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Normalidad restringida

Más allá del Negrón/ Los alentadores datos sobre la pandemia desatan la euforia y se proclama “la vuelta a la normalidad”

Juan Carlos Laviana

Esta semana hemos asistido a una ceremonia pagana para enterrar la pandemia, como si fuera la sardina del Carnaval. No hay más que leer algunos titulares: “Caen las últimas restricciones”, “Ya estamos en modo salida”, “Madrid elimina los límites horarios”, “Los gobiernos regionales cruzan el Rubicón del ocio nocturno”. Si es verdad que la pesadilla se acaba, algo aún muy incierto, bien está que se celebre por todo lo alto.

Lo que no parece razonable es que la gran fiesta de la libertad post Covid se haya convertido en un aquelarre en el que el macho cabrío es el virus. Tras los mensajes de euforia, no es de extrañar que 25,000 estudiantes celebren un macrobotellón en el campus de la Universidad Complutense. Que los botellones se hayan convertido en la forma de festejar “la vuelta a la normalidad” en la mayor parte del país. Cualquiera diría que lo único de lo que nos ha privado la pandemia es del ocio nocturno.

Quienes así celebran parecen seguir la máxima de Lope de Vega de que el placer “con freno y medida” ya “no es un placer para mí”. Si esa es la nueva normalidad, o la antigua resucitada,  bendita anormalidad. Tal vez el peso de los años nos vuelva a algunos  demasiado cenizos y aguafiestas.  Pero no seamos ingenuos, vivir en sociedad es vivir con restricciones. Mayores o menores, pero restricciones al fin y al cabo.

Y no sólo relativas a la hora de cierre de las discotecas, a la distancia de seguridad o al uso o no de las mascarillas. Queda mucho por hacer con respecto al Covid. Fríos datos, como que hemos superado la inmunidad de grupo o que la incidencia acumulada de casos en catorce días baja de cien, parecen anunciar el final. Pero no nos confiemos, que los muertos se cuentan por docenas.

Nos olvidamos no sólo de que la enfermedad sigue ahí, gestando la quinta ola, sino también de que nuevos desafíos nos acechan. ¿Qué se va a hacer con los antivacunas? ¿Se va  a imponer la obligatoriedad del pasaporte Covid como en Italia? ¿Aplicaremos una  tercera dosis? ¿Cuándo van a recuperar su normalidad las consultas en la Seguridad Social, que siguen ofreciendo citas a meses vista?

Cuesta ya encontrar noticias sobre la pandemia en las portadas de los periódicos, eclipsadas por noticias más propias de una vieja normalidad. Las disputas cainitas en el PP, la mesa sin patas de Cataluña, las zancadillas en la coalición del Gobierno o el debate sobre la cooficialidad del asturiano reclaman protagonismo. Asuntos todos ellos, por cierto, que responden más a las urgencias de los políticos que a las necesidades más urgentes de los ciudadanos.

Esa falsa normalidad también se ha manifestado en desfiles neonazis por las calles de barrio de Chueca en Madrid al grito de “no queremos maricones en nuestros barrios”. En jóvenes afines a ETA apedreando a quienes reclaman atención a las víctimas del terrorismo. 

Todo hace indicar que hemos aprendido poco de la pandemia. No nos apresuremos a olvidarla, no vaya a ser que nos vuelva a sorprender desprevenidos.

(Publicado en La Nueva España el 23 de septiembre de 2021)

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Graham Greene, cómo ser reportero a la vez que novelista sin dejar de ser espía

JUAN CARLOS LAVIANA 

(Publicado en Zenda el 08 Sep 2021)

Graham Greene, cómo ser reportero a la vez que novelista sin dejar de ser espía

Es muy difícil diseccionar las varias facetas de Graham Greene. El escritor se empeñó en fusionar en una sola la amalgama de todas sus habilidades. Fue la suya una existencia con muchas ramificaciones. Está la vida de novelista, que por su brillantez opacó todas las demás. La de espía, que cuenta a su favor con el imán de lo secreto. Y la del periodista, indispensable para entender las otras dos, pero víctima del menosprecio hacia los considerados oficios menores.Son escasas las antologías de artículos del autor de El americano imposible. Quizá la más completa sea la recogida por la profesora canadiense Judith Adamson, autora además de una biografía política de Greene y de un exhaustivo trabajo sobre la relación del escritor con el cine. La recopilación de trabajos esencialmente periodísticos —también hay prólogos, conferencias y todo tipo de material-  lleva por título sencillamente Reflexiones y fue publicada en España en 1998. El sello Prensa Ibérica la incluyó en su añorada colección Clásicos de la Prensa, dirigida por el prolífico Horacio Vázquez Rial (1947-2010), con traducción de Miguel Martínez-Lage (1961-2011). Dos agitadores culturales prematuramente desaparecidos. Hoy, el libro solo está disponible en librerías de segunda mano.”Sin sus vivencias sobre el terreno, sin sus artículos desde Indochina, no hubiera sido posible una novela como El americano impasible

La labor periodística de Graham Greene va mucho más allá del mero recurso alimenticio para financiar sus novelas, como con frecuencia se ha dicho. En su amplia producción para periódicos y revistas, destacan las crónicas como enviado especial, la mayoría de las veces como corresponsal de guerra. Aunque también merecen atención sus trabajos como crítico literario y cinematográfico. Sólo en los años 30, publicó más de 800 reseñas, entre libros y películas, algunas de las cuales se pueden leer en este volumen.

Greene consiguió ensamblar a la perfección el trabajo de reportero con el de novelista. Viajaba a los lugares, se empapaba del ambiente, se documentaba de los detalles más nimios con la precisión que exige una crónica. Los artículos publicados acababan, con frecuencia, por ser el primer borrador de la novela. Sin sus vivencias sobre el terreno, sin sus artículos desde Indochina, no hubiera sido posible una novela como El americano impasible, rica en datos, realista y con un ambiente asfixiante que solo puede describir quien lo ha padecido.”Su preocupación por los desfavorecidos derivó en un sentimiento moral y político que impregnó toda su obra, incluidos los artículos”

Lo mismo se puede decir de otros muchos de sus libros. Sus reportajes sobre México fueron el embrión de El poder y la gloria. Los que realizó sobre Cuba dieron lugar a Nuestro hombre en La Habana. Los de Liberia se convirtieron en Viaje sin mapas, un clásico de la literatura viajera que no hubiera sido posible sin el previo trabajo periodístico. Los de Argentina desembocaron en El cónsul honorario. Y si no hubiera viajado a las cloacas de los servicios secretos y el mundo del espionaje —a ambos lados del Muro—, tampoco hubieran sido posibles títulos fundamentales como El factor humano o El tercer hombre.

En Reflexiones nos encontramos muchos reportajes que servirían de base a esas novelas que ya son historia de la literatura del siglo XX. Pero también, haciendo honor al título, pensamientos del escritor sobre lo divino y lo humano, entre lo que, por supuesto, se encuentra el periodismo.

La editora de la antología explica en el prólogo cómo entendía Greene el periodismo: «Viajar, contemplar, consignar: he ahí los medios idóneos para moverse fuera de la propia clase social, fuera de las propias experiencias culturales, fuera de la propia conciencia».”Pocos acontecimientos del siglo XX se han quedado sin la particular visión de Graham Greene, siempre, en palabras de la editora de este volumen, con un desapego crítico que le permitió ver las cosas con claridad

Su preocupación por los desfavorecidos derivó en un sentimiento moral y político que impregnó toda su obra, incluidos los artículos. Su idea de la profesión tiene mucho que ver con la concepción de Kapuściński, tan generosamente citada como mal interpretada. El polaco decía que para ser buen periodista hay que ser capaz de ponerse en el lugar del protagonista de la noticia. Es decir, tener empatía, facultad que solo se supone a las buenas personas. Y esa esa es también la intención de Greene a la hora de trabajar sus artículos: «errar a mis anchas por cualquier mentalidad que tenga el ser humano».

Greene es un testigo excepcional de la historia del siglo XX. Desde la convulsa Irlanda inmediatamente posterior al asesinato de Michael Collins en los años 20 hasta la represión de los alemanes por parte de los franceses ocupantes de la cuenca del Rhur tras la Primera Guerra Mundial. Desde la huelga general en París en 1934 hasta la histórica visita del rey Jorge cuatro años después a la capital de la república. Desde la revolución de los barbudos en Cuba hasta la tiranía del tan estrafalario como sanguinario Papa Doc en Haití. Pocos acontecimientos del siglo XX se han quedado sin la particular visión de Graham Greene, siempre, en palabras de la editora de este volumen, «con un desapego crítico que le permitió ver las cosas con claridad».”Todos los reporteros son periodistas, pero no todos los periodistas son reporteros. El matiz no es baladí”

Con claridad, que no es lo mismo que objetividad, ya que siempre eligió bando. Hay incluso quien le invalida como testigo dadas sus simpatías hacia el primer comunismo o por sus conversión al catolicismo. Su forma de entender la labor del escritor, y por tanto del periodista, la deja bien clara en uno de sus artículos: «Ser protestante en una sociedad católica, católico en una sociedad protestante, ver las virtudes de la economía capitalista en una sociedad comunista, y viceversa…» Por si no quedara suficientemente claro, Greene remata su proclama con una cita de Thomas Pine«Hemos de guardar incluso a nuestros enemigos de toda injusticia».

Hay una muy interesante precisión de Judith Adamson en el prólogo. Sostiene que es más adecuado considerar a Greene reportero que periodista. Contra lo que pudiera parecer, no son términos sinónimos ni mucho menos. Todos los reporteros son periodistas, pero no todos los periodistas son reporteros. El matiz no es baladí.

Leyendo a Greene enseguida se detecta su debilidad por el reporterismo. Así, describe la necesaria frialdad que ha de mantener el corresponsal de guerra ante situaciones dramáticas con una metáfora escalofriante: «Hay una astilla de hielo en el corazón del escritor».

El novelista deja traslucir en sus crónicas sentimientos que brotan en todo reportero en el campo de la batalla. «Siempre tengo una sensación de culpa —escribe— cuando me veo en el papel de civil, turista para más señas, en las regiones de la muerte; a fin de cuentas, nunca se visita una zona catastrófica si no es para prestar ayuda. Uno se siente un mero voyeur de la violencia…»

Sentimientos que explican por qué a menudo los corresponsales se ponen en riesgo más allá de lo estrictamente necesario para elaborar su crónica. «Cuando uno escribe a propósito de la guerra —explica Greene—, ese mínimo respeto que uno ha de tener por sí mismo exige que de vez en cuando comparta cuando menos una pequeña porción del riesgo».”El paso del tiempo da fe de lo acertadas que son las reflexiones de Graham Greene”

Como ya se ha dicho, el escritor transita con facilidad de la crítica a la crónica o de la novela al cine, porque todo viene a ser lo mismo: maneras de contar. Y lo que vale para una película vale también para una  crónica. Este consejo para un director o un guionista, por ejemplo, es perfectamente útil para un enviado especial. «Los cineastas —recomienda— deberían comenzar por los asuntos dramáticos más sencillos y populares (una mancha en el suelo de un garaje, el chirrido de los frenos de un automóvil que se da a la fuga) y sólo entonces, en secreto con un movimiento lento y astuto, pasar hacia niveles más sutiles, más pensados, en los que sea posible sugerir los valores humanos».

