios de un informe secreto del Departamento de Defensa sobre su implicación militar en Vietnam entre 1945 y 1967.

En el documento quedaba claro que Washington aumentaba su contingente militar a sabiendas de que no serviría de nada. Su fuente era Daniel Ellsberg, un exanalista del Gobierno de Estados Unidos escandalizado por los excesos de su país durante la guerra. Entre el deseo de denunciar la injusticia y el miedo a acabar de por vida en la cárcel,  Ellsberg dejó los documentos al periodista sólo para que los viera.

Y, como era de esperar, el periodista decidió hacer algo más: fotocopiarlos. En realidad, para decirlo todo, quien tomó la decisión fue su mujer, Susan, una prestigiosa periodista de la revista The New Yorker, que llegó a ganar un Pulitzer.

La peripecia de fotocopiar 7.000 páginas con la tecnología de los años 70 queda descrita con detalle en el artículo publicado este jueves por The New York Times bajo el título Ahora se puede contar

Una peripecia de cine

Shehan había concedido en 2015 una entrevista de cuatro horas a su periódico en la que contaba los pormenores de la gran exclusiva. Pero había puesto la condición de que esta no se publicara hasta después de su muerte. Sólo pasadas unas horas de su fallecimiento, las declaraciones del periodista aparecieron en la página web del diario.

En la entrevista, Sheehan cuenta una peripecia digna de una historia para el cine. Cómo él y su fuente se registraban con alias ilegibles en los registros de los moteles; cómo una vez tras otra se bloquearon las fotocopiadoras después de funcionar durante toda una noche; cómo parecía imposible copiar aquella carga de documentos robados en una papelería; cómo las páginas fotocopiadas reposaron escondidas en un casillero de una estación de autobuses; o cómo el periodista y su mujer compraron un pasaje para el enorme bulto, que viajó con el cinturón abrochado en el vuelo desde Boston a Nueva York.

También revela lo difícil que fue traicionar a su fuente, alguien a quien conocía bien desde sus tiempos en Vietnam. Tras la publicación, estuvieron seis meses sin hablarse. Hasta que, las Navidades siguientes, se encontraron en las calles de Manhattan.

El periodista le contó cómo había tomado la decisión

–Así que robaste los documentos, como hice yo –dijo Ellsberg.

–No, Dan, no los robé  –le respondió Sheehan al antiguo funcionario–. Y tú tampoco. Esos papeles son propiedad del pueblo de los Estados Unidos. Pagaron por ellos con sus impuestos y con la sangre de sus hijos, y tienen derecho a ello.

El scoop del siglo no cambió para mejor la vida del periodista. Sólo tres años después de la publicación de los papeles del Pentágono, la mala suerte se cebó con él. Un accidente de automóvil en una carretera nevada le dejó gravemente herido y con secuelas que le durarían toda la vida. Fue tal el impacto emocional que su mujer llegó a publicar en The New Yorker un extenso artículo sobre cómo había afectado el suceso a Sheehan.

Al periodista, ya famoso, le persiguieron las demandas judiciales por artículos anteriores.

Una mentira deslumbrante

Tras varios años de permiso sin sueldo, dimitió del New York Times para su nuevo proyecto, una biografía del teniente coronel John Paul Vann, un personaje singular al que había conocido en Vietnam, que había liderado las primeras batallas de la guerra y que había acabado prematuramente muerto en un accidente de helicóptero. Paul Vann había destacado, enfrentándose a sus superiores, por su denuncia de la corrupción y la crueldad de las tropas aliadas de Vietnam del Sur.

Otro héroe de la libertad de expresión.

Sheehan consiguió terminar el libro más de diez años después, en 1988. Fue publicado bajo el título A Bright Shining Lie (Una mentira deslumbrante, en español) y ganó un nuevo Pulitzer. El éxito volvió a sonreírle por última vez.

A partir de ahí, su vida estuvo marcada por la escoliosis, secuela del accidente de tráfico, y por el Parkinson, que acabó con su vida.

Sheehan, hijo de emigrantes irlandeses, se crio en una granja. Como lechero, su padre consiguió unos ahorros que sirvieron para enviar al chico a Harvard, donde se graduó en Historia. Como tantos de su generación, se obsesionó con Vietnam, adonde llegó por primera vez a mediados de la década de los 60, tras licenciarse del ejército y trabajar para la agencia UPI en Corea y Japón. 

Ya en 1966, siendo enviado especial de The New York Times, escribió: “Cuando veo las aldeas bombardeadas, a los huérfanos mendigando y robando en las calles de Saigón, y a las mujeres y los niños con quemaduras de napalm en los hospitales, me pregunto si Estados Unidos, o cualquier nación, tiene derecho a infligir este sufrimiento y degradación a otra gente para alcanzar sus propios fines”.

La respuesta a su pregunta se la dio él mismo cuando decidió fotocopiar los papeles secretos del Pentágono.

Cornelius Mahoney Neil Sheehan nació el 27 de octubre de 1936 en Holyoke (Massachusetts) y murió el 7 de enero de 2021, a los 84 años, en Washington DC. Deja mujer, Susan; dos hijas, Catherine y Maria; y dos nietos.

(Artículo publicado en EL ESPAÑOL el 8 de enero de 2021)

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John Reed, el periodista insurgente

/JUAN CARLOS LAVIANA

John Reed, el periodista insurgente

Cuando John Reed decidió conocer la revolución de primera mano tenía 26 años y sólo le quedaban siete de vida. Había conocido huelgas, había participado en conflictos sociales, había pasado por la cárcel e incluso había visitado la Europa previa a la I Guerra Mundial. Llegó a pasar por Madrid, donde durmió una noche al raso en el parque del Retiro. Pero le faltaba el bautismo de fuego. Nada mejor para la iniciación que el vecino México, donde un experimento social inédito se llevaba a cabo con todos los ingredientes que podía imaginar un soñador romántico con ansias de cambiar el mundo. Los campesinos se habían levantado a finales de 1910 contra las tres fuerzas que encarnaban la opresión: los terratenientes, los españoles y la Iglesia.La Metropolitan Magazine, para quien trabajaba, envió a John Reed al otro lado del río Grande con el difícil encargo de explicar al pueblo estadounidense en qué consistía aquella revuelta que pasaría a la historia como la primera revolución del siglo XX. A juzgar por el éxito de sus crónicas, lo consiguió. Poco después reunió sus artículos en un volumen titulado México insurgente (1914). Ese libro es el que acaban de rescatar, en una muy cuidada edición con ilustraciones de Alberto GamónNórdica y Capitán Swing, coincidiendo con el centenario de la muerte de Reed. El mismo equipo editorial ya había hecho idéntica operación tres años atrás con su mucho más aireado Diez días que sacudieron el mundo, al cumplirse los cien años de la revolución soviética.

Las crónicas de Reed sobre México son mucho más frescas y menos dogmáticas que las que escribiría poco después desde Rusia. Sus ojos aún no están tan mediatizados por el filtro de la ideología. Aún tiene muy presente la gran enseñanza de su profesor y mentor de Harvard, Charles Townsend Copeland, a quien dedica el libro: «ver la belleza escondida del mundo visible». Y eso, precisamente, es lo que hace fascinante México insurgente, el descubrimiento de «la belleza invisible» de los horrores de la guerra y de la miseria.

Un insurgente más

No hace falta recordar que Reed nunca pretendió ser un periodista objetivo, imparcial, ni siquiera equidistante. Para nada. En ningún momento esconde que ha tomado partido por los rebeldes, que es un insurgente más. Aunque no dispara se toma la guerra como suya, y así lo refleja en el continuo uso de la primera persona: «Íbamos a atacar esa noche» o «habíamos tomado Bermejillo la noche anterior», al igual que al referirse al armamento o a los combatientes habla de «nuestras baterías», «nuestras balas», «muestra artillería» o «nuestro ejército».

Normalmente es bien recibido por las tropas rebeldes, con las que convive como un soldado más, aunque no faltan las reticencias, principalmente porque los campesinos son incapaces de imaginar el valor de un periodista en una guerra. Este diálogo recogido en el libro refleja bien esa perplejidad. El oficial Julián Reyes, borracho, se encara bruscamente al reportero:

«—¿Va a luchar con nosotros?

—No —le dije—. Soy un corresponsal. Tengo prohibido luchar.

—Eso es mentira —exclamó—. No lucha porque tiene miedo a hacerlo. A los ojos de Dios, nuestra causa es justa.

—Sí, ya lo sé. Pero tengo órdenes de no luchar.

—¿Qué me importan sus órdenes?  —chilló—. No queremos corresponsales. No queremos palabras impresas en un libro. Queremos rifles y matanzas, y si morimos nos tratarán como a santos. ¡Cobarde! ¡Huertista! [Huerta era el dictador militar contra el que luchaban]

—Basta ya —gritó alguien.

Alcé la vista y vi a Longinos Güereca [oficial amigo del periodista] de pie frente a mí.

—Julián Reyes, usted no tiene ni idea. Este compañero ha recorrido kilómetros por mar y tierra para contar a sus compatriotas la verdad de la lucha por la libertad. Va a la batalla desarmado y es más valiente que usted, que tiene un rifle. Ahora váyase de aquí y no lo moleste más».

El alcohol hace amigos

John Reed es un hombre abierto, afable y sabe cómo ganarse la confianza de los campesinos, como relata en numerosos pasajes como este:

«Los hombres me rodearon, divertidos e interesados. ¿Iba a luchar con ellos? ¿De dónde venía? ¿Qué estaba haciendo? La mayoría nunca había oído hablar de los periodistas, y uno de ellos se atrevió a opinar con tono sombrío que yo era un gringo y un porfirista [en referencia al entonces ex presidente Porfirio Díaz], y que debía ser fusilado (…). El resto, no obstante, se oponía completamente a esa opinión. Ningún porfirista podía beber tanto sotol de un trago».

La opinión favorable se consolidó cuando Reed, el míster, añadió que también le gustaba «el aguardiente, el mezcal, el tequila, el pulque y otras costumbres mexicanas».

Uno de los grandes atractivos de México insurgente son los retratos esbozados por Reed de los adalides de la revolución y, muy especialmente, Pancho Villa. Era un campesino medio bandolero medio guerrillero, sin formación alguna, pero al periodista le deslumbró. Escribe:

«Es fascinante verle descubrir nuevas ideas. Hay que recordar que ignora por completo los problemas, confusiones y reajustes de la civilización moderna.

—El socialismo, ¿qué es? —dijo una vez cuando le pregunté qué le parecía—. Solo lo veo en los libros, y yo no leo mucho».

Deslumbrado por Pancho Villa

Le deslumbraba la llaneza del personaje y su falta de ambición política. El periódico obligaba a Reed a preguntar directamente al mítico revolucionario si esperaba ser presidente de México, asunto que según el periodista «molestaba particularmente al guerrillero, que era consciente de su incultura: apenas hacía dos años que había aprendido a leer y escribir». De mala gana se lo preguntó, y aquí Villa sacó su genio guerrero:

«—Se lo he dicho muchas veces —dijo finalmente, exasperado—.  No hay ninguna posibilidad de que yo sea presidente de México. ¿Es que los periódicos intentan crear problemas entre mi jefe y yo? Es la última vez que voy a responder a esta pregunta. Al próximo corresponsal que me lo pregunte lo haré azotar y lo mandaré a la frontera».

Reed da fe de que el propio Villa, al igual que los campesinos mexicanos, «nunca se tomó en serio a los corresponsales». No es solo que no pareciera entender la necesidad de la presencia de reporteros, sino que hasta «le parecía muy gracioso que un periódico estadounidense estuviera dispuesto a gastar tanto dinero solo para conseguir la noticia».

El periodista insiste en dejar clara su admiración por Villa, el Centauro del Norte, y no duda en contribuir a la leyenda de su desconcertante campechanería. Escribe:

«El miércoles, mi amigo el fotógrafo y yo deambulábamos por un campo cuando Villa se acercó cabalgando hasta nosotros. Parecía cansado y sucio, pero contento. Detuvo a su caballo delante de nosotros, con movimientos tan naturales y gráciles como los de un lobo.

—¿Bueno, muchachos, cómo les va? —preguntó sonriendo».

Los reporteros le respondieron que estaban muy a gusto, y el comandante les explicó la situación, dando a entender que no era tan ingenuo como aparentaba sobre la necesidad de convencer a la opinión pública norteamericana:

«—No tengo tiempo de ocuparme de ustedes, así que deben tener cuidado de no ponerse en peligro. La cosa está mal. Hay centenares de heridos. Esos muchachos son unos valientes, los más valientes del mundo. Pero —añadió complacido— deber ir ustedes a ver el tren hospital. Ahí tienen un buen tema para escribir un artículo».

Reed le hace caso, acude a ver a los heridos y, cómo no, le da la razón a Villa: «En verdad, era un espectáculo grandioso».

Antídoto contra las bombas

México insurgente ofrece también interesantes observaciones sobre la vida de los periodistas que seguían a los revolucionarios. Cuenta Reed que los reporteros disponían de un vagón, «un furgón de carga acondicionado para los corresponsales, fotógrafos y cámaras». Y relata la satisfacción que sentían cada vez que, tras padecer las penalidades del frente, volvían a él: «Por fin, teníamos nuestras literas, nuestras mantas y a Fong, nuestro querido cocinero chino».

El alcohol como antídoto del miedo circulaba entre aquellos pioneros del periodismo de guerra. Reed describe de forma magistral el comportamiento de los reporteros en medio del caos de un ataque, con cientos de hombres huyendo, mujeres gritando y bombas cayendo por todas partes.

«Pero el efecto sobre los corresponsales y periodistas fue peculiar —relata con asombro—. Nada más explotar la primera granada, alguien sacó una jarra de güisqui de forma totalmente espontánea y nos la fuimos pasando. Nadie decía una palabra, pero todos dábamos un buen trago cuando nos tocaba. Cada vez que una granada explotaba cerca, nos estremecíamos y dábamos un brinco, pero al cabo de un rato ya no nos importó. Comenzamos a felicitarnos por ser tan valientes de haber permanecido junto al vagón bajo el fuego de la artillería. Nuestra valentía aumentaba a medida que los disparos se espaciaban hasta acabar cesando por completo, y también a medida que el güisqui menguaba. Todo el mundo se olvidó de cenar».

Los privilegios del periodista amigo

En su biografía de Pancho Villa (Planeta, 2006), Paco Ignacio Taibo II califica a Reed como el gran cronista de la revolución mexicana y lo describe con detalle: «Viste un traje de pana amarillo brillante, dispone de cuenta de gastos, carga catorce diferentes clases de píldoras y vendajes».

El periodista César G. Calero, en un documentado artículo publicado en CTXT, explica los privilegios de los que disfrutaba Reed en México: «Dispone del uso gratuito del telégrafo y del tren y, además, Villa lo invita a sus reuniones y permite que le acompañe en sus campañas militares».

Recoge también Calero una cita de Almost Thirtyun texto autobiográfico escrito en 1916 en el que Reed se refiere a sus cuatro meses en el Norte de México:

«Tal vez el periodo más satisfactorio de mi vida (…). Descubrí que las balas no son tan aterradoras, que el temor a la muerte no es una cosa tan grande y que los mexicanos son maravillosamente simpáticos (…). Me hallé de nuevo a mí mismo. Escribí mejor que nunca».

Reed es personaje difícil de catalogar. Cada línea que escribe debe tomarse con precaución porque, como dejó dicho su contemporáneo, el dramaturgo David Carb, en el libro «hay mucho de Reed y sospecho que muy poco de México». Otros se centraron más en su carácter y en su éxito con las mujeres, como el prolífico Upton Sinclair (Los dientes del dragón), que le definió como un «playboy de la revolución». Pero quizá quien mejor supo captar la compleja personalidad de Reed fuera su compañero de universidad en Harvard, Walter Lippmann, quien destacó la «genialidad» de un escritor que fue a la vez reportero, poeta, y activista. Todas esas habilidades impregnan unas narraciones que, a juicio del gran maestro del periodismo, aunaban una clase magistral de historia y la mejor literatura.

Se echa de menos la traducción en España de la obra de Louise Bryant, su compañera, para completar la historia de Reed y la de ella misma, tan apasionante como la de él. Libros como Six Months in Russia o Mirrors of Moscow y artículos como «The Last Days with John Reed: A Letter from Louise Bryant» serían de gran ayuda para entender mejor el convulso siglo XX y no quedarnos solo con la imagen de Diane Keaton en la película Rojos.

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Autor: John Reed. Ilustrador: Alberto Gamón. Traductor: Íñigo Jáuregui. Título: México insurgente.Editorial: Nórdica / Capitán Swing. Venta: Todos tus librosAmazonFnac y Casa del Libro.

(Artículo publicado en Zenda el 30 de diciembre de 2020)

Destacado

En defensa de 2020

Más allá del Negrón/ Calificado como “el peor año de nuestra historia”, falta por saber si ha sido un año perdido o un año ganado

Juan Carlos Laviana

El peor año de nuestra historia. Lo dijo Time y punto redondo.  Como si lo hubiera dicho Blas. Hombre, no. Lo que nos pasa a nosotros siempre es lo peor.  ¿Usted cree que este ha sido el peor año de la vida en la mayoría de los países africanos? Pues no. Los han tenido peores. Para esos países donde no hay más que años malos, este ha sido uno más. Para ellos la Covid 19 ha sido un mal menor al lado de los males cotidianos,

Todo depende desde qué punto de vista se mira. Hay una muy divertida película del año 1994 que Emilio Martínez Lázaro tituló “Los peores años de nuestra vida”. Y lo eran porque, desde el punto de vista de aquellos jovenzuelos,  las complicaciones del ligoteo hicieron de aquellos meses los peores de su vida. No es más que una comedia, pero sirve para demostrar lo subjetiva que es esta cuestión.

Los detractores del sensacionalista título de “Time” se han  apresurado a recordar la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, Hiroshima. Aquellos sí que fueron años malos. Es más, sobre las consecuencias de aquella guerra hay otra película titulada “Los mejores años de nuestra vida”, realizada por William Wyler en caliente, solo un año después de terminada la guerra.

Con “Los mejores años de nuestra vida”, Wyler no estaba haciendo un juego de palabras, sino refiriéndose a los años (los mejores) que habían perdido los jóvenes de aquella generación. Y esa debería ser la cuestión. ¿Hay años, según la edad, más valiosos que otros? ¿Son más valiosos los años de juventud que los de la vejez, con la que tanto se ha cebado la pandemia?  No debiera haber vidas que valgan más que otras. Ya se  discutió mucho al respecto en los peores momentos, cuando los médicos hubieron de enfrentarse al dilema de salvar unas vidas en detrimento de otras.

A veces, parece que hayamos perdido la perspectiva a la hora de la valoración. Cuando se publican titulares como “un año sin abrazos”, “un año lejos de casa por Navidad” o “un año sin vernos las caras” deberíamos tener un poco de ponderación. Parece que quisiéramos enmascarar lo verdaderamente grave con lo anecdótico, No estaría de más tener en cuenta que se trata de un sacrificio mínimo a cambio para proteger la vida, Vale, los gestos son importantes, pero también conviene no convertirlos en rutina y renovarlos de vez en cuando,

“He tenido años perores” es una respuesta frecuente y conformista cuando nos preguntan qué tal y no queremos entrar en detalles. El que no se conforma es porque no quiere. Pero, curiosamente, tendemos a no acordarnos como sociedad  de los años buenos. ¿Ha oído alguna vez decir qué gran año fue el 75, o el 82 o el 92? No, salvo que sea en  referencia a las cosechas,

Lo verdaderamente importante de este 2020 –al que por cierto recibimos con jolgorio: qué número más bonito- es saber si ha sido un año perdido o un año ganado. No creo que acierten aquellos que dicen que fue un año en blanco. Habrá sido, si acaso, un año negro para quienes se dejaron la salud o la vida en él. Pero no en blanco. En el peor de los casos, este 2020, maldito para tantos, nos deja muchas enseñanzas. Y la principal de todas es la capacidad de la sociedad para enfrentarse –con mascarillas, con sacrificios, con prudencia- al jinete del Apocalipsis del caballo pálido de la peste y de la muerte.

Es pronto para saber cómo pasará este año a la historia, ¿Será el año del Covid-19 o el año de la vacuna?  Igual, visto en perspectiva dentro de unos años, lo positivo se impone a lo negativo y se habla del año en que la humanidad fue capaz de vencer a la primera pandemia global. Que todos lo veamos. De momento, feliz 2021.

(Artículo publicado en La Nueva España el 31 de diciembre de 2020)

Destacado

Pierre Cardin, el gran capitalista que revolucionó la moda

El multimillonario modisto italo-francés, uno de los grandes renovadores del diseño del siglo XX, murió en París a los 98 años

Juan Carlos Laviana

El mundo tal y como lo conocemos tendría una apariencia muy diferente sin la decisiva influencia del diseñador y modisto Pierre Cardin. Creó el prêt-à-porter, socializando la moda, y cambió por completo la forma de vestir de la mujer. Moldeó los gustos estéticos del siglo XX y, además de convertir el mercado de la moda en un negocio global, lo trasladó a otros sectores como el del automovilismo o el de la alimentación.

Por si todo ello no fuera suficiente, Cardin ha dejado además una huella importante como restaurador, dramaturgo, escenógrafo y compositor, hasta el punto de ser considerado un Leonardo da Vinci de los siglos XX y XXI. Él mismo era consciente de su enorme influencia y así lo dejo dicho en una entrevista reciente: “Yo no digo que mi gusto sea mejor que otro, pero la realidad es que ha sido aceptado masivamente”.

De pobre a multimillonario

Nació pobre. Fue el último de los once hijos de una familia de granjeros venecianos. El hambre lo llevó a París con sólo tres años. Muy joven demostró su afición por la costura como meritorio de diversos modistos. Sus dotes propulsaron su carrera hasta convertirle en 1947, con solo 25 años, en jefe del atelier de Christian Dior, una influencia decisiva.

Dando muestras prematuras de su carácter emprendedor, en sólo tres años se independizó y estableció su propia casa, la casa Pierre Cardin. A partir de ahí, ya sólo dependería de sí mismo y de su desbordante creatividad.

En la década de los 50, fue un vanguardista. Rompió moldes con su ropa “lista para ponerse” y revolucionó la industria, lo que le valió el rechazo y la expulsión del corto de miras sindicato de modistos. Sus modelos baratos fabricados en serie arruinaban el exclusivista negocio de los caros y exclusivos modelos hechos de formar artesanal y a medida.

Distribuido masivamente por los grandes almacenes Printemps, se convirtió en el primer costurero de París. Como él mismo diría años después, era necesario vestir a las mujeres que se ven obligadas a salir de sus casas para ir a trabajar.

En la década de los 60, emerge el llamado Cardin futurista. Incorpora formas y motivos geométricos, incluso renunciando al corsé de las formas femeninas. No deja de innovar y lanza la primera moda unisex. Las estrellas, la ciencia y la carrera espacial le inspiran. “Yo soy un hombre de la luna” explicó años más tarde. “De esa época cosmonáutica que entonces era una ideología y que ahora es una realidad”. Siempre diría que aquellos experimentales y creativos años 60 fueron la época de su vida de la que se sentía más orgulloso.

Cardin, el omnipresente 

En los años 70, llama la atención del mundo por su alternancia de las faldas mini y las faldas maxi, por las combinaciones de casacas largas o abrigos hasta los pies con exiguas minifaldas. Su propuesta se extendió como la pólvora y hoy no hay película o fotografía de la época en la que no se reconozca su decisiva influencia.

El Pierre Cardin hombre de negocios tampoco paraba de progresar. Ya a finales de los 50 había visitado Japón, sentando las bases de la apertura de la moda occidental al inmenso mercado asiático. Se ponía en marcha un mundo globalmente uniformado por la moda. Los jóvenes de Tokio empezaron a vestir igual que los jóvenes de Londres o París. Algo que, pese a ser su responsabilidad, no encajaba con los gustos estéticos de Cardin: “No entiendo cómo los jóvenes, que detestan a los militares y los uniformes, están todo el día con el vaquero como si fuera un uniforme”.

Con solo 16 años, una médium ya le había vaticinado que viajaría por todo el mundo. Pero Cardin irá más allá y lo conquistará. Su imperio llegó a emplear a 180.000 personas en 800 fábricas repartidas por 102 países, entre ellos China y la Unión Soviética, entonces mercados inéditos para las grandes firmas de la moda.

Artista del Renacimiento

No se limitó al vestido. Su creatividad desbordante también se extendió a una infinidad de productos –se calcula que en torno a 700–, que incluyen automóviles, baldosas, mermeladas, cacerolas, corbatas, perfumes, lapiceros, vajillas… Baste decir que cada semana se venden en el mundo un millón de productos con el sello Pierre Cardin.

A principios de los 80, abrió otra vía de negocio muy diferente al adquirir los lujosos restaurantes Maxim’s, de los que más tarde abrió sucursales en Nueva York, Londres y Pekín. Años después, completaría su negocio de hostelería con una cadena de hoteles con el mismo nombre.

Con el Cardin hombre de negocios convivía el Cardin amante de la cultura. Amigo de Salvador Dalí, de Jean Cocteau, de Luchino Visconti, de Franco Zeffirelli, de Lucía Bosé o de Jackie Kennedy, guardaba un grato recuerdo de sus largas conversaciones sobre arte. Todos ellos fueron una influencia decisiva en su trabajo.

El dinero como medio

Siguiendo su máxima de que “el dinero sólo es un medio”, dedicó gran parte de su fortuna a la inversión inmobiliaria. Se sentía muy orgulloso de la compra del Espace Cardin, inaugurado en 1971 en el Théâtre des Ambassadeurs de París. Allí se exhiben hoy sus creaciones, pero también sirve de plataforma para jóvenes talentos del teatro o de la música.

Se hizo con las ruinas del emblemático castillo en Lacoste Vaucluse, que en su tiempo fue habitado por el Marqués de Sade y Casanova. Tras un profundo trabajo de restauración, en el que dejó su inconfundible sello, lo utilizó para celebrar festivales de teatro y también para guardar sus dos colecciones personales favoritas: la de muebles y la de loros.

Además de su talento para el arte, Pierre Cardin tenía una enorme facilidad de palabra. Era famoso por su forma de hablar. Sus entrevistas acababan por ser una sucesión de ingeniosos aforismos en los que intentaba envolver su manera de pensar.

“No necesitas nada cuando lo tienes todo”, decía sobre sus aspiraciones. Incluso se atrevía a hacer vaticinios y explicar cómo veía el mundo de la moda del mañana: “En el futuro, cuando las ciudades estén climatizadas, el maquillaje ya no se limitará sólo a la cara, sino que se extenderá por todo el cuerpo, como una segunda piel. El vestido será un adorno, perderá sus limitaciones climáticas y se convertirá en una joya“.https://www.youtube.com/embed/H8e45iQjMPI

Capitalista de alma socialista

Nunca ocultó sus ideas ni su forma de pensar sobre la política. “Yo he sido capitalista” aseguró en una entrevista. “No he querido ser comunista porque es lo más triste del mundo, aunque yo respeto esa ideología humanitaria, que tiene razón de existir cuando no se tiene nada, porque es una especie de religión. Desde siempre, mi objetivo para el éxito ha sido el capitalismo. Sin embargo, quiero señalar que yo soy un capitalista al servicio del socialismo, que el capitalismo sólo es válido cuando se pone al servicio del público”.

En cambio, siempre se ha mostrado muy receloso sobre su privacidad. “Mi forma de vivir es la misma de cuando empecé”, declaró cuando le preguntaron por su vida. Se conocen detalles nimios, pero significativos, como que utilizaba una pequeña habitación, casi una celda, en su caserón de los Campos Elíseos, frente al palacio presidencial, y que el paladín de la modernidad detestaba los aparatos digitales.

Cuando le preguntaron sobre la mayor locura que había hecho por amor, se limitó a bromear. “No casarme. Así soy libre y no un esclavo”.

Su gran amor fue la actriz Jeanne Moreau, con la que mantuvo un romance. Incluso se plantearon casarse, pero él se negó, según contaría más tarde. “No quería ser el señor Moreau y ella no habría querido ser la señora Cardin. Sin duda, fue una especie de orgullo ridículo”.