El paso del tiempo da fe de lo acertadas que son las reflexiones de Graham Greene. Ya en 1954, a propósito de Indochina, «la corona de espinas» de Francia, vaticinaba cómo acabaría la enquistada contienda de Vietnam. «La guerra quedará resuelta lejos de los campos de batalla… se resolverá por medio de una serie de hombres que jamás se habrán metido hasta la cintura en los arrozales, que no habrán subido nunca por las laderas de los montes, que nunca habrán estado sometidos al frenesí de un ataque enemigo, ni al larguísimo aburrimiento de una espera». Y así fue. En 1973 Henry Kissinger y Le Duc Tho se dieron la mano en París después de tres décadas de guerra y más de cinco millones de muertos.

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Joseba Arregi, el nacionalista que puso a la sociedad vasca ante el espejo

OBITUARIO/ El legado de Arregi queda resumido en una declaración hecha en 2015. “La sociedad vasca no ha vencido a ETA. Han sido los poderes del Estado, las fuerzas de seguridad y media docena de resistentes vascos”.

Juan Carlos Laviana14 septiembre, 2021 14:40. En El Español

“La sociedad vasca no quiere mirarse en el espejo”. Estas palabras en boca de un nacionalista vasco, como fue Joseba Arregi, fueron todo un aldabonazo para las conciencias. Dijo lo que muchos no querían escuchar y eso le convirtió en una voz clamando en el desierto.

Fue probablemente uno de los políticos vascos con mayor formación y calado intelectual. Nacido en el seno de una familia nacionalista y euskaldún guipuzcoana, se formó en el seminario y llegó a ser ordenado sacerdote, aunque más tarde colgó la sotana. Completó sus estudios en la universidad suiza de Friburgo, la alemana de Münster y la vasca de Deusto. Llegó a ser catedrático de Teología y de Sociología en la Universidad del País Vasco, donde impartió su magisterio hasta su retiró en 2011.

A Joseba Arregi no se le puede negar compromiso en la lucha por la democracia en el País Vasco. Muy joven, se afilió al PNV y, desde sus filas en la clandestinidad, combatió activamente contra el franquismo. Con la llegada de la democracia, siguió con su actividad política dentro de las instituciones vascas.

Fue diputado autonómico y, cuando José María Ardanza llegó a Ajuaria-Enea, se incorporó a su gobierno. Primero, como secretario de Política Lingüística, y, más tarde, como consejero de Cultura y portavoz del Gobierno vasco (1985-1995).

Como miembro del Euzkadi Buru Batzar, le tocó desempeñar un papel muy activo en la escisión provocada por la fundación por parte de Carlos Garaikoetxea del nuevo partido Eusko Alkartasuna, que dejó al PNV sin infraestructura en Guipúzcoa. Fue precisamente Arregi quien reconstruyó el partido en un territorio fundamental.

Las desavenencias con ciertos sectores de su partido culminaron con el giro del PNV hacia posturas próximas a los independentistas

Como consejero de Cultura, a él se debe la ardua negociación para traer a Bilbao la sede del Museo Guggenheim, lo que conllevó una transformación de la capital vasca, convertida en un gran centro cultural y de atracción turística internacional.

Esa misma consejería le acarreó problemas dentro de su propio partido por su política lingüística. Arregi trabajó denodadamente para establecer criterios de racionalidad en la promoción del euskera y, en especial, para desvincular la protección del idioma vasco de cualquier sesgo político. También recibió críticas furibundas por su rechazo a conceder ayudas públicas al periódico en euskera Egunkaria, fundado por sectores de la izquierda aberzale para difundir sus propias consignas políticas.

Las desavenencias con ciertos sectores de su partido culminaron con el giro del PNV hacia posturas próximas a los independentistas. Dos hitos, o dos “errores”, como él los calificó, acabaron por convencer a Arregi de la imposibilidad de continuar en el partido.

Por un lado, el plan Ibarretxe, un desafío en toda regla al Estado.

Y, por otro, el llamado Pacto de Estella, en el que los nacionalistas se aliaron con los extremistas de la izquierda aberzale.

“En ambos casos (explicó años después en una entrevista con Leyre Iglesias en el diario El Mundo) desempeñó un papel fundamental la incapacidad de comprender que la sociedad vasca tiene una representación polimorfa”.

Arregi consideraba que se ponía en cuestión el Estatuto de Gernika, y denunció que el nacionalismo imponía “un debate falso a la sociedad vasca”, lo que provoca que “el péndulo caiga siempre del lado de la radicalidad.”

Arregi defendió abiertamente el padecimiento de las víctimas

“Hay vida fuera de los partidos”, declaró tras abandonar el PNV en 2004. Regresó a la docencia en la universidad e impulsó la fundación del foro ciudadano Aldaketa (en euskera, cambio), desde donde alzó su voz contra ETA y su entorno, y desde donde criticó el papel jugado por una parte muy amplia de la sociedad vasca, que miró hacia otro lado ante los crímenes de la organización terrorista.

Arregi defendió abiertamente el padecimiento de las víctimas. “Las víctimas”, dijo, “tienen una dimensión pública y política por la intención con la que ETA las asesinó, y eso no se arregla con besos y abrazos”.

Los títulos de sus libros ya dan una idea de cuál era la postura del político con respecto a lo que algunos han dado en llamar el problema vasco. Entre ellos, cabe mencionar La nación vasca posibleSer nacionalistaEuskadi como pasiónEuskadi invertebrada El terror de ETA: la narrativa de las víctimas.

El legado de Arregi queda resumido en una declaración hecha en 2015. “La sociedad vasca”, explicaba, “no ha vencido a ETA, como decía Ibarretxe. Han sido los poderes del Estado, las fuerzas de seguridad y media docena de resistentes vascos. La sociedad vasca ha pasado, y no quiere verlo. Bien haría en mirarse al espejo y preguntarse: dónde he estado yo”.

Con amargura, lamentaba que a los vascos “nos falta mucho para ser libres” porque mientras “la sociedad no asuma la gravedad del terror, parecerá libre, pero no lo será.”

*** Joseba Arregi Aramburu nació en Andoain el 30 de mayo de 1946 y murió en Bilbao el 14 de septiembre de 2021 a los 75 años. Deja esposa y tres hijos.

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La luz es el nuevo pan

Más allá del Negrón/ La electricidad es hoy un artículo de primera necesidad, esencial en nuestras vidas, como el alimento

Juan Carlos Laviana

Allá por los años sesenta y setenta, en casa se hablaba mucho de energía. El vale de carbón era tema recurrente de conversación en el valle del San Silvestre. Al principio, llegaban  a casa cada mes 300 kilos de hulla, esencial para la cocina. De hecho, todo el mundo disponía de una carbonera en la que ir almacenando el preciado mineral. Más tarde, con el desarrollismo y la proliferación de aparatos eléctricos, el carbón dejó de ser tan esencial y las carboneras se quedaron vacías. Pero se mantuvo durante décadas el derecho adquirido ya en forma de suplemento en la nómina, bajo el  concepto “vale de carbón”.

La electricidad  se impuso. En casa, por una de esas prebendas de la época, disfrutábamos de luz gratis. La recibíamos directamente del cercano Lavaderón, a unos metros de casa, solo separado por las vías del tren. Cuando se iba la luz, que  solía ser muy a menudo, sonaba la frase ya hecha: hay avería en el Lavaderón. Nuestra suerte estaba unida a la de aquel inmenso y ruidoso lavadero de carbón. De hecho, para medir el tiempo nos guiábamos más por el sonido de la sirena –turullu– que por los relojes.

No éramos conscientes de la suerte que teníamos de disponer gratis del carbón o de la electricidad.  Qué bien nos vendría ahora. Entonces, en una región como la nuestra, nos sobraba energía. Teníamos tanta que las empresas se la “regalaban” a los empleados. Hoy, ya no existen las minas, ni el Lavaderón. Y aquella energía abundante se ha convertido en un artículo de lujo.

¿Qué ha pasado? Mi admirado Maximino, que de esto sabe, ha intentado explicármelo. Dice  que “se cometieron errores de bulto en el proceso de descarbonización de nuestra economía y ahora estamos pagando por ello”. No solo eso, sino que se puso en marcha un proceso de transición energética, al margen de la directrices de la UE, que han traído para Asturias consecuencias que califica de “irreversibles”, dejando la industria asturiana “patas arriba.”

De aquellos barros, estos lodos. Hoy en casa ya solo se habla del precio de la luz. Se alude más al precio del kilovatio que a las consecuencias de las vacunas, que ya es decir. Y eso que nadie tiene muy claro a qué se debe esta subida desproporcionada. Hay quien dice que depende de Europa, hay quien opina que deberíamos haber invertido más en renovables, hay quien sostiene que si no hubiéramos sido tan pijoteros con las nucleares otro gallo nos cantaría e, incluso, quien acusa directamente de usureros a los empresarios de las eléctricas. El de la luz se ha convertido en un misterio más del viejo chiste sobre las grandes cuestiones que atormentan a la humanidad: ¿De dónde venimos?, ¿adónde vamos? y ¿por qué sube la luz?

El pasado fin de semana me asaltó un titular de periódico: “La UE pedirá subir el IVA de pan, leche y huevos si Sánchez baja la luz”. Me recordó unas preguntas que el periodista Carlos Salas había lanzado a las redes unos pocos días antes: “¿Cuántos días podéis vivir sin pan y cuántos sin electricidad? ¿Por cuál de las dos cosas estaríais dispuestos a pagar más?” No hace falta pensarlo mucho para darse cuenta de que la electricidad es el nuevo pan.

La historia está llena de revueltas provocadas por la subida del pan. Las enciclopedias recogen incluso las expresiones “motín de subsistencia” o “motín del pan” como “una forma de protesta popular común en Europa entre los siglos XV y XIX”. Hasta ya bien entrado el siglo XX se han sufrido violentos coletazos de motines provocados por el precio del pan.

En Occidente, en este acomodado y bien alimentado siglo XXI, los motines callejeros se han trasladado a las redes. Y los  provocan motivos más sutiles como el independentismo, el #MeToo, la homofobia o la memoria histórica.  Pero cuidado, que no nos toquen la luz, porque ya no sabemos vivir sin ella. Qué será de nosotros si no podemos pagar la energía que nos da la luz, nos permite cocinar, enfriar los alimentos, refrescarnos en verano, calentarnos en invierno… y lo peor de todo, ¿cómo vamos a vivir sin internet?

(Artículo publicado en La Nueva España el 16 de septiembre de 2021)

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Poder impotente

Más allá del Negrón/ “No es cosa nuestra” o “no podemos hacer nada”, peligroso mantra de la clase política

Juan Carlos Laviana

La singular Manuela Carmena, ex alcaldesa de Madrid, decía hace unos días que le “desazona muchísimo la impotencia que está demostrando el Gobierno”. No cabe explicar con  mayor precisión una sensación que cada vez indigna más al ciudadano. Las palabras de Carmena tienen mucho mérito viniendo de una política, y más siendo de izquierdas como el Gobierno del que habla.

Durante los últimos meses, las excusas  cada vez son más frecuentes por parte de muchos de los miembros del Gobierno. ¿El astronómico precio de la luz? Tenemos las manos atadas, dependemos de Bruselas, de la desastrosa política energética del PP, de las grandes compañías de electricidad, del cambio climático, de una fórmula incomprensible para las víctimas que pagan el megavatio a precio de artículo de súper lujo.

Lo mismo ocurre con otros muchos asuntos. ¿Lo de Afganistán? Hacemos lo que podemos, dependemos de las decisiones de Estados Unidos, de Bruselas, tenemos el handicap de carecer de un Ejército europeo propio para defendernos de los enemigos de Occidente.

El fenómeno también se produce, incluso más gráficamente, a nivel del Principado. ¿Lo del AVE.? Uf. Hemos pinchado en hueso.  Los  errores de administraciones anteriores, la naturaleza salvaje que no nos deja hacer túneles como Dios manda, unos ingenieros que se equivocaron hace siglos en sus cálculos sobre la permeabilidad de ciertos minerales… ¿Lo del abusivo peaje del Huerna?  Desde luego, no es cosa de este gobierno, sino de otro que hubo cuando la mayoría de nosotros no habíamos nacido, que llegó a un acuerdo que nos tiene atadas las manos durante siglos y nos condena ad aeternum a ser los españoles que más pagamos por el peaje. ¿Lo del virus? Eso es culpa de las autonomías que no gestionan bien la vacuna, del Gobierno que las reparte mal y, sobre todo, de Ayuso, convertida en el demonio colorado.

Comprendo que todas estas excusas deben de ser ciertas. Pobres políticos, lo que tienen que sufrir. Pero concédanme que la lamentación como herramienta política queda fatal. Da una imagen de inseguridad, de inutilidad, de incapacidad, de bisoñez, que no me extraña que Carmena esté desazonada.

Tanta excusa, tanto echar balones fuera recuerda cada vez más a una administración esclerotizada, anclada en el XIX, en la impotencia. Recuerda a la España secuestrada por la burocracia del vuelva usted mañana de Larra.

Un político, si me permiten la osadía del consejo, ha de ser, o por lo menos parecer, una persona capaz de resolverlo todo, un MacGiver al que nada se le hace imposible, un echado para adelante, una referencia en la que confiar, alguien que no ve problemas, sino soluciones. Al político de hoy le pasa un poco lo que al padre de hoy. Quiere ser colega de sus hijos, confesarse con ellos, reconocer abiertamente sus debilidades, compartir confidencias. Ir de guays. En fin, dejar de ser padres. Pero cuidado, si los ciudadanos descubren que sus políticos son impotentes no dudarán en buscarse otros. Next, utilizando el lenguaje de la calle.

Es tal la impotencia de algunos políticos, que aún formando parte del gobierno, critican al propio gabinete del que forman parte ante la imposibilidad de culpar a alguien más.

No es infrecuente tampoco que los políticos busquen entes abstractos a los que culpabilizar de su impotencia. Los poderosos, los poderes fácticos, el Ibex 35, Silicon Valley, la idiosincrasia del país, etc.

Lo que ya resulta imperdonable es cuando el político hace recaer toda la responsabilidad sobre el sufrido los hombros del sufrido ciudadano, al que culpa de todo. Del precio de la luz, a los consumidores por no poner la lavadora de madrugada. De la extensión del virus, a los jóvenes que hacen botellón. De los problemas de Madrid, a los irresponsables votantes de Ayuso. Y de los de España a los inconscientes votantes de  Sánchez

La función de los políticos es, como la de los ingenieros, solucionar problemas.  Echando balones fuera, culpando al contrario, o manifestando su incapacidad lo que hacen es crear aún más problemas. A ver si va a resultar cierta la broma de Groucho Marx, cuando sentenció aquello de que “la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”.

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Huérfanos del Tío Sam

Más allá del Negrón/ La renuncia de Washington a ser el gendarme del mundo deja a Occidente indefenso ante sus enemigos

Juan Carlos Laviana

Estamos desconcertados. Nos sentimos desprotegidos. Los que más, claro, los afganos, que han de afrontar su destino sin ayuda o buscarse un nuevo padrino. Pero también el resto. En la desgracia de los afganos vemos nuestro propio destino si nos ocurriera lo mismo. El mundo que creíamos seguro se desmorona. Los seres humanos necesitamos certezas para seguir avanzando, una realidad sólida a la que agarrarnos, un suelo firme que pisar. Antes sabíamos que había una policía mundial que velaba por nosotros, un hermano mayor, un padre, un Tío Sam que saldría a nuestro rescate si alguien osaba agredirnos, a nosotros o a nuestra forma de vida. En fin, como los norteamericanos venían haciendo desde hace un siglo.

Como hicieron en Europa y en Asia frente a los nazis y sus cómplices nipones. En Corea y en  Vietnam contra la amenaza comunista. Bien es verdad que no siempre de una forma heroica y altruista. A veces, limpiaban su patio trasero –así lo llamaban- con métodos tan discutibles como los utilizados en el Chile de Pinochet, la Argentina de Videla o incluso la España de Franco.

El mundo era una cuestión de imperios. Y el imperio por antonomasia en el siglo XX fue el americano. Las llamadas superpotencias mantenían una guerra fría amedrentando al enemigo, en un inestable equilibrio de fuerzas, pero equilibrio al fin y al cabo, basado en la política de disuasión. Todo eso en el mundo actual se ha desmoronado.

Visto lo visto en Afganistán, comprobamos que ya no podemos esperar a que los americanos vengan al rescate. Quisimos creer que era cosa del loco de Trump –“America, first”-, pero ahora resulta que el buenazo de Biden –cada vez recuerda más a Jimmy Carter- no sirve para gendarme y también se apunta al aislacionismo, al ahí os quedáis. Es más, ha llegado a decir poco menos que los afganos eran unos vagos y unos torpes que, en veinte años, habían sido incapaces de asimilar las lecciones de democracia y de cómo defenderse por sí mismos.

Es tal el sentimiento de desamparo e indefensión que nos deja la vuelta a casa de los yanquis, que hasta la desmadejada Europa, como pollo sin cabeza, se plantea recuperar la idea de conformar un ejército propio. Pero el plan suscita más dudas que certezas. ¿Para qué un ejército? ¿Para ir a Afganistán a rescatar a los “afganos europeos”? ¿Para realizar acciones humanitarias pero no bélicas? ¿Ese ejército, por ejemplo, nos protegería a los españoles en caso de agresión por parte de Marruecos? ¿Realmente merece la pena un ejército europeo sin británicos ni norteamericanos? ¿Disolvemos entonces la OTAN, que ya parece tan caduca como el Pacto de Varsovia tras el desmoronamiento de la URSS?

En el fondo, la sensación que nos ofrece lo ocurrido en Afganistán es que el bloque ganador de la Guerra Fría, el occidental, se ha desmoronado. Al igual que el comunista, estaba pensado para una situación de un mundo bipolar que nada tiene que ver con el mundo actual. Pero resulta ineficaz para este momento en que nuevos actores se aprestan a llenar el enorme vacío dejado. Porque, no nos equivoquemos, la mayoría de los países no están preparados para protegerse de sus talibanes, ya sean internos o externos. La debilidad militar ha quedado de manifiesto en Kabul. Hemos visto al ejército más poderoso del mundo salir por pies sin más oposición que una banda de desarrapados, entrenados en las montañas y pertrechados con armas robadas o abandonadas por las fuerzas ocupantes. Hemos visto al presidente norteamericano plegarse a los ultimátum de los integristas. Hemos visto a los marines volver a casa en ataúdes. Esas imágenes serán difíciles de borrar de nuestra retina. Recuerdan a las del bárbaro Alarico entrando en Roma. Esperemos que no se conviertan en símbolo de la caída del imperio occidental, de la cultura occidental, del mundo tal y como lo hemos conocido.

(Artículo publicado en La Nueva España el 2 de septiembre de 2021)

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Un tupido velo sobre Afganistán

Más allá del Negrón/ Los talibanes ya han aprendido que las guerras ahora se libran en Internet

Juan Carlos Laviana

Lo de Afganistán si no es una guerra, como mínimo puede calificarse de una posguerra. Una posguerra civil, porque, a pesar de la abrumadora intervención extranjera, la guerra de Afganistán ha sido una guerra entre afganos. Y, como decía DeGaulle, “lo espantoso de cualquier guerra civil es que cuando termina la guerra no empieza la paz”. Bien lo sabemos los españoles.

Nada es inocente en las guerras. Las imágenes que nos llegan de Afganistán, precisamente esas y no otras, nos llegan por algo. No por azar. La crisis de Kabul ya nos ha dejado fotografías icónicas que nos estremecen, nos conmueven, nos aterrorizan. En suma, manipulan nuestros sentimientos. Lo malo es que en base a esos sentimientos conformamos nuestra forma de ver lo que sucede. Sobre esas inducidas emociones -furia, rabia, impotencia-  osamos manifestar nuestras irracionales opiniones a diestro y siniestro. Sobre todo, a través de las tan inflamables redes sociales. Qué fácil es hoy desinformar al mundo entero.

Cada día se añade al álbum del horror una nueva imagen icónica de la precipitada evacuación de los occidentales en Kabul. Los hombres agarrados al fuselaje del tren de aterrizaje de los aviones, el bebé entregado a través de un muro a un soldado norteamericano, los 640 afganos atiborrados en la bodega de un avión militar. Imágenes terribles, sin duda, pero ¿qué nos dicen? ¿Lo terribles que son los talibanes que sus compatriotas arriesgan la vida por huir? ¿O lo débiles que son los occidentales como demuestra esta atribulada evacuación?

No es casualidad la profusa sucesión también de imágenes de los costrosos barbudos jugando con los aparatos de un gimnasio, comiendo apetitosos helados de todos los sabores, divirtiéndose en los coches de choque, dando vueltas bordo de los caballitos enanos de un inocente tiovivo, saltando y haciendo posturitas al rebotar sobre camas elásticas. Son como niños. Cómo la gozan. No parecen tan malos, nos atrevemos a decir desde 8.000 kilómetros de distancia.

Cualquiera diría que los talibanes, aparentemente tan zafios, tan medievales, tan poco instruidos, tienen a su servicio a un Iván Redondo, un “spin doctor” que les cuida la imagen, como lo tiene cualquier mandatario occidental que se precie. No es una boutade. El domingo se podía leer en este periódico un magnífico artículo de Eduardo Lagar en el que recogían informaciones de Washington que barajaban seriamente esa posibilidad.

La gran diferencia entre 2001 y 2021, en el mundo entero y por tanto en Afganistán, es la invención y masiva proliferación de los teléfonos inteligentes. Basta recordar cómo vimos venirse abajo las Torres Gemelas. Sí, en televisión. Hoy, lo veríamos en el móvil a través de una red social.

La súbita legión de expertos en el problema afgano se afana en repetirnos de forma machacona que es un país atrasado, retrógrado, incluso medieval. Sí, puede que lo sea en determinadas costumbres, pero que eso no nos haga ignorar que, con una población cercana a los 39 millones, tiene dadas de alta 18 millones de líneas móviles, según datos de 2019. Y las usan. Los talibanes se comunican entre sí a través de Whatsapp, lanzan mensajes al mundo entero a través de Twitter, incluso disponen de página web oficial accesible en cinco idiomas diferentes.

Llevábamos mucho tiempo sin detener nuestra mirada en Afganistán. Tanto que incluso lo que estaba previsto, la salida de las tropas occidentales, nos ha pillado por sorpresa. Y seguimos viendo el remoto país con los estereotipos de hace 20 años. Ha cambiado tanto, que en ese tiempo casi ha duplicado su población, lo que quiere decir que es un pueblo eminentemente joven, con lo que eso conlleva. Falta por ver qué ocurrirá a partir del miércoles, cuando finalice el ultimátum para que los americanos abandonen definitivamente el territorio y se cierren las puertas. ¿Qué imágenes nos dejarán ver? ¿Qué ocurrirá detrás del tupido velo con que los talibanes cubrirán su país?

(Artículo publicado en La Nueva España el jueves 26 de agosto de 2021)

Destacado

las redes sociales, a juicio

La serie The Good Wife lleva a los tribunales a las redes para determinar si su responsabilidad editorial es igual que la de cualquier otro medio

Juan Carlos Laviana

Las series norteamericanas siguen la actualidad con una precisión pasmosa. The Good Fight es probablemente el mejor ejemplo. Cuando apenas hemos leído o visto una noticia, ya tenemos la interpretación en la serie. La victoria de Biden, el asalto al Congreso, el caso George Floyd son algunos asuntos dramatizados en la última temporada, que ya se puede ver desde hace semanas.