En su vejez, el hombre que lo consiguió todo en la vida, que incluso transformó el mundo en el que vivió, reconocía que sólo le quedaban dos sueños por realizar: tener un hijo y viajar a la luna. El mundo se le quedaba pequeño. Aún necesitaba expandir más su creatividad y su influencia.

Pietro Costante Cardin, más conocido como Pierre Cardin, nació el 2 de julio de 1922 en San Biagio di Callalta (Véneto, Italia) y murió el 29 de diciembre de 2020 en París (Francia).

(Artículo publicado en El Español el 29 de diciembre de 2020)

Destacado

Vida contemplativa contra el virus

Más allá del Negrón/ En estos tiempos inciertos de pandemia, se celebra una inusual Navidad austera e introspectiva  

Juan Carlos Laviana

Ha sido así históricamente. Cuando los seres humanos vivimos momentos apocalípticos, volvemos la mirada al cielo o hacia nuestro interior, o hacia los dos sitios, según cada cual. Las pestes, los grandes desastres naturales o las guerras han dado lugar a momentos que podríamos llamar místicos. Ante la incomprensión de lo que sucede, la persona busca respuestas; está en su naturaleza.

Esta Navidad la vamos a vivir –en muchos casos por obligación- de la forma más austera y monacal que se recuerda. En la intimidad. A lo sumo, rodeados por lo que ahora llaman convivientes y antes llamábamos el núcleo familiar; o de los allegados, que se puede traducir libremente como los más íntimos. Y no pueden faltar, que este año van a ser muchos más, los que ya no están entre nosotros,

Bueno, ese es el más auténtico espíritu de la Navidad, o de “las fiestas del afecto”, en la versión gubernamental. No hay grandes aglomeraciones con ansias consumistas en los centros comerciales. No hay suntuosos viajes al otro lado del mundo huyendo de la “cursilería” o de la angustiosa sensación soledad que despiertan estas fechas, No habrá fastuosas fiestas de Nochevieja para despedir el año.

Estarán contentos quienes denunciaban que la Navidad había perdido su espíritu en pro de los dioses paganos del consumismo. Estarán contentos, también, quienes se indignaban por la invasión del espacio público por una celebración que ni les iba ni les venía y que, incluso, proponían cambiar por la bienvenida al solsticio de invierno,

El no hay mal que por bien no venga o el cada crisis es una nueva oportunidad nos facilita, por fin, una Navidad diferente.  Acotados en un determinado perímetro, encerrados en  casa y con muchas horas conviviendo con  uno mismo o con los estrenos de Netflix. Será difícil evitar la intimidad, la introspección, la reflexión. El desconcierto nos hace buscar respuestas. Buscar un sentido a un mal del que ignoramos casi todo, del que apenas sabemos que ha modificado nuestra vida para siempre.

Esta Navidad nos ha pillado bajos de moral ante un futuro incierto, pesimistas ante una vacuna que a saber si funcionará y qué efectos tendrá, y apabullados por una crisis económica de la que no sabemos el alcance, No es de extrañar que en estos días, sean muchos los que dirijan sus miradas hacia la vida contemplativa; no hay más que ver el éxodo de las ciudades a los pueblos.

Los periódicos dan noticia de la nueva campaña de la Asociación Contemplare, que acaba de lanzar su “Amazon de la vida monástica”. Un grupo de empresarios han lanzado este proyecto para “tender un puente entre los más de 800 conventos de España y la sociedad”. Ofrecen desde muy  exquisitos alimentos gourmet hasta productos de belleza naturales, pasando por una selección de vinos y licores muy tentadores. Haciendo honor al lema “del convento a casa”, el consumidor también puede, rellenando un simple cuestionario, comprar oraciones de los frailes o monjas ofrecidas en exclusiva a la persona que quiera destinarlas.

Se echa de menos, en la muy moderna y cuidada página web, la oferta de estancias en los monasterios. A muchos les han venido muy bien unos días de paz y serían muy recomendables en estos tiempos azorados y estresantes. El columnista Pedro G. Cuartango, asiduo de la hospedería de Silos y agnóstico confeso, recomendaba en una columna reciente a nuestros políticos que pasaran una semana de vez en cuando en algún convento. “para aprender de la austeridad y de su amor al prójimo,”

En una entrevista este domingo en el “Diario de Burgos”, el nuevo abad de Silos. Lorenzo Maté, coincide en señalar la pandemia como “una oportunidad para pensar, porque se lleva una vida demasiado ajetreada”. Entre sus sabias observaciones, destaca una tajante proclama: “La crisis actual es un toque de atención, pero no es un castigo divino”.  En esta Navidad, libre de compromisos y con mucho tiempo libre, merece la pena darle una vuelta a las palabras del abad.

(Artículo publicado en La Nueva España el 24 de diciembre de 2020)

Imagen: Fragmente de “Vista desde el mirador de la playa de Aguilar”, obra de Federico Granell utilizada por La Nueva España como Christmas navideño.

Destacado

Vida más allá de la pandemia

Más allá del Negrón/ Mientras el común de los mortales se afana por sobrevivir, las grandes compañías de Internet ya tienen el plan para el día después

Juan Carlos Laviana

En esta situación límite, son muchos los que luchan por sobrevivir. Los hosteleros que no han tenido que cerrar se han entregado a las compañías de reparto -que se llevan entre un 30 y un 40 por ciento de la cuenta- o ya han convertido las barras en meros mostradores. Los pequeños comerciantes intentan de forma titánica adaptarse al mundo digital para competir con los grandes monstruos del telecomercio, cuando ni siquiera el Corte Inglés logra plantarles cara. Los taxistas intentan reagruparse para competir con los Uber que gráficamente ya no llaman conductores a sus conductores, sino partners; el lenguaje lo dice todo. Las salas de cine se desesperan, ahogadas por la falta de películas que proyectar, acaparadas por las plataformas. Los periódicos corremos desaforadamente detrás de la inalcanzable liebre de la digitalización. mientras los grandes monstruos de la comunicación (redes, agregadores) se llevan la publicidad a espuertas y los lectores a millones.

Sin ánimo de caer en la recurrente conspiranoia, cualquiera diría que alguien está diseñando un mundo nuevo mientras los demás luchamos por no contagiarnos o por no caer en un ERTE. Simplemente por sobrevivir. No hay más que asomarse a las colas en iglesias  y bancos de alimentos y sorprenderse de que quienes buscan algo que comer ya no son los denostados vagos y maleantes, sino personas de andar por casa. “La clase media en las colas del hambre”, titulaba un periódico el domingo.

Hace nada, nuestros padres llegaban a casa con la cara teñida de carbón cuando no había ni duchas a la salida de los pozos o talleres. Hace un poco menos, llegaban con la corbata aflojada y el último botón de la camisa desabrochada como si vinieran de pelearse con la vida. Hoy, simplemente, no salen de casa. Ya sea  porque no tienen empleo al que acudir o porque teletrabajan.

El teletrabajo ha sido una de las grandes revoluciones que ha traído esta crisis. Se ha pasado de que fuera una práctica aislada a una práctica casi mayoritaria. Es más, las grandes compañías ya se preparan para que así sea una vez superada la pandemia. El 12 de mayo, el patrón de Twitter, Jack Dorsey, anunciaba que los empleados podrían trabajar desde casa indefinidamente, Medidas similares han adoptado todas las grandes empresas tecnológicas.

“Teletrabajo para siempre”, sentencia en un artículo reciente Bernardo Crespo, de la IE Business School. Y va más allá: “si cambia el ecosistema laboral, cambian las habilidades profesionales” requeridas por los empresarios. De hecho, ya son muchas las compañías que están adiestrando a sus empleados en esas habilidades propias del trabajo a distancia. Finaliza el profesor Crespo con una pregunta estremecedora: ¿Estamos diseñando personas tal y como diseñamos productos en la era digital?

Qué exagerado, se dirá. No tanto si tenemos en cuenta que el siguiente objetivo de esas grandes compañías es la educación. Hace seis meses Google anunciaba el lanzamiento de títulos privados de determinadas carreras. Microsoft, a través de LinkedIn, ha puesto en marcha su plataforma LinkedIn Learning. Si ya consiguieron moldear las preferencias de los consumidores, si ya consiguieron determinar el voto en las elecciones, ¿qué les va a impedir dirigir la educación de nuestros hijos? Dicen que no se puede ir contra el progreso, aunque a veces dan ganas, por aquello que escribió Delibes en Un mundo que agoniza: “El progreso comporta, inevitablemente, una minimización del hombre”.

Las administraciones públicas han empezado a reaccionar tímidamente a lo que ya se percibe como una amenaza, dada la posición de monopolio de estos gigantes. La semana pasada el gobierno norteamericano presentó una demanda contra Google. Europa se afana en que, al menos, paguen impuestos o nos retribuyan por usurpar nuestra información.

No se avecina un mundo tranquilo después de la pandemia. La batalla por la hegemonía mundial entre China y EE.UU.,  estará  condicionada por la relación con los grandes monstruos digitales. Y en eso China siempre lleva las de ganar, porque para Beijing el estado y las empresas vienen a ser lo mismo.

Mientras, nosotros seguiremos entretenidos dándole vueltas a la Ley Celaá, a los chats de los militares retirados o al creciente peso de Iglesias en el Gobierno.

(Articulo publicado en La Nueva España el 17 de diciembre de 2020)

Destacado

La turbulenta vida de Alfons Quintà, una novela de no ficción

JUAN CARLOS LAVIANA 

La turbulenta vida de Alfons Quintà, una novela de no ficción

Jordi Amat recuerda en la nota final de El hijo del chófer (Tusquets) un curso en el que se discutía sobre «el mal de los otros y el mal que habita en nosotros». Salieron a relucir célebres personajes malignos elevados a personajes literarios. Entre ellos, el Adolf Eichmann de Hannah Arendt, el Ramón Mercader de Gregorio Luri, el Enric Marco de Javier Cercas y el Perry Smith de Truman Capote. Amat ya tenía entonces, en 2018, a su propio malvado en la cabeza: el periodista Alfons Quintà. Era un personaje literario. Sólo faltaba plasmarlo en libro e incorporarlo, como ha hecho Amat, a la selecta galería de los perversos.

La vida de Alfons Quintà tiene muchos ángulos, ángulos muertos, diría Amat. Pero tiene sobre todo un carácter novelesco. Hijo del chófer de Josep Pla, prácticamente se cría en el llamado Camelot ampurdanés del escritor, del que conservaría unos inmejorables contactos, clave para su actividad periodística. No en vano, allí, en el círculo de Pla y en pleno franquismo, se cocina la identidad catalana que hoy, más de medio siglo después, se ha transformado en el procés.

Testigo de los secretos del poder

Convertido en periodista, Quintà inicia su carrera en diarios impulsados por la burguesía catalanista: Tele/eXpress, donde firma su primer artículo sobre el «caso Matesa», y El Correo CatalánLlega a ser ayudante del todopoderoso corresponsal de Le Monde, Antonio Novais, colabora con la agencia Associated Press y el New York Times. Con Franco aún vivo, en 1973, dirige Dietari, el primer informativo radiofónico en catalán desde la República. Es un periodista con una sólida formación, con valiosos contactos nacionales e internaciones, como pocos en aquella España. Y además, como recuerda Amat, ha sido un testigo privilegiado: «No hay un solo periodista de su generación que sepa como él cómo se ha desarrollado el poder en Cataluña durante la posguerra desarrollista».

Su gran salto profesional se produce siendo delegado de El País en Barcelona. Allí destapa el mayor escándalo financiero de la historia de España: el «caso Banca Catalana», entidad financiera de la familia Pujol. Las presiones obligan al entonces director, Juan Luis Cebrián, a paralizar la investigación y a desechar a Quintà como director de la edición catalana de El País.

La función del cuarto poder

A propósito de su primera información de Quintà sobre Banca Catalana, Jordi Amat introduce una muy clarificadora reflexión sobre la relación entre la prensa y los otros poderes, que merece leerse con detenimiento. «El artículo —escribe— es un ejemplo de la función democrática del cuarto poder, pero el cuarto poder solo es independiente en teoría. No lo es en la práctica. Al fiscalizar los otros poderes, en especial los poderes duros —el dinero, la ley, la política— ejerce una función en la batalla que se da dentro de cada uno de los poderes y en la interrelación que se establece entre ellos, creando una trama que garantice su estabilidad pero también su impunidad».

Y concluye asegurando de forma tajante que «los ingenuos no sirven para este oficio. No es un territorio para la moral. Es una batalla destructiva. Abrasa a quien la juega y la pierde, encumbra a quien la gana». Es la otra cara de la tan manida e incomprendida sentencia de Ryszard Kapuściński: «Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas».

El constructor del «mito» catalán

De Alfons Quintà no se puede decir que fuera ingenuo ni buen ser humano. Ayudado por su aparente incongruencia y su capacidad para levantarse tras la caída, pronto se repone del golpe que supuso la censura en El País. Su enemigo número uno, el político al que había intentado destruir, el presidente de la Generalitat, le hace un encargo que iba a transformar para siempre la imagen y la conciencia de Cataluña: poner en funcionamiento TV3, un instrumento de propaganda que en manos diestras, como las de Quintà, es la más poderosa de las armas. Alejado del folclore, de la sardana y la butifarra, la televisión catalana se convierte en una de las más modernas e innovadoras del mundo. Una televisión de vanguardia para una nación moderna, se dirá. Como si de una Leni Riefenstahl se tratara, Quintà glorifica a Pujol —a quien antes quiso destruir—, convierte al villano enriquecido irregularmente con su banca en un mártir de la persecución de Madrid, y construye lo que hoy conocemos como el mito catalán.

Desde lo más alto, el periodista vuelve a caer, seguramente porque su alta competencia profesional se ve lastrada por sus maneras de tirano a la hora de dirigir sus equipos. Pero ahí está de nuevo la mano derecha de Pujol, Lluís Prenafeta, para recogerlo y ofrecerle la que iba a ser la penúltima oportunidad de convertirse en el mejor periodista de su generación. Se trata de un nuevo e insólito proyecto, El Observador, un diario en español para catalanistas. Entre los inversores llama la atención el entonces magnate Javier de la Rosa, quien aporta mil millones de pesetas procedentes de su inversión en Grand Tibidabo.

¡Qué puede salir mal! Baste una anécdota como muestra de lo disparatado del proyecto. Como la salida del diario se retrasa una y otra vez, el propio director imprime un ejemplar de 8 páginas con artículos incendiarios contra su propia empresa. Por la presión, o por otras razones, el periódico nace finalmente el 23 de octubre de 1990. Antes de cumplir los tres meses, Quintà es otra vez destituido.

El Mundo, la última oportunidad

A partir de ahí, la decadencia. Cada vez se le hace más difícil levantarse de las caídas. Los grandes logros no compensan la mala reputación. La definitiva y última oportunidad se la da en 1991 Pedro J. Ramírez, quien le ofrece la corresponsalía de El Mundo en Barcelona, con la misión de organizar una delegación. En ese momento tengo la oportunidad de conocerle. Soy su interlocutor en Madrid y soporto estoicamente sus largas peroratas. Deambula por la redacción en busca de alguien que quiera escucharle. Opina sobre todo, ante el recelo de los demás periodistas. Lleva de un lado para otro una foto hecha por él mismo de un muro en el que aparece una enorme pintada contra España; según él, el mejor reflejo de la opresión que vivía Cataluña. Se la enseña a todo el que se cruza. Por pesadez —como si fuera un becario mendicante— consigue que se publique. Fue su primera aportación al diario, en el que tampoco duraría mucho. De nuevo, hubo de refugiarse en sus colaboraciones —esas nunca le fallaron— en el Diari de Girona.

Estrambótica y violenta personalidad

Hasta aquí el periodista Quintà. Falta el personaje. Y eso es precisamente lo que aporta Jordi Amat al entretejer la estrambótica y violenta personalidad con su indudable capacidad profesional, aunque, eso sí, siempre inspirada por un activismo cambiante. Y como fondo, una Cataluña que avanza en la historia desde el acomodo a la dictadura franquista hasta los delirios independentistas, todo ello bien aliñado por la corrupción que todo lo impregna.”Acosa a las redactoras con procaces y amenazantes propuestas sexuales, llega a ser un maltratador que persiguió pistola en mano a una pareja que osó abandonarlo”

Quintà es un hombre condicionado por el odio al padre, un padre que le dejó marcado de por vida, y no solo con la pretina. Recurre con frecuencia al chantaje. Extorsiona al propio Pla, su otra figura del padre. Se convierte en una práctica habitual. Siendo ya delegado de El País, saca tiempo para estudiar Derecho. Algunos profesores le aprueban a cambio de que él consiga publicar sus artículos de opinión. Incluso en una ocasión, una profesora le sorprende copiando y el periodista se indigna hasta tal punto que la denuncia al día siguiente en un breve del periódico.

Sostiene Amat que “hay dos dimensiones de Quintà que pueden solaparse en el día: la del director que cumple con el intenso programa de reuniones y la del ogro arbitrario”. En El hijo del chófer quedan perfectamente ensambladas. «Su conducta —puede leerse— va de la mala educación al asedio. No es que sea raro o excéntrico. Es pérfido. Sabemos de su grosería, que come ansiosamente con las manos, y no solo de su plato, que acosa a las redactoras con procaces y amenazantes propuestas sexuales, que llega a ser un maltratador, que persiguió pistola en mano a una pareja que osó abandonarlo. En la redacción de TV3, cuentan los que lo vivieron, impuso un clima de terror, incluso con amenazas de muerte».

El sangriento final

El carácter violento se mezcla con la depresión por la decrepitud. Visto desde ahora, el más trágico de los finales posibles parece estar predeterminado como en las tragedias griegas. El 19 de diciembre de 2016, en su casa del barrio de Les Corts, asesina con una escopeta de caza a su esposa, Victòria Bertran, médico de 57 años, que lo había abandonado y había regresado a la vivienda para cuidar al enfermo. El asesino aún tiene tiempo para escribir una nota de despedida antes de dispararse con la misma escopeta un tiro en la cara,

Una vida que es una novela. Una novela que ahora llamamos de no ficción, porque la vida, por novelesca que sea, no es ficción. Jordi Amat cuenta los avatares de la tormentosa existencia de Alfons Quintà con una medida mezcla de profusa información y opiniones deslizadas por el propio autor. Y lo cuenta de una forma que estremece al leerla, en un rabioso tiempo presente, como si lo que narra estuviera sucediendo en el mismo momento que el lector lo lee.

Novela, crónica, libro documento, nuevo periodismo, nueva narrativa… Qué más da el nombre que le pongamos. Eric Vuillard (El orden del día) o Emmanuel Carrère (Limónov) han resucitado esa forma de contar que ha inspirado a Jordi Amat. Lo cierto es que ahora ya sabemos quién fue Alfonso Quintà y sabemos un poco más sobre «el mal de los otros y el mal que habita en nosotros».

P. S. Cuando Pedro J. Ramírez me llama el 20 de diciembre de 2016 para informarme de la muerte de Alfons Quintà y proponerme escribir su obituario, declino el ofrecimiento. Lo conocía, lo había tratado, pero apenas sabía nada sobre él. Siempre me quedó un mal sabor de boca por no haberlo intentado. La lectura del libro de Jordi Amat me ratifica en la decisión: no sabía quién era Quintà.

(Artículo publicado en Zenda el 8 de diciembre de 2020)

Destacado

Convivir con la mentira

Más allá del Negrón/ Boris Johnson pide advertir de que «The Crown» es ficción, porque el espectador de hoy ya no distingue lo que es verdad

 Juan Carlos Laviana

Los parroquianos del Grand Café de París. que en 1896 veían por primera vez la película «La llegada de un tren a la Ciotat», se levantaron precipitadamente de sus sillas pensando que el tren les iba a arrollar, Mi tío Honorino, el mayor aficionado al wéstern que he conocido, salía del cine Vital de El Entrego andando con las piernas arqueadas como si acabara de bajarse del caballo. La abuela de Rosana, la hermana pequeña de un amigo de la infancia, apartaba continuamente a la niña del campo visual del televisor, no fuera que aquellos señores la vieran sentada en el orinal.

Siempre hemos estado rodeados de mentiras. Los hermanos Lumière siguieron proyectando su película sin tener que advertir que el tren era solo una sombra. Los wéstern nunca necesitaron –por lo menos hasta ahora- un aviso previo sobre su carácter más legendario que real. Lo de la tele –transformada en la pantalla del móvil- es más peliagudo, porque resulta que sí hay señores al otro lado de la pantalla que nos vigilan,

En cualquier caso, siempre hemos convivido razonablemente bien con las ficciones.  Nos han servido para entretenernos y para formarnos, ya sea a través de los productos audiovisuales o de la lectura. Pero ahora la humanidad parece sufrir un retroceso. Al igual que cada vez distinguimos menos el bien del mal, cada vez confundimos más la realidad con la ficción. De tanto consumir mentiras –fundamentalmente a través de las redes sociales-, ya no sabemos distinguir lo que es verdad de lo que es mentira. Nos pasa lo que al mentiroso que, a base de repetir su mentira, él mismo se la acaba creyendo.

¿Ya no sabemos la diferencia entre una serie documental y una serie dramatizada? Parece que no. De lo contrario, ni la reina Isabel ni el gobierno de Boris Johnson hubieran exigido de forma airada a Netflix que advierta previamente a los espectadores de que la exitosa serie «The Crown» es ficción. Ya ocurrió con «Lo que el viento se llevó», cuando HBO se vio obligada a avisar que la película «niega los horrores de la esclavitud». Todas las plataformas incluyen ya antes de cada capítulo de una serie una retahíla desmesurada de advertencias: contenido violento, desnudo, suicidio, lenguaje soez, consumo de drogas, sexo explícito, discriminación racial, desorden alimenticio…,  Hace décadas se solucionaba con dos simples rombos. Hoy, los espectadores debemos de ser más ignorantes cuando nos tienen que proteger así de tanto mal que nos acecha.

No ocurre solo con series o películas. Recordaba la semana pasada Antonio Muñoz Molina que en el mundo anglosajón era habitual colocar bajo el título de las novelas un aviso: A novel, Roman, Se intentaba así que el lector tuviera claro que lo que iba a leer era una trama novelesca.

Afortunadamente hoy en el mundo del libro hemos superado ese paternalismo. Estos días, se ha vuelto a hablar y a discutir sobre las novelas de no ficción, a propósito de la publicación de lo que ya se está convirtiendo en uno de los libros del año. Me refiero a «El hijo del chófer»,  de Jordi Amat. El autor cuenta, a modo de novela pero sin un dato inventado, la turbulenta historia del periodista Alfons Quintà y, de paso, la del proceso que llevó a Cataluña de la acomodaticia convivencia con el franquismo hasta el delirio independentista.  La editorial Tusquets ha incluido el libro –que en otro tiempo habríamos  considerado ensayo, documento o testimonio- en la colección Andanzas, junto a ficciones de Almudena Grandes, Luis Landero o Leonardo Padura.

Esa confusión de géneros no es más que un reflejo de un mundo en el que las cosas están poco claras. En el que la frontera entre verdad y mentira es cada vez más difusa. En el que que decir la verdad tiene graves consecuencias y mentir sale gratis. No hay más que comparar lo que algunos políticos dijeron ayer con lo que dicen hoy. O comprobar cómo los usuarios de Twitter, Facebook o WhatsApp comparten mensajes, aun sabiendo que son mentira, por el mero hecho de fortalecer sus convicciones o de dañar al contrario.

Hace casi cuatro siglos, Calderón ya se había percatado de que «tienen de su parte mucho poder las mentiras cuando parecen verdades». Y hace solo unas décadas Goebbels decía que «más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil».  En suma, que jugar a la verdad y a la mentira, cuando se convierten en armas, es peligroso porque, como es sabido, quien carga las armas es el mismísimo diablo.

(Artículo publicado en La Nueva España el 9 de diciembre de 2020)

España en 2021 y la ciencia ficción

DestacadoEspaña en 2021 y la ciencia ficción

Más allá del Negrón/ Mientras el resto de países se sume en la incertidumbre, el Gobierno afronta el futuro con un arriesgado optimismo

Juan Carlos Laviana

Hemos empezado muy pronto a pensar en el año que viene. Debe de ser por las ganas de que se termine este aciago 2020. Llegan las previsiones de la prestigiosa revista The Economist, biblia del mundo empresarial y la prospectiva, que habitualmente marcaban la agenda de lo que estaba por venir.  Esta vez, con un mundo sumido en la incertidumbre, lo han tenido más complicado. Sí, anuncian obviedades como que Biden tomará posesión, que Alemania tendrá un nuevo líder, que habrá un nuevo capítulo del culebrón del Brexit o que, si no pasa nada, se celebrarán los Juegos de Tokyo…  Pero la palabra clave del 2021 será Aftershock (réplica), es decir, cómo responderá el mundo al desafío económico, político y médico tras el shock de la pandemia.

En suma, que en las previsiones  para el año 21 hay pocas certezas: “Especulación sobre posibles escenarios y profecías provocadoras” son las palabras que utiliza el semanario británico. Y hay una angustiosa pregunta: ¿Qué vamos a hacer?  Estamos ante una enorme incertidumbre semejante a la metáfora anglosajona del elefante en la habitación. Es decir, una presencia apabullante e incómoda, que fingimos ignorar hablando de nimiedades. Por supuesto, el elefante en la habitación es, en este momento, el virus.

En España, parece que tenemos más claro cómo será nuestro 21. El presidente del Gobierno ya  ha dado, incluso,  el calendario de vacunación.  Personal y ancianos en residencias, sanitarios y discapacitados, de enero a marzo. De marzo a junio, otros grupos y así hasta vacunar a todos. Le ha faltado dar la cita, con el día y la hora, en el ambulatorio correspondiente.

No cabe duda de que a nuestro presidente le sobra ambición. No conformándose con tenerlo todo previsto para el año que viene, que ya estaría bien, nos ha sorprendido con un plan que llega hasta 2026. Es decir, más allá de las próximas elecciones, por lo que es de suponer que ya da por descontado que las ganará o que, en su defecto, quien las gane asumirá su plan.  Le ha puesto un título lo suficientemente neutro para que sirva en cualquiera de los supuestos y sea fácil de asumir por cualquiera: “La España que nos merecemos”. Si va bien, será porque ya era hora de que nos tocara algo bueno. Y si va mal, será porque no tenemos arreglo y nos tenemos bien merecido lo que nos pase.

El presidente se ha prodigado en hermosas frases plagadas de optimismo. “Hoy asistimos a un descenso significativo del nivel de contagio y tenemos la esperanza de doblegar la curva en poco tiempo”, proclama vaticinando la luz al final del túnel. Y añade en la misma línea: “Nos acercamos a la tercera y definitiva etapa para superar esta pandemia”.

Sorprende su confianza  en el mañana. De tanto pensar en el futuro, parece haber olvidado el pasado. Da la impresión de que ya no recuerda  que, en este mismo 2020,  el  domingo 8 de marzo no sabía qué iba a pasar el lunes 9. O que España, con su Gobierno a la cabeza, se fue de vacaciones en agosto sin tener prevista la segunda ola, que con tanta virulencia azota ahora a los asturianos. ¿Habrá una tercera? Por si acaso, mejor ser prudente.  Con los planes tan concretos de salida de la crisis el Gobierno da esperanza a la población, lo que es necesario, pero también da alas para que se lance a las calles como hizo el pasado fin de semana en la mayor parte de España.

El ser humano es como es. Tropieza dos veces en la misma piedra. Tiende a olvidar con facilidad lo malo y a ilusionarse con un porvenir en cuanto le dan el menor motivo. Es comprensible, es, como la propia palabra lo dice,  humano. Soñar es gratis y el ciudadano puede permitirse el lujo -uno de los pocos que le quedan- de soñar. Pero el Gobierno no puede, ni debe tomarse el futuro como si fuera ciencia ficción. Ojalá todo se cumpla y el mares 19 de enero, como ha anunciado con sorprendente precisión el ministro de Sanidad, se empiecen a ver ante los ambulatorios las primera colas de quienes se van a vacunar.

(Artículo publicado en LNE el 3 de diciembre de 2020)

Escarmentar con la pandemia

DestacadoEscarmentar con la pandemia

Más allá del Negrón/ El virus destruye tópicos: ni Asturias es el modelo sanitario, ni Madrid un desastre

Juan Carlos  Laviana

Cualquiera diría que el virus está jugando con nosotros. Hace nada, Asturias era casi casi zona libre de virus, el paraíso. Hace nada, era la muestra de que una sanidad pública potente  era garantía infalible contra la pandemia. Hace nada, recelaba de las hordas procedentes de las zonas más afectadas que la invadían y ponían en riesgo su salud.