En uno de los capítulos, se aborda un tema capital para la prensa, la llamada sección 230. Se trata de un apartado de la Ley de Decencia de las Comunicaciones, una norma federal promulgada en 1996 –mucho antes de que nacieran Google o Facebook- para proteger a las nuevas compañías de internet, cuando internet aún no había perdido la inocencia.

La sección 230 establece que «ningún proveedor o usuario de un servicio de ordenadores interactivo deberá ser tratado como el editor o emisor de ninguna información de otro proveedor de contenido informativo”. Es decir, que considera a las plataformas meros canales de información y, por tanto, las exime de cualquier responsabilidad editorial.

Ahí está el núcleo de la cuestión de cualquier debate sobre el estado actual de la prensa. La serie, que se centra en las vicisitudes de un despacho de abogados ocupado en litigios sobre cuestiones de actualidad, dedica buena parte de uno de sus capítulos, a una demanda por difamación contra un gran buscador. Se trata de Chumchum, un remedo de Google, que ha hecho circular el rumor de que un vendedor de bicicletas abusaba sexualmente de niños.

El gigante digital, como era de esperar, se acoge a la sección 230 bajo el argumento de que no ha creado ese contenido y por tanto no es responsable por el mero hecho de distribuirlo. Es decir, algo similar a que condenáramos a un quiosquero por un delito cometido por un periódico.

El debate se recrudece incluso entre los abogados del propio despacho que ha decidido demandar al buscador.

‑Si revocamos la sección 23, no existirían las teorías conspiratorias, pero tampoco el #MeToo», ‑hace ver muy certeramente uno de los más jóvenes.

Y se repite el choque generacional cuando uno de mediana edad utiliza este argumento:

‑Sin la sección 230, los periódicos podrían volver a ser competitivos.

‑No volveremos a leer periódicos, abuelo‑, le contesta un pasante descarado.

Pero donde se decide de verdad la cuestión es en el juzgado. Los abogados demandantes contra el gran agregador exponen sus argumentos ante la juez:

‑La sección 230 existe para proteger a las plataformas de internet de ser responsables, pero creemos que eso es inconstitucional, porque contraviene la Primera Enmienda.

Un planteamiento insólito. No es de extrañar que la jueza pregunte:

‑¿Y eso por qué?

‑La Primera Enmienda estipula que el Congreso no debe permitir que ninguna ley que coarte la libertad de prensa‑, explican los abogados.

‑La sección 230 no dice nada de la prensa‑, replica la juez.

‑No, pero en la práctica la ley ha diezmado a la prensa. A través de la sección 230, el gobierno ha inclinado la balanza favoreciendo a las plataformas de internet sobre los periódicos y otros medios de información‑, culmina la abogada llegando al quid de la cuestión.

Los interrogatorios a testigos también ofrecen buenos argumentos para el debate. La letrada pregunta a un director de periódico si conocía las acusaciones sobre pederastia que circulaban por las redes. Él dice que sí, que estaba al tanto. La abogada muestra su extrañeza:

‑¿Y por qué no cubrió su periódico esa historia? Parece noticiable. ¿No?

‑Si fuera cierta, sí‑, responde el periodista.

‑¿Cómo sabe que no lo era?‑, insiste la abogada.

‑Porque me pasé dos semanas investigando los rumores. En el caso de esta historia, no había nada. Solo rumores en las redes.

Solventada la escasa credibilidad de las redes, pasamos al problema económico.

‑¿En qué situación financiera se encontraba su periódico cuando decidió no publicar la historia?‑, se interesa la abogada.

El defensor del buscador protesta, sabiendo que es un punto esencial, y alega que se sale de la demanda. La abogada contraataca:

‑El impacto financiero de la sección 230 para los periódicos es totalmente relevante.

Sigue el testigo:

‑Estábamos sin fondos y cada vez peor. Los anuncios con los que contábamos se habían pasado a internet. Era cuestión de tiempo que no pudiéramos pagar ni siquiera la luz. Ese momento llegó hace seis meses.

La defensa de la plataforma saca la artillería. Y argumenta, no sin razón, que los periódicos han ido a la bancarrota, además, por otros factores distintos a Internet. Por ejemplo, por no haber sabido adaptarse al mundo digital, como en su momento ya sufrieron la llegada de la televisión.

Pero no nos desviemos del punto central del litigio. La teoría de que los periódicos han ido a la ruina porque las redes sociales tienen una ventaja en el mercado, auspiciada por el Gobierno. La abogada demandante esgrime una encuesta sobre las fuentes de información de los lectores. Las cuatro principales fueron: Facebook, Twitter, Google y Chumchm (la ficticia de la serie). A diferencia de los periódicos, ninguna de estas plataformas de información puede ser demandada por difamación, libelo o fraude, lo que lleva a la letrada a preguntar al director:

‑¿No cree que eso puede tener cierta influencia sobre qué historias se publican y qué historias no se publican?

‑Es como una espada de Damocles, reconoce con amargura el editor del legacy paper.

Y aquí se menciona el caso de la página de cotilleos Gawker, que con unos 25 millones de visitas al mes, tuvo que cerrar en 2015, arruinada tras ser acribillada a denuncias. «Esto puede ocurrirle a una página web o a un periódico ‑sentencia la abogada‑, pero no puede sucederle a Facebook.»

Vayamos a otro punto clave. ¿Qué diferencia la forma de trabajar de un periódico o una web de la forma de trabajar de una red social? El interrogatorio a un antiguo moderador de Chumchum lo aclara. Leámoslo sin interrupciones.

‑¿Por qué no sigue usted en Chumchum?

‑Estrés postraumático.

‑¿Qué parte del trabajo era estresante?

‑‘El chorro’.

‑¿’El chorro’? ¿Qué es ‘el chorro’?

‑El flujo constante de “contenido dañino”.

‑¿Dañino en qué sentido?

‑En parte, historias tristes, sobre homicidios, en parte contenido político… Nunca cesaba.

‑¿Y lo único que hacía usted era bloquear ‘el chorro’?

‑No, también destacábamos, reposicionábamos y publicábamos artículos.

Muy interesante punto este, donde se intenta demostrar que las redes sociales editan los contenidos, al igual que los medios tradicionales, y por tanto debieran tener igual responsabilidad. Continúa su explicación el llamado «moderador»:

‑En otras palabras, hacía lo que hace un editor de prensa. Me sentía como un editor.

‑¿En el sentido de que bloqueaba contenido pornográfico o violento?

‑En el sentido de que publicábamos clickbait. Si desencadenaba ira o rabia, lo publicábamos. Así es cómo la página ganaba dinero.

‑¿Cada cuánto se reunía usted con su equipo de editores? Disculpe, moderadores.

‑Dos veces al día. Mañana y tarde.

‑¿Y de qué hablaban en esas reuniones?

‑De qué historias eran tendencia.

‑¿Y por tendencia se refiere a…?

‑Historias populares, interesantes, dignas de ser publicadas.

‑¿Las valoraba? Si ustedes deciden qué historias son importantes… ¿qué diferencia hay con lo que hace un equipo editorial?

Dejemos la pregunta en el aire. Si quieren conocer el veredicto de la juez, vean la serie, aunque les advierto de que no es relevante.

La pregunta es: si está tan claro que las redes realizan una competencia desleal, por qué  no se cambia la ley. Máxime, teniendo en cuenta que es uno de los pocos asuntos en los que, al menos de cara a la galería, republicanos y demócratas están de acuerdo. La respuesta no puede ser otra que, en el fondo, a los políticos les interesa utilizar las redes sociales. Prefieren dirigirse de forma directa a sus fieles y no depender de mediadores, como han sido tradicionalmente los medios de comunicación que tantos disgustos les han causado. Así lo han manifestado muchos de ellos en múltiples ocasiones.

Dirán que estos debates son cosa de los americanos, tan tiquismiquis con sus asuntos. Pero no es así. En España ocurre algo similar, si no lo mismo. La única diferencia es que los americanos son capaces de explicarlo de forma simple en una serie y nosotros, de momento, no.

(Artículo publicado en The Objective el 15 de agosto de 2021)

Destacado

Respuestas sencillas a problemas complejos

Más allá del Negrón / La connivencia de los políticos con las redes alimenta el populismo

Juan Carlos Laviana

La tarde de uno de los más asfixiantes días de la ola de calor, el Ayuntamiento de Madrid decidió cerrar los principales parques de la ciudad. La reacción de las redes no se hizo esperar. Cientos de tuits acusaban al alcalde Almeida de privar a los ciudadanos, en plena calorina, de los lugares más frescos. Otros le tachaban de clasista por perjudicar a los menos favorecidos, los que no tienen más medios que los gratuitos para librarse de los sofocos. No fueron pocos los que arremetieron contra los “cayetanos”, siempre privilegiados por el poder, que a esas horas estarían disfrutando del aire acondicionado en sus casoplones o de sus refrescantes piscinas privadas.

La nota en la que el Ayuntamiento anunciaba la impopular medida explicaba con detalle cuáles eran esas condiciones meteorológicas adversas. Pero una legión de indignados se empeñaba en que la razón del cierre era el calor. La realidad no puede arruinar una buena causa de indignación. Su decisión de sublevarse contra el ayuntamiento había sido tomada en función de un tuit que recogía el titular: parques cerrados por las condiciones meteorológicas. ¿Qué otras circunstancias iban a ser sino el calor que nos anulaba la mente?

Horas más tarde, una tormenta de viento y rayos como no se recordaba, se cebó con los árboles de la ciudad causando no pocos destrozos materiales y ninguna víctima, probablemente porque los parques estaban cerrados.

El equívoco, la ignorancia de los indignados era que no habían pasado más allá del texto del tuit.

Cada vez es mayor el número de personas que se informan solo a través  de las redes. Según un estudio reciente, el 44 por ciento de los españoles se surten de noticias en las redes, solo por detrás de la televisión.

Los problemas son complejos, pero la ignorancia es atrevida y los usuarios de las redes, más. Incluso osan opinar e informar sobre todo cuando son expertos en nada. Así,  han mostrado su indignación por la salida de las tropas americanas y españolas de Afganistán. Curiosamente, los mismos que se indignaban porque nuestros soldados estuvieran allí ahora se indignan porque se van. También hay quien cree que la solución sería mandar más tropas y barrer del mapa a los talibán, lo mismo que decidió Bush hace 20 años y cuyo resultado tenemos ahora en nuestras pantallas, Soluciones sencillas a problemas complejos.

La inusitada subida de la luz también ha dado mucho de sí en las redes. Hay quien propone la nacionalización de las empresas eléctricas e incluso quien asegura que con un real decreto se bajaría de inmediato el precio. Lo significativo es que estas medidas ya no sólo las proponen los tuiteros, sino políticos con altas responsabilidades, sin duda contagiados por el fragor de las redes. Soluciones sencillas a problemas complejos.

Lo mismo se podría decir de problemas tan complejos como el cambio climático, las vacunas contra la Covid, los movimientos migratorios, o el reparto de los fondos de la UE. Asuntos todos ellos para los que es necesaria una información exhaustiva y precisa que incluso desborda a los expertos. Sin embargo las redes todo lo simplifican , todo lo vulgarizan, ayudadas además por los propios políticos, que gracias a ellas, se creen librar del incómodo intermediario que son los medios informativos tradicionales. Esa alianza entre políticos y redes lleva inevitablemente al populismo. Y solo hay una forma de frenar su avance. A través de la información veraz y contrastada. Y hoy por hoy solo se puede encontrar en la prensa tradicional, o no tan tradicional, como nos quieren hacer sus detractores. Porque, en contra del dicho, a problemas complejos, soluciones complejas.

(Artículo publicado en La Nueva España el 19 de agosto de 2021)

Destacado

Solidarios

Más allá del Negrón/ La OMS propone frenar la vacunación en Occidente para que el Tercer Mundo pueda llegar al 10% de inmunizados

Juan Carlos Laviana

La vacunación nos enfrenta a un gran dilema moral. Otro dilema moral más, quizá el más importante de todos ¿Nos ponemos la tercera dosis, como ya están planteando algunos países, o utilizamos esas vacunas para que el Tercer Mundo pueda llegar, al menos, a un diez por ciento de inmunizados?

El diario francés Liberation, último reducto de la moral izquierdista,  no dejaba lugar a dudas el sábado con su contundente titular de portada: “Altas dosis de egoísmo occidental”.  Israel ya está suministrando la tercera dosis de refuerzo. Alemania o Francia ya barajan la posibilidad de administrarla el próximo mes. España, como otros muchos países, está a la espera de lo que digan los científicos al respecto. Pero la UE, siempre tan humanitaria, ya ha avanzado que la prioridad es alcanzar el cien por cien de inmunidad.  La solidaridad tendrá que esperar.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha salido al paso de la intención de los países occidentales. Al fin y al cabo, por desprestigiada que esté, es la única entidad que nos puede ofrecer una visión global de la pandemia. Y ha pedido una moratoria de la vacunación en occidente, es decir, que se paralice esa tercera dosis y, además, la inoculación de los más jóvenes, cuyo riesgo de complicaciones es menor.

“Entendemos la preocupación de los gobiernos de proteger a sus poblaciones de la variante Delta –ha asegurado el director general de la OMS-, pero no podemos aceptar que los países que ya han utilizado la mayoría de los suministros, utilicen todavía más, mientras que las poblaciones más vulnerables del mundo siguen sin vacunar.”

En efecto, los datos sobre la desigualdad son irrefutables. Los países con ingresos medios y altos, que no llegan a la mitad de la población mundial, han administrado el 80 por ciento del total de las vacunas. Mientras Estados Unidos ya ha alcanzado el 70 por ciento de vacunados y la media europea supera el 50, en el conjunto de África sólo un dos por ciento tienen la pauta completa y un cinco la primera dosis.

En un mundo solidario, ideal, compartiríamos las vacunas. Al fin y al cabo, sólo se nos pide que esperemos unas semanas, tal vez unos meses, a ponernos la dosis de recuerdo y a vacunar a los más jóvenes. No parece una petición disparatada, pero la experiencia dice que no va a ser así.

Reduzcamos el problema a una escala menor. Será más fácil verlo. Si una autonomía española fuera ya por el 70 por ciento de vacunados y otra aún por el 5, ¿la primera estaría dispuesta a esperar a la rezagada y ceder vacunas para que se ponga a la altura? La experiencia nos dice que no. De hecho, durante la pandemia, se han visto muy pocas muestras de solidaridad entre comunidades autónomas. ¿Cuántas camas de hospital, cuántos médicos, cuántas enfermeras, cuántos auxiliares cedieron las comunidades menos afectadas a las más damnificadas? ¿Se acuerdan de aquel tren medicalizado que iba a trasladar enfermos de unas ciudades a otras? ¿Cuántos viajes llegó a hacer? Si se conocen los datos, yo he sido incapaz de encontrarlos.

Si no somos capaces de ayudar al vecino de provincia, ¿cómo esperamos ayudar al vecino de continente? Será difícil. ¿Hace falta recordar las agrias disputas de nuestros políticos sobre la solidaridad fiscal entre territorios?

En la introducción a su libro “Solidarios. La vida más allá de uno mismo” (Rialp), el profesor Antonio Rubio Plo recuerda que “los seres humanos no se acaban en sus intereses.” No por sabido deja de ser necesario el recordatorio, incluso referido a las tan indispensables vacunas.

(Artículo publicado en La Nueva España el 12 de agosto de 2021)

Destacado

Privacidad es poder

Más allá del Negrón/ Un nuevo libro alerta sobre los peligros de la cesión de nuestros datos y explica por qué deberíamos recuperarlos

(Artículo publicado en La Nueva España el 5 de agosto de 2021)

Juan Carlos Laviana

En tiempos, nuestra vida privada sólo la aireaban los cotillas. En todos los pueblos, barrios y edificios había un cotilla oficial. Si uno quería que algo fuera conocido por todos, no tenía más que comentárselo al cotilla con la indicación de que se trataba de una confidencia. Era el encargado de almacenar y distribuir convenientemente la información personal, cuanto más personal mejor, de cada uno de sus vecinos.

Hoy, el cotilla oficial ha sido sustituido por ese ente abstracto que, cada vez que entramos en internet, nos pregunta si aceptamos las cookies. Nosotros, graciosamente y para acelerar la búsqueda o la compra, le decimos que por supuesto, que se quede con todas las cookies que quiera. Al fin y al cabo, ni siquiera tenemos muy claro qué son esos ficheros que, cuando entramos en una página web, se quedan anclados en nuestros equipos y nos espían. 

Los titulares relativos a la privacidad no cesan: “Multa record de Amazon en Europa por violar la privacidad de sus usuarios”, “Investigan a Tik Tok por el uso de datos de menores”, “Facebook es multada con 5.000.000 millones de dólares por sus escándalos de privacidad”. Parece evidente que los grandes monstruos de Internet se están saltando las normas a la torera. Más que nada porque esas multas deben de ser calderilla en sus cuentas de resultados. Si no, obviamente, tendrían más cuidado.

Clarissa Véliz, filósofa hispano-mexicana y profesora en Oxford, acaba de publicar en España uno de los libros del año en Estados Unidos. Se titula “Privacidad es poder”. En sus páginas describe, a menudo de forma escalofriante, hasta qué punto estamos vigilados por las compañías de Internet y cuánto saben de nosotros.

Todo empezó hace apenas 20 años, cuando nació Google. La idea filantrópica era crear una impresionante herramienta académica, pero cuando sus directivos vieron el potencial económico que tenían los datos de sus usuarios, el fin de la empresa cambió. Ahora se trata de hacer dinero, ingentes cantidades de dinero con el oro digital.

Los traficantes de datos no solo saben el rastro que deja nuestra tarjeta de crédito o nuestra tarjeta sanitaria, nuestro geolocalizador o nuestra imagen ante una cámara de seguridad. Que ya sería mucho saber. Van más allá. Porque hacerse con la privacidad de las personas abre la posibilidad de acceder a su comportamiento e influir sobre ellas y, por tanto, sobre la sociedad. Los likes de Facebook, por ejemplo, se utilizan para deducir la orientación sexual, la etnia, la religión y los puntos de vista políticos. Un “me gusta” o un retuit en Twitter sumado a los reconocimientos faciales puede diagnosticar una depresión. La velocidad con la que tecleamos o hacemos scroll en nuestros grupos de Whatsapp puede delatar problemas de memoria o concentración.

La profesora Véliz no se limita a ponernos los pelos de punta, sino que ofrece soluciones. Sostiene que se debe denunciar el uso de nuestros datos contra nuestros propios intereses. Hay que hacer cumplir a las empresas los deberes fiduciarios, que nacen de su relación de confianza con la sociedad. Asunto espinoso, pues no son pocos los gobiernos en connivencia con las compañías de datos. Incrementar por parte de las administraciones la ciberseguridad. Propone un plan para eliminar todos los datos recabados de forma ilícita. Pide que se permita a los usuarios saber en todo momento qué datos suyos tienen las empresas y cómo los están utilizando. Y, lo más revolucionario, plantea acabar con la publicidad personalizada, esa panacea con la que tantos editores dieron saltos de alegría, creyendo que iba a salvar sus negocios. Hasta que se dieron cuenta que solo serviría para enriquecer aún más a los gigantes que les arrebataron el pastel.

Igual que no nos fiábamos del cotilla, no debiéramos fiarnos de quien nos dice eso de que “su privacidad es importante para nosotros” y nos pide que aceptemos las cookies.  De momento, rechazarlas siempre es más engorroso que aceptarlas, lo cual ya da que pensar.

Destacado

Negacionistas

Más allá del Negrón/ Los antivacunas deben sacrificar puntualmente su libertad individual en pro del bien común

Juan Carlos Laviana

Entre las aportaciones de la pandemia a la vida cotidiana está la resurrección del negacionista. Antes usábamos ese mismo término aplicado solo a quienes negaban el holocausto nazi, aunque, en puridad, es aplicable a todo el que niegue cualquier genocidio. Pero ahora debe de haber muchas razones para negar la mayor, porque hay negacionistas para todos los gustos. Hay quien niega que la tierra sea redonda. Hay quien niega que comer mucha carne influya en la salud de la tierra. Hay quien niega que los toros sean cultura. Hay quien niega que España sea una democracia. Hay quien niega que Cuba sea una dictadura. Hay quien niega que el Covid 19 sea un virus peligroso. Y hay, incluso, quien se niega a vacunarse.

En suma, somos una sociedad negativa. Nos pasamos el día negando. Y, con más frecuencia de lo deseado, renegando, que aún es peor. Las estadísticas aseguran que un 2,6 por ciento de los españoles se niega a vacunarse. Poco comparado con el resto del mundo occidental.

Haciendo memoria de los negacionistas que me he tropezado en la vida, me acuerdo de Ponciano, nombre que creía falsamente derivado de Poncio Pilatos, que no renegaba de nada y se lavaba las manos. Ponciano era un chico retraído, de flequillo difícil y gafas de culo de vaso. Mientras los demás soñábamos leyendo a Julio Verne, él se pasaba la vida engullendo novelas en la colección Reno de Sven Hassel, que contaba la guerra desde el punto de vista de un soldado raso alemán. Consecuencia de ello, Ponciano, a diferencia de los demás, tenía una idea clara de lo que había sido la Segunda Guerra Mundial y se sentía en condición de negar que los combatientes nazis fueran tan malos como nos los pintaban las películas americanas.

Años después, en Pamplona, compartía piso con seis estudiantes, entre ellos un ser singular del que siento no recordar el nombre. Este tipo también era muy retraído y se escondía detrás de unas enormes gafas, de esas que hacen aumentar el ojo como si fueran una  lupa. Se pasaba los días encerrado en casa, a oscuras, oyendo música de Wagner y, en autoreverse, el casete de Supertramp “Even in the Quitest Moments”; en especial, la “Obertura del loco”, que debía de ser como un himno para él. En una ocasión, me confesó muy misterioso que pertenecía a Cedade (Círculo Español de Amigos de Europa), organización que en los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia defendía abiertamente el nazismo. Intentó convencerme de sus postulados con razones que parecían de peso, pero que daban escalofríos.

Ahora, tantos años después, me encuentro con que mi cuñado se niega a vacunarse. Sus razones son difusas y contradictorias: que si efectos secundarios terribles, que si nos intentan arrebatar la libertad con la excusa de la pandemia, que una vez vacunados la gran mayoría dará igual que él se vacune o no y cosas por el estilo. En casa, empezamos a pensar que, en realidad, lo que pretende es escaquearse de las reuniones familiares con la excusa de que nos puede contagiar.

Lo que hasta ahora parecía un asunto anecdótico y propio de países más tiquismiquis (Francia, Estados Unidos, Nueva Zelanda…) empieza a convertirse aquí también en un grave problema. El pasado fin de semana, los negacionistas de la vacuna se manifestaron por cientos en las principales capitales del país. Siguiendo el ejemplo de aquellos lugares donde el movimiento es aún mayor, se organizan a través de las redes sociales, tan bien instrumentadas por lo que se ha dado en denominar “fábricas de mentiras globales”. Se asegura que los no vacunados empiezan a ser una proporción importante entre los enfermos de Covid que ocupan camas de hospital, cuando no de Ucis. Ya hay quien se plantea si debemos cobrarles por los servicios médicos, pues ellos mismos se expusieron al virus.