Hace nada,  Madrid era la zona cero de la devastación pandémica, la capital europea de la segunda ola. Hace nada, las privatizaciones  en la sanidad habían provocado el ensañamiento de la pandemia con la capital. Hace nada, los madrileños eran como las bandas de leprosos, castigados por Dios por sus graves pecados, a los que nadie quería recibir.

Hoy, Asturias ha escalado en los rankings de casos por cien mil habitantes hasta posiciones vertiginosas. Hoy, nadie habla del modélico sistema sanitario de Asturias, desbordado por la situación  del paraíso ya convertido en purgatorio  Hoy, son los médicos y enfermeras asturianos los que protestan amargamente por su desprotección.

Hoy, Madrid canta victoria. Acabará cometiendo el mismo error que Sánchez cuando, allá por julio, proclamó inconsciente: “Hemos vencido al virus”. La presidenta Ayuso, crecida por los datos favorables, ha escrito al presidente Barbón ofreciéndole, no sin cierta sorna, la ayuda necesaria en estas circunstancias dramáticas para el Principado.  Le devolvía así las puyas lanzadas por el presidente asturiano, que se cebaba con la “privatización” de la sanidad en Madrid.

Hay algo de nuestro denostado sistema autonómico que no podemos negar que ha fallado estrepitosamente: la solidaridad entre las autonomías. El “España nos roba”, el “Madrid es un paraíso fiscal” o “el nacionalismo no es más que un capricho de ricos” son síntomas de un provincianismo de boina calada y de una asimetría mal llevada.  No es de extrañar que ante una crisis grave, la solidaridad brille por su ausencia.

¿Cuántos gobiernos regionales han acogido enfermos de otras autonomías? Lo lógico sería que quienes tengan una mejor situación sanitaria presten sus medios a los vecinos desbordados. Aquí no hemos visto, como en Francia, trenes-hospital trasladando enfermos de una comunidad a otra.

¿Cuántos gobiernos regionales se han apresurado a acoger a los inmigrantes  apiñados en Canarias? Ah, es un problema de ellos que han tenido la mala suerte de ser frontera con África. Más de 4.000 emigrantes llegados en pateras aguardan sin esperanza, repartidos en hoteles, no se sabe muy bien qué ¿No sería más lógico que cada autonomía asumiera su cuota?

¿Quién se acuerda de Ceuta y Melilla, con unas cifras de incidencia que doblan la media nacional?  Las dos ciudades repiten día tras día las primeras posiciones del fatídico ránking. ¿Han recibido ayuda sanitaria del resto de España? ¿Han podido trasladar enfermos a hospitales de las provincias menos colapsadas? Si se ha hecho, se ha llevado en secreto.

La pandemia plantea muchos interrogantes. Es un test de estrés para nuestro modelo sanitario, para nuestro modelo político,  para nuestro modelo autonómico y para nuestro modelo económico. Y todos los modelos demuestran una debilidad alarmante. Se dirá que nos servirá para aprender. Es dudoso. Si no aprendimos con la primera ola la pasada primavera, nada hace prever que vayamos a aprender ahora con la segunda, pero no la última.

Y en cuanto a lo económico,  ¿alguien ha dado una explicación convincente de por qué en Madrid con comercios, bares y restaurantes abiertos, la incidencia disminuye?  ¿No será que el problema no está en los bares?  Si les parece baladí, pregunten a los hosteleros y comerciantes arruinados de Asturias o de Cataluña a ver qué opinan cuando ven a sus colegas de Madrid con los establecimientos abiertos, mientras  ellos han tenido que cerrarlos.

Y esto no se ha acabado. El anuncio de una vacuna puede ser un espejismo peligroso. “De repente, esperanza”, titulaba “The Economist” sobre una imagen de un túnel al que la luz empezaba a iluminar. Las bolsas experimentan la mayor subida en diez años, nos han repetido por activa y por pasiva. Pero, cuidado, toca “desescalar” ordenadamente; siempre ha sido más difícil bajar que subir. Y toca, sobre todo,  escarmentar: la insolidaridad, la gresca y el triunfalismo no han sido buenos consejeros para luchar contra la enfermedad. Eso sí que está probado empíricamente.

(Artículo publicado en La Nueva España el 19 de noviembre de 2020)

Ahora os toca a vosotros

DestacadoAhora os toca a vosotros

Más allá del Negrón/ Las palabras de la portavoz del PSOE sobre “los mayores” denotan poco aprecio por la experiencia

Juan Carlos Laviana

“Yo siempre escucho atentamente a nuestros mayores, pero ahora nos toca a nosotros”. En el “pero” está el quid. Si la portavoz del PSOE se hubiera quedado en la primera afirmación, habría quedado como una reina. Perdón por la expresión si se interpreta como machista y/o monárquica.  Si uno escucha atentamente a sus mayores, no hay pero que valga. Los escucha y ya está. Se da por supuesto que la portavoz hará lo que le venga en gana. Sólo faltaría. Para eso ha sido votada por 184.602 asturianos y elegida por la actual, y muy joven, dirección de su partido, si exceptuamos a su presidenta Cistina Narbona (69).

Dada la muy envejecida población asturiana, es muy probable que entre los votantes de Lastra haya muchos de esos mayores a los que dice escuchar atentamente.  Si trasladamos la proporción –uno de cada cuatro asturianos tiene más de 65 años-, es de suponer que uno de cada cuatro votantes de Adriana Lastra sean, digamos, mayores. Salvo que todos los mayores –ya se sabe, nos volvemos conservadores con la edad- hayan votado a Foro, a Vox o a al PP, cosa que dudo. Me extrañaría mucho que, por ejemplo, nuestros ex presidentes socialistas vivos -Javier Fernández (72), Antonio Trevín (64), Juan Luis Rodríguez-Vigil (75) y Pedro de Silva (75)- dejaran de votar PSOE.

La expresión “nuestros mayores” lleva una carga explosiva. El eufemismo, que sustituye a viejo o anciano, se utiliza para referirse a aquellos carcamales ya un poco deteriorados, tal vez afectados por cierto grado de chochez, normalmente recluidos en residencias, a los que se les escucha las batallitas casi por caridad. Son esos vetustos personajes que ya no están en este mundo, ese mundo en el que “ahora nos toca a nosotros” gobernar.  ¿A qué edad se considera mayor a una persona? Se ha convenido que a los 65. Pero es tan elástico el término que, literalmente, mayor es alguien que tenga 42, un año más que Adriana, o unos meses más, como el presidente Barbón.

La ambigüedad del término mayor la ha constatado el presidente de la Sociedad Española de Geriatría, José Augusto García Navarro, al afirmar que  “la edad, en general, no es criterio para nada porque es biológica, no cronológica”.  Ya se pueden poner los académicos a buscar nuevos términos con los que  denominar las diferentes etapas de la vejez.

Porque si seguimos el criterio de los 65, ministros tan activos y tan productivos como Isabel Celaá (70), Manuel Castells (77), o Luis Planas, (68) formarían parte de esos “mayores” los que atentamente escucha Lastra, pero  no entrarían entre los elegidos de “ahora nos toca a nosotros”. Les pasaría lo mismo que, pongamos por ejemplo, a Felipe González (78) o a Juan Carlos Rodríguez Ibarra (72), que por edad no desentonarían mucho en el actual gabinete, que, de hecho, es el tercero más viejo de toda la democracia.

Probablemente el pecado de Adriana Lastra sea un pecado de juventud, divino tesoro. «Somos una nueva generación –ha añadido-, a la que le toca dirigir el país y la dirección del PSOE». Es fácil de entender. Quien más quien menos, en algún momento de su vida, ha formado parte de “la nueva generación” y ha empujado, con más o menos delicadeza, a sus mayores hacia la estantería de los jarrones chinos. Y, si no, que se lo pregunten a Felipe González, quien con 32 añitos envió a su secretario general, Rodolfo Llopis, a los anales de la historia.

Adriana Lastra tiene todo el derecho a reclamar que ahora le toca a ella. Sin duda. Pero debería tener en cuenta algo que la mayoría de los gobiernos olvidan. Se gobierna para todos, no solo para los nuestros. Y, con igual, criterio, se debe gobernar para los jóvenes, para los mayores y para los de mediana edad. Y todos ellos tienen derecho a que sus opiniones no ya solo sean escuchadas, sino atendidas.

Voltaire se preguntaba si hay alguien tan inteligente que pueda aprender de la experiencia de las demás. Adriana Lastra debiera recoger ese envite y ser tan inteligente como para aprovecharse de la experiencia de Felipe González, de Alfonso Guerra (80) o de Rodríguez Ibarra…  Lo malo no es que esos señores mayores compartan su experiencia, lo malo es que dijeran: “Ahora os toca a vosotros”. Ahí os quedáis.

(Artículo publicado en La Nueva España el 26 de noviembre de 2020)

Incapaces de pactar

DestacadoIncapaces de pactar

Más allá del Negrón/ La pandemia delata la incapacidad de la clase política para construir un frente común

Juan Carlos Laviana

Somos muy amigos de hacer las cosas a nuestra manera. No hay más que ver cómo se ha afrontado políticamente la pandemia. Gobierno y oposición han sido incapaces de alcanzar una estrategia común. Bastante tenían con entenderse entre ellos mismos. Cuando en algún remoto pueblo se alcanza un acuerdo entre todos los partidos para hacer frente a la crisis sanitaria, es noticia destacada del telediario lo que debía ser el pan nuestro de cada día.

Gregorio Marañón Bertrán de Lys es nieto del doctor Marañón,  preside con éxito el Teatro Real de Madrid y ha dedicado toda su vida a poner de acuerdo posturas enfrentadas. Lo ha hecho en el mundo de la política, en el de la gran empresa, en el de los medios de comunicación y en el de la cultura.  Su contribución a la convivencia de democristianos y socialdemócratas en la UCD, a la fusión de Canal Satélite Digital y Vía Digital o al reciente traslado de los restos de Franco fuera del Valle de los Caídos son solo tres muestras de su capacidad para llegar a acuerdos partiendo de posturas aparentemente contrapuestas. Los detalles de esas, y otras muchas, enmarañadas, espinosas y, con frecuencia tensas, conversaciones los recoge en las “Memorias de luz y niebla”, que acaba de publicar.

Es una rara avis de nuestra sociedad. No todo el mundo goza de la herencia de un abuelo que formó parte, con Ortega y nuestro Pérez de Ayala, del triunvirato de la bienintencionada Agrupación al Servicio de la República. Un abuelo que fue, además, uno de los máximos exponentes de lo que se dio en llamar la tercera España, “la silenciosa del interior”, que convivía bajo el franquismo con la oficial y la peregrina del exilio.

Escuchar al que opina diferente y “estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo” son algunas de las máximas que ha seguido en su vida el autor de las memorias. No es de extrañar, pues, que afirme tajante que  le “escandaliza la incapacidad de pactar”.

En el escenario político actual, marcado por el tono belicoso, intransigente y despectivo hacia el adversario, sus palabras, aparentemente cándidas y llenas de buenas intenciones, pueden servir de referencia. Su libro debería ser un manual para los políticos de hoy en día que sistemáticamente menosprecian los momentos históricos de mayor consenso para ensalzar aquellos  de confrontación más feroz.

La política actual consiste más en imponer que en consensuar. Se impone una ley sobre la transexualidad sin siquiera hablar con las personas que se verán afectadas. Se impone la supresión del español como lengua vehicular en Cataluña sin tener en cuenta a más de la mitad de la población catalana. Se impone una comisión contra las noticias falsas sin ni siquiera haber hablado con los editores, los más perjudicados, junto con los lectores, por la amenaza de la desinformación.

Por eso a nuestros políticos les gustan tanto las mayorías absolutas, que sirven para imponer sin rendir cuentas, para “dejar un país que no lo reconozca ni la madre que lo parió”, como ya proclamaba Alfonso Guerra tras la abrumadora mayoría de 1982. No en vano acabaron por conocerse esas mayorías como el “rodillo” que aplasta las ideas del contrario.

A nuestros políticos no se les caen de la boca expresiones como “mesa de diálogo”, “ronda de conversaciones” o “comisión negociadora”.  Son sólo palabras. En el Parlamento, no hay debate: unos exponen sus posiciones y los otros, las suyas. En las redes sociales, donde tanto les gusta encontrarse a los dirigentes, más que debate hay descalificaciones. Por no hablar de las reuniones que, tras mucho choque de codos, mucha sonrisa tras la mascarilla y mucha palmada en el corazón, no sirven para que los reunidos reafirmen sus propias posturas.

Es frecuente oír que los ciudadanos tenemos los dirigentes que nos merecemos. Y es probable que así sea, que los políticos se comporten como los españoles que describe Julio Camba,  “poco dados a pensar, pero si piensan, no hay otro pensamiento más que el suyo”. En cualquier caso, siempre es bueno recordar de Antonio Machado –uno de los pocos españoles sobre los que parecemos estar todos de acuerdo-, que aconsejaba: “Para dialogar, preguntad primero, después… escuchad.”

(Artículo publicado en La Nueva España el 12 de noviembre de 2020)

Destacado

Estado de confusión

Más allá del Negrón/ Divisiones administrativas complejas y mensajes contradictorios alimentan la incertidumbre por la pandemia


Juan Carlos Laviana

Ilustración de Pablo García para La Nueva España

El Fielato era el barrio que separaba El Entrego del resto del mundo. Cada vez que, siendo niño, atravesaba esa frontera me preguntaba a quién se le habría ocurrido un nombre tan gracioso para ese barrio. Tardé mucho en saber que El Fielato hacía referencia  al fiel de la balanza. Era la forma popular para llamar a unas casetas situadas entre los pueblos, en las que se cobraban los arbitrios. La denominación oficial era estación sanitaria, ya que, además de recaudar, en teoría se aseguraba de que no entraran alimentos en mal estado que pudieran dar lugar a epidemias.

Me acordé de los fielatos –desaparecidos en los 60 del pasado siglo- a propósito del lío que tenemos en Madrid –y me imagino que en el resto del país- a propósito de la pandemia. Somos parte de España, no en vano ostentamos la capitalidad.  Y también somos parte de esta nuestra comunidad. Pertenecemos al municipio de Madrid y nos regimos en ciertos ámbitos por las normas de la capital. El Ayuntamiento, a su vez, delega sus funciones en distritos; en mi caso, Chamartín, que asume parte de sus competencias. Y, cuando creía que esa era nuestra última instancia, aparece una nueva: la zona básica de salud. Por ejemplo, yo pertenezco a la denominada Potosí, la calle que da nombre al ambulatorio que me corresponde. A cada área sanitaria, según la incidencia de la enfermedad, se le aplican unas normas de comportamiento diferentes lo que provoca no pocos desconciertos.

No es infrecuente oír preguntas como ¿esto de quién es de la Comunidad o del Ayuntamiento? o ¿si vivo en la zona sanitaria de Los Alperchines puedo ir a ver a mi madre a la de Luis Vives? O ¿por qué yo, que vivo enfrente del colegio necesito justificante de movilidad y mi compañero de pupitre, que vive diez manzanas más allá, no?  Este verano me llamaba la atención cómo los parisinos se ponían y quitaban la mascarilla con sorprendente soltura, al cruzar ciertas calles, hasta que me fijé en unos carteles improvisados en las farolas en las que se advertía que a partir de ahí, precisamente ahí, era obligatorio su uso.

Vivimos en una permanente confusión debida a la descoordinación de los mensajes. Por si ya fuera poco lío la división administrativa, los políticos se encargan de avivar el fuego con mensajes contradictorios. Si uno dedica un día a oír las recomendaciones de Sánchez, Illa, Simón, Ayuso, Aguado (vicepresidente de la anterior), y Martínez-Almeida lo más probable es que acabe esquizofrénico o paralizado. Por contradecirse, hasta se contradicen Barbón y el ministro de Sanidad de Sánchez.

Son muchos los que aprovechan el momento para afirmar rotundamente que la pandemia ha demostrado el fracaso del Estado de las Autonomías. Yo soy de la opinión que las instituciones no fracasan, fracasan quienes las dirigen. Que habría que replantearse la actual administración territorial es evidente. Con  lo aprendido estos cuarenta años, algo tenemos que haber aprendido y mucho se podrá mejorar. Pero nunca es buen momento para abrir ese melón. Si no damos alas a los separatistas catalanes, se las damos a los vascos, cuando no a los dos. Y si no, podemos estar haciendo el juego a Vox, a quien le gustaría la vuelta a un férreo estado central, eso sí, cuando ellos gobiernen.

La comunicación de la pandemia ha sido un desastre. De ahí que se aplauda con fervor la claridad meridiana de los mensajes de Macron o de Merkel. Necesitamos líderes así, proclamamos desesperanzados. Siempre deseamos lo que no tenemos. Pero el virus, por desgracia, nos ha dibujado un mapa nuevo que no entiende nuestras divisiones artificiales.

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(Artículo publicado en La Nueva España el 5 de octubre de 2020)

Ignacio Peyró recuerda cuando fuimos periodistas

DestacadoIgnacio Peyró recuerda cuando fuimos periodistas

JUAN CARLOS LAVIANA 

No es infrecuente encontrar en las redacciones periodistas quejosos porque no pueden escribir tanto como quisieran, que siempre es demasiado, y con ese estilo florido que soñaron, que siempre es desmesurado. Cuando me han venido con la queja, he repetido machaconamente lo mismo: «Aquí hacemos un periódico; si quieres escribir, escribe un diario». Es lo que ha hecho Ignacio Peyró: escribir en casa por las noches. Y no sólo eso, sino que ha convertido su diario sin días en un volumen coherente, un gran fresco de su vida entre 2006 y 2011, que en parte es la nuestra, y que acaba convirtiéndose en una radiografía de la España de esos años. Un retrato que tiene más que ver con el presente de lo que lo que el tiempo trascurrido pudiera sugerir.

A estas alturas, Ya sentarás la cabeza es un éxito editorial que ha sido escrutado por el derecho y por el revés, que ha recibido elogios sinfín por su calidad literaria y por sus sabrosas revelaciones. Sin embargo, más bien poco se ha dicho de lo que promete el subtítulo del libro: «Cuando fuimos periodistas».

El diario de Peyró, que no es diario ni mucho menos —no todos los días está uno para escribir—, ofrece un buen surtido de reflexiones delicatessen sobre el periodismo de aquel lustro. Ha pasado casi una década desde entonces, pero su muy afinada biopsia de la profesión no ha perdido una pizca de actualidad, como si en vez de contar la historia de aquellos años estuviera viendo venir lo que hoy ya es el pan nuestro de cada día.

La relación de Peyró con el periodismo es tormentosa, como casi todas las relaciones donde la pasión deriva en desmesura. Anota:

«El periodismo ha sido el vicio que podía arrasar con todo; todavía en el periodismo sería feliz hasta como redactor jefe de pasatiempos, aunque no descarto que el periodismo sea una de esas pasiones que es mejor recordar que vivir».

En el carácter de Peyró no encaja la generalización ni la verdad absoluta. Siempre deja lugar para la apostilla, para la ironía, para la paradoja chestertoniana:

«Amo el periodismo con amor desesperado, inexplicable, y amo también cobrar a fin de mes».

Tiempo de crisis para «un negocio ruinoso»

Aquellos años en los que Peyró se zambullía en el periodismo (2006-2011) fueron años de crisis, crisis que lleva camino de convertirse en permanente, en España y en las redacciones. Siempre a contracorriente, no se deja llevar por el pesimismo.”La historia demuestra que la ruina forma parte de la profesión”

«Menos mal que el periodismo es bastión de libertades democráticas, que si no, hubiéramos pensado que es un negocio ruinoso. Por lo menos nos aporta una refrescante sensación de heroísmo —de tiempos heroicos—. Con este lumpen debió de empezar el periodismo allá en el XVIII».

La historia demuestra que la ruina forma parte de la profesión, y Peyró prefiere agarrarse a la épica y, sobre todo, al buen humor:

«Si hiciéramos un buen periódico —reflexiona— nos arruinaríamos. Es casi una justicia poética que, haciendo uno malo, vayamos a arruinarnos también».

Como buen conservador, le gusta el periodismo de antes, el de siempre, el de toda la vida.

«Ojalá que el tiempo roedor que terminó con tantas cosas —se lamenta— no termine también con el bello y viejo oficio de escribir en los periódicos».

La cosa no pinta bien. Casi todos los nuevos periodistas «han estudiado Comunicación, que es como, en su lento camino de pudrición, ahora se llama al periodismo». Entre las páginas, se deslizan «esos lugares comunes que llenan de chatarra los periódicos». Y resulta desolador que…

… «una vez no se publican textos largos, es imposible que la prosa gane fuste; por lo demás, ya bastaría con que la prosa de los periódicos fuese correcta y aseada

Ya no solo se trata de la merma en la calidad literaria, sino de males más profundos y más dañinos.

«Suele pensarse —sostiene Peyró— que, en los medios, la marrullería, el ardor guerrero, el “decir las cosas a las claras”, el “hablar sin complejos”, es sintomático de un gran compromiso ideológico, cuando no es más que el uso de la ideología como tapadera de la mediocridad».

Por no hablar de las redes sociales, del estremecimiento que se siente al…

«asomarse a Twitter y ver cómo rebaja varios grados, de modo natural, la inteligencia de la gente a la que fuera de Twitter respetas».”Con la destreza del etólogo en un zoológico, Peyró perfila los ejemplares que pululan por las redacciones”

Esta nueva situación, a juicio de Peyró, viene a acentuar los males crónicos. Recuerda:

«Como el periodismo español no pudo tratar en serio de política durante muchos años, conseguimos sobresalir en dos cosas en las que seguimos siendo únicos en Europa: la crónica de sucesos y el articulismo más o menos casticista».

Pero no decae, y se atrinchera en la tradición del oficio de siempre, que cree más auténtico.

«Nos ponemos entonces a escribir como albañiles —asegura desafiante ante los gazmoños—, por integrar la corriente del periodismo resacoso ahora que lo que predomina es el periodismo mojigato».

Fauna y flora de la redacción

Con la destreza del etólogo en un zoológico, Peyró perfila los ejemplares que pululan por las redacciones. Así, nos descubre ejemplares tan arrogantes como esos «sumos pontífices del periodismo que nunca han dado una noticia». O como aquellos otros que van de «maestros —tan frecuentes en el periodismo— que solo admiten que alguien es bueno si es discípulo».

Pero hay más, muchos más, casi tantos como especies recogidas en los minuciosos cuadernos de Darwin. Anota aquellos especímenes, insignes fundadores y pioneros, que exhiben

«la legitimidad histórica de estar ahí desde el principio, no como otros, que solo hemos venido a molestar, o éramos unos colaboradores de mierda, gente vaga y comodona».

O esos otros que se caracterizan por una noble fiereza de felino:

«Es un periodista. Un cabrón, pero un periodista. Y le han puesto a mandar y manda».

Incluso se enfrenta a ejemplares de condición misteriosa, que inexplicablemente sobreviven en el hábitat hostil.

«Cómo llegó ese señor al alcantarillado del periodismo es cosa que sorprende, aunque me encanta la idea de que haya un hombre bueno en un lugar donde el que no es un hijo de puta sueña con serlo».

El periodismo del «pelotazo»

Los jóvenes redactores han bautizado el periodismo que les precedió como «el periodismo del pelotazo»,  intentando desacreditar a toda una generación, matar al padre, volviéndose freudianos a estas alturas y creyendo que quitándose la losa del ancestro serán más libres. Peyró, pese a su juventud, recuerda ese periodismo con agrado. Y rememora aquellos tiempos…”Peyró deja sabrosas estampas de la vida cotidiana en la redacción, que apreciará sin duda cualquiera que haya dejado su existencia entre sus paredes”

«cuando eran los noventa, cuando en aquella España socialista y preolímpica un periodista júnior podía pasar un par de días con Berstein en París, vivir en la calle Alcalá a cinco minutos del trabajo, marcarse un reportaje cada quince días y, además, gozar de respetabilidad social y alguna que otra cerveza gratis».

Y aún intenta mantener en 2010 ese espíritu, que una década después han arrastrado definitivamente los vendavales de las crisis, los ERE, los ERTE y demás dolencias que amenazan de muerte la profesión:

«El Madrid periodístico ofrece estas curiosidades: uno empieza el día en el Ritz, al mediodía está en el Intercontinental, termina la tarde en el Palace y —por supuesto— sigue siendo igual de pobre».

La nostalgia y la condescendencia le invaden cuando recuerda a un compañero ejemplar.

«Esa escuela doble de periodismo y humanidad que es el periodismo de agencia… es un pecio de la época en que ser periodista era ser algo, o incluso alguien. Uno cobraba como un profesional decente e incluso tenía su prestigio. Él todavía vive en ese mundo en que los periodistas iban con corbata».

Peyró deja sabrosas estampas de la vida cotidiana en la redacción, que apreciará sin duda cualquiera que haya dejado su existencia entre sus paredes. Cómo no añorar las reuniones y «la dramaturgia y los efectos especiales que tengo que hacer para vender «mis temas»». O cómo no sonreír al comprobar que en todos los diarios, los de deportes —raza aparte— conforman «un periódico dentro del periódico». Por no hablar de aquellas «horas muertas en la redacción», placenteras unas veces y desesperantes muchas más.

Y qué decir del exotismo de las salidas a la calle. Cuando le envían a uno como crítico a su primera obra de teatro y se queda «dormido». O aquellas presentaciones en las que indefectiblemente te encontrabas a «Gistau, botellín en mano, bendiciendo a la concurrencia junto a una columna». Y lo más placentero en este bendito oficio:

«Lo único bueno —no seamos dramáticos: lo mejor— del periódico es que uno puede empezar a trabajar a las once de la mañana».

La siempre sufrida sección de Cultura

Peyró es de esos periodistas aún capaces de pedir al subdirector que pare las máquinas al grito de «¡Se ha muerto Cy Twombly!». Tiene especial debilidad por la sección de Cultura, esa maría de las redacciones. Y así lo refleja a menudo en sus diarios.

«Han hecho un estudio de mercado —relata— y parece ser que hay una fuerte demanda de cultura entre los lectores. Eso es mentira, por supuesto, pero lo único que tiene la cultura es que aún adorna un poco, y por eso la gente la pide, a sabiendas de que no debe hacer ningún esfuerzo a cambio. ¿Cultura? Sí, y paz en el mundo también, y postre todos los días».”Son muchos, como se ve, los sinsabores de trabajar en un periódico. Sin embargo, ofrece unas perspectivas privilegiadas a las que no tiene acceso el mero lector”

Responsable de las páginas culturales de un diario de Madrid, se ha enfrentado a problemas muy comunes de todas las redacciones, en las que nunca se sabe bien dónde ubicar la cultura para que dé esplendor pero no estorbe a las cruzadas políticas. En este episodio de su rivalidad con otra jefa quedan de manifiesto esas turbulencias.

«Han troceado sociedad y cultura, y a ella le han dejado la parte de sociedad —relata— , es decir, todo lo que va de loterías a homicidios, mientras que a mí me han dado cultura, que es la parte que le gustaba a ella [la diva]. La glamurosa (!). La que le daba una excusa para salir alguna mañana a entrevistar al típico arquitecto japonés de cuello vuelto de paso por Madrid, y volver llamando por su nombre de pila al jefe de Cultura de El País».

Son muchos, como se ve, los sinsabores de trabajar en un periódico. Sin embargo, ofrece unas perspectivas privilegiadas a las que no tiene acceso el mero lector.

«Parece mentira, pero desde que trabajo en un periódico he redescubierto el placer de los periódicos: hay un momento de discretísima hermosura en las redacciones cuando, a eso de las once y media de la noche, sin muchos más testigos que esa policía de la gramática que es el retén de cierre, llega el diario que uno ha cerrado hará hora y media. Es el instante en el que uno se da cuenta de que lo podía haber hecho mejor, o de que si salió bien es por alguna razón inexplicable».

Y culmina con una de cal y otra de arena, no nos vayamos a emocionar en demasía.

«También por la mañana, al levantarse es un placer leer el propio periódico, aunque solo sea porque el periódico, por muy nuestro que sea, siempre nos sorprende. Luego no valdrá, claro, ni para envolver el pescado, porque estos años las pescaderías se han vuelvo muy pijas, y sé de una que despacha la merluza envuelta en las páginas de New Yorker».

Peyró ama los periódicos y el periodismo; de eso, no cabe duda. Es más, deja caer que no le importaría ser el dueño de uno:

«Tener un periódico será un sueño anacrónico, pero entiendo la satisfacción: un periódico tal vez es un juguete, pero tiene alma».

Ahí está la clave, en el alma de esas páginas de papel, o en el alma de esos infinitos rollos (scrolls) de artículos que son las webs y que también son de Dios.

Canción triste de una redacción

Como si de un blues se tratara, Ignacio Peyró traza una oración por la moribunda profesión. Se pregunta qué ha pasado para acabar así. En este párrafo sintetiza su diagnóstico sobre el estado del periodismo:

«Vulgaridad de la vida de redacción, donde la ambición intelectual se contenta con haber visto Avatar y he llegado a oír que “‘si no tomo café no soy persona’ es mi frase favorita”. Cosa espesa o, como diría De Villena, “hirsuta”. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo un oficio, hasta hace no tanto respetable, ha dado en esa complacencia de la ramplonería? No creo que todo obedezca a la economía; la mayor parte de los periodistas nunca cobró mucho. Y cuando se metieron los de ahora, las perspectivas no eran tan negras como ha sido luego la realidad. Esta sensación, metafísicamente horrible, de ser prescindibles no es un estímulo para la mejora, sino para una mayor dejadez: de donde no hay, nada se puede sacar. Los buenos redactores especializados —el fuselaje del oficio— han ido a menos, e incluso a los que deberíamos habernos quedado como buenos redactores nos han puesto a gestionar —a dirigir, en vez de a escribir—. Las facultades, curiosamente, no han ayudado: mandan gente que no sabe de nada en concreto, aunque vienen con una opinión de sí mismos altísima, pues tal vez no sepan de nada, pero eh, son el contrapoder, la independencia, la última baza de la democracia. Al final, sin embargo, no es que se hunda porque hay buenos y malos periodistas —eso también lo había antes—. Y hay que preguntarse si el orden natural de las cosas no es que el periodismo fuera cuestión de banderías, de partidos, y no de rigor, y estamos volviendo a ese modelo. Lo más cierto es que, buenos y malos, hacemos unos estupendos botijos ahora que se empiezan a vender neveras».

(Artículo publicado de Zenda el 30 de octubre de 2020)

Generación covid

DestacadoGeneración covid

Más allá del Negrón/ Estigmatizados como irresponsables y vagos, los pandemials se enfrentan a un futuro lleno de incertidumbres

Juan Carlos Laviana
Mucho se habla de cómo la pandemia se está llevando por delante a la generación de españoles que se sacrificó para que llegáramos hasta aquí.  Es decir, a los viejos. Mucho menos se habla de la generación que ahora comienza a ejercer como tal, es decir, a estudiar o a trabajar, y a los que la pandemia les está hurtando, si no la vida, sí una parte decisiva: la de prepararse para el futuro y dar los primeros pasos profesiones. Es decir, los jóvenes

Ya se les llama pandemials o generación Covid. Se vaticina que los jóvenes ahora en la universidad o comenzando a trabajar sufrirán una lacra para toda la vida. No sólo por el impacto de la pandemia en sus vidas –viendo enfermar o morir a sus padres y abuelos o cayendo ellos mismos enfermos-, sino también por el impacto brutal  que el tiempo perdido en este interminable paréntesis tendrá en su formación y en su salto al mercado laboral, y, por tanto, en su futuro.

Contaba la pasada semana el periodista chileno John Müller que la matrícula pregrado en Estados Unidos se había reducido en un 16,1% y  el número total de universitarios en un 4%, Las facultades españoles más exigentes tuvieron que elevar este curso sus notas de corte para el acceso por la fundada sospecha de que tanto en el bachiller como en la EBAU se había abierto demasiado la mano, dadas las especiales circunstancias a las que los alumnos se habían tenido que enfrentar, En el futuro, se mirarán con lupa  los currículums de estas promociones, de las correspondientes a 2020 y años sucesivos, porque lo que está por venir pinta peor. El pedagogo Gregorio Luri lo resumía esta semana afirmando que “la generación pandemial tendrá una mancha en su currículum”.

Si añadimos las nuevas trabas a la movilidad, la merma en la formación resulta brutal. El cierre de fronteras no solo ha supuesto un portazo al turismo, sino a los movimientos de los  Erasmus, a los intercambios con universidades extranjeras y a las becas que permitían a nuestros estudiantes completar sus estudios en el extranjero.

En el mundo laboral, los datos no son más alentadores. No sólo las empresas se encuentran en estado de hibernación y, por tanto, con las contrataciones en suspenso, sino que además, según un informe publicado por la red social Linkedin, los ascensos se ha reducido en un 40%, así que los recién llegados se enfrentan a un tapón que les impedirá progresar durante años.  Y, por si esto no fuera ya suficiente, el recurso de ir a trabajar fuera de nuevo aparece vetado por la movilidad restringida.

Ni Zoom, ni Skype, ni las mágicas soluciones digitales van a remediar este retroceso sin precedentes. El paréntesis en el que vivimos lleva camino de no cerrarse y, por tanto, de dejar de ser paréntesis para convertirse en unos amenazantes puntos suspensivos.

Esta generación cuenta, además, con un hándicap añadido. Sobre los pandemials  ha caído el estigma de ser irresponsables, de carecer de una cultura del esfuerzo, de que consiguen los títulos aun habiendo suspendido, de que se pasan la vida en un eterno botellón o en mastodónticas fiestas en colegios mayores, de que aborrecen las mascarillas y  ponen en riesgo la vida de quienes les rodean. No hay más que ver las imágenes de ciudades universitarias como Salamanca o Granada, con las que se intenta convertir en general lo que solo era excepción.

Se les ha colgado el sambenito de ser una generación poco sociable, de vivir aislados, encerrados en el microcosmos de sus móviles. Y la nueva situación ha venido a agravar el problema. Si no les dejamos ir a clase, si les instamos a hacer vida de campus o patios de colegio virtuales, se encerrarán más en sí mismos. Qué razón tiene la rectora de Granada cuando denuncia que “cierran las aulas y dejan abiertos los bares.”

Hace solo unos meses, debatíamos sobre si esta iba a ser la primera generación en mucho tiempo que iba a vivir peor que la de sus padres. Hoy ya se ha acabado el debate. Vivirán peor, como han vivido peor las generaciones a las que una convulsión  les ha restado años de vida: la generación que vivió la guerra, la generación que padeció la hambruna del 41 y, ahora, la generación que padeció el coronavirus. El presidente Macon lo plasmó en un lema digno de estamparse en una camiseta: “es duro tener 20 años en 2020”.

(Artículo publicado en LNE el 29 de octubre de 2020)

Ni guerra, ni cultural

DestacadoNi guerra, ni cultural

Más allá del Negrón/ La clase dirigente recurre a lo que llama “batalla cultural” para dar lustre a sus políticas mediocres

Juan Carlos Laviana

Mi gran amigo de la infancia, José Ramón, y yo debatíamos con frecuencia sobre lo que era bueno y lo que era malo. Disentíamos de forma radical sobre la forma de entender la vida. Creo recordar que incluso alguna vez llegamos a las manos, forma de resolver los conflictos a esa edad  y en aquellos lugares. Para él lo bueno era el Oviedo y para mí, el Sporting.  Él tenía ya madera de líder –llegó a ser consejero de Sanidad- y, en los inocentes juegos,  arrastraba a su bando a los jugadores más valiosos. Yo, más enclenque y menos competitivo, me tenía que conformar con los descartes.  Ya entonces, José Ramón dejaba entrever un pensamiento socialista, mientras que yo, individualista  por exclusión,  me decantaba más por la introspección y la indiferencia hacia lo social.  Espoleados por nuestros padres, teníamos una dura lid sobre quién sacaba mejores notas, quién crecía más deprisa, o quién tenía los mejores juguetes. Siempre ganó él.

No sospechábamos entonces que nuestra sana, aunque  encarnizada, rivalidad  iba a llamarse guerra cultural unas décadas después.  Hay pocos tópicos, en eso se ha convertido la expresión, que aborrezca más. Uno, porque todo lo que suene a guerra me repugna por inmoral. Dos, porque pocas cosas me parecen más deleznables que tomar el nombre de la sagrada cultura en vano. Y tres porque hemos dado en llamar guerra cultural a las discusiones de cantina.

Dicen los manuales que el término –literalmente Kulturkampf  en alemán- fue utilizado por primera vez por el artífice de la unificación alemana, Otto von Bismarck, en su campaña contra la influencia de la Iglesia Católica. Volvió a tomar fuerza en la vida política –ya en el sentido que lo conocemos, pero no lo practicamos, hoy- en 1991 cuando el sociólogo americano  James Davison Hunter publicó “Guerras culturales: la lucha por definir América”.

Con otro nombre parecido, revolución cultural, ya había sido empleado como carga explosiva en los sesenta. A revolución cultural se refieren continuamente los 7 de Chicago, como se puede comprobar en la recién estrenada y muy interesante película de Aaron Sorkin. El film cuenta  el juicio de esos activistas,  ideólogos  de una revolución –que no guerra- que mezclaba en un totum revolutum a pacifistas, panteras negras, feministas, antirracistas, ecologistas, hippies, partidarios del amor libre, y que se concretó  en la necesidad de liberalizar la sociedad encorsetada de los 50; es decir, quitarse el sostén. El mismo nombre recibió  la llamada revolución cultural china (1966-1976), eufemismo elevado a la máxima potencia para referirse al exterminio de millones de personas.

La derecha también recurrió a la guerra cultural para combatir a la izquierda –maestra de la propaganda- con sus mismas armas. Encabezada por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, se emprendió una revolución conservadora que, con la ayuda del desplome del comunismo y una siempre placida bonanza económica, vivió décadas de esplendor.  

Y así llegamos a la presente guerra cultural que, alentada por la creciente influencia de los extremismos de izquierda y derecha, ha caído a los niveles más ínfimos que un término tan engolado puede alcanzar. Se derriban estatuas, se intenta construir una determinada visión de la historia, se imponen ciertos valores éticos muy discutibles,  se impone una educación de tintes dogmáticos,  se atiza la polarización y, en suma, se persigue someter al contrario a una forma de pensar unívoca, legitimando su superioridad en la fórmula matemática del 50 por ciento más uno. Eso ni es democracia ni es cultura.

“La política, en general, es una permanente guerra cultural”, ha llegado a proclamar Íñigo Errejón.  El Gobierno se prepara para legislar “asuntos como la guerra cultural”,   anunció el gurú de Sánchez Iván Redondo. También desde la derecha, Cayetana Álvarez de Toledo y dirigentes de Vox instan a librar “la batalla cultural”.

Esa batalla no está en la calle. Es una guerra impostada que, si existe, será en el estamento político, empeñado en imponer sus escaramuzas, en aras de mantenerse o alcanzar el poder. Ese estamento está  empeñado en recurrir al lenguaje bélico y se encuentra cada vez más alejado de los problemas reales. Los ciudadanos, sólo hay que salir a la calle para comprobarlo, están más preocupados por una pandemia descontrolada y una crisis económica cuyas consecuencias devastadoras ni siquiera atisban. Si alguna batalla hay que dar ahora es la sanitaria, a vida o muerte, contra el virus.

En el ensayo “Para combatir esta era”,  del holandés Rob Riemen, puede leerse que “todo lo que se presenta como cultura, pero sin ser una expresión de cualidades espirituales eternas, no es cultura sino moda”. Y moda más que cultura parece esta contienda artificial, más propia de dos niños peleando por su equipo de fútbol que de los depositarios de nuestras voluntades.

(Artículo publicado en La Nueva España el 22 de octubre de 2020)

En la foto principal, Bismarck y el Papa, según la revista satírica alemana Kladderadatsch, 1875, / WIKIPEDIA

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La maldita polarización

Más allá del Negrón/ El frentismo deja al país en una situación de colapso y facilita el avance de la pandemia

Juan Carlos Laviana

Aguafuerte “Que de rompe la curda· (Francisco de Goya)

Vivir polarizados es un sin vivir. La mera palabreja provoca un escalofrío polar que nos deja congelados. Entre las definiciones de polarizar en el diccionario, la que más se aproxima a la actual situación es la tercera: “Orientar en dos direcciones contrapuestas”. Sí, los españoles estamos partidos por la mitad, unos avanzan impelidos en una dirección y los otros son arrastrados en la opuesta. Esa tensión no augura nada bueno. Como en el tirasoga asturiano o el sokatira vasco, sólo caben dos posibilidades. Una, que se rompa la soga por la mitad y nos caigamos de culo, cada uno hacia su lado. Y dos, que los más brutos arrastren a los más débiles por el fango.

El popular deporte de la cuerda, que llegó a ser olímpico en las primeras décadas del siglo XX, es uno de los juegos más ancestrales que se conservan. Por algo será. La duda es si lo seguimos practicando por gusto o nos dejamos remolcar hacia el primitivismo por la conveniencia de nuestros gobernantes.

Lo que durante las últimas semanas ocurre en Madrid, entre Ayuso y Sánchez, no es una disputa sobre la estrategia más conveniente para salvar más vidas durante esta pandemia. Ni siquiera es un desencuentro político con argumentos contrapuestos. Es la obstinación de un par de cabezones cerriles para arrastrar al fango al rival. La intención última es que los ciudadanos nos dejemos llevar y nos incorporemos al equipo de Ayuso o al de Sánchez para tirar de la cuerda en la dirección que ellos marcan. Y el resultado, la dichosa polarización.Lo que ocurre entre Ayuso y Sánchez no es una disputa sobre la estrategia para salvar más vidas. Es la obstinación de un par de cabezones cerriles para arrastrar al fango al rival

“Te llevo a los tribunales”; pues “te decreto el estado de alarma, “Esto me lo hace a mí”; claro, es que “la paciencia tiene un límite y no hay más ciego que el que no quiere ver”. “Esto es un 155 sanitario”; “no podíamos quedarnos de brazos cruzados”. Estamos ante un tira y afloja de expresiones más propias del sokatira que del debate político. Parecen arengas de los líderes de cada equipo para que los arrastradores se dejen el último aliento en el enfrentamiento. Lo malo es que no sabemos si los ciudadanos somos los sufridos participantes en el juego o la propia cuerda a punto de romperse.

Francisco de Goya no sólo lo representó en el tan recurrente “Duelo a garrotazos”. Llegó incluso a titular precisamente así uno de aguafuertes de sus “Desastres de la Guerra”: “Que se rompe la cuerda”. En él se puede ver a un religioso haciendo equilibrios sobre una soga deshilachada en muchos de sus puntos, mientras el pueblo sigue con la boca abierta sus malabares. Esas caras de asombro y temor de unos ciudadanos, que ven cómo el fornido clérigo está a punto de aplastarles, son las mismas que las de los ciudadanos de hoy, conscientes de que acabarán por ser ellos las víctimas del empeño de sus gobernantes por tensar la cuerda.

Han pasado doscientos años y en España se sigue jugando a lo mismo. No sabemos si porque llevamos el cainismo en los genes o porque los spin doctors intentan llevarnos a la modernidad de lo que se ha dado en llamar la nueva era del enfrentamiento. Así la ha bautizado el ensayista francés Christian Salmon en su último libro. Al menos, tenemos el consuelo de que la polarización ya es un fenómeno mundial, cuya mayor manifestación son los Estados Unidos de Trump.

Sostiene Salmon que vivimos un tiempo de «choques incoherentes y espectaculares que polarizan y acrecientan la inestabilidad de los intercambios: insultos, pullas, fakes (falsedades), boaxes (fraudes)…». En eso se ha convertido la política. María Ramírez, en su impagable boletín sobre las elecciones americanas, recoge una cita de J. F. Kennedy, siendo aún estudiante, y que explica de forma sencilla el problema de fondo: “Si la democracia no puede producir líderes capaces, sus posibilidades de supervivencia son escasas”.

(Artículo publicado en LNE el 15 de octubre de 2020)

La memoria traidora

DestacadoLa memoria traidora

Más allá del Negrón/ La evocación del pasado como arma política encoleriza a los vivos y no deja descansar a los muertos

Se me ha revuelto la memoria. Mi primo Honorino me ha hecho llegar por Whatsapp un documento histórico. Histórico para la familia. En la casa del abuelo ha aparecido, 86 años después, un certificado de la Escuela de Capataces de Mieres. El modesto diploma hace constar que José Laviana Rodríguez, tras la realización del curso correspondiente, “es apto para el desempeño del cargo de vigilante minero”. Aparte de un par de fotos desvaídas y las historias que se le escapaban a mi padre, este legajo es la única constancia de su existencia que el abuelo dejó en su breve paso por la vida, apenas 48 años.

Se me ha revuelto la memoria porque el dichoso título marcó el devenir de la familia. La fecha de su expedición, leída ahora, no auguraba nada nuevo: 13 de junio de 1934. El ascenso debería haber supuesto un motivo de regocijo, un estímulo profesional a sus ya 38 años, o un desahogo para la crianza de sus seis hijos, de los que mi padre era el mayor con 14. Pero no fue así. Apenas cuatro meses después, en octubre del 34, estallaba lo que se iba a conocer como la revolución de Asturias. Su vida cambió para siempre.

Ilustración de Pablo García para La Nueva España.

Comenzaron los problemas para Pepe Temprana, así conocido por el nombre de un prado inclinado al que daba el sol muy de mañana. Era republicano, fiel votante de los radicales del bamboleante Alejandro Lerroux, al que se culpaba de provocar el estallido revolucionario por incluir en su gobierno a ministros de la CEDA. El valle, conocido como la pequeña Rusia, se convirtió en un fortín comunista. Se aplicaron medidas importadas de la entonces joven Unión Soviética, como el control por parte de los obreros de las unidades de producción. Los títulos de los esbirros del capital -hasta el insignificante de vigilante- mudaron en papel mojado cuando no en prueba criminal de explotador. No sólo desposeyeron a Temprana de su cargo, sino que lo mandaron a casa, sin empleo y a malvivir con lo que arrancaba en la huerta.

Pepe, visto lo visto, cambió de actitud hacia aquella República por la que se sentía maltratado, según relataron después sus hijos. Hasta el punto de que cuando estalló la guerra, dos años después, instigó a su hijo mayor, ya con 16, a fugarse para no ser llamado a filas. El chaval prófugo, desertor, se escondió en los montes del vecino concejo de Nava, hasta que en 1937 los nacionales entraron en Asturias. De nuevo fue llamado a filas, esta vez por los sublevados, y se incorporó con 18 años a la llamada quinta del biberón. Luchó con los italianos en el Ebro y participó en la ocupación de Barcelona. Hasta que una tuberculosis le postró durante meses en un hospital de Palencia, regentado por unas monjas que, según su propio recuerdo, le salvaron la vida. Allí vivió ajeno al final de la guerra y a la primera posguerra hasta que la enfermedad remitió y pudo volver a casa.

Llegó a tiempo para ver cómo, ante el asombre de la familia, los fugados dormían en la cuadra por las noches, se alimentaban, descansaban y, a veces, hasta tomaban prestado un caballo. Nunca los denunciaron; al fin y al cabo, eran vecinos. Había un pacto según el cual los guerrilleros no tocaban a la familia y la familia no los denunciaba. Ignoro si unos y otros respetaban el acuerdo por solidaridad de buenos samaritanos o por miedo.

Mi padre era, como Unamuno, de los que presumían de tener “tan buena memoria, como buen olvido”. Estos pequeños detalles hubo que arrancárselos con fórceps. Hizo excepciones como mostrarnos a sus hijos el funesto Pozo Funeres y nos habló de las salvajadas cometidas en aquella época. Su única obsesión era que nosotros no viviéramos nada parecido. Incluso mantuvo escondido durante años el diario que había llevado durante la guerra. Cuando, a su muerte, fui a buscar su memoria de aquellos días, no la encontré. La había destruido junto con todo aquello que pudiera recordar los tiempos duros.

Y usted dirá, con razón, qué me importan a mí lo que está en su memoria, sus recuerdos. Cada uno tiene los suyos y todos difieren entre sí. Es imposible construir una memoria colectiva a base de evocaciones y mucho menos una memoria oficial. Que los historiadores hagan su trabajo libremente, sin imposiciones, y que los niños lo estudien en el colegio.

Remover hoy los rencores es un viaje en el tiempo tan largo como si, en las disputas del 36 se hubieran esgrimido los agravios, cien años atrás, de la primera guerra carlista (1833-1840), nuestra primera guerra civil, que se saldó con 135.000 muertos. No sé si mi padre y mi abuelo fueron unos fachas o unos supervivientes en una situación difícil, No seré yo quien les juzgue. Sus vidas se quedan en mi memoria y en la de mi familia, pero nunca se me ocurriría elevarlas a la categoría de históricas. Porque lo malo que tiene la memoria, como escribía Anaïs Nin -obsesionada con atrapar la historia en sus diarios-, es ser “una gran traidora”

(*) En la imagen superior, título de capataz de José Laviana, expedido por la Escuela de Capataces de Mieres. El documento fue encontrado por mi primo Jandro en la casa familiar de la Llonga. Honorino Laviana me lo hizo llegar.

(Artículo publicado en La Nueva España el 8 de octubre de 2020)

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El virus no entiende de política

DestacadoEl virus no entiende de política

Más allá del Negrón/ Sólo los criterios sanitarios podrán hacer frente a la crisis provocada por la pandemia

Juan Carlos Laviana

El doctor Emilio Bouza, exjefe del Servicio de Microbiología Clínica y Enfermedades Infecciosas del Hospital Gregorio Marañón, entendía que era “una obligación y un deber” ayudar a los políticos en la lucha contra la pandemia. Por ese motivo aceptó el cargo de asesor y portavoz de la comisión que coordinaba los gobiernos de Madrid y España. Participó en una reunión y  48 horas fueron suficientes para comprobar que su labor era imposible. Me prometieron “concordia política”, se lamentaba en su carta de dimisión, y como es sabido no la hubo. La fulminante salida del científico dejó al descubierto algo ya sabido, pero no por eso menos grave, que la prioridad de nuestros mandatarios no es el bienestar común. Que los criterios partidistas se imponen a las consideraciones médicas.

Los últimos acontecimientos en la lucha contra la epidemia han puesto a prueba el Estado de las autonomías. La pregunta es ineludible: ¿Cómo afrontar mejor este mal global, desde una administración central o desde las administraciones locales? La respuesta ilusa, por imposible en España, sería que con una estrategia común de unas y otras. Un sueño vano en un país cuyos mandatarios  no se rigen más por criterios de gestión,  que persiguen más la tajada política para su partido –y el daño del rival- que solucionar la inédita crisis sanitaria en la que nos hayamos sumidos.

Para consuelo de tontos, hemos de reconocer que no es un problema solo español. La pandemia ha puesto en evidencia  que no era viable una dirección sanitaria única mundial a cargo de la OMS, neutralizada por las luchas políticas. Que la propia ONU, que celebra su 75 aniversario reducida por las miserias nacionalistas a la  mayor insignificancia de su historia, no tenía nada que aportar en su primer gran desafío global.  Y que  la Unión Europea era  incapaz de ponerse de acuerdo  inmovilizada  por sus politiquerías,  en una estrategia común para sus fronteras. Si a ello sumamos la ausencia  de un gendarme mundial –en este caso un gendarme con bata blanca- por el cerril aislacionismo del presidente Trump, obsesionado con la victoria electoral, la responsabilidad descansa por completo en los gobiernos nacionales.

Algunos países del entorno, como la mismísima Francia, adalid del centralismo férreo, también ha vivido, como España,  la rebelión de las autoridades  locales. El corresponsal de El Mundo en París, Ignacio Gil,  detallaba la semana pasada cómo la ejemplar tregua política por la crisis sanitaria se había hecho añicos. El detonante fue la decisión del presidente Macron de declarar la ley seca en Marsella –cierre total de bares y restaurantes-. El presidente regional, conservador, lo consideró un  “castigo” y anunció que llevará al Elíseo a los tribunales. La alcaldesa, de un partido ecologista, criticó la “unilateralidad” de París. Hasta la ponderada Anne Hidalgo, alcaldesa socialista de la capital,  censuró la falta de coordinación entre administraciones.

Cuando a finales de agosto Sánchez delegó la responsabilidad de la lucha contra la pandemia a las autoridades autonómicas, se le reprochó una dejación de funciones, un aparta de mí ese cáliz, un a mi plin, que para eso las competencias sanitarias están transferidas. Como era de esperar, los virreyes hicieron de su capa un sayo y se lanzaron a resolver la profunda crisis como Dios les dio a entender, mayormente con criterios políticos.  Unos mejor y otros peor, según la afinidad con el gobierno central.

En Madrid, epicentro de la pandemia y de la batalla política, se ha abierto una inesperada lucha entre el norte y el sur. Se dice que la presidenta Ayuso  favorece a los distritos y ayuntamientos de sus colores y perjudica a los rivales. La Puerta del Sol se defiende diciendo que Moncloa “se ensaña” con la capital, donde gobiernan sus oponentes. Es triste reconocer que otro gallo nos cantaría si los mandatarios de Madrid estuvieran más en sintonía política con el ejecutivo.

Nuestros gobernantes –cegados por la política de cortas miras- han demostrado su incapacidad para afrontar la gran crisis. Incluso han sido incapaces de aglutinar los conocimientos  y la sabiduría de los expertos, como el doctor Bouza. El presidente extremeño, el socialista Fernández Vara, lo vio venir allá por abril cuando aseguró que “esta crisis se llevará por delante a toda la clase política de España.”

Y mucho antes,  en los años 30 del siglo pasado, el muy pesimista –o realista, depende como se mire- Arnold Toynbee vaticinaba en su “Estudio de la Historia” que “la civilización caerá, no porque sea inevitable, sino porque las élites gobernantes no responden adecuadamente a las circunstancias cambiantes o solo atienden a sus propios intereses”. No sé si caerá la civilización, pero lo que sí es seguro es que de momento el virus va ganando terreno y, mientras, los mandatarios pelean por sus intereses particulares.

(Artículo publicado en La Nueva España el 1 de octubre de 2020)

Destacado

Ben Hecht, el periodista que puso a sus colegas en «Primera plana»

JUAN CARLOS LAVIANA 

Ben Hecht, el periodista que puso a sus colegas en «Primera plana»

Pasó a la historia como el mejor guionista de todos los tiempos. Sin embargo, poco se ha dicho de su decisiva influencia en la creación de la imagen del periodista, del espejo en que muchos se miran desde entonces. Pese a su feroz caricatura, no hay periodista que no haya encontrado en su redacción personajes como Walter Burns o Hildy Johnson. El creador de este estereotipo fue Ben Hecht (1894-1964), reportero él mismo y autor, junto a su colega Charles MacArthur, de Primera plana, el retrato más descarnado, y aún hoy no superado, del periodista.

Descubrir más a fondo a Ben Hecht, más allá de sus películas, no es tarea fácil, especialmente en español. Esencial para conocer su personalidad es su autobiografía: A Child of the Century (1954), no publicada en España, y de la que algo se puede extraer en la película de Norman Jewison Los locos años de Chicago (1969). Esencial es su antología de artículos breves A Thousand and One Afternoons in Chicago. También la última biografía, Fighting Words, Moving Pictures, de la norteamericana afincada en Jerusalén Adina Hoffman, publicada el pasado año por Yale University Press, dentro de su colección Jewish Lives.”Hecht acabó desencantándose de la causa al comprobar la fuerte división entre los grupos sionistas y, de hecho, nunca viajaría al Estado de la tierra prometida”

Estos datos son pistas suficientes para anticipar que la biografía de Adina Hoffman se centra principalmente en el Hecht activista judío. Cuando nadie en Estados Unidos se preocupaba por la tragedia que vivían los judíos en Europa, en plena Guerra Mundial, Hecht ya advertía del Holocausto, no solo en sus escritos, sino también como agitador capaz de llenar el Madison Square Garden para llamar la atención sobre el drama judío.