La libertad individual, nadie lo discute, es sagrada. Pero vivimos en sociedad. Y cuando el ejercicio de la libertad individual pone en peligro la salud y hasta la vida del resto de la sociedad, ésta debe defenderse. Un conductor, apelando a su libertad individual, puede circular a doscientos kilómetros por hora en dirección contraria en una autopista, pero si causa un perjuicio a los demás, debe pagar por ello. ¿Quiero decir con eso que un antivacunas es equiparable a un conductor suicida? Sí, quiero decir exactamente eso. Es alguien que circula en dirección contraria a los demás poniendo en riesgo su vida y la de los otros. Por cierto, para cuando se plantee penalizar a los negacionistas, la pena por conducción temeraria es de seis meses a dos años de cárcel y retirada del carnet de uno a dos años. Eso sin haber causado daño a nadie.

(Artículo publicado en La Nueva España el 29 de julio de 2021)

Destacado

Periodistas, de héroes a villanos (así nos ven, así nos vemos)

«Ya se sabe que cada periodista sueña con ser novelista, con elevar el trabajo farragoso y limitado de las redacciones a una categoría superior, la literatura»

Publicado el 11 de julio de 2021 en The Objective

Periodistas, de héroes a villanos (así nos ven, así nos vemos)
Foto: Hannes Wolf| Unsplash

Juan Carlos Laviana (*)

@j_c_laviana

Director de Nueva Revista. Escribe en La Nueva España, El Español y Zenda. Fue fundador y director adjunto de El Mundo. Autor de ‘Los chicos de la prensa’.

Hasta hace nada el periodista era un héroe. En el cine sin ir más lejos. Ya es historia aquella época gloriosa en que Todos los hombres del presidente (1976) llenaban las facultades de periodismo. Queríamos ser como Woodward/Redford o Bernstein/Hoffman. Queríamos derribar presidentes corruptos. Ser como Nick Nolte en Bajo el fuego (1983) o Mel Gibson en El año que vivimos peligrosamente (1982)Que una foto o una exclusiva nuestras cambiaran el rumbo de las guerras. Todavía, entonces, había posibilidad de encontrarse con un director como Humphrey Bogart en El cuarto poder (1952)que se dejara la vida para que la verdad llegase a la rotativa.

El cine y la propia sociedad ya no nos ven así. Ni siquiera nosotros mismos nos vemos como héroes. De hecho, las grandes películas sobre periodismo de este siglo XXI echan la vista atrás en busca de referentes éticos y de la épica perdida. The Post (2017) nos presenta a una editora de los años setenta como Katharine Graham, especie ya extinguida, capaz de anteponer las revelaciones de su periódico a los intereses de sus amigos de la alta sociedad de Washington. Buenas noches y buena suerte (2005) recupera la figura de  Edward R, Murrow, el periodista que desafió todas las presiones para desenmascarar al todopoderoso senador McCarthy. Spotlight (2015) rinde homenaje al equipo de investigación que, ya en los estertores del periodismo tradicional, desveló los abusos sexuales del clero en la muy católica Boston. Es como si en este momento de tribulación, de crisis existencial del periodismo, buscáramos una luz en el pasado que nos ilumine y nos ayude a reencontrar el camino extraviado del oficio.

El periodismo ha perdido la aureola épica. Y el cine ya no encuentra inspiración en el presente de la que fuera una de las profesiones más fotogénicas de la historia. La sociedad nos ve ahora como villanos, como las fieras sin escrúpulos que nos mostraron algunos films premonitorios como El gran carnaval (1951), Network (1976) o, más recientemente, Todo por un sueño (1995) y Nightcrawler  (2014). Visiones negras del periodismo, antes excepcionales, y ahora habituales.

Ocurre lo mismo con la literatura. Para comprobar la imagen actual del periodismo en España recurrimos a las novelas. En lo que va de año han llegado a las librerías, al menos, cuatro títulos -¿pasarán algún día al cine?- en los que se retrata al periodista atribulado de hoy. Ya se sabe que cada periodista sueña con ser novelista, con elevar el trabajo farragoso y limitado de las redacciones a una categoría superior, la literatura. Y, claro, cuando se enfrenta al reto de la novela recurre a lo que mejor conoce: el periodismo

José Sanclemente, editor de ElDiario.es, ha publicado Regeneración (Roca Editorial), título suficientemente expresivo del estado de la cuestión. En la novela nos encontramos a una periodista que ha de enfrentarse a poderes corruptos, a políticos y empresarios que pretenden controlar los medios, a la lucha entre los digitales y los legacy papers, a las intoxicaciones de comisarios siniestros habitantes de las cloacas, intereses opacos, compañeros periodistas que no se sabe si trabajan para su periódico o para el CNI. Y también a viejos directores con relaciones demasiado estrechas con los políticos y a jóvenes directores deseosos de influir en la marcha de la política… en el fondo muy parecidos a sus predecesores de la anterior generación.

En la novela encontramos indicios de que en el periodismo hay esperanza. No en vano la protagonista es una joven luchadora, que aún no ha perdido la fe. «Nosotros no tenemos que poner o quitar políticos –espeta la reportera a su director-, nuestra obligación es vigilar al poder, no formar parte de él».

Berna González Harbour, histórica periodista de El País y muy reconocida novelista, ha presentado El pozo (Destino), significativo título también. Nos muestra un caso con muchas similitudes con otros que nos apelan de continuo desde las televisiones –la desaparición de una niña en un pozo-, con disparatadas coberturas mediáticas alentadas por el morbo y desenfrenadas luchas por la audiencia.

La autora, tras mostrar todas las miserias que se esconden en el periodismo de ese tipo de sucesos, deja un resquicio abierto para salvar la profesión.  Su intención, como asegura en el epílogo, es rendir un homenaje al «periodismo de verdad», exponiendo las miserias del mucho más ruidoso periodismo «del orgasmo, del espectáculo, del show».

Jesús Ruiz Mantilla, otro veterano periodista cultural de El País además de novelista y ensayista acreditado, nos propone Papel (Galaxia Gutenberg), otro título significativo. Nos presenta los avatares de una redacción en crisis, atenazada por la precariedad tras despidos masivos, por poderes que controlan la línea editorial, capaces de poner y quitar directores, generaciones diversas conviviendo en un barco a la deriva, la difícil transición del papel al digital, el prestigio perdido del periodismo en un mundo donde la verdad cotiza a la baja.

En Papel se ofrece una muy interesante teoría sobre las causas de ese desprestigio. Más allá del nuevo escenario propiciado por Internet -el móvil, las redes sociales, la fugacidad de las noticias- el narrador achaca la crisis de credibilidad a las cortas miras de las empresas. Considera que los editores, a falta de recursos y en medio de la precariedad, han sacrificado la independencia a cambio de unas migajas de los poderosos.

Manuel Jabois, asimismo de El País, combina columnas, reportajes y novelas. Ha publicado Miss Marte (Alfaguara), con un personaje esencial también periodista. Se trata de una reportera que vuelve, 25 años después, a su pueblo gallego de origen para hacer un documental sobre la desaparición de una niña. En la novela, Jabois aprovecha para reflexionar sobre la profesión, sobre la mentira, sobre la forma de investigar. «Se aproxima de una forma fría –dice de los métodos de trabajo de su personaje- y quiere simplemente acumular todos los detalles del caso, y siempre tiene que tener algún testigo, una fuente, y en ese sentido es bastante como el noventa por ciento de los periodistas que conozco».

Concluye con otro de los grandes dramas del periodista de hoy, las llamadas noticias falsas. «Lo peor de no saber la verdad  -proclama- son las verdades alternativas que aparecen».

Para salir del pozo en el que  se encuentra el periodismo resulta acuciante reflexionar sobre cómo hemos llegado a esta situación, asumir los errores cometidos en el camino, buscar la verdad de nuestra crisis. Al fin y al cabo, ese es nuestro trabajo. Estas cuatro novelas, escritas por cuatro autores que saben de lo que hablan porque se han dejado la piel en las redacciones, son una fuente inagotable de ideas y propuestas para salvar el periodismo. Todos, desde el becario hasta el editor, deberían detenerse un momento en la vorágine de esta profesión. Leer y reflexionar. En Regeneración, El pozo, Papel y Miss Marte está la historia de nuestra vida.

(*) Director de Nueva Revista. Escribe en La Nueva España, El Español y Zenda. Fue fundador y director adjunto de El Mundo. Autor de ‘Los chicos de la prensa’.

Destacado

Pilar Bardem, actriz, matriarca y luchadora

Juan Carlos Laviana (Publicado en El Español el 18 julio, 2021 02:32)

La actriz en “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”.

En los últimos años, Pilar Bardem se convirtió en una celebridad por su incansable activismo político y por ser la matriarca de una saga de actores que llevó el apellido hasta Hollywood. Sería injusto recordarla sólo por eso. Fue, por encima de todo, una gran actriz. Desde los años 60, destacó por sus innumerables trabajos en teatro, cine y televisión. Su historia es también la del cine, el teatro y la televisión española de las últimas seis décadas.

Era la madre de los actores Javier y Carlos Bardem -éste también novelista-, y, a la vez, la continuadora de una saga de artistas. Su padre, Rafael, protagonista de títulos como Historias de la radio o Los ladrones somos gente honrada, fue un actor notable en su época. Su madre, Matilde Muñoz Sampedro, también dejó tras de sí una destacada carrera teatral y cinematográfica, con títulos tan notables como Esa pareja feliz o El último cupléSu hermano, Juan Antonio Bardem, fue uno de los grandes del cine español en el siglo XX.

En una familia así, Pilar no podía ser otra cosa que actriz, pese a que ella siempre manifestó que no tenía una especial vocación, que su verdadera vocación era la de madre. De hecho, empezó como modelo de alta costura, y no fue hasta bien entrada la veintena cuando la llamada de la sangre la hizo cambiar la pasarela por el cine. Su carrera fue rápida. Ya en 1965, había intervenido en películas de directores de tanta relevancia como Fernando Fernán Gómez, Luis Lucía o Pedro Masó. Simultaneó el cine con el teatro y con la televisión. Fue una de las actrices habituales de las producciones dramáticas de Estudio 1 de TVE y también participó en series de tanto éxito como El pícaro o Los gozos y las sombras.

La década de los 70 probablemente fue su época más prolífica. Intervino en un sinfín de películas comerciales como Yo soy fulana de tal, de Pedro Lazaga, y en algunos títulos tan elocuentes de Mariano Ozores –en la época conocida como del destape- como La Lola nos lleva el huerto o El reprimido. Pero fue probablemente su papel en La Regenta, de Gonzalo Suárez, el que le dio más prestigio. Durante las siguientes décadas, siguió trabajando de forma frenética, llegando a participar hasta en cuatro películas en un solo año.

En 1995, llegó otro título que volvería a acreditar su prestigio, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, de Agustín Díaz Yanes. Su interpretación le valió el Goya a la mejor actriz de reparto en una ceremonia muy especial para los Bardem. Su hijo Javier recibió el premio a mejor protagonista y su sobrino el de mejor cortometraje de ficción.

Le llovieron los papeles. Directores tan reconocidos como Pedro AlmodóvarJuanma Bajo UlloaJaime ChávarriVicente Aranda o José Luis García Sánchez la llamaron para intervenir en sus películas viendo que la edad no había disminuido para nada su talento.