El mayor fracaso del periodismo

La temprana advertencia de Hecht nunca ha sido suficientemente valorada. Hay que tener en cuenta que no fue hasta noviembre de 1942 cuando el Departamento de Estado confirmó las informaciones que hablaban de dos millones de judíos asesinados y que la matanza no había hecho más que empezar. Para hacerse una idea del interés que provocó la noticia en Estados Unidos, basta decir que el Washington Post la escondió en la página 6 y el New York Times la relegó a la página 10. En 2001, un ex director de este último periódico, Max Frankel, definió la negligencia como «el mayor y más amargo fracaso periodístico del siglo XX».”En su día fue conocido como reportero, dramaturgo, novelista, pero sobre todo por ser un provocador y por su ingenio chispeante

Hecht continuó su lucha como propagandista de los grupos terroristas que en Palestina intentaban expulsar por las armas al ejército colonial británico para fundar el estado de Israel, lo que motivó que sus películas fueran prohibidas en Inglaterra. Hecht acabó desencantándose de la causa al comprobar la fuerte división entre los grupos sionistas y, de hecho, nunca viajaría al Estado de la Tierra Prometida. Con el tiempo, recibió el agradecimiento de notables personalidades, como el primer ministro israelí Menahen Begin, quien incluso acudió a su funeral, donde proclamó: «Hecht escribió historias e hizo historia».

Fue «el más grande guionista americano», según la influyente Pauline Kael. Fue «el genio que inventó el 80 por ciento de lo que vemos en el Hollywood actual», llegó a proclamar Jean-Luc Godard. Fue guionista, acreditado o sin acreditar, de NotoriousPrimera PlanaScarfaceLo que el viento se llevóCleopatraExtraños en un trenEnviado especial, El beso de la muerteDuelo al solGildaLa diligenciaEl prisionero de Zenda… La lista resulta tan abrumadora que sería impensable entender el cine del siglo XX sin él. Pero aquí lo que nos interesa es el Hecht periodista.

El periodista convertido en mito

En su día fue conocido como reportero, dramaturgo, novelista, pero sobre todo por ser un provocador y por su ingenio chispeante. En un amplio perfil publicado el pasado año en The New Yorker, David Denby definía a Hecht como «una figura marginal de la literatura, pero una gran influencia en la cultura popular del siglo XX». Y esa influencia se encuentra en sus guiones y, muy especialmente, en su pieza teatral The Front Page (1928), origen de cuatro versiones cinematográficas.

Ese prototipo de periodista creado por Hecht está directamente inspirado por su propia experiencia. En sus memorias, describe de forma muy gráfica cómo le influyó esa tribu de la que formaba parte:”La primera redacción que pisó Hecht, la del Chicago Daily Journal, se parece mucho a la de Primera plana, a juzgar por la descripción del pariente que le enchufó allí siendo aún un imberbe”

«Estoy seguro de que no había ni experiencia ni astucia suficiente entre todos nosotros para regentar con éxito una tienda de caramelos. Pero teníamos una posición ventajosa. No estábamos dentro de las rutinas de la codicia humana o las pretensiones sociales. Carecíamos de buenas maneras… Nosotros, que no sabíamos nada, hablábamos con un aparente conocimiento abrumador, costumbre de la que yo, por mi parte, nunca me he recuperado. Los políticos eran unos delincuentes. Los líderes de las causas eran unos sinvergüenzas. La moralidad era una farsa llena de asesinatos, violaciones y nidos de amor. Los estafadores dominaban el mundo y el diablo cantaba por todas partes. Estos descubrimientos me llenaron de una gran alegría».

¿Personajes de ficción o reales?

Cuando se le achacaba, cosa frecuente, haber inventado los personajes de Primera plana, por lo increíbles que parecían, Hecht replicaba explicando cómo actuaban «exactamente» los periodistas que conoció y cómo se veía a él mismo:

«Éramos una tribu de borrachos surtidos, poetas, ladrones, filósofos y pordioseros jactanciosos, Superhombres con los cuellos sucios y agujeros en los pantalones, siempre a la última pregunta. Y nos mostrábamos desdeñosos ante el mundo desde nuestras limusinas y nuestras casas sin hipoteca. Éramos cínicos sobre todas las cosas en la tierra, incluyendo el tiránico diario que nos ofrecía salarios de miseria y nos explotaba, y por el cual, tras una retahíla de maldiciones, estábamos dispuestos a morir».

Bien es cierto que todo lo que decía Hecht —y lo que dicen la mayoría de los periodistas— hay que tomarlo siempre con pinzas. Su poco respeto a los hechos ya lo advirtió otro periodista en 1973: «Hecht nunca fue un escritor que dijera la verdad cuando un brebaje podía darle alegría a su prosa». Claro que quien esto afirmaba era nada menos que Norman Mailer, todo un experto sobre la verdad, los brebajes y la literatura.

La primera redacción que pisó Hecht, la del Chicago Daily Journal, se parece mucho a la de Primera plana, a juzgar por la descripción del pariente que le enchufó allí siendo aún un imberbe: «Un lugar cavernoso, atiborrado de largas mesas, escritorios, máquinas de escribir y hombres en mangas de camisa, algunos gritando, algunos durmiendo con sus sombreros inclinados sobre sus ojos… Para él [Hecht] fue amor a primera vista.»

Nace el mito del periodista

En el perfil de The New Yorker, se recuerda que «en la prensa de Chicago de aquellos años había periodistas que realizaban trabajos serios, como investigadores de la corrupción o reporteros de guerra, pero lo que a Hecht le fascinaba era el submundo, tan viril, de los informadores de sucesos y política, con sus cigarros y escupideras, sus tabernas y burdeles, y sus puntos de vista sobre las mujeres. De sus experiencias dramáticas, pero divertidas, entre estos maleantes novelescos —todos exudaban literatura—, Hecht extrajo algo memorable, el mito del periodista».”El periodismo, como a tantos colegas, acabó siendo demasiado limitado para alguien como él, con aspiraciones artísticas

Hecht, trabajador infatigable, tras patear muchas calles inmundas y llevar a primera página los sucesos más truculentos, pronto se convirtió en una estrella del periodismo. El influyente Chicago Daily News se fijó en sus artículos y lo incorporó a sus grandes firmas. Allí escribió una innovadora columna diaria que tituló 1,001 Afternoons in Chicago (1.001 tardes, o sobremesas, en Chicago). Se dedicaba a deambular por la ciudad y provocaba encuentros con personas corrientes, a las que convertía en protagonistas de sus columnas.

Apenas tenía veintitantos años y ya había exprimido todo lo que el periodismo podía ofrecerle. Su etapa como reportero estaba a punto de acabar. El periodismo, como a tantos colegas, acabó siendo demasiado limitado para alguien como él, con aspiraciones artísticas. Se mudó a Nueva York, un lugar donde esperaba que sus dotes literarias serían más apreciadas que en la prosaica Chicago. Pronto llevó sus ansias literarias a los círculos culturales. Editó revistas especializadas y participó en tertulias con escritores tan notables como Theodore Dreiser (Una tragedia americana), Sherwood Anderson (Winesburg, Ohio) o Carl Sandburg (el gran biógrafo de Lincoln).

Luna nueva, de Howard Hawks (1940).

Pero, ¿por dónde empezar a escribir? Lo más lógico era aprovechar la propia experiencia para crear una historia de éxito que le diera de comer. Y así lo hizo. Junto a Charles MacArthur, otro desertor de las redacciones, escribió Primera plana. Esta farsa satírica fue estrenada en Broadway con tal éxito que fue calificada por escritores tan eminentes como Tennessee Williams o Tom Stoppard como un hito teatral. Llegaron a reconocer que la obra resultaba tan rompedora y provocativa que había abierto el camino a toda una generación de dramaturgos que revolucionarían la escena.”Acostado en la cama a deshora y leyendo La decadencia y caída del Imperio Romano, recibió lo que su biógrafa Hoffman describe como el telegrama más legendario en la historia del cine estadounidense”

Ambientada en la sala de prensa de un juzgado, Primera plana cuenta la historia de unos periodistas de raza pendientes de la ejecución de un infeliz anarquista. Los reporteros son, en palabras de David Denby, «como cables eléctricos enredados que no cesan de proferir insultos, de calumniarse unos a otros y que hablan a gritos con sus redacciones». Denby llega a hablar de «una historia de amor» entre el reportero Hildy Johnson, que amenaza con dejar la profesión para casarse, y su director, Walter Burns, que acomete las tretas más inverosímiles para retener a su estrella. Es una historia de amor frecuente en la profesión, en la que se presume de estar «casado con el periodismo». En la adaptación de Luna nueva (Howard Hawks, 1940) incluso se cambió el sexo del reportero para construir una historia hetero, que fuera más asimilable por el público de la época.

A finales de 1936 se produciría otro hecho que iba a cambiar su destino. Acostado en la cama a deshora y leyendo La decadencia y caída del Imperio Romano, recibió lo que su biógrafa Hoffman describe como «el telegrama más legendario en la historia del cine estadounidense». El mensaje urgente era de su amigo y colega periodista Herman Mankiewicz, el futuro guionista de Citizen Kane, que había cambiado la redacción por el mundo de Hollywood a principios de ese año. La misiva no podía ser más tentadora:

«¿Aceptarías trescientos por semana por trabajar para la Paramount? Todos los gastos pagados. Los trescientos son cacahuetes [calderilla]. Millones esperan que alguien los recoja, y tu única competencia son idiotas. No lo dejes pasar».

Ben Hecht, experto en contar historias gracias al periodismo, hábil como dramaturgo para escribir diálogos afilados, era justo lo que Hollywood necesitaba entonces. Chicago perdió a su gran periodista y Broadway a un gran autor, pero el cine ganó a su mejor guionista, el hombre que creó el mito del periodista llevando a sus colegas a la primera página de la cultura popular del siglo XX.

(Sirva esta profusión de referencias como pista para editores españoles que se animen a acercarnos la figura de Ben Hecht, capital en la historia del cine y del periodismo).

Gracias a John Müller por descubrir y regalarme la nueva biografía de Hecht

(Artículo publicado en Zenda el 23 de septiembre de 2020)

Destacado

La memoria de Julián Besteiro que incomoda tanto al PSOE de Pedro Sánchez

Una exposición abierta durante diez días, única conmemoración del 150 aniversario de su nacimiento y el 80 de su muerte en una cárcel franquista

Juan Carlos Laviana

La inauguración el lunes 21 de septiembre de una pequeña exposición sobre Julián Besteiro dejó patente lo incómoda que resulta al PSOE de Pedro Sánchez la figura de Julián Besteiro. Un gazapo del ministro José Luis Ábalos puso la guinda al desangelado homenaje. El secretario de Organización del partido aseguró que al histórico líder socialista no le valió ser un hombre de paz “para no ser asesinado”. Besteiro, aunque en la cárcel y en condiciones insalubres, murió por una enfermedad.

El mismo lunes, se cumplieron 150 años del nacimiento de Julián Besteiro (1870). El domingo 27 de septiembre se cumplieron 80 de su muerte (1940). El PSOE, de la mano de la Fundación Pablo Iglesias, ha limitado la conmemoración a la exposición abierta en la sede de Ferraz sólo durante tres horas diarias, de lunes a viernes. En total, diez días. Por la situación sanitaria actual, se necesita cita previa y el aforo límite es de cuatro personas. La exposición solo podrá ser visitada por 240 personas. 

Julián Besteiro fue el sucesor directo y el heredero del espíritu del fundador del partido, Pablo Iglesias, y figura clave del socialismo en la primera mitad del siglo XX. Jugó un papel determinante, aunque casi siempre de perdedor, en la República y en la Guerra Civil. Fue probablemente el dirigente socialista con más peso intelectual y más influencia en la futura consolidación de la socialdemocracia. En el acto del lunes, José Luis Ábalos y Adriana Lastra sólo dedicaron lugares comunes a su histórico líder, una “fígura básica del partido” de la que hay que destacar su “gran contribución al socialismo”. El acto fue utilizado, en su mayor parte, para arremeter contra el PP y promocionar el anteproyecto de ley de la Memoria Democrática que el Consejo de Ministros aprobaría al día siguiente.

Las razones de la desmemoria del PSOE respecto a Besteiro son muchas. Y tienen que ver con las posturas del líder socialista, poco coincidentes con la estrategia de la actual dirección del partido. Y muy especialmente, en lo que se refiere al Gobierno de coalición con comunistas y a las líneas maestras de la nueva ley de Memoria Democrática. Estos son ocho de los avatares de su vida que lo convierten en una referencia incómoda. 

Con su mujer, la catedrática Dolores Cebrián, a la que Miguel Unamuno elogiaba diciendo que “tenía la cabeza como un hombre”, expresión que hoy resultaría profundamente machista, pero que entonces era todo una muestra de admiración.

1. La Revolución del 34, “un absurdo imposible”. Besteiro se opuso fervientemente a la deriva revolucionaria de algunos dirigentes de su partido en 1934. Ya en 1933, proclamó que “hacer un movimiento para implantar el socialismo mediante la dictadura del proletariado” resultaba “un absurdo imposible en las circunstancias actuales, y el anuncio de estos propósitos, que no se realizarán y si se intentan realizar resultarán un fracaso enorme, no servirá más que para estimular la reacción.”

El líder socialista aún fue más allá y llegó a afirmar que había más peligro fascista en Largo Caballero y sus seguidores que en la propia CEDA conservadora. “España no es Rusia”, advirtió, y predijo que la insurrección requeriría más violencia de la que ya padecía el país y devendría con toda probabilidad en un fracaso. En la exposición apenas si se menciona la actitud muy crítica de Besteiro con los radicales de su partido.

2. Denostado en el partido, popular en el país. Al igual que Sánchez, Besteiro hubo de enfrentarse en 1936 a lo que se llamaban unas antevotaciones (primarias), en las que su candidatura fue casi barrida por la de Largo Caballero, que obtuvo en 92% de los votos. Sin embargo, en las decisivas elecciones de febrero fue el segundo candidato del Frente Popular más votado (224.540 votos), sólo superado por Azaña. Su eterno contrincante, Largo Caballero, fue el segundo menos votado de la lista, solo por encima del comunista José Díaz.

3. Heredero de Pablo Iglesias. En el Congreso extraordinario del PSOE de 1921, el partido acuerda no sumarse a la Internacional Comunista, lo que provoca la escisión del Partido Comunista Obrero Español (luego el PCE). En ese mismo Congreso, Besteiro es elegido vicepresidente de Pablo Iglesias, ya enfermo, lo que equivalía a nombrarle sucesor del “abuelo”, como llamaban los militantes al fundador. Efectivamente, cuatro años más tarde, en 1925, tras la muerte de Iglesias, es confirmado presidente del partido como heredero de las esencias ideológicas de los socialistas.

4. Anticomunista acérrimo. Dentro del partido, Besteiro encabezaba el sector más opuesto a la creciente influencia comunista. Más de una vez dejó clara su opinión de que, de haber ganado la guerra, la República se habría convertido en una dictadura comunista, alineada con la Unión Soviética. “Estamos derrotados nacionalmente —escribió— por habernos dejado arrastrar a la línea bolchevique, que es la aberración política más grande que han conocido quizás los siglos. La política internacional rusa en manos de Stalin, y tal vez como reacción contra un estado de fracaso interior, se ha convertido en un crimen monstruoso”.

5. Socialista y pacifista. De la fe socialista de Besteiro caben pocas dudas, como dejó patente al ponerse al frente de la huelga general de 1917, que le costó la cárcel. El reparto más justo de la riqueza y la mejora de la educación en un país lastrado por el analfabetismo siempre estuvieron entre sus prioridades. Pero se opuso radicalmente a la violencia para alcanzar sus metas y, por supuesto a la guerra, porque estaba convencido de que tendría un coste inasumible de vidas y acabaría por laminar los logros sociales de la República.

6. Abierto a negociar hasta con el enemigo. Lo demostró durante la dictadura de Primo de Rivera, convencido de que una actitud colaboracionista de la UGT permitiría lograr avances para la clase trabajadora. Lo demostró encabezando uno de los más serios intentos de llegar a acuerdos con el bando rebelde al reunirse, por encargo de Azaña, con el gobierno británico para pedir su mediación en el conflicto armado. Lo demostró manteniendo contactos con la Falange y hasta con quintacolumnistas en el Madrid sitiado con el fin de poner fin cuanto antes a la guerra.

7. ¿Traidor golpista o héroe? Estaba convencido de que el futuro régimen de Franco sería una dictadura similar a la de Primo de Rivera, con el que sería factible la colaboración. De ahí que su prioridad, visto cómo se decantaba la guerra, fuera negociar una paz. Historiadores como Paul Preston aseguran que su retórica no se distinguía de la de los franquistas.

Se sumó al golpe del general Casado (otro aspecto que la exposición sólo sobrevuela) para frenar cuanto antes el derramamiento de sangre, en contra de la insistencia de Juan Negrín, entones jefe de Gobierno, en prolongar lo más posible el combate.

Fue el único dirigente que permaneció en Madrid, pese a que tuvo muchas oportunidades para salir del país. “Me quedaré con los que no pueden salvarse —proclamó—. Facilitaremos la salida de España a muchos compañeros que deben irse, y que se irán por mar, por tierra o por aire; pero la gran mayoría, las masas numerosas, esas no podrán salir de aquí, y yo, que he vivido siempre con los obreros, con ellos seguiré y con ellos me quedo. Lo que sea de ellos será de mí”.

Una de sus últimas fotos, preso por los franquistas, junto con nacionalistas y curas vascos, con los que compartió sus últimos días.

Esperó a los ocupantes en el edificio que de la calle Alcalá que hoy es la sede del Ministerio de Hacienda para asumir su responsabilidad. Fue detenido de inmediato y, tras un consejo de guerra, condenado a muerte. La pena fue conmutada por 30 años de reclusión. Tras un periplo por diversas cárceles, enfermo y envejecido —siempre se negó a recibir un trato especial—, murió en el penal de Carmona (Sevilla) víctima de una septicemia. Según algunos autores fue la consecuencia de las penosas condiciones de la cárcel y, según otros, de la tuberculosis que padecía desde tiempo atrás. En cualquier caso, ni se trató de una ejecución ni de un asesinato como sostiene José Luis Ábalos.

8. ¿Voz de la tercera España? Julián Besteiro, denostado por igual por muchos de sus correligionarios y por los sublevados, atrapado entre los dos bandos, bien pudiera ser un integrante de la tercera España, como Salvador de Madariaga, Niceto Alcalá Zamora o el periodista Manuel Chaves Nogales. En una España polarizada como la de hoy, esos personajes resultan incómodos, ya que ningún bando se los puede apropiar.

Lo que sí está claro es que Besteiro siempre intentó ser fiel a sus principios éticos, por encima de otras consideraciones circunstanciales o partidistas. Sus intenciones las dejó claras en una de sus múltiples cartas a su esposa, Dolores Cebrián, el gran apoyo de su vida. “Nunca hubiese podido dejarte cuantiosos bienes de fortuna —escribió en una misiva a modo de testamento a Lolita, como llamaba su mujer—, pero te dejo en cambio un nombre respetable que algún día, creo yo, habrá de imponerse a la consideración de las gentes”.

Los aniversarios de su nacimiento y su muerte hubieran sido una gran ocasión para rescatar su importante obra, muy difícil de encontrar hoy, o para la publicación de una biografía actualizada, aún por escribir. Sería la forma de recuperar la consideración de ese “nombre respetable” que aún tiene mucho que decir en la España de hoy.

(Publicado en El Español el 27 de septiembre de 2020)

Fotos: Fundación Pablo Iglesias

Destacado

La culpa es nuestra

Más allá del Negrón/ Los políticos intentan cargar a los ciudadanos con la responsabilidad del descontrol de la pandemia

Ilustración de Pablo García para La Nueva España

Hay una alarmante tendencia de los políticos a echar la culpa de lo que pasa a los ciudadanos.  El delegado del Gobierno en Madrid no ha tenido empacho en decir que la segunda ola se debía a una “relajación de la ciudadanía”.  El ex ministro Miguel Sebastián no ha dudado en afirmar que el virus “ha hecho su agosto en España”,  porque somos como somos. Es más, la denostada presidenta de Madrid incluso llegó a señalar “el modo de vida de la inmigración” como motivo del incontrolable aumento de contagios.

Cada vez que los telediarios elevan la anécdota a la categoría de norma general los políticos se frotan las manos. Cada vez que las cámaras sorprenden un botellón clandestino, un autobús demasiado lleno, o a algún criminal fumando en una terraza, un chivo expiatorio más descarga de responsabilidad a los mandatarios. Claro, cómo vamos a hacer frente a esta pandemia con un pueblo así.

Nos gusta salir por la mañana, por la tarde y por la noche. Nos gusta comer canapés y pinchos con la mano. Nos gusta compartir el vaso de la sidra.  Nos gusta beber todos del mismo porrón. Nos gusta el mogollón, el bailar agarrao y vamos, como Vicente, donde va  la gente. Nos gusta jugar al mus en las residencias de ancianos, babeando las cartas y robando del mismo montón sin precaución alguna. Nos gusta fumar un cigarrillo a medias, incluso un porro. Hasta hay quien dice que los hombres españoles no nos lavamos las manos después de utilizar el urinario. Somos unos salvajes. Ya lo decía mi madre que siempre reñía en plural: estáis sin civilizar.

España es diferente, ya se sabe. Lo dijo Fraga hace 60 años y hasta hoy. Nuestros datos de contagiados y muertos por la Covid están entre los peores del mundo porque nuestra cultura, nuestra forma de vida es la más insana –por no decir guarra- del mundo. Mucho más que los franceses, los ingleses, los alemanes y hasta los chinos. Dónde va a parar.

Qué se va a esperar de un pueblo que, en cuanto puede, duerme la siesta, viste de faralaes y pasa la noche de juerga.  Nos culparon de la crisis económica porque hacíamos trapicheos con el fontanero para no pagar el IVA, porque practicábamos la economía sumergida, porque hacíamos más trampas a Hacienda que Al Capone. Si no, a ver de dónde sale esa deuda de 1.291.212 millones si no es de escatimar el IVA. Nos culpan hasta de una guerra que hubo hace 80 años porque somos cainitas, dicen.

 ¿Alguien se cree que a estas alturas de la globalización somos muy diferentes al resto de los países civilizados? La picaresca española ya no es una forma de vida. Ya no somos ni el Lazarillo de Tormes, ni el Buscón de Quevedo ni la Carmen de Mérimée. Ni los asturianos somos como nos pintaba el mismísimo Chaves Nogales en “A sangre y fuego”, como Juanón el dinamitero blasfemo obsesionado con “les bombes, les bombes”.

Los españoles hemos demostrado muchas veces que no somos un pueblo irresponsable. Lo demostramos con el espíritu de reconciliación de la Transición. Lo demostramos con la reacción solidaria tras el atentado del 11-M. Lo demostramos en la crisis económica apretándonos el cinturón hasta hacernos llagas en la barriga. Lo demostramos durante el estado de alarma acatando a rajatabla las restricciones de nuestras libertades, las más duras del mundo occidental.

Lo cierto es que la guerra civil, la crisis económica, y ahora el desbocamiento de la pandemia ha sido fruto, sobre todo, de una gestión ineficaz de nuestros políticos. Pero, claro, a algunos les viene mejor que perdure el tópico, porque ya se sabe que el tópico, el cliché, el lugar común y el estereotipo son el salvavidas de los perezosos, los vagos y los que se conforman con lo superficial. Se quejan de que se repita, sin razón, que todos los políticos son iguales, cuando se culpa a los españoles, también si razón, de ser todos igual de irresponsables.

Debemos tener cuidado, porque a base de que nos repitan una y otra vez que la culpa es nuestra por irresponsables –no sabemos ponernos la mascarilla, colapsamos las urgencias, ni siquiera nos lavamos las manos- podemos acabar por creerlo. Y, como somos dados, según el tópico, a descargar la responsabilidad, echamos la culpa al vecino, y ya está armada. Otra vez Caín matando al pobre Abel. Es que los españoles no tenemos remedio.

(Artículo publicado en La Nueva España el jueves 24 de septiembre de 2020)

Destacado

La nueva vida virtual

Más allá del Negrón/ La pandemia ha impulsado las herramientas necesarias para prescindir del contacto social

Juan Carlos Laviana

Este verano alquilamos un apartamento en Gandía. Bastó con ver unas fotos en Internet y rellenar un sencillo cuestionario: número de personas, fechas de ocupación, tarjeta de crédito… Recibimos  por correo electrónico la confirmación y las instrucciones,  Llegamos a destino guiados por las coordenadas de Google. Nos dirigieron a una gasolinera donde una máquina expendedora, tras introducir un código, nos escupió las llaves.   Al término de las vacaciones, regresamos al mismo lugar y devolvimos las llaves en la misma máquina. Días después recibimos un mail anunciando que, tras comprobar el estado de la vivienda, nos devuelven la fianza, Nunca vimos a nadie que nos diera la bienvenida o nos despidiera, dijera cómo se abría o cerraba el gas, dónde estaba la ropa de cama o por qué no funcionaba el aire acondicionado.  Cero  contacto.

Al médico –en esta familia somos asiduos- solo hemos ido este curso una  vez: había que hacer una prueba  y, claro, se necesitaba que el paciente estuviera presente. El resto de problemas se han resuelto, mal que bien, a través de teleconsulta.  Al menos en Madrid, la lista de espera para que el médico de cabecera te llame por teléfono es, como mínimo de una semana; eso sí, después de una ardua pelea telefónica con una máquina incapaz de entender los números de  nuestro DNI. Para bandear las dificultades  del momento, hemos recurrido a una combinación de sanidad pública y privada, dependiendo de cuál tardara menos. Los laboratorios de la privada estaban colapsados por las pruebas PCR: dos horas para sacar sangre, pero lo conseguimos. Las consultas de la sociedad médica, por algún motivo, no daban cita para antes de un mes. Recurrimos a la pública, y en una semana recibimos la llamada. Leímos al doctor el resultado –positivo- de las pruebas, que habíamos descargado previamente de Internet,  para iniciar el tratamiento cuando antes. “Sin problema”, contestó, “el antibiótico está en su tarjeta”, a la farmacia y a medicarse. Contacto imprescindible.

Mi hijo va a clase dos días a la semana; los otros tres, las sigue desde casa. Mi hija va todos los días al colegio; unos días acude presencialmente a las clases, otros las sigue virtualmente desde el aula de al lado.  A través de una plataforma, los profesores y los padres se comunican virtualmente; hemos recibido avisos para que nos cercioremos de que nuestros hijos no tengan contacto con los alumnos que ya han dado positivo. Las salidas de fin de semana de los adolescentes –ya se sabe cómo se divierten la mayoría- han quedado reducidas al mínimo. Se realizan quedadas a través de una aplicación llamada House Party. Mínimo contacto.

En el trabajo, se retrasa semana tras semana la fecha improbable en la que se reanudará la actividad presencial, “dependiendo de la evolución de la crisis sanitaria”.  Mientras tanto, teletrabajamos, nos reunimos a través de Skype y, de cuando en cuando,  algún jefe nos cita en la oficina -eso sí, siguiendo estrictas medidas preventivas- por aquello de que las órdenes presenciales son más claras y contundentes que las virtuales. Escaso contacto.

Por azares del destino, me vi en la necesidad de vender una casa en Gijón. Una agencia solvente consiguió que todas las gestiones fueran a distancia. Sólo hube de salir a firmar un poder  notarial a una manzana escasa de mi domicilio, a 500 kilómetros de distancia de donde se realizaba la operación. Eso sí, dos meses después de la transacción toda la aun imprescindible documentación en papel se encuentra -¿perdida?- en la sucursal de mi banco en Madrid, cerrada por el coronavirus. Contacto insignificante.   

Tenía por costumbre  ir a ver al Sporting cada vez que viene a Madrid –cuatro veces esta temporada-. Pero los campos están cerrados. Así que lo sufro por televisión con una gran ventaja: me ofrecen elegir entre señal original o señal virtual. Por supuesto elijo siempre la original, para oír los golpes y los insultos de los jugadores o los gritos de los entrenadores. Mucho mejor, dónde va a parar, que un público enlatado que grita ¡uy! dos minutos después de cada ocasión de gol.  El resto del ocio sigue las mismas pautas que el fútbol: en casa. Contacto cero.

Pido perdón por la afectada primera persona, Frente a lo padecido por los muertos, los contagiados, los hospitalizados, los ingresados en la UCI, mi vida es una balsa de aceite. La vida virtual, el fin de lo social, es sólo un mínimo daño colateral, una mínima molestia,  una pequeña muestra de este nuevo mundo al que tendremos que adaptarnos. Ese mundo de ayer, que hoy recordamos con nostalgia, no consistía solo en bodas, comuniones, bautizos, botellones, cenas de Navidad, consultas médicas por un rasguño, aglomeraciones de exóticos turistas y coloristas hinchadas, Este de hoy no es el mejor de los mundos, pero tampoco el peor. Sólo diferente.

(Artículo publicado en La Nueva España el 17 de septiembre de 2020)

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Misma pandemia, diferente actitud

Más allá del Negrón/ ¿Por qué algunos países con medidas menos drásticas consiguen mejores resultados que España?

Juan Carlos Laviana

Si enviaran a un español más allá de los Pirineos, mismamente a París,  para inspeccionar cómo afrontan la pandemia allí, el español sería categórico: son unos inconscientes. Se preguntaría cómo se lo pueden tomar tan a la ligera, cómo pueden ser tan relajados, cómo no aplican las mismas medidas estrictas que en España?

Lo primero que uno percibe al llegar a París es que casi la mitad de la población no lleva mascarilla. Que se la ponen solo cuando es estrictamente obligatorio: al entrar en las tiendas, al entrar en un barrio donde se advierte de que es forzoso su uso, al entrar al metro… Y aun así, en cuanto pueden se la quitan, obligando a la policía a recordar constantemente que deben llevarla bien puesta.

Si lo que escrutamos es la distancia de seguridad, más de lo mismo. Cuando se solicita, se pide un metro de separación y no el metro y medio o los dos metros de nuestro país. Las mesas de las  terrazas de los cafés están abigarradas, casi unas encima de otras. Los parisinos fuman como carreteros -incluso más que nosotros- y parece implanteable una prohibición como la que se pretende en España. ¿Seremos más civilizados que los adalides de la moderna civilización?

Las imágenes del metro escandalizarían a los tuiteros madrileños que suben a las redes fotos de vagones atestados. Aquí no son la excepción, sino la norma. Por más que los asientos están marcados para su uso alternativo, nadie cumple el precepto y se sientan unos al lado de otros con toda tranquilidad. Y, lo que es más extraño, nadie mira con reprobación a su vecino de asiento, incluso si no lleva mascarilla. Parece que el policía de barrio que los españoles llevamos dentro no ha prendido entre los habitantes de París, la ciudad de la libertad, la permisividad, la tolerancia.

Hay que reconocer a los parisinos, eso sí, una obsesión de la que carecemos nosotros: lavarse las manos con gel desinfectante. La ciudad está inundada de dispensadores: en las marquesinas de los autobuses, a las entradas de los museos, a la entrada de cada tienda. Incluso vigilantes en cada acceso se encargan de depositar el jabón en las manos del visitante. Al cabo de un día, uno puede lavarse las manos fácilmente unas veinte veces y acabar con la piel agrietada. El turismo es otro síntoma. Hay menos turistas, claro, menos grupos de japoneses y chinos, de alemanes o de británicos, incluso de españoles que convertían esta ciudad en la más visitada del mundo.  Pero parecen haber sido sustituidos por los franceses provincianos. Si no, no tendrían sentido las grandes colas y las aglomeraciones en todas las salas del Louvre -en Madrid el Prado está vacío- o en los ascensores de la Torre Eiffel, solo comparables a las del mirador del Fito en Asturias.

París parece no haber sufrido las devastadoras consecuencias económicas de la pandemia. Los negocios siguen funcionando normalmente. Apenas si se ven establecimientos cerrados.  Incluso en el Mercado de las Pulgas -en Madrid tenemos el Rastro cerrado sine die- es imposible dar un paso en medio de una multitud en la que la mascarilla es un elemento exótico. Cualquiera diría que les preocupa más la economía que la salud. Solo en un aspecto nos ganan, la inmensa cantidad de indigentes durmiendo al raso o pidiendo limosna.

Lo primero que uno percibe al llegar a París es que casi la mitad de la población no lleva mascarilla

Debo confesar que me he abstenido de disfrutar del peligroso ocio nocturno, pero tal y como es el ocio diurno mejor ni imaginarlo. Lo más próximo a ese tipo de disfrute se ha visto en los bares con televisión tomados por hordas de hooligans viendo a su París Saint Germain disputar la final de la Champions o dar rienda suelta a la frustrada celebración en los campos Elíseos sin mascarilla  y sin la más mínima distancia de seguridad. En España, ya habríamos pedido duras sanciones.

El español, inspector de comportamientos incívicos del vecino, acaba la visita escandalizado. Su informe es demoledor contra la permisividad de las autoridades y el comportamiento irresponsable de los ciudadanos ¿Cómo puede Francia, con tanto libertinaje, tanto joie de vivre, tener mejores resultados que España en la lucha contra el Covid? Es un misterio que nos llena de zozobra. ¿Y si los galos, con su aparente indiferencia,  lo estuvieran haciendo mejor que nosotros? De momento, sabemos que en España hay 61 muertos por cada cien mil habitantes; al otro lado de los Pirineos, 45 (*).

(Artículo publicado en La Nueva España un miércoles de agosto de 2020)

(*) Los datos corresponden a mediados del pasado mes de agosto. Hoy son mucho peores, especialmente en España)

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El turismo y el virus

Más allá del Negrón/ Criminalizar los viajes por la pandemia sería una catástrofe económica y cultural

Juan Carlos Laviana

Nunca sabremos cómo hubiera evolucionado la pandemia si este hubiera sido un verano normal. Es decir, si España se hubiera llenado de turistas y los españoles hubiéramos viajado por el mundo como cualquier otro verano.  Problemas más graves y acuciantes que las vacaciones nos aguardan en la rentrée: los rebrotes, la vuelta al cole, el regreso al trabajo. El avance del virus marca la agenda. Va ganando. No nos deja ver más allá del día siguiente. 

A pesar deñas urgenciacas, deberíamos tomar nota de lo ocurrido este verano con el turismo y no esperar a que el verano que viene se nos eche encima. Se ha demonizado el turismo como una de las principales causas de la pandemia. Y no ha sido así. Los llamados “casos importados” no han sido relevantes. En cambio, el virus se ha cebado con quienes se han quedado en casa. Los brotes de las celebraciones de cumpleaños, de las reuniones familiares, de las fiestas improvisadas en el bar de al lado así lo demuestran. Cerca de casa, en familia, nos sentimos más protegidos y nos relajamos. En cambio, cuando viajamos a sitios extraños nos sobreprotegemos ante lo desconocido. Los turistas con los que he compartido vacaciones este verano en Paris, en Gandía o en Madrid han sido mucho más rigurosos que la población local a la hora de tomar medidas frente al virus. Lo único que los diferencia de los demás ciudadanas es la denostada movilidad.

Los datos de visitantes en Asturias este verano han sido alentadores. Se ha situado a la cabeza de España en ocupación. No consta que nos hayan contagiado masivamente. De hecho, el Principado es uno de los lugares  menos azotados por el virus por más que nos hayamos quejado de las colas en Fito o los atascos humanos en las gargantas del Cares. El caso de Asturias es un ejemplo como modelo de turismo seguro.

No podemos renunciar al turismo, porque también nos va la vida en ello. Debemos buscar nuevas fórmulas, pero en ningún caso prescindir de esta actividad. El rechazo al turista se ha generalizado. Siempre se achacan a los de fuera los grandes males para no reconocer los que tenemos en casa. A los “foriatos”, a los madrileños, a los veraneantes.

Este verano, por ejemplo,  ha sido muy celebrada la denuncia de Belén Esteban sobre la falta de controles en los aeropuertos: “Es un coladero”. Incluso algunos políticos se han sumado a sus simplezas y las ha utilizado contra el enemigo. Sin embargo,  viajar en avión es más seguro que una cena de amigos en un restaurante.

Cuando Belén Esteban dice que no hay ninguna seguridad es que no se fijó en las cámaras térmicas que vigilan la temperatura, en todos los pasajeros disciplinados con su mascarilla bien puesta, en el orden del embarque y el desembarque con distancia de seguridad, en la ausencia de acompañantes en las terminales, en el registro individualizado de cada pasajero. Que hay cafres, claro,  como a diario en el supermercado o en el bar de la esquina.

El denostado turismo -por más que el término venga de los perniciosos tours masivos- es cultura. Si dejamos de viajar, nuestra civilización dará marcha atrás en su progreso. El viaje une. ¿No nos sentimos más europeos gracias a los movimientos libres entre países?

Estos días se ha recurrido, una vez más, a Churchill para defender la cultura. Se ha recordado una de sus infinitas anécdotas. En un momento crítico de la guerra, se celebró un consejo de ministro de urgencia. Uno de sus ministros planteó reducir los gastos en cultura para dedicar más fondos al armamento. El premier se indignó y proclamó aquello de para qué hacemos la guerra si no tenemos cultura, la guerra la hacemos precisamente para salvar nuestra cultura. Si no hay cultura que defender, la guerra carece de sentido.

Un compatriota suyo, el ministro de Cultura del gobierno del errático Boris Johnson, anunciaba la pasada semana una generosa dotación para mejorar los museos británicos. Casi a la vez, el primer ministro francés hacía pública la inversión de 2.000 millones para paliar la crisis del sector cultural ¿Es este el momento, en medio de una pandemia y de una crisis económica, de invertir en cultura? Sin duda. Porque si no, parafraseando a Churchill, para qué hacemos la guerra contra el virus. ¿Solo para sobrevivir? ¿En qué condiciones?

En el caso de España, el Gobierno parece trabajar solo para el día siguiente, olvidándose del día de mañana. Se supone que en ese trabajo de máxima urgencia -Sanidad, Educación, Economía- ya estarán los ministros del ramo.  Pero hay retos más a largo plazo que parecen olvidados, como mantener viva nuestra cultura, nuestro turismo, nuestra movilidad. ¿Dónde están los ministros de Cultura, de Turismo, de Movilidad o de la indispensable Ciencia? Ojalá estén encerrados trabajando en un plan de futuro que nos dejará a todos boquiabiertos, para que nuestra cultura florezca, para que nuestro sector turístico reviva, para que nuestros transportes nos permitan seguir viajando con seguridad. Como esperen a que el futuro se aclare, a que la pandemia esté controlada, a que escampe para empezar a trabajar, estamos perdidos. Nadie diría que esté gobierno tiene cuatro vicepresidentes y 18 ministros. Hay manos y cabezas de sobra para empezar a trabajar ya en el futuro del turismo y de la cultura.

(Artículo publicado en La Nueva España el 26 de agosto de 2020)

Periodistas enredados

DestacadoPeriodistas enredados

Más allá del Negrón/ Se reabre el debate sobre los informadores convertidos en activistas de las redes

Juan Carlos Laviana

Las redes han disparado la secular ansia de los periodistas de reafirmar su ego. No hace tanto, los reporteros luchaban en sus medios por el cuerpo de su firma, la ubicación de sus artículos en página impar, los laureles de la primera página o la repercusión en radios y televisiones de sus exclusivas. La irrupción de las redes, unida a la cada vez menor repercusión de los medios llamados tradicionales, ha propiciado que el ambicioso periodista busque la gloria en el maremágnum  de Twitter. Intenta desesperadamente tener un perfil propio, diferenciado de su cabecera. Está convencido de que su cabecera está a su servicio y no él al servicio de su cabecera.  En el fondo, se trasluce un creciente individualismo –la marca soy yo- frente al trabajo colectivo, frente a  la suma de talentos que  históricamente ha propiciado que  la prensa alcanzara el lugar que le correspondía en la sociedad: el cuarto poder.

El debate nunca resuelto sobre el uso periodístico de la redes se ha reabierto con la declaración de intenciones del nuevo director de la televisión pública británica. “Si quieres ser un columnista de opinión o un activista en redes sociales, me parece una opción muy válida, pero no deberías estar trabajando en la BBC”, advirtió Tim Davie en su declaración de intenciones ante sus empleados.

La pléyade de “influencers” que tienen más confianza en la todopoderosa multinacional Twitter  que  en sus propias cabeceras ha puesto el grito en el cielo y se ha apresurado a calificar las palabras del director de la BBC como una amenaza a la libertad de expresión.  ¿Acaso los periodistas no tenemos derecho a manifestar nuestras propias opiniones?, se preguntan. Claro que lo tienen. Siempre, como bien apostillaba Tim Davie, que esas opiniones no pongan en riesgo “la reputación y la imparcialidad” de la empresa para la que trabajan. ¿Cuántas veces al cabo del día leemos en Twitter opiniones de periodistas que perjudican “la reputación y la imparcialidad” de sus cabeceras?

Los conflictos ideológicos en las redacciones no son nada nuevo. Los periodistas  trabajamos con  materiales muy sensibles, inflamables,  como son las ideas y las creencias. Tradicionalmente esos conflictos se solucionaban de forma civilizada, a través de debates internos, con instrumentos hoy en desuso como los comités o los estatutos de redacción. Siempre recordaré la sección de Opinión de un diario de Madrid, la más plural que he conocido, en la que si un redactor tenía objeciones ante determinadas posturas del periódico, se le dispensaba de editorializar sobre el asunto. Por ejemplo, uno de los redactores, católico, estaba eximido de editorializar sobre el aborto o la eutanasia,  dadas sus creencias distantes de las de la línea editorial.  Hoy, en una época ciegamente militante en la que todos los periodistas quieren ser activistas y columnistas, el redactor disidente hubiera corrido a las redes sociales a verter sus propias opiniones, porque hoy  tenemos una imperiosa necesidad diarreica de opinar sobre todo y de exponerlo a los cuatro vientos.

La prohibición nunca ha sido la solución.  Prohibir  a los redactores el acceso a las redes sociales sería poner puertas al campo. Sin embargo,  el periodista no debe olvidar que representa a su medio –argumento que se empleaba cuando se pedía a un reportero el mínimo decoro a la hora de vestir- y que para que  el trabajo en equipo sea eficaz debe diluir su ego en aras del esfuerzo colectivo. En una red de 364 millones de usuarios, de nada sirven esas coletillas de “mis opiniones son solo mías”,  “cuenta personal de…” o “aquí me represento a mi mismo”. ¿Alguien cree que el feroz tuitero se va a detener en sutilezas?

Los periodistas, encargados de la vigilancia del poder, deberíamos darnos cuenta de que nuestro trabajo individual sirve de muy poco, por más que las redes nos engatusen con el espejismo de que llegamos a todo el mundo, Sólo desde el trabajo colectivo, desde la suma de talentos bajo una cabecera podremos cumplir nuestra misión. ¿Por qué si no  líderes como Trump, o nuestros propios políticos, se empeñan en utilizar Twitter como plataforma y obviar a las cabeceras tradicionales?  Alimentar las redes, regalar a  Twitter nuestro trabajo, en detrimento de nuestros medios, es tirar piedras contra nuestro propio tejado.

(Artículo publicado en La Nueva España el 10 de septiembre de 2020)

¿Y si fuera siempre así?

Destacado¿Y si fuera siempre así?

Más allá del Negrón/ La pandemia obliga a vivir en un estado de crisis permanente

Juan Carlos Laviana

Hay pocas definiciones más exactas de la crisis que estamos viviendo, y de todas las crisis, que la enunciada por Ortega en 1934. Estamos en crisis, dijo en una de sus lecciones luego recogidas en libro,  cuando “no sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa”.

Lo que nos pasa hoy es precisamente eso, que no sabemos lo que nos pasa y tenemos poca esperanza de saberlo en un futuro próximo. Sabemos que nos azota una pandemia, pero apenas sabemos nada sobre el mal y cómo atajarlo. Intentamos atraparla, como quien intenta retener con la mano el agua de la fuente y se le acaba escurriendo entre los dedos.

El ser humano no está preparado para vivir en continua alerta por más intentos que se han hecho desde que el mundo es mundo. Ya lo advertía el evangelista Marcos con aquello de “estad alerta, velad; porque no sabéis cuándo es el tiempo señalado”. Sí, estamos alerta, nos ponemos mascarilla, nos lavamos las manos, no acudimos a encuentros multitudinarios, teletrabajamos, teleestudiamos, contenemos la respiración para no estornudar o toser. Estamos alerta porque  no sabemos cuándo nos alcanzará el próximo brote o cuando nos arruinará el próximo azote económico.

Lo habíamos olvidado, pero el estado de alerta acaba siendo el estado natural. La historia así lo demuestra. Sólo en el pasado siglo, estuvimos alerta por si llegaba otro crack (del 29, del petróleo), por si otra plaga nos devastaba (la gripe española, el sida), por una inminente guerra (las dos mundiales, la española), por la amenaza de un desastre nuclear (la guerra fría, Chernobyl).

Bajamos los brazos y nos relajamos cuando Fukuyama declaró el fin de la historia tras el desmoronamiento del comunismo. Nos relajamos. Nos retozamos en la molicie de un estado de bienestar que –ilusos- creíamos infinito. Nos olvidamos de lo que ya anticipó  Nietzsche en el XIX: “El bienestar desarrolla la sensibilidad, se sufre por las cosas más pequeñas; nuestro cuerpo está mejor protegido pero nuestra alma está más enferma”.

Qué tentador es sentirse protegido, cuidar de las pequeñas cosas, vivir despreocupado. ¿Cómo no echarse en los brazos del bienestar? Así, entretenidos en banalidades, nos sorprendió la pandemia y todos los dramas que la acompañan. Y, en un abrir y cerrar de ojos, la incertidumbre, el no saber lo que nos pasa que decía Ortega, se apoderó de la vida.

Todavía no queremos asumir que el mundo anterior a marzo no volverá. Como no volvió el mundo anterior a Roma, el mundo anterior a la Ilustración, el mundo anterior la Revolución Industrial o el mundo anterior al Holocausto. Tememos lo desconocido y no nos atrevernos a plantearnos que este estado de alarma puede ser para siempre. ¿Y si la mascarilla fuera para siempre? ¿Y si no volvieran los turistas de forma masiva? ¿Y si dejáramos de darnos la mano y nos matáramos a codazos? ¿Y si el aumento de mortalidad fuera para siempre? ¿Y si viviéramos más para adentro y menos para afuera? ¿Y si hubiera un rebrote cada dos por tres, ya sea del Covid 19 o de lo que toque?

De momento, es lo que ahí, a la espera ilusa de una vacuna que no sabemos cuándo llegará y mucho menos a quién beneficiará. Puede llegar un día lejano en que se superen las incomodidades de esta crisis, pero en ningún caso volverá la vida de antes. Más vale que nos acostumbremos. Esos obscenos bailes abigarrados, esos botellones, esas concentraciones insalubres, son los últimos coletazos de una civilización que se resiste a morir, al menos en la forma en la que la hemos conocido hasta ahora.

Arnold Toynbee, que no creía en el determinismo ni en las plagas bíblicas,  vaticinaba  en su “Estudio de la Historia” que  “la civilización caerá, no porque sea inevitable, sino porque las élites gobernantes no responden adecuadamente a las circunstancias cambiantes o solo atienden a sus propios intereses”. Yo no sería tan implacable como Toynbee con las élites gobernantes. Alguna responsabilidad debemos tener también quienes los elegimos.

(Artículo publicado en La Nueva España el 12 de agosto de 2020)

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Hiroshima: Cuando el periodista se convierte en nuestra conciencia

Los libros de la prensa/ John Hersey

JUAN CARLOS LAVIANA  / Publicado en Zenda el 6 de agosto de 2020

Hiroshima: Cuando el periodista se convierte en nuestra conciencia

«Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en el que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino…»

De esta forma tan simple, tan rica en datos, descriptiva de situaciones inofensivamente cotidianas, arranca uno de los mejores reportajes del siglo XX. Y uno de los más estremecedores. Se trata del relato minucioso del estallido de la bomba atómica sobre Hiroshima, del que ahora se cumplen 75 años, a través de seis personajes que vivieron,  padecieron y sobrevivieron a la tragedia.De no ser por su autor, John Hersey (1914-1993), un periodista norteamericano curtido durante la Guerra Mundial, no tendríamos conciencia de la magnitud del desastre. De nada hubieran servido miles de artículos históricos sobre cómo se tomó la decisión, sobre las estremecedoras cifras de fallecidos y heridos y las consecuencias que sufrieron decenas de miles de japoneses generación tras generación. Ni siquiera hubieran servido los incontables alegatos condenando el uso de un arma destructiva sin precedentes en las mil y una guerras de la humanidad. Sólo el testimonio detallado, desapasionado, sereno, de quienes lo padecieron puede llegar hasta lo más profundo del alma humana.

Los seis protagonistas

Ellos, los seis protagonistas, son la citada empleada de fábrica Toshiko Sasaki. El pastor metodista Kiyoshi Tanimoto. La viuda y madre de tres hijos Hatsuyo Nakamura. El acomodado y amante de la buena vida doctor Masakazu Fujii, el jesuita alemán Wilhelm Kleinsorge (Makoto Takakura). El joven e idealista cirujano Terufumi Sasaki. Todos ellos se encontraban a una distancia de entre 1.234 y 3.200 metros del epicentro de la explosión. Todos sobrevivieron milagrosamente y tuvieron que pagar un alto precio por ello.”La casualidad hizo que encontrara una especie de diario en el que un misionero jesuita relataba lo ocurrido en Hiroshima. Así nacía el gran reportaje sobre la devastación de la bomba”

John Hersey, hijo de misioneros protestantes, nació en China. Estudió en Yale y Cambridge. Realizó trabajos precarios, como servir de chófer y secretario del escritor Sinclair Lewis (primer americano en conseguir el Nobel de Literatura). Se hizo periodista. Consiguió trabajo en Time gracias a un artículo sobre la deficiente calidad de la revista. En la Segunda Guerra Mundial fue corresponsal de guerra en Italia, donde vivió el desembarco en Sicilia, experiencia que le sirvió para escribir la novela A Bell for Adano, que le valió el Pulitzer y que fue llevada al cine por Henry King en 1945. Y fue también corresponsal en el Pacífico, donde acompañó al teniente John F. Kennedy en las Islas Salomon, una de las historias que integran su libro Of Men and War, donde muestra la guerra desde el punto de vista del soldado.

El diario de un misionero

En el invierno de 1945, fue enviado por The New Yorker a Japón para investigar la labor de reconstrucción del devastado país. La casualidad hizo que encontrara una especie de diario en el que un misionero jesuita relataba lo ocurrido en Hiroshima. Así nacía el gran reportaje sobre la devastación de la bomba. Hersey se entrevistó con el religioso, quien a su vez le presentó a los demás supervivientes de la tragedia, que iban a convertirse en los protagonistas de su historia.

En sólo tres semanas recogió los testimonios. Volvió a  Estados Unidos y comenzó a escribir. El resultado fueron 31.000 palabras que cuentan una de las historias más apasionantes y estremecedoras del siglo XX. La redacción del New Yorker se revolucionó, aunque pocos sabían lo que estaba pasando. El reportaje se llevaba en riguroso secreto. Sólo el director y unos pocos editores, que pulieron y repulieron el texto una y otra vez, estaban al tanto. El 31 de agosto de 1946, la revista salía a la calle. Por primera vez en su historia, se trataba de un número prácticamente monográfico con el reportaje de Hersey. La ocasión lo merecía.

Hasta entonces, el pueblo norteamericano no había sido consciente de la dimensión de la tragedia. Ya se había encargado el virrey Douglas MacArthur, el general al mando de las tropas de ocupación del país asiático, de silenciar y minimizar las consecuencias de la bomba lanzada desde el bombardero Enola Gay.

El final de la historia, 40 años después“No todo son luces en la vida de John Hersey. También hay sombras. Fue acusado de ser un «plagiador compulsivo»”

Tras el impacto de Hiroshima, Hersey se dedicó a la enseñanza de jóvenes escritores y a la escritura de obras de ficción, entre ellas The Wall (1950), sobre la destrucción del gueto de Varsovia. Volvió al periodismo cuarenta años después de la bomba, en 1985, para reencontrarse en Japón con los seis protagonistas de su reportaje y contar qué había sido de ellos en esos años. El resultado es un capítulo final que se ha añadido al reportaje inicial y que figura en todas las nuevas ediciones. Quedaba así completado y cerrado el relato.

No todo son luces en la vida de John Hersey. También hay sombras. Fue acusado de ser un «plagiador compulsivo». Se ha demostrado que utilizó párrafos literales de la biografía del escritor James Agee, escrita por Laurence Bergreen, en un artículo sobe Agee para el New Yorker. Y que la mitad de su primer libro Men on Bataan, publicado en 1942, estaba tomado de un reportaje previamente publicado en Time. No hay noticias de irregularidades en Hiroshima.

John Hersey y el nuevo periodismo

Hersey ha sido considerado padre del nuevo periodismo, apreciación con la que nunca se encontró cómodo. Nunca le gustó que le alinearan con los Wolfe, Talese o Capote. Reprochaba a ese nuevo periodismo falta de precisión, así como haber cedido a la imaginacion literaria en detrimento de la verdad de la historia. Años más tarde, en cambio, concedió que el uso de técnicas literarias era importante para la narración periodística. Así lo explicaba:  «Los flashes y boletines importantes ya están olvidados para cuando el periódico de ayer por la mañana se tira al cubo de la basura. Lo que recordamos son emociones e impresiones e ilusiones e imágenes y personajes: los elementos de ficción». Esas son las herramientas utilizadas en Hiroshima.

Gracias al reportaje de Hersey, los lectores norteamericanos descubrieron una interpretación absolutamente diferente de lo publicado hasta entonces sobre lo ocurrido. No conocían la visión de las víctimas, y eso es lo que el artículo ofrece. Un científico del Proyecto Manhattan confesó que había llorado, tras leer el reportaje, al recordar la euforia con la que celebró el lanzamiento de la bomba. La opinión pública cambió los sentimientos de orgullo y triunfalismo por los de vergüenza y culpa. Paradójicamente, los japoneses nunca culparon de la masacre a los norteamericanos, sino a sus propios gobernantes. Estaban convencidos de que la bomba les había salvado, de que de no haber sido por aquel mazazo, el propio gobierno japonés habría destruido el país antes de dar por perdida la guerra. Y así queda reflejado en el libro.

El periodista no es un mediador

Hersey no consiguió ese drástico cambio de la opinión pública con una denuncia furibunda de tamaña atrocidad. Al contrario. «Si alguna vez hubo un tema propicio para desbordar a un escritor y sobreactuar al narrar una historia, fue el bombardeo de Hiroshima», escribió Hendrik Hertzberg en el obituario de Hersey publicado en The New Yorker. «Sin embargo, los textos de Hersey fueron tan meticulosos, sus oraciones y párrafos fueron tan claros, tranquilos y moderados, que el horror de la historia que tuvo que contar fue aún más escalofriante».”Los heridos guardaban silencio; nadie lloraba, mucho menos gritaba de dolor; nadie se quejaba; de los muchos que murieron, ninguno murió ruidosamente”

El propio Hersey explicó cuarenta años después que había adoptado un estilo sencillo para adaptarse a la historia que estaba contando. «El estilo plano fue deliberado —dijo— y sigo pensando que tenía razón en adoptarlo. Un lenguaje literario elevado, o un derroche de pasión, me hubieran colocado en la historia como mediador. Lo que pretendía era evitar tal mediación, para que la experiencia del lector fuera lo más directa posible».

Con ese estilo, Hersey consiguió ese objetivo tan difícil de alcanzar por el periodista, y puede afirmar que «lo que ha mantenido al mundo a salvo de la bomba desde 1945 no ha sido la disuasión, en el sentido del miedo a las armas específicas, sino la memoria, el recuerdo de lo que sucedió en Hiroshima».

El horror de Hiroshima

Estas pequeñas píldoras son una muestra del estilo sencillo y desapasionado de John Hersey y de la atrocidad de la bomba atómica. Salvando la enorme distancia, sorprende cómo algunos de estos pasajes recuerdan lo vivido durante los momentos más duros de la tragedia provocada por la pandemia que actualmente nos asola.

El silencio

«Los heridos guardaban silencio; nadie lloraba, mucho menos gritaba de dolor; nadie se quejaba; de los muchos que murieron, ninguno murió ruidosamente; ni siquiera los niños lloraban; pocos hablaban siquiera».

(***)

¿A quién salvar?