Activismo político

Fue en otra noche de los Goya, la de 2003, cuando Pilar Bardem pasó a ser popularmente reconocida por su activismo político. Encabezó el movimiento del mundo del cine bajo el lema de No a la guerra de Irak, en la que España se había implicado. Poco después de la gala, fue invitada, junto a otros actores, al Congreso de los Diputados, donde exhibieron camisetas con el lema antibélico y gritaron diversas consignas. El presidente de la Cámara decidió expulsarlos en medio de un gran escándalo. Desde entonces, Pilar participó en infinidad de protestas de la izquierda y se convirtió en la cabeza visible de lo que sus detractores llamaron el rojerío de los cómicos.

No era nuevo el activismo de Pilar Bardem. Ya en el franquismo se mostró afín al Partido Comunista y fue una activa sindicalista en defensa de los derechos de los actores. Hay quien le atribuye el logro de la función teatral única. Posteriormente respaldó las causas más diversas: la defensa del pueblo saharaui, los derechos de los refugiados, o las campañas Pastillas contra el dolor ajeno o No es sano, contra el acceso universal a los medicamentos.

A Pilar Bardem no le gustaba hablar de su vida privada. Se sabe que no tuvo suerte en su matrimonio. Se casó en 1961 con quien iba a ser el padre de sus cuatro hijos, uno de ellos fallecido al poco de nacer. “Tardé poco en comprender que fue un terrible error”, confesó en sus memorias, La Bardem, publicadas en 2005. “Cambió más de 10 veces de empleo y se pasó la mitad de su vida sin dar palo al agua”, continúa relatando en el libro, donde además explica que ellas y sus hijos llegaron a pasar hambre. Resultó ser una persona violenta y conflictiva, a quien se atribuye incluso disparó sobre su mujer, a la que sometió a un calvario para conseguir el divorcio. Posteriormente, mantendría relaciones con otros actores, entre ellos Agustín González.

La actriz era una figura muy reconocida en su barrio de El Retiro. Fue cliente habitual del pub Ricardos, en la calle Lope de Rueda, donde en las épocas de crisis -que las tuvo y muchas- en que nadie parecía acordarse de ella para trabajar pasaba horas jugando a las tragaperras o departiendo con otros actores vecinos como Antonio Gamero.

Su voz ronca formaba parte determinante de su férrea personalidad como mujer y como actriz. Probablemente, se debiera a su condición de fumadora empedernida. Mantuvo una lucha implacable contra el cáncer de pulmón, al que acabó venciendo, por lo menos hasta que no pudo superar la crisis respiratoria que le provocó la muerte.

Pilar Bardem nació en Sevilla el 14 de marzo de 1939 y murió en Madrid el 16 de julio de 2021 a los 82 años. Deja tres hijos: Carlos, Javier y Mónica.

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Vacaciones con virus

Más allá del Negrón/ Los indicadores de la pandemia son peores que hace un año, pero vivimos el verano como si todo hubiera pasado

Juan Carlos Laviana

Nos hemos acostumbrado a vivir con el virus. Disfrutamos del verano con mayor desenfado que el año pasado. Con lo que hemos pasado, nos merecemos unas vacaciones como Dios manda, nos justificamos. Estamos vacunados  y nos sentimos invencibles. No estamos obligados a llevar mascarilla todo el tiempo. Nos hemos olvidado hasta de Fernando Simón y sus regañinas. Creemos que la pandemia ya es solo cosa de jóvenes insensatos y, ya se sabe, los jóvenes son fuertes y para ellos la Covid es como un resfriado. Hasta el presidente ha dicho que tenemos que mirar al futuro y dejar atrás la pandemia.

Si atendemos a la apariencia en la calle, a los medios de comunicación ocupados en otros asuntos menos trascendentes, y hasta en las disputas peregrinas de nuestros políticos, cualquiera diría que estamos mejor que el verano pasado. Que ha vuelto la normalidad.

Y no es así. Es justo al revés. El verano pasado estábamos mucho mejor que éste, pese a no tener más vacuna que la prevención. Sólo hay que ver los datos. Los indicadores, a los que cada vez atendemos menos, nos dicen que ya sumamos 22 veces más casos que en julio de 2020, nueve veces más hospitalizaciones y el doble de muertes. Estamos en la quinta ola, ya bautizada como la ola juvenil. Provoca escalofríos sólo imaginar qué hubiera pasado sin la vacunación masiva. 

Y si miramos hacia adelante, la perspectiva tampoco es muy favorable. Resulta que  muchos jóvenes, que creíamos inmunes, también necesitan ser hospitalizados. El virus deja secuelas incluso en aquellos que lo superaron con síntomas menores. Las nuevas variantes multiplican la proliferación. Los que se niegan a vacunarse empiezan a ser un problema grave; no hay más que oír los llamamientos desesperados del presidente Biden o ver las protestas en Francia. Ni siquiera sabemos el origen del virus, lo que ayudaría a vencerlo definitivamente. La situación en otras partes del mundo es desesperada;  Latinoamérica, por ejemplo, con el 8 por ciento de la población mundial, ha sufrido el 35 por ciento de las muertes, por la pandemia.

Siendo la situación así, empezamos a acostumbrarnos. No hay mejor señal de esa aparente normalidad que la frivolización de la pandemia. Ya se sabe que el humor es un mecanismo de defensa frente al miedo. Es comprensible reírse del virus ya que no lo podemos vencer. Es comprensible que la sociedad de consumo, que todo lo asimila, convierta la pandemia en icono.  Pero sigue estremeciendo ver, por ejemplo, la proliferación de camisetas con mensajes divertidos, como dicen los cursis: “Mi vacuna es la cerveza”, “Vacunado, ya me puedes abrazar”, “He cerrado más discotecas que la Covid 19”…

Ya nadie habla de nueva normalidad porque  esto es la nueva normalidad. No la que nos vendieron hace un año, que  habíamos vencido al virus, sino la real, que tendremos que convivir con el virus. No nos preocupa tanto que nuestra comunidad supere las cifras del riesgo extremo como que esos datos suponen la ausencia de turistas ingleses, franceses o alemanes. O que el índice de casos obligue a cerrar el ocio nocturno o a decretar un nuevo toque de queda. Es natural, hay que seguir viviendo.

Bien está que seamos positivos, pero no olvidemos aquel recurrente aforismo del poeta Mario Benedetti: “un pesimista es sólo un optimista bien informado”.

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¿Papel o digital? En caso de duda, periodismo

JUAN CARLOS LAVIANA / Publicado en Zenda el 16 Jul 2021

¿Papel o digital? En caso de duda, periodismo

«Esto no es un reportaje, ni una crónica». Jesús Ruiz Mantilla deja clara su intención en la primera página de su novela Papel (Galaxia Gutenberg). Pero matiza: «Aunque puede que acabe como ambas cosas a la vez, por ahora se trata de un testimonio íntimo y doliente, vivo y lleno de esperanza». Y aclara, a través de la voz del narrador: «Deseo que se tome como el relato de lo que hemos sufrido, gozado, defendido. De lo que hemos visto derrumbarse; de lo que otros, a partir de ahora, deben volver a levantar».

El autor, veterano periodista de El País y buen conocedor de los pormenores de la redacción, juega con el lector. ¿Qué es verdad y qué es ficción? Debemos deducirlo. Sí sabemos que los personajes «todos son reales —asegura el autor, a veces convertido en narrador—, todos existen, han existido y existirán. Pero no desearía mostrarme más indiscreto de lo que ya, de por sí, soy». Aun respetando la discreción, es difícil no rendirse a la tentación de identificar a los periodistas descritos en la novela.”El momento presente no puede ser más aciago. El periodismo se enfrenta a la guadaña de doble filo de los despidos y de la censura”

Nos encontramos en la redacción de El Plural, un diario de pasado glorioso que ahora padece todas las calamidades de la profunda crisis del periodismo. El narrador nos describe la redacción como «ese hábitat donde bregábamos, nos sacábamos los ojos, nos apuñalábamos de frente y por la espalda y nos adorábamos al tiempo». Pero, a la vez, no puede evitar un recuerdo más cariñoso que nostálgico: «Ese lugar con pulmón propio en el que a cada paso dejábamos a un lado las rencillas, los mosqueos, los malos rollos y construíamos algunos días, en pocas horas, una obra maestra efímera.»

Rugama, así se hace llamar el narrador, reconoce que «una redacción rebotada» se convierte en un «nido de víboras». Pero el editor va más lejos en su diagnóstico, con palabras que todo aquel que haya vivido en un periódico ha oído alguna vez en boca del empresario, para el que la culpa de todos los males siempre recae en los periodistas: «Esta es una redacción enviciada, malcriada, atolondrada, anquilosada. Y muy soberbia».

Vivimos, según proclama uno de los personajes, «la historia incierta de un periódico y un oficio que naufraga, como síntoma de la crisis total en que se encuentra nuestra civilización». El momento presente no puede ser más aciago. El periodismo se enfrenta a «la guadaña de doble filo de los despidos y de la censura».  El Plural se encuentra en pleno ERE, del que sólo se salvan los jóvenes y los dóciles. Y se ve también obligado a someterse a los poderes políticos y económicos para sobrevivir. El director independiente, David Lucas, está a punto de ser cesado y le pregunta al editor y presidente, Cimarro: «¿Hoy en día son los políticos los que deciden realmente quiénes dirigen los periódicos?». Todo indica que a muchos sí. “¿Hemos de mantener los firmes principios de los llamados legacy papers o hemos de someternos a las con frecuencia frívolas artimañas de los digitales?”

Rugama describe la penosa situación. «Los bancos no perdonaban y para apaciguarlos [el editor] debía mantener de su lado el poder político y económico sin que la élite sufriera demasiados quebraderos de cabeza, empezando por el Gobierno de turno». Y en esa tesitura, explica que «muchas veces, más de las deseables, casi por norma, había que renunciar al periodismo en favor de la mera comunicación. Y eso, en una redacción acostumbrada a ser incómoda, que había labrado su prestigio poniendo en jaque a gobiernos y poderes de otros ámbitos, no casaba bien».

Las continuas llamadas airadas de la vicepresidenta, Sandra Marañón (estamos en época conservadora), parecen demostrarlo. De hecho, llevan al editor a sustituir al director incómodo por otro «más razonable». Esta grave decisión, tomada en aras de salvar el periódico, es letal. El nuevo director, un tal Santillán, y los suyos eran «un escuadrón de certezas y eso es lo más dañino que le puede ocurrir a un periódico.»

¿Y eso qué supone en un periódico tradicional que intenta adaptarse a los nuevos tiempos? Según Rugama, esa sumisión a los poderes ajenos implica que «ya no somos un periódico; nos hemos convertido en una compañía de relaciones públicas, un soporte de eventos. ¡Con el Ibex 35! Manda huevos. Hace diez años no se notaba tanto. Pero ahora, con todos los medios digitales y alternativos que van surgiendo, nos sacan los colores a diario».”El problema no se encuentra solo en los periódicos. Es un problema que va más allá. Estamos en un mundo dominado por una fábrica de mentiras globales”

Eso nos lleva a la gran decisión a la que se enfrentan hoy los periodistas. ¿Hemos de  mantener los firmes principios de los llamados legacy papers o hemos de someternos a las con frecuencia frívolas artimañas de los digitales? «Deberíamos reflexionar —propone el narrador, tal vez el autor— sobre qué diferencia a unos de otros, más allá de que la tinta y la celulosa hayan jugado un papel fundamental en su composición. Les separa, a mi entender, el prestigio. No debemos pasar por alto el hecho de que en los últimos tiempos no hemos guardado demasiado las esencias de nuestro oficio. La penuria destrozó la independencia; con ella cayeron algunos principios fundamentales. Y eso se paga».

Independencia, fiabilidad, rigor… principios sagrados que con frecuencia no hemos respetado. Nadie está libre de culpa. «¿Quién se fía —se pregunta— del desprestigio que han sufrido en el siglo XXI las más dignas cabeceras de periódicos en el mundo, cuando hemos cometido todos los pecados e infringido demasiadas normas?».

El problema no se encuentra solo en los periódicos. Es un problema que va más allá. Estamos en un mundo dominado por una «fábrica de mentiras globales» que lleva a contraponer «la credibilidad del periodismo frente a la credulidad de la sociedad actual».”La penosa situación lleva a los editores de El Plural a prescindir de la edición en papel y convertirse en un diario sólo digital”

La lucha por la supervivencia del periodismo de calidad que encarnaban los periódicos en papel acaba siendo titánica, pero infructuosa. «Los nuevos canales de información nos han pasado por encima —reconoce— y hacen su negocio con el dominio de los datos y las campañas en tromba de pura desinformación. Pero sus ventajas, su comodidad de acceso, su preponderancia, la audacia que sus inventores nos han contagiado como si un teléfono representara esa ilusión de necesidad irrenunciable, han arrasado los viejos soportes y dado alas a los bulos y la confusión hasta conducirnos al infierno imaginado por Kafka…».

La penosa situación lleva a los editores de El Plural a prescindir de la edición en papel y convertirse en un diario sólo digital. Como si de un responso corpore insepulto se tratara, el narrador entona un canto lírico en honor a una forma de periodismo que ha pervivido durante cuatro siglos. «Temíamos que —se lamenta—, a partir de entonces, el objeto de nuestra pasión, de nuestras vidas, perdiera el sentido del tacto y del olfato. En su dimensión concreta y metafórica. Uno se pringaba con la tinta húmeda sin fijar y blandía una serena o terrible música, según, en el baile de pasar páginas. El otro penetraba en nuestros pulmones a golpe de sus componentes químicos, a veces repelentes, pero casi siempre adictivos».

A pesar de todo, el veterano Benjamín Sarabia, protagonista de esta historia, no se rinde. Explica la única forma de salir del hoyo a la joven periodista Luz Perea, «un perfil con dominio de las herramientas de los nuevos tiempos y un instinto propio de los más veteranos»:

«—Nos hemos alejado demasiado de nuestra esencia, Luz. Necesitamos bombardear de alguna forma al lector con cosas de calado, que den que hablar y hagan ruido, si queremos recuperar pronto su confianza. Han huido de nosotros en estampida. Con razón. Necesitamos, poco a poco, que vuelvan. Para eso no tenemos opción: ante la duda…

—…Periodismo…», corrobora la chica, recogiendo el testigo.

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Los peligros de significarse  

Más allá del Negrón/ El miedo a ser señalado  nos lleva a una sociedad silenciada

Juan Carlos Laviana

Allá en los 70, decidí jugar al baloncesto aprovechando el polideportivo recién inaugurado en el pueblo. Me mandaron a hablar con Vega, mi profesor de Educación Física. Muchos años después, sabría que fue uno de los mejores fotógrafos asturianos del franquismo, además de destacado militante republicano. Vega me comunicó que, si  pretendía hacer deporte, era condición sine qua non disponer del carnet de la OJE. En mi inocencia adolescente, no vi mayor problema, así que dicho y hecho. Cuando llegué a casa con mi flamante acreditación, mi padre me echó una de las mayores broncas que recuerdo. “¿A quién se le ocurre? Eso es significarse”.

Avanzados los 70 en Pamplona, fui con un amigo al cine. El vestía un kaiku, una chaqueta vasca entonces muy de moda. Cometimos el error de pasar por delante de la cafetería Oslo, entonces lugar de reunión de los Guerrilleros de Cristo Rey. Al ver la afrenta de aquel símbolo euskaldún, varios de ellos salieron enfurecidos lanzándonos improperios y haciéndonos correr despavoridos toda la avenida Carlos III. Nuestro error fue significarse..

Ya en los primeros 80 en Madrid, después de cerrar la última edición, bien entrada la madrugada, fui junto con unos compañeros del antiguo Diario 16 a un local nocturno llamado el Dantzari. Exhibimos orgullosos nuestro periódico, aún caliente.  En cuanto lo vieron un grupo de fachas -aquellos sí que eran fachas-, comenzaron a insultarnos e intimidarnos de forma tan virulenta que enseguida percibimos el peligro. Salimos de allí por pies. Nos habíamos significado.

Hoy significarse vuelve a estar mal visto e incluso tiene sus riesgos. Exhibir una bandera española, el arco iris LGTBi o hasta la enseña de un equipo de fútbol puede tomarse como una ofensa al ciudadano que piensa –mejor dicho, siente- diferente y no tiene por qué aguantar semejante afrenta.

La pandemia ha acentuado los peligros de significarse. Así se ha convertido en seres deplorables, negacionistas,  a los que llevan la mascarilla por debajo de la nariz y no digamos los que no la llevan. El que fuma por la calle o en una terraza es un monstruo ávido de enfermar a los que le rodean.  El que come un chuletón en la mesa de al lado en un restaurante un insolidario de la preservación del planeta. Y no digamos si vamos a viajar, con eso de las antipatías creadas hacia los originarios de determinadas zonas. No sé cómo harán los catalanes cuando salen de Cataluña o los vascos cuando salen de Euskadi, pero mi mujer ya me ha dicho que si vamos a Asturias, hable en asturiano no vaya a ser que se piensen que somos de Madrid.

Mucha culpa la tenemos los medios de comunicación –y no digamos las redes sociales-, que con la tendencia a simplificar ofrecemos  imágenes extremas que acaban por convertir la anécdota en tópico. Los jóvenes son unos irresponsables, todo el día de botellón y llevando el virus a casa. Los madrileños son unos viva la Virgen que prefieren contagiarse antes que sacrificar las cañas.  Hablar español en Cataluña puede  resultar peligroso.  Los menas son todos unos delincuentes y encima los subvencionamos. Cuatro chicos juntos acaban siendo tomados por una manada. Los que estudian  en colegios concertados, y no digamos privados, son tenidos por pijos. Los hombres son machistas por el mero hecho de ser hombres. Los que viven en Vallecas son rojos. Los que viven en el barrio de Salamanca son cayetanos.  La lista de estereotipos polarizadores es interminable.

Se ha impuesto la cultura del estás conmigo o estás contra mí. Del blanco o negro. Se es de izquierdas o se es de derechas. El matiz es símbolo de tibieza.  Se ha criminalizado el pero, el gran hallazgo gramatical para contraponer o ampliar conceptos.  No se puede poner nada en duda. Hay miedo a significarse, a ser señalado, etiquetado, empaquetado y condenado. Lo malo es que acabaremos por ocultarnos, por callarnos, por volvernos invisibles, no vaya a ser que nos tomen por lo que no somos. Por ese camino nos dirigimos hacia una sociedad silenciada -o hipócrita,  no se sabe qué es peor-,  como lo fue la vasca durante décadas, en la que significarse tenía consecuencias funestas.

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Tico Medina, el periodista que hizo de la pequeña noticia una gran historia

Juan Carlos Laviana (Publicado en El Español el 5 julio, 2021 15:18)

El periodista Tico Medina hizo tantas cosas en la vida que es difícil resumir de forma breve su trayectoria profesional de seis décadas. Si hay algunas palabras que engloben todo su trabajo, posiblemente son las que pronunció Ernest Hemingway después de que el reportero lo entrevistara: “el periodista capaz de hacer de la pequeña noticia la gran noticia”.

El propio Tico, pese a haber sido una de las mayores estrellas de la televisión en España, se definía a sí mismo, con la humildad de su carácter, como “un contador de historias”. Y eso hizo durante toda su vida: contar historias. Desde que escribió, a los siete años, un poema dedicado al ciprés de su abuelo hasta su última conexión con Carlos Herrera el pasado 29 de marzo, viernes de Dolores.

Su vocación por el periodismo, por contar lo que le rodeaba, le nació muy pronto. Pese a que su familia nada tenía que ver con la profesión, en su casa “veía y tocaba periódicos”. Siendo niño, escribió una obra de teatro e incluso un reportaje sobre las vicisitudes de un viaje que había hecho a Madrid. Muy pronto, de adolescente, trabajó para Radio Granada y el Ideal mientras acaba el bachillerato.

Con sólo 18 años dio el salto a Madrid. Se matriculó en la Escuela Oficial de Periodismo, pero pisó poco las aulas. Prefería pasar el tiempo en las redacciones, en Informaciones, en ABC, en Pueblo, en Hola, revista de la que  llegó a ser redactor jefe y en la que mantuvo un blog hasta hace pocos años, mientras la salud se lo permitió. 

Pronto destacó como reportero. Y, como joven inquieto que era, se entusiasmó con un fabuloso nuevo medio que nacía en aquella década de los cincuenta. En los entonces nuevos estudios del Paseo de La Habana, se puso manos a la obra: detrás y delante de las cámaras. No tardó en llegar la popularidad que sólo la “caja de madera”, como él la llamaba, puede dar. Fue con el programa de entrevistas –género del que acabaría convirtiéndose en maestro- Tele-Madrid (1957), que copresentaba con otra de las grandes figuras de la televisión en España: el cordobés Yale (1930-1994). 

Se les conocía como la ‘pareja terrible’, por su sagacidad a la hora de hacer hablar a los entrevistados. Por primera vez se ponía en marcha un formato televisivo de entrevistas de actualidad, fórmula que la pareja repetiría muchas veces en el futuro siempre con éxito.

Fue sólo el principio. Seguirán una infinidad de programas en TVE mezclando las entrevistas y el magazine de actualidad, lo que luego se conocería como el infotaintmentCuarta dimensión, Todo es posible en domingo, Hoy por hoy, 300 millones, A toda página, Extra Rosa, las mañanas de Rosa o Con T de Tarde.

En una entrevista el año pasado con su hijo Nacho Medina, también periodista, Tico recordaba cómo se trabajaba en aquellos primeros programas de TVE en el Paseo de La Habana. “Franco era el único espectador importante”, confesaba el comunicador, que precisaba cómo debían tener mucho cuidado de no disgustar al jefe del Estado.

También recordaba cómo el dictador le llamó después de que emitiera el primer programa de Félix Rodríguez de la Fuente para decirle que le había gustado mucho. Y es que a Tico Medina también le debemos el descubrimiento de jóvenes talentos. Fue él el que sacó a Félix, el amigo de los animales, de una consulta odontológica donde trabajaba como auxiliar, para convertirlo en el personaje icónico que llegó a ser. También le debemos el descubrimiento de Marisol, Pepa Flores, a la que hizo debutar en televisión en uno de sus programas.

Las entrevistas de Tico Medina fueron un hito en la España franquista. Logró hablar varias veces con Fidel Castro en una casa de Varadero. Acompañó a John Lennon en el desierto de Almería mientras rodaba con Richard Lester “Cómo gané la guerra” (1967). Acompañó al general Perón y a Isabelita a hacer la compra en un supermercado de Madrid.  Puso ante las cámaras de TVE a Richard Nixon, Che Guevara, Pablo VI, Indira Ghandi, Ferdinand Marcos o Teresa de Calcuta. Entre los españoles, personajes como Salvador Dalí o Manolete. En total, se calcula que realizó más de 30.000 entrevistas.

El único personaje que lamentaba no haber entrevistado era Rita Hyworth. No llegó a tiempo, se quejaba. Sólo pudo oírla agonizar a través de la puerta de la habitación donde la actriz falleció. Su obsesión, en sus propias palabras, era sacar historias