«”En una emergencia como esta”, dijo como si recitara de un manual, “la primera tarea es ayudar al mayor número posible, salvar tantas vidas como sea posible. Para los heridos graves no hay esperanza. Morirán. No podemos preocuparnos por ellos”»

(***)

Despedir a los muertos

«El problema de los muertos, de darles una cremación decente y de su conservación ritual, es para un japonés una responsabilidad moral más importante que el cuidado de los vivos».

(***)

El baile de cifras

«Los expertos en estadísticas recopilaron cuantas cifras pudieron acerca de los efectos de la bomba. Informaron que 78.150 personas habían muerto, 13.983 habían desaparecido y 37.425 habían sido heridas. Nadie en el gobierno municipal pretendía que esas cifras fueran exactas».

(***)

Morir abrasado

«Tras examinar otros restos de cenizas significativos, concluyeron que la temperatura de la tierra en el centro del impacto debió ser de 6.000º C».

(***)

La culpa de los supervivientes

«Los japoneses tendían a evitar el término “supervivientes”, porque concentrarse demasiado en el hecho de estar con vida podía sugerir una ofensa a los sagrados muertos».

(***)

Las estremecedoras secuelas

«Algunos niños afectados por la bomba crecían raquíticos, y uno de los descubrimientos más terribles fue que algunos de los niños que habían estado en el vientre de sus madres en el momento de la bomba nacían con cabezas más pequeñas de lo normal».

Las GAFA y la pandemia

DestacadoLas GAFA y la pandemia

Más allá del Negrón/ Google, Apple, Facebook y Amazon, grandes beneficiarias de la crisis sanitaria y económica

Juan Carlos Laviana

Ilustración de Pablo García, publicada en LNE.

En los sesenta del siglo XX, los bachilleres desfilábamos religiosamente por la fábrica de Coca-Cola en Pola de Siero. Era nuestro primer contacto con una multinacional. Allí nos regalaban un refresco y nos animaban a participar en el mítico concurso de redacción, Se trataba de una ceremonia de iniciación en la que poníamos cara al gran capital, con sus misterios y sus intrigas. «¿Y aquí tienen la fórmula de la Coca-Cola?», preguntábamos inocentes. Luego fueron colándose sibilinamente  en nuestras vidas todas aquellas grandes compañías que aparecían en los anuncios luminosos de «Blade Runner»: Pam Am, Kodak. RCA, Hatari… ya desaparecidas,

Los jóvenes de hoy no necesitan visitar una fábrica para familiarizarse con las multinacionales.  Viven –vivimos todos- dentro del vientre de la gran ballena que conforman los monstruos  digitales que nos han engullido.  No como Jonás, para salvarle de morir ahogado, sino como alimento  del voraz cetáceo digital.

La pasada semana asistimos a un acontecimiento histórico y sintomático de cómo es nuestro mundo.  Los nuevos amos del universo –por encima de presidentes, banqueros o gurús- comparecieron ante una subcomisión del Congreso de los Estados Unidos. A través de una pantalla, claro; no podía ser de otra manera.  La idea de los representantes era poner contra las cuerdas a los cuatro «emperadores  de la economía digital»: Sundar Pichai (Google),  Tim Cook (Apple),  Mark Zuckerberg (Facebook) y Jeff Bezos (Amazon).  Las cuatro compañías forman el acrónimo GAFA, que da nombre a la monstruosa ballena.

Los acribillaron a preguntas. ¿Cómo puede mantener que su prioridad son los clientes cuando no para de subir los precios eliminando a sus competidores?  ¿Reconoce que violó la ley antimonopolio al comprar las empresas que le restaban clientes? ¿Puede asegurar que su compañía no utiliza mano de obra esclava para fabricar sus productos a bajo precio?

Ni se inmutaron. Respondieron con los consabidos tópicos. Sólo pensamos en mejorar la experiencia del usuario. Facilitamos la vida de la gente. Trabajamos por un mundo mejor. Quedaba claro que ellos están por encima de cualquier otro poder. Que, en palabras de un congresista, son las «hidras» cuyas cabezas devoran todo lo que crece en su entorno, construyendo  un mundo en el que nada florece, salvo su cuenta corriente. Se fueron de rositas.

Probablemente, tenían prisa porque al día siguiente iban a presentar al mundo los espectaculares resultados económicos. Eran unos resultados muy esperados, porque correspondían al segundo trimestre de este año, el momento en que la pandemia se había cebado con más saña: 689.000 muertos, 18 millones de infectados, millones de puestos de trabajo perdidos, países en ruina,  una depresión mundial sin precedentes.

En medio de esta tragedia, los resultados económicos de las GAFA  tienen una apariencia obscena. Convierten a estos gigantes en los grandes beneficiarios de la  desgracia mundial. Amazon y Facebook duplican sus beneficios. Apple los mejora en un 12 por ciento. Y Google –vaya por Dios-  los ve reducidos en un 30 por ciento, sólo unos 5.800 millones de euros, que siguen siendo beneficios,

Qui prodest?, ¿a quién beneficia? Es la pregunta que nos aconsejan plantearnos a periodistas e investigadores cuando se trata de desentrañar el origen de un crimen o de un mal. ¿A quién beneficia la pandemia?  Más allá de la cospiranoia  que señala a las GAFA como beneficiarias e instigadoras, los gobernantes -¿dónde está nuestra deprimida Europa- debieran plantearse en serio poner freno a la obscenidad. Y nosotros no deberíamos ser tan ingenuos como para asumir, como los depredadores, que las grandes crisis son sinónimo de oportunidades de negocio. La duda es si aún estamos a tiempo.  Yo -será por la edad- me quedaría con la Coca-Cola y el concurso de redacción.

(Artículo publicado en La Nueva España el 5 de agosto de 2020)

El rey que rabió

DestacadoEl rey que rabió

Juan Carlos I dice adiós a La Zarzuela 58 años después: de príncipe de España a Rey Emérito en desgracia

El Rey Juan Carlos fue el artífice, junto a Adolfo Suárez, de la transición de la dictadura a la democracia. España vivió, bajo su reinado, el periodo más largo de estabilidad democrática de la historia, a la vez que se modernizó hasta situarse al nivel de otros países europeos. Bon vivant, el Rey emborronó su brillante trayectoria al no saber adaptarse a las exigencias de los nuevos tiempos y mantener un estilo de vida propio de un monarca feudal. En los últimos años, la corrupción alcanzó de lleno a su entorno más próximo y las sospechas le apuntaron directamente a él. Mientras, continuó viviendo de forma ostentosa y poco ejemplar. Todo junto llegó a poner en peligro la propia Monarquía. Los españoles se lo reprocharon y se vio obligado a abdicar en su hijo Felipe en junio de 2014.

Hoy, 3 de agosto de 2020, ha hecho oficial su decisión de abandonar España. El detonante ha sido, según sus propias palabras, “la repercusión pública que están generando ciertos acontecimientos pasados de mi vida privada”.

Hijo de Juan de Borbón y de María de las Mercedes, y nieto del Alfonso XIII, nació en 1938 en Roma, ciudad en la que el Rey se había visto obligado a exiliarse tras la proclamación de la República en 1931. El hijo mayor del Monarca, Alfonso, murió desangrado tras un accidente. El siguiente, Jaime, padre del duque de Cádiz, se quedó sordo a los 4 años y fue obligado a renunciar a la sucesión por su discapacidad. El turno corrió hasta el padre de don Juan Carlos, don Juan, quien fue proclamado heredero de la corona tras la muerte de Alfonso XIII en 1941.

El pequeño Juan Carlos vivió en Italia, Suiza y Portugal, primero con su familia y pronto en un internado. A partir de 1948, Franco y su padre mantuvieron diversos y siempre tensos contactos. El dictador, partidario de la instauración, no de la restauración, pretendía saltarse al Conde de Barcelona –depositario de los derechos dinásticos- y buscar una legitimidad a su régimen ligándolo con la legalidad anterior a la II República. Acordaron que Juan Carlos comenzara sus estudios en territorio español, que pisó por primera vez con diez años en 1948. El joven terminó el Bachillerato en 1954 en el Instituto de San Isidro de la capital. Franco diseñó cuidadosamente su carrera, haciendo hincapié en su paso por las academias militares de los tres ejércitos (Tierra, Armada y Aviación). Además, cursó estudios de Derecho Político e Internacional, Economía y Hacienda Pública en la Universidad Complutense.Un Juan Carlos recién nacido es sostenido por su abuela Victoria Eugenia de Battenberg en Roma.

Un Juan Carlos recién nacido es sostenido por su abuela Victoria Eugenia de Battenberg en Roma.

El disparo de su hermano

Durante las vacaciones de Semana Santa de 1956, vivió uno de los sucesos que más marcarían su vida. Pese a que lo tenían prohibido por su padre, su hermano Alfonso, de 16 años, y Juan Carlos, de 18, jugaban con una pistola en el desván de Villa Giralda, en Estoril. El futuro Rey disparó de forma fortuita a la cabeza de su hermano, que murió en el acto. Pese a las muchas especulaciones, e incluso acusaciones, todas las pruebas indican que se trató de un accidente. Don Juan Carlos no hablaría públicamente del suceso hasta 2014, cuando confesó en una entrevista que, a lo largo de su vida, había “echado mucho de menos” a su hermano.

Al apuesto joven pronto se le atribuyeron numerosos escarceos amorosos. Su relación más comentada fue con la condesa Olghina Nicolis de Robilant, que duró hasta el mismo año de la boda de Juan Carlos. Don Juan se había opuesto con firmeza a la joven italiana, a la que consideraba una “frívola”. En 1961, se comprometió con la princesa Sofía de Grecia, con la que se casaría al año siguiente en Atenas en una doble ceremonia, ortodoxa y católica. Pese a las reticencias de don Juan, Franco insistió en que la pareja se instalara en España. Desde entonces, ocuparía el palacio de La Zarzuela, restaurado y decorado personalmente por Carmen Polo.

Pese a las muchas especulaciones, e incluso acusaciones, todas las pruebas indican que se trató de un accidente

Durante la dictadura, la pareja vivió años tranquilos. Tuvieron tres hijos: Elena, Cristina y Felipe. Viajaron por todo el país y transmitieron una imagen de familia feliz. Hasta la CIA veía con buenos ojos el matrimonio. En un documento dado a conocer en enero de 2017, aseguraba sobre Juan Carlos: “Desde su boda parece haber ganado confianza en sí mismo. Sofía es una influencia positiva”.

La primera gran crisis conocida de la pareja no llegaría hasta 1976, cuando doña Sofía viajó a la India llevando consigo a sus tres hijos. La ya Reina –que ni siquiera pidió el preceptivo permiso al Gobierno- acababa de enterarse de que su marido le era infiel.Don Juan Carlos y Doña Sofía durante en su boda en Atenas.

Don Juan Carlos y Doña Sofía durante en su boda en Atenas. Efe

“Afecto y admiración” por Franco

Con su padre las relaciones siempre fueron tirantes. En 1966, se produjo un duro enfrentamiento entre ellos. Don Juan invitó a su hijo a una reunión de su consejo privado en Estoril, con motivo del 25 aniversario de la muerte de Alfonso XIII. Juan Carlos, aconsejado por Sofía, se excusó esgrimiendo una indisposición. Temía que el acto se convirtiera en una exaltación del Conde de Barcelona como heredero legítimo y provocara la ira de Franco. Juan Carlos había dicho solo unas semanas antes que “jamás” aceptaría la Corona en vida de su padre, lo que sin duda ya había puesto sobre aviso al dictador.

En 1969, Franco le designó su sucesor en la Jefatura del Estado. Ese mismo año, una televisión francesa entrevistó al joven príncipe. “El general Franco –afirmó- es un ejemplo viviente por su entrega patriótica diaria al servicio de España. Tengo por él un enorme afecto y una enorme admiración”. En otra entrevista, 45 años después, fue más explícito a la hora de referirse a su relación con el dictador. “Si no hubiera aguantado lo que aguanté –explicó-, no habría sucedido lo que luego sucedió en España: la reinstauración de la democracia y de la monarquía parlamentaria”.El Rey, con Franco en el Pazo de Meiras en julio de 1973.

El Rey, con Franco en el Pazo de Meiras en julio de 1973. Efe

Entonces aún quedaba mucho para que la figura de Juan Carlos ofreciera confianza. La CIA, en un cable de 1974, también desclasificado en enero de 2017, aseguraba que el futuro jefe del Estado no ejercía ningún “poder real”. Incluso en 1975, dos días después de morir Franco, la agencia cuestionaba que tuviera “cualidades para acometer” la transición. En el documento se criticaba que el nuevo Rey “celebrara los consejos de ministros en el Pardo, y no en Zarzuela, y que promulgara leyes que habían sido redactadas por Franco”.

Entre esos documentos de la CIA, también aparece un informe del embajador de EEUU que recoge una revelación del príncipe sobre su gestión de la Marcha verde. Era noviembre de 1975, unos días antes de morir Franco. “Madrid y Rabat –explicó el entonces jefe de Estado en funciones para tranquilizar a Washington- han acordado que los manifestantes sólo entrarán unas pocas millas en el Sáhara español y que permanecerán un corto periodo de tiempo en la frontera, donde ya no hay tropas españolas”.

Las funciones del heredero se habían ampliado en 1971 ante la posibilidad de que tuviera que sustituir al jefe del Estado por ausencia o enfermedad. Ya se temía lo que iba a ocurrir en julio de 1974 y noviembre de 1975, cuando suplió al ya achacoso dictador. Juan Carlos intentó sin éxito que la transmisión de poderes fuera definitiva. La familia de Franco -partidaria de que el sucesor fuera Alfonso de Borbón, casado con la nieta del dictador-, se opuso con uñas y dientes. En medio de esa tensión, Juan Carlos aceptó la provisionalidad, pero ya todos sabían que era una cuestión de días.

“Preserva la unidad de España”

En una entrevista muy posterior, recordaría que, el día antes de morir, Franco le cogió la mano y le dijo: “Alteza, la única cosa que le pido es que preserve la unidad de España”. El mismo día que fue proclamado Rey, el 22 de noviembre de 1975, juró por segunda vez “guardar y hacer guardar las Leyes Fundamentales del Reino y los principios del Movimiento Nacional”. Acataba así los planes de Franco para perpetuar su régimen. Poco a poco, amparado en esa misma legislación franquista, impulsó los cambios legales necesarios para que el país avanzara hacia una democracia. Entonces, la Corona correspondía a su padre -tercer hijo de Alfonso XIII-, que no renunció a sus derechos sucesorios en favor de don Juan Carlos hasta dos años más tarde. Don Juan explicó que lo hacía “con mucho amor a España y cariño por mi hijo”.Proclamación de Juan Carlos I en 1975.

Proclamación de Juan Carlos I en 1975. Efe

En aquel momento, no eran pocos los que consideraban a don Juan Carlos un tonto. Había hecho fortuna el apodo de El breve para referirse al joven Rey de tan sólo 37 años. Los partidarios de la continuidad del régimen franquista –el llamado búnker– se sintieron traicionados por el sucesor y movieron cuantos resortes pudieron –la empresa, la banca, el Ejército,- para intentar que fuera un pelele. Socialistas y comunistas, la izquierda partidaria del restablecimiento del orden republicano del 31, también le auguraron un futuro corto, pero al final fueron ellos los que tuvieron que renunciar a sus principios y aceptar la monarquía.

Para este delicado y dramático cambio, don Juan Carlos contó con la imprescindible ayuda de Adolfo Suárez, quien de la nada construyó un partido de centro con el que se sintiera identificado un amplio sector de la nueva clase media. El propio Rey tuvo que pedir un crédito –o tal vez una donación- de diez millones de dólares a su amigo el Sha de Persia para financiar a la UCD. Gracias a ese dinero, el presidente logró un amplio respaldo electoral para un partido que aglutinaba desde franquistas reconvertidos hasta socialdemócratas.

De la Dictadura a la Democracia

Primero alentó la ley de Reforma Política, aprobada en referéndum por el 96 por ciento de los electores en diciembre de 1976. Seis meses después, se celebraron las primeras elecciones libres –en las que participó hasta el Partido Comunista- para establecer cortes constituyentes. En tiempo récord, se elaboró una constitución y se aprobó en referéndum en 1978 por el 87 por ciento de los votantes. La Carta Magna convertía España en una monarquía parlamentaria, recortaba los poderes del Rey y reconocía a don Juan Carlos como heredero legítimo de una “dinastía histórica”. Con la complicidad de Suárez, utilizando la legalidad de cada momento, logró que el país pasara en sólo tres años de ser una dictadura a ser una democracia.

Sin embargo, su intervención más aplaudida sería la que realizó a través de la televisión la noche del 23 de febrero 1981. Desautorizó el golpe de Estado del teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero y acabó con la insurrección, cuyos inspiradores creían contar con el apoyo del Rey. Años después, no faltarían informaciones cuestionando su papel. El semanario Der Spiegel, por ejemplo, publicó en 2012 un mensaje del entonces embajador alemán asegurando que el Rey había mostrado simpatía por los golpistas. La periodista Victoria Prego, en el sentido contrario, sostiene que “si el Rey hubiera alentado realmente el golpe, éste hubiera triunfado sin ninguna duda”.Junto a Adolfo Suárez en abril de 2002.

Junto a Adolfo Suárez en abril de 2002.

Fuera como fuese, lo cierto es que el 23-F supuso un enorme espaldarazo para don Juan Carlos. Hasta la propia CIA reconocería que el Rey “ha actuado a menudo como un pararrayos para el descontento militar”, y le calificaría como el “motor del cambio”.

Monárquicos y “Juancarlistas”

La popularidad de don Juan Carlos subió como la espuma dentro y fuera de España. Hasta se extendió entre los republicanos la célebre frase “no soy monárquico, sino juancarlista”. En 1982, los socialistas ganaron las elecciones y –siguiendo la estela de la UCD- emprendieron reformas que modernizaron el país. España entró en la OTAN y en la entonces Comunidad Europea. La complicidad con Felipe González, el presidente con el que mejor se entendería el Rey y amigo personal hasta el final, ayudó al monarca a disfrutar de una década dulce -sólo ensombrecida por el terrorismo de ETA-, que tuvo en 1992 el broche de oro, con la inmejorable imagen de España y su familia real que ofrecieron los Juegos Olímpicos de Barcelona.

Tras el 23-F la propia CIA reconocería que el Rey “ha actuado a menudo como un pararrayos para el descontento militar” y le calificaría como el “motor del cambio”.

Pero 1992 fue también el año en el que se rompió por primera vez un pacto no escrito entre los medios de comunicación de no airear la vida privada del monarca. De repente, se habló públicamente de la relación extramatrimonial que el Rey mantenía desde 1980 con Marta Gayá, una decoradora mallorquina divorciada y de buena familia. Los amantes mantenían sus encuentros en Mallorca, en Gstaad (Suiza) y en París, donde ella se instalaba en casa del amigo y biógrafo del rey José Luis de Vilallonga. Años después, se conocería una grabación del CESID de una conversación en la que el Rey le confesaba entonces a un amigo: “Nunca he sido tan feliz”.

Una vez abierta la puerta, comenzaron a circular rumores de devaneos anteriores del Rey con mujeres del mundo del espectáculo, entre ellas NadiuskaPaloma San BasilioSara Montiel o Raffaella Carrà. Hasta se le llegó a relacionar con Lady Di, que en varias ocasiones fue, junto a su familia, invitada de los reyes en Palma.Con Felipe González.

Con Felipe González. Efe

Juan Carlos mantuvo affaires con muchas mujeres, pero la relación más duradera –junto a la de Marta Gayá- fue con la actriz Bárbara Rey. Se calcula que, aunque de forma intermitente, estuvieron juntos unos 15 años. Adolfo Suárez les había presentado cuando la actriz hacía campaña a favor de su partido. Más tarde, se sabría que el Monarca la ayudaba, regularmente, con cantidades que oscilaban entre uno y dos millones de pesetas al mes.

El chantaje de la amante

Bárbara Rey llegó incluso a mudarse a una casa que compartía de forma habitual con el Rey en una zona próxima a La Zarzuela. En 1994, don Juan Carlos decidió romper la relación, pero la actriz comenzó a hacerle chantaje y amenazó con publicar fotografías y grabaciones que había hecho al Monarca en su casa. Al parecer, se trataba de conversaciones en las que el Rey hablaba abiertamente de su trabajo, de militares, de políticos y de otros personajes públicos. Los documentos eran más importantes por lo que comprometían la seguridad –el rey aireaba los asuntos de Estado- que por su carácter sexual.

Agentes del entonces CESID intentaron sin éxito hacerse con las cintas. La actriz presentó en los juzgados en 1997 sendas denuncias por amenazas y por robo en su domicilio. Mario Conde –muy amigo del Rey en aquel momento- y el propio jefe de la Casa Real, Fernando Almansa -hombre del banquero-, negociaron con ella. Finalmente, según se supo en 2017, la inteligencia española zanjó el asunto con un pago de tres millones de euros de los fondos reservados a través de una cuenta en Luxemburgo. En una foto oficial junto a la Reina Sofía.

En una foto oficial junto a la Reina Sofía. Casa Real

Don Juan Carlos se había ido distanciando más y más de la Reina, hasta el punto de llevar vidas completamente separadas, que sólo convergían en actos oficiales. De día en día, resultaba más evidente el papel de “profesional” representado por doña Sofía. 

De nuevo hay que volver a aquel simbólico 1992, en el que el Rey alcanzó las cotas más altas de popularidad pero también comenzó su descenso a los infiernos. Ese año fue el protagonista de un documental de la periodista británica Selina Scott, en el que el Monarca coqueteaba abiertamente con su entrevistadora, a la que acompañó en un sinfín de actividades en helicóptero, en yate y hasta en moto. En Zarzuela se encendieron todas las alarmas. El entonces jefe de la Casa Real, Sabino Fernández Campo, se opuso a la emisión del programa. “Sin duda, el vídeo –llegó a decir- es un gran éxito para la reportera, pero no lo es para la Familia Real”. En suma, consideraba que transmitía una imagen frívola de don Juan Carlos.

Aquel crucial 92 había deparado otras sorpresas. Entre el 15 y 23 de junio, el Rey, literalmente, desapareció. En su agenda no había nada anotado. Nadie conocía su paradero. Posteriormente, se supo que se encontraba en Suiza acompañando a Marta Gayá. El diario El Mundo reveló que el Monarca había firmado una ley mientras estaba fuera de España. “O el lugar es falso, o la fecha es falsa o la firma es falsa”, señalaba el diario dirigido entonces por Pedro J. Ramírez. El asunto era gravísimo. Se trataba de un delito de falsificación de documento público.

“Sofi, Sabino nos deja”

La publicación en agosto de 1992 en El Mundo y en la revista Época de la relación con Marta Gayá desencadenó la crisis final con el veterano general Fernández Campo, que había cuidado de la imagen del Rey y había sido su consejero más fiel desde 1977. Don Juan Carlos, que ya no admitía más reprimendas, tomó la decisión repentina de cesarle. Cuentan algunos testigos que, en su tono brusco habitual, le dijo a la Reina en presencia del militar: “Sofi, Sabino nos deja. Y se va por tu culpa”.

Progresivamente, el Rey fue desencantándose de sus funciones a la vez que iba dedicando más tiempo a sus pasiones: los toros, la vela, la gastronomía, los automóviles y la caza, sobre todo la caza –desde osos en Rusia y Rumanía hasta elefantes en África-. Sin embargo, rara vez se le ha visto en algún acto cultural o se le ha escuchado hablar sobre sus lecturas. Precisamente en una montería celebrada en Ciudad Real en el año 2004, conoció a Corinna zu Sayn-Wittgenstein, 27 años más joven que él. El monarca y la princesa emprendieron una larga relación amistosa y profesional, que durante al menos seis años también fue sentimental. Zarzuela le encargó a ella organizar ese mismo año la luna de miel de don Felipe y doña Letizia Ortiz.Don Juan Carlos saluda a Corinna zu Sayn-Wittgenstein, con quien mantendría una relación sentimental.

Don Juan Carlos saluda a Corinna zu Sayn-Wittgenstein, con quien mantendría una relación sentimental. Efe

Las tensiones, dentro y fuera de la casa, fueron creciendo. Corinna no era una mujer cualquiera, era una mujer con mucho poder, amiga de mandatarios y grandes empresarios, que se dedicaba a la organización de grandes eventos y a intermediar entre multinacionales y gobiernos. A la tensión también contribuyeron las malas relaciones del Rey con su nuera Letizia, que nunca le gustó y de la que sólo fue capaz de decir en una entrevista que era “una buena madre”.

En 2007, la prensa empezó a publicar todo tipo de escándalos relacionados con el Rey. El diario Público, por ejemplo, le acusó de haber actuado como valedor de la dictadura de Videla en Argentina ante empresas españolas. Ese mismo año, se publicó que había sido intermediario con Marruecos en la venta de armas. El economista y ex consejero delegado de Campsa Roberto Centeno llegó a sostener que gran parte de la fortuna del Rey procedía de cobrar comisiones -entre 1 y 2 dólares por barril- en la importación de petróleo procedente de sus países amigos del golfo Pérsico. Este negocio lo habría realizado junto con el administrador de sus finanzas durante tres décadas y amigo íntimo Manuel Prado Colón y Carvajal, que acabaría siendo condenado por corrupción. Pero el reportaje más sonado fue el publicado también en 2007 por The Times, en el que se calificaba al rey de “playboy” y se criticaba su “lujoso estilo de vida”.

Su hija y su yerno, en el banquillo

Los acontecimientos se precipitaron. La infanta Elena anunció ese mismo 2007 el “cese temporal de la convivencia” con Jaime de Marichalar, y en 2009, su divorcio. En 2011, los periodistas Esteban Urreiztieta y Eduardo Inda, del diario El Mundo, destaparon los sucios negocios de Iñaki Urdangarin -yerno de don Juan Carlos- y su utilización del nombre del Rey en su enriquecimiento ilícito. En cuanto el caso llegó a los tribunales, Zarzuela anunció que lo apartaba de todos los actos institucionales, ya que su conducta no había sido “ejemplar”. Era el principio de un largo proceso que acabaría con la Infanta Cristina y su marido sentados en el banquillo, y Urdangarin condenado a seis años y tres meses de prisión.

En Nochebuena de 2011, don Juan Carlos se dirigió al país con una alocución que parecía dirigida a él mismo. Expresó su preocupación por “la desconfianza que parece estar extendiéndose en algunos sectores de la opinión pública respecto a la credibilidad y prestigio de algunas de nuestras instituciones”.

“Necesitamos rigor, seriedad y ejemplaridad en todos los sentidos –dijo-. Todos, sobre todo las personas con responsabilidades públicas, tenemos el deber de observar un comportamiento adecuado, un comportamiento ejemplar”.

El escándalo amenazaba con alcanzar de lleno al propio Rey. Pese a que Urdangarin declaró que el Monarca le había pedido que abandonara sus negocios en 2006, seis años después se hicieron públicos tres correos electrónicos escritos por el propio duque de Palma que implicaban a don Juan Carlos y a su amiga Corinna en negocios a favor del duque de Palma con posterioridad a esa fecha. El Rey había llegado incluso a pedir a la empresaria alemana que buscara un “trabajo digno” para su yerno.

“Me he equivocado, no volverá a suceder”

En 2012 tuvo lugar la funesta cacería de elefantes en Botsuana, organizada por la omnipresente Corinna, que también viajó con la expedición. El 14 de abril, los españoles se enteraron de que la madrugada anterior un avión había trasladado al Rey desde el país africano hasta España para ingresar en el hospital San José de Madrid, donde sería operado de la cadera que se había roto en una caída. Era lo peor que podía ocurrir en los más graves momentos de la crisis y después del discurso pidiendo ejemplaridad.

Al salir del hospital, el Rey se disculpó públicamente. En un gesto sin precedentes, visiblemente deteriorado físicamente, pronunció las históricas palabras reconociendo su error, pero sin pedir perdón: “Lo siento mucho, me he equivocado. No volverá a suceder”.El Rey, junto al director de Rann Safaris, con el que cazó un elefante en Botsuana.

El Rey, junto al director de Rann Safaris, con el que cazó un elefante en Botsuana.

Comenzaba el via crucis hacia la abdicación. El apoyo de la población, que se encontraba en el 74%, cayó hasta el 52 %. En 2012 y en 2013, y por primera vez en la Historia la mayoría de los españoles, un 53 % desaprobaba la forma en que el Rey desempeñaba sus funciones.

Se sucedieron noticias con nuevos detalles sobre su relación con la empresaria alemana. Entre ellas, que la Casa del Rey había utilizado dos millones de fondos públicos de Patrimonio Nacional para acondicionar la finca La Angorrilla, en el monte del Pardo y muy cerca de Zarzuela, donde se instalaron durante años la princesa y su hijo pequeño. La situación era insostenible. “O Corinna o Corona”, le llegaron a plantear sus asesores.

Según relata Ana Romero en el esclarecedor libro Final de partida (La Esfera de los Libros), el propio general Sanz Roldán –jefe del CNI y uno de los mejores amigos del rey- se vio obligado a entrevistarse con la aristócrata alemana en el hotel Connaught de Londres, en junio del 2012, para pedirle que, por el bien de España, cortara con don Juan Carlos. La relación resultaba peligrosa no sólo por lo que suponía de distracción del Rey de sus obligaciones, sino por las amistades comprometedoras que la rodeaban, entre ellas el mismísimo Vladimir Putin, que según cuenta la periodista llegó a ser “un buen amigo” de la pareja.

La fortuna del Rey

Ese mismo año 2012, The New York Times se sumó a las investigaciones sobre sus actividades con un artículo titulado “Un rey escarmentado que busca la redención, para España y su Monarquía”. En la información se aseguraba que la fortuna de la Familia Real española estaba estimada en 2.300 millones de dólares [casi 1.800 millones de euros]. El Gobierno desmintió la cifra, pero la idea de que don Juan Carlos se había hecho multimillonario gracias a su posición ya había arraigado en la conciencia colectiva de los españoles.

La expresión más gráfica de ese rechazo se produjo el 10 de febrero de 2013. Se celebraba en Vitoria la final de la Copa del Rey de Baloncesto. Don Juan Carlos fue recibido con una estruendosa pitada, y, lo que más le dolería, el popular cántico infantil “Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña”, coreado por una gran parte del público.

Así las cosas, era la propia Monarquía la que estaba en peligro y sólo había una salida posible a la crisis, por mucho que don Juan Carlos se resistiera. Y esa salida era la abdicación, que anunció el 2 de junio de 2014. El día 19, su hijo asumiría la jefatura del Estado como Felipe VI.

Juan Carlos empezó entonces la última etapa de su vida, la de Rey Emérito. Pese a que se le habilitó un despacho en el Palacio Real, apenas lo usó. Asumió funciones de representación del Estado, inauguró exposiciones, presidió actos y realizó viajes al extranjero, viajes que con frecuencia aprovechó para pasar largas vacaciones en Barbados, República Dominicana y Miami, invitado por su gran amigo el multimillonario exiliado cubano Pepe Fanjul, al que se conoce como el barón del azúcar.

‘El Rey que rabió’

Disfrutó de la Nochevieja en Los Ángeles; cazó en fincas de la Comunidad de Madrid; participó en comidas en restaurantes lujosos; realizó frecuentes visitas a Londres además de al Caribe; acudió a partidos de fútbol, corridas de toros y a carreras de Fórmula 1, invitado por sus amigos los jeques de la península arábiga.

Pero la más de una docena de operaciones a las que fue sometido durante su vida comenzaron a pasarle factura. Los achaques hicieron mella en su aspecto: cara desencajada, barba de días y escasa movilidad, por lo que necesitaba ayudarse con muletas, bastón y hasta de una silla de ruedas. El deterioro le obligó a reducir al mínimo su vida social. Quedó encerrado en soledad, paliada únicamente por sus películas favoritas, los western, y su teléfono móvil, al que aseguran que era adicto. Ya sólo contaba con el apoyo de su hija Elena y su nieta Federica. El resto de la familia había roto las relaciones. Hubo, eso sí, un acercamiento a su esposa, la reina Sofía, después de años de no coincidir más que en actos públicos.Con su nieta Victoria Federica, hija de la infanta Elena y Jaime de Marichalar.

Con su nieta Victoria Federica, hija de la infanta Elena y Jaime de Marichalar. Efe

El prestigioso historiador Santos Juliá definió los 29 años del reinado de don Juan Carlos como “el mejor y más fructífero periodo de la monarquía constitucional en España”. Sin embargo, sus años finales quedarían marcados por los escándalos, el enriquecimiento súbito, la corrupción, las compañías sospechosas y un estilo de vida hedonista y desmedido, mientras España sufría las consecuencias de una devastadora crisis económica. Su personalidad parecía haberse transformado, como le ocurría al monarca de una renombrada zarzuela de Vital Aza y Chapí, al que un buen día, preso del aburrimiento, se le antojó hacer un viaje de incógnito con el fin de divertirse a sus anchas, para escándalo de toda su corte que creía que había sido contagiado por un virus maligno. El título de la obra no puede ser más expresivo: El rey que rabió.

(Artículo publicado en El Español el 3 de agosto de 2020)

No le podemos atender

DestacadoNo le podemos atender
Más allá del Negrón/ La pandemia deja en evidencia la ineficacia de la atención no presencial en la Administración Juan Carlos Laviana

Juan Carlos Laviana

Allá en el siglo XX, los jóvenes aprovechaban los veranos para aprender a escribir a máquina. Las academias especializadas se llenaban de ávidos mecanógrafos. Resultaba primordial ser diestro con la máquina si uno quería ser alguien en la vida. A mí me enseñó Milde, mi cuñada, un hacha con más de 200 pulsaciones al minuto. Cubría las teclas de la flamante Olivetti con esparadrapo y asignaba a cada dedo, por proximidad, unas determinadas teclas. El objetivo era escribir sin mirar el teclado, utilizando los dedos indicados para cada letra o función.

En la Universidad de Navarra, se acudía a clase con la máquina de escribir. En la redacción de “Diario 16”, se instalaron ordenadores. Algunos redactores se resistían y encadenaban sus viejas máquinas a las mesas. Otros temían la innovación como un nuevo demonio. Las mujeres en riesgo de embarazo protegían sus cuerpos de la radiación con pesados mandiles de plomo. El convenio colectivo preveía incluso una ayuda para gafas, porque todos acabaríamos ciegos. Y lo único que hacíamos, en realidad, era escribir en el PC, imprimir el texto, entregárselo al teclista, que lo volvía a escribir para enviarlo a la fotocomposición.

Todo esto ocurría entre los setenta y los noventa  del XX.  En apenas veinte años.  Fue más traumático de lo que pueda parecer visto desde hoy. De hecho, mi padre nunca llegó a escribir a máquina y mi madre apenas escribía a mano la lista de la compra. A la generación que ahora se aproxima a la jubilación se le pide, con razón, que se adapte a una vida no presencial. Y en eso está. La que ni está, ni se le espera, es la Administración.

El columnista Pedro García Cuartango contaba la pasada semana su odisea kafkiana para que la Seguridad Social le dijera cuál iba a ser la cuantía de su pensión.  Imposible conseguir cita previa, porque no hay atención presencial. Imposible realizar una gestión telefónica, porque la línea está constantemente colapsada y remite a la web. Imposible  resolver nada en la plataforma digital porque nuestra petición no está prevista entre las opciones. Imposible pedir ayuda al teléfono de ayuda al usuario, porque  vuelve a remitir a la web. Imposible tramitar nada a través de mail, porque un correo estandarizado vuelve a dirigir al teléfono inicial.

Por otra gestión diferente, tuve que seguir sus mismos pasos y padecer su mismo calvario con la Seguridad Social. Y, al final, obtuve el mismo resultado que Cuartango: “un muro infranqueable que no solo hace imposible cualquier comunicación con sus funcionarios, sino que imposibilita cualquier tipo de gestión personal (…) una administración virtual que ni está ni existe ni responde.”

Se nos pide adaptarnos a la nueva vida no presencial, cuando la propia Administración –a diferencia de la mayoría de las empresas privadas– dista mucho de adaptarse. No hay más que ver los retrasos en la tramitación de los ERTE, la demora en el pago de los  subsidios o el colapso por las demandas del ingreso mínimo vital. La verdadera brecha digital no está sólo entre generaciones, sino sobre todo entre la Administración del Estado –lastrada en prácticas decimonónicas- y los ciudadanos a los que es incapaz de atender. Se repite el horrendo tópico de que la “nueva normalidad” ha venido para quedarse. Pero, antes, debieran irse para no volver las prácticas ancestrales de la burocracia.

El último premio Princesa Sofía de Ciencias Sociales, el economista turco Dani Rodrik, ha planteado una desafiante y sugerente teoría. ¿Qué pasaría si en vez de adiestrar a los ciudadanos en el manejo de las nuevas tecnologías hiciéramos al revés? Es decir, si en vez de alentar el progreso desaforado alentáramos a los investigadores y científicos  a enfocar sus avances a las necesidades del ciudadano? Y propone que, en vez de primar a las empresas cuando se robotizan destruyendo empleos y por tanto empeorando la calidad de vida, se primara a aquellas empresas que crean empleo y, por tanto, mejoran la calidad de vida.

La Administración debería ser la primera en dar ejemplo. Debería primar la atención al ciudadano frente a la automatización. La automatización tiene sentido si sirve para facilitar la vida al usuario,  no para facilitar el trabajo de la propia Administración.

Aún queda mucho camino que recorrer. Un último ejemplo. Se ha instaurado con éxito la receta electrónica. En todas las farmacias se sabe –sin necesidad de molestos papeleos- qué medicamentos ha prescrito el médico al paciente, pero el farmacéutico sigue recortando con un cúter el código de barras de cada envase de cartón. ¿Cómo es posible tal anacronismo? Igual ocurre en los departamentos oficiales automatizados, en los que se pueden hacer mil gestiones telemáticas, pero son incapaces de responder a una pregunta tan sencilla como cuánto cobraré cuando me jubile. A día de hoy, casi tres meses después de cumplir los 65, Cuartango sigue sin saber cuál va a ser su pensión, porque “no le podemos atender”.

P.S. En honor a la verdad, he de decir que, días después de publicado este artículo, mi hija Emma consiguió el documento que precisaba, de forma telemática y en apenas 10 minutos. Asumo mi parte de responsabilidad, pero es un hecho aceptado que la página web de la Seguridad Social no es precisamente transparente y ágil.

(Artículo publicado en La Nueva España el 15 de julio de 2020)

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Mariano Guindal, lecciones de vida y de periodismo

JUAN CARLOS LAVIANA 

Mariano Guindal, lecciones de vida y de periodismo

Las memorias de Mariano Guindal (Madrid, 1951), tituladas Un hombre con buena suerte, tienen muchas posibles lecturas. Una puede ser el testimonio de un testigo de primera fila de la historia de España durante la segunda mitad del siglo XX y principios del siglo XXI. Otra, la lucha del hombre por la vida, desde su origen humilde, los orfanatos, los trabajos precarios de botones hasta convertirse en uno de los periodistas más reputados de este país. Otra más puede ser la de la lucha contra la muerte de un hombre perseguido y maltratado por el cáncer.

El libro es tan rico que vamos a quedarnos con una lectura casi marginal de esas Memorias apasionadas de un reportero, como reza el subtítulo. Marginal, sí, pero de gran interés para los que ejercen, o quieren ejercer, la profesión de periodista. Mariano Guindal tuvo la suerte —buena suerte, diría él— de trabajar muy de cerca con grandes mitos del periodismo, desde Manu Leguineche hasta Pepe Oneto, de los que aprendió los principios básicos de la profesión. Se trata de unos principios muy sencillos, por obvios, pero con frecuencia olvidados en el atolondrado trabajo de las redacciones.

Manuel Leguineche

El gran maestro de Guindal fue Manuel Leguineche, primero en la agencia Colpisa y luego en la agencia Lid. Manu era un obseso de los recortes —no sé cómo podríamos llamarlo en el periodismo digital, tan dependiente de Google—: tenía un enorme archivo de artículos recortados de aquí y de allá. Y a los jóvenes redactores trataba de insuflarles su pasión:

«Cuando te pones a escribir y dispones de un buen recorte es como un soplo de aire»

Leguineche era un reportero todoterreno y sabía bien que en las historias de las desgracias humanas se encuentra la verdad más profunda de los personajes.

«El auténtico periodismo se hace escribiendo sucesos»

Tenía los pies en la tierra y detestaba la tendencia, tan frecuente, de convertirse en oráculo:

«Cuando los periodistas nos proponemos vaticinar, siempre la cagamos»

El consejo al principiante, como todos los consejos sabios, no puede ser más sencillo:

«Todo lo que tienes que hacer es contar lo que ves y escribir lo que escuches»

El periodista tiene un objetivo claro, la exclusiva. Contar lo que nadie sabe, o aquello que quienes lo saben pretenden ocultar:

«Los scoops son la sal de nuestra profesión»

Viajar fue una de las obsesiones de Leguineche, escapar al síndrome de la redacción, que tantas veces engulle al periodista hasta dejarlo ciego:

«Para mí viajar es buscar un poco de conversación en el fin del mundo»

El autor de El camino más corto tenía claro que viajar no es sólo ver mundo. El periodista no es un turista:

«No olvides que lo importante no son los paisajes, sino los paisanajes».

Francisco Umbral

Mariano Guindal escuchó mucho al sabio Umbral, que frecuentaba Colpisa en sus primeros tiempos en Madrid. El autor de Mortal y rosa le llevó incluso a omitir su primer apellido —Garrido— para ser conocido por el segundo, el mucho más sonoro Guindal. Umbral, Pérez de primero, sabía de lo que hablaba:

«Los periodistas somos como las putas: necesitamos un nombre artístico (…). Tienes que crear tu propio personaje»

Más esencial para Guindal fue otro consejo para alguien —entonces era muy frecuente— que había llegado a la profesión sin tener la oportunidad de formarse:

«Leer mucho y subrayar».

Fermín Cebolla

Las prisas siempre han acompañado al periodismo. Siempre ha habido un deadline o un cierre. La urgencia no es exclusiva del periódico continuo que ha traído Internet. A Guindal se lo dejó muy claro Fermín Cebolla, escudero fiel de Leguineche y uno de los mejores redactores jefe / carpinteros que ha dado la profesión:

«La mejor crónica es la que llega primero».

José Oneto

El recientemente fallecido José Oneto —siempre muy ocupado— utilizaba a veces a Mariano Guindal como ayudante. Lo enviaba a cubrir ruedas de prensa, y a la vuelta le sometía a un interrogatorio:

«¿Color de la corbata?, ¿la chaqueta era cruzada?, ¿se ha afeitado el bigotito?, ¿y los zapatos, bien lustrados?, ¿llevaba gemelos?, ¿lucía el yugo y las flechas?, ¿qué periódico llevaba debajo del brazo?, ¿tenía ojeras?, ¿se le veía contento? (…) ¿Lo que ha dicho? Para eso están las agencias. Nosotros estamos para leer el lenguaje corporal, para deducir a través de los detalles lo que de verdad está pasando. No lo olvides, el diablo está en los detalles».

Miguel Delibes

Vivir del periodismo es casi tan difícil como vivir de la escritura. A Guindal se lo enseñó, una vez más, Leguineche. Esta vez aludiendo al gran maestro de la escuela de El Norte de Castilla:

«Miguel Delibes me dijo que del periodismo no vive nadie. Cuando empecé, todos estaban pluriempleados: uno en el ayuntamiento, otro en Correos, otro en las oficinas de un club de fútbol. El propio Delibes era profesor de mercantil por la mañana, novelista por la tarde y periodista por la noche».

Simón Sánchez Montero

No solo los periodistas enseñaron a Mariano Guindal. También los políticos le dieron sabios consejos. Por ejemplo, cuando le planteó al histórico líder comunista que quería afiliarse al PCE. Sánchez Montero le contestó tajante:

«Ni se te ocurra. Y menos aún en la agrupación de periodistas, que se pasan el día discutiendo sobre el sexo de los ángeles. Lo importante es informar. Para opinar ya hay muchos, tal vez demasiados».

Joaquín Almunia

Guindal considera un gravísimo error la manía que tienen los partidos políticos y los gobiernos de tener periodistas amigos y periodistas enemigos. Se lo ratificó paradójicamente un amigo suyo socialista:

«Almunia siempre me dijo que los periodistas y los políticos no pueden ser amigos, porque sus intereses son contrapuestos».

Mar Díaz Varela

En sus memorias, el reportero —auténtica esponja a la hora de aprender de los demás— recoge enseñanzas como esta de su propia mujer, también periodista:

«Evitar y compensar la información falsa y la manipulación informativa en Internet es el gran reto al que se enfrenta el periodismo del siglo XXI».

Mariano Guindal

No todo van a ser enseñanzas ajenas. Sus cincuenta años de profesión acreditan que aprendió mucho de otros y que ya está en posición de ofrecer sus propias lecciones. Haciéndose pasar por un estudiante que realizaba un trabajo universitario, consiguió una exclusiva mundial: entrevistar al expresidente argentino Juan Domingo Perón, exiliado en Madrid. La artimaña lleva al periodista a concluir:

«El periodismo es una profesión de pícaros».

Las fuentes son imprescindibles para el periodista. Guindal tuvo una muy caudalosa en la Policía en los años 70. Se trataba nada menos que del entonces joven amigo de Billy el Niño y Conesa y hoy muy célebre comisario Villarejo. Lo que le lleva a decir:

«Tener un confidente dentro de la policía es un lujo, pero había que ir con mucho cuidado, porque al menor descuido te colocaba material averiado».

De sus peripecias con Villarejo por siniestros lugares plagados de hampones y gente de mal vivir, Guindal concluye:

«Es muy difícil evitar la fascinación de lo criminal».

En esta profesión, todos nos hacemos antes o después la misma pregunta: ¿Por qué me hice periodista? Con el tiempo, se hace cada vez más difícil encontrar una respuesta, tal vez por obvia, En el caso de Guindal, el dilema se lo planteó su hijo San. Esta es la respuesta:

«Me hice periodista para poder hacer preguntas».

Uno de los asuntos en los que el periodista se muestra más vacilante es el de la rectificación. Da vueltas y recurre a desmedidos circunloquios para explicar su metedura de pata: los diablillos de la imprenta, el tradicional error de edición, el malentendido, el “en realidad quería decir”… Guindal sufrió esa zozobra tras al dar por buena una crónica de madera —la que se escribe antes de que la noticia suceda— de la boda de Lolita. Resultó que la ceremonia, que se preveía silenciosa y rutinaria, se convirtió en una gran algarabía y un tremendo escándalo. Esa desazón la resume el periodista en pocas palabras;

«El desmentido es todo un arte».

Guindal es un caso insólito de periodista que reconoce sus «deficiencias gramaticales». Asegura que se aferraba al infalible «sujeto, verbo y predicado» para evitar problemas en la escritura. De ahí su estilo claro y sencillo, respondiendo a su máxima:

«Si mi madre entiende lo que escribo, entonces lo puede entender todo el mundo».

Y, para finalizar, también deja traslucir su preocupación por la deriva del periodismo hoy en día, donde no todo es lo que parece. Así lo resume:

«Cualquiera puede grabarlo todo con su móvil, pero la supuesta espontaneidad de unas imágenes no acredita su verdad, A menudo solo son una parte de la verdad, cuando no documentos más falsos que Judas o imágenes directamente manipuladas».

(Artículo publicado den Zenda el 18 de julio de 2020)

¿Aula en septiembre o disco en verano?

Destacado¿Aula en septiembre o disco en verano?

Más allá del Negrón/ El ocio nocturno de los jóvenes se convierte en bestia negra de la pandemia

Juan Carlos Laviana

Allá en el otro siglo, en El Entrego, el ocio nocturno se disfrutaba en lo que antes se llamaban  pistas de baile. En el pueblo, teníamos dos: la Pista Linares y la sala Madison. A esta última, de nombre más sonoro, algunos ya la llamaban discoteca. Por la noche no había más alternativas. Bueno sí, un par de establecimientos  conocidos finamente como farmacias de carretera, por tener una iluminación tan llamativa y colorida como las boticas. De este género, había dos locales, uno al lado del  pozo del Sotón, y otro junto al puente de La Oscura. A esos lugares ni nos atrevíamos a asomar la cabeza. Espiábamos, desde una distancia prudente, para ver quién entraba y salía.

La discoteca Madison, en los bajos del cine Colon, inventó una fórmula que tal vez nos vendría bien ahora: la sesión vermut. Los jóvenes de entonces se conformaban con bailar y ligotear (refrescar lo llamábamos) antes de comer. Seguro que fue un invento del franquismo para evitar los pecados cometidos con el agravante de nocturnidad, que, como es sabido, son más pecado que los cometidos a la luz del día.

Lo que está pasando hoy día con el ocio nocturno es una tragedia para los empresarios más que para los jóvenes. Es la ruina para esos autónomos, con fama canalla –no merecida- por vivir de la noche. A los que hemos llegado a cierta edad, y ya no frecuentamos esos lugares más que de oídas -por lo poco que cuentan nuestros hijos adolescentes-,  nos preocupa más el desastre económico que nuestros jóvenes no sepan qué hacer después de medianoche. Así, los mantenemos, como gallinas cluecas, bajo nuestra ala protectora, o represora, según se mire.

La criminalización de lo nocturno ha coincidido con la criminalización de la juventud misma. Nos equivocamos cuando tachamos a los jóvenes de irresponsables, de inconscientes, de no tener respeto al virus. Nuestros jóvenes no son todos así. Los que practican el botellón, los que no pueden vivir sin discotecas, los que beben o se drogan hasta el coma son la excepción. La mayoría de la juventud está en otras cosas.

La pasada semana, una chica de Barcelona, bailona y provocadora, publicó un tuit diciendo: “Repetid conmigo, prefiero pisar un aula en septiembre que no una disco en verano”. Cualquiera diría que la iban a linchar en las redes por empollona. Al contrario. La última vez que lo miré, iba por los 27.000 likes y los 6.000 retuits. María, a juzgar por su perfil con casi 10.000 seguidores, no es precisamente una ursulina. Algunos de sus tuits escandalizarían al más pintado.

Cometeríamos un error gravísimo  confinando  a nuestros jóvenes al grupo de irresponsables, casi delincuentes. La brecha es ya suficientemente grande como para ensancharla aún más. No diré yo que toda nuestra juventud es como la juventud sana de Juan Bravo (Barrio de Salamanca, Madrid), a la que ensalzaba, un día sí y otro también, Luis María Anson en las páginas de hueco grabado de su ABC verdadero. No, afortunadamente, nuestra juventud es diversa y mucho más responsable que lo que los viejunos de hoy creemos.

Se adaptan mejor que nosotros, viejos rutinarios y tozudos  ya  con mucho  que perder y poco que ganar. A nosotros que nos quiten lo bailado, que si nos ponemos a recordar, para salvaje aquella generación.

Aquí, en Gandía, el lugar de estas amargas vacaciones, han reinventado la sesión vermut de la vieja discoteca Madison. En turnos de mañana y tarde, el chiringuito llamado pomposamente Budda organiza sesiones de baile dirigidas por un animador  en plena playa. Decenas de jóvenes, ataviados con sus mascarillas, manteniendo la distancia social, bailan frenéticamente regatón. Eso, si,  a las diez a casa, que es la hora decretada por la autoridad municipal para el cierre de los chiringuitos. Un brote camino de los cien casos ha obligado a la drástica prohibición del ocio nocturno. Son jóvenes y tiempo les queda para disfrutar de las madrugadas, si así lo desean, porque la juventud de hoy ha encontrado muchas más formas de ocio nocturno –y diurno- de las que nos podemos imaginar, más allá  de las decadentes discotecas. A imaginación no les vamos a ganar.

(Artículo publicado en La Nueva España el 29 de julio de 2020)

Contexto explicativo

DestacadoContexto explicativo

Más allá del Negrón/ Una sociedad que no puede ver Lo que el viento se llevó sin aclaración previa, es una sociedad inmadura e indefensa

Juan Carlos Laviana

Estábamos a  mediados los años 60 del pasado siglo. Don Crescencio, maestro a la antigua, decidió –o recibió la orden- de llevar al cine Colón de El Entrego a todos sus alumnos de su escuela unitaria. La cita era una proyección matinal extraordinaria de «Franco, ese hombre», Antes del acontecimiento, don Crescencio ofreció a sus pupilos una solemne charla sobre lo que iban a ver. Ese tipo de advertencias aún no se llamaba «contexto explicativo». El docente se centró, más que en el contenido de la película, en el comportamiento que se debía mantener durante la proyección: silencio, reflexión y, sobre todo, respeto, mucho respeto hacia la figura del protagonista.

La marabunta de chiquillería sin desbravar, procedente de toda la zona de El Entrego, atiborraba el señorial cine Colón.  Nada más apagarse las luces, la masa enfervorecida empezó a gritar desaforadamente: «¡Franco, Franco, Franco!». Con tal entusiasmo lo hacía que nunca se supo si fue por exaltación del jefe del Estado o por mofa. Los acomodadores corrían despavoridos de un lado a otro, deslumbrando con sus linternas, en un intento de apagar aquel desmedido enardecimiento. Pero cuando sofocaban y silenciaban una zona, otra tomaba el relevo de forma aún más desproporcionada. El acto de exaltación se convirtió en un acto revolucionario. Y fue penado severamente al volver al aula, aún con los ánimos humeantes.

En la sociedad actual, parecemos necesitar un don Crescencio que nos dé el «contexto explicativo», nos oriente sobre cómo tenemos que entender una película, nos recrimine el comportamiento y nos advierta de lo que tenemos que entender en su proyección. Ha ocurrido tras la retirada de la plataforma HBO del clásico «Lo que el viento se llevó» y la posterior recuperación de la cinta, precedida ahora, eso sí, de dos documentales admonitorios.

«Lo que el viento se llevó» no es «Franco ese hombre», Ni el pudiente e informado público de HBO en 2020 es la chiquillería indocumentada y salvaje del oscuro valle del Nalón a mediados los sesenta, al que ni siquiera había llegado la televisión.  Aunque con frecuencia lo recuerde.

En el primer documental preventivo realizado por TCM para HBO, la profesora de cine y activista por la igualdad racial Jacqueline Stewart explica por qué se debe ver el clásico de Víctor Fleming «con la información pertinente de su contexto». En el segundo, un panel de estudiosos del cine y la historia debate sobre «el valor que tiene que sea visto el film por otras generaciones a la luz de otras narrativas». Como sigamos así, se cumplirá con exactitud milimétrica la predicción de Orwell en «1984»: «Diariamente, y casi minuto a minuto, el pasado era puesto al día.»

Quienes somos producto de cineclub y nos gusta ver las películas como en el mítico programa televisivo «La clave», con debate previo o posterior, agradecemos toda la información que se nos dé sobre lo que vamos a ver. En los 70, en los cines de arte y ensayo –del Brisamar de Gijón a los Alphaville de Madrid- los espectadores recibían a la entrada una hoja volandera con todo tipo de explicaciones. Pero nunca se trataba de una advertencia sobre lo que se iba a ver, ya fuera sobre la muy comunista «El acorazado Potemkin», la muy nazi «La fuerza de la voluntad»,  la muy racista «El nacimiento de una nación» o la muy erótica «El último tango en París». Todas ellas, por cierto, obras indispensables en la historia del cine, que hoy serían etiquetadas con una calificación moral propia de un colegio de ursulinas.

Dios me libre de cuestionar la libertad de sentirse ofendidos, Todos tenemos derecho a ofendernos, faltaría más. Todos somos «ofendiditos» cuando nos tocan lo que cada uno consideramos sagrado. Es verdad que unas generaciones tienen la piel más fina que otras, lo que dificulta el acuerdo. La que nació tras las guerras mundiales, o en nuestra dictadura, tenía piel de elefante y la actual tiene piel del grosor del papel fumar. Probablemente, porque la primera sobreprotegió y, por tanto, malcrió a la segunda. Es humano que el padre quiera lo mejor para su hijo. Pero lo mejor no suele ser encerrarlo en una burbuja: no comas esto, no veas esto, no leas esto. Es poner puertas al mar.

Y lo que se aplica al progenitor es igualmente aplicable al Estado –papá Estado- con sus súbditos. Siempre nos quedará la duda de si nos quieren proteger o, en realidad, lo que persiguen es domesticarnos, como el buen maestro don Crescencio intentó domesticar a toda una generación.

(Artículo publicado en La Nueva España el 8 de julio de 2020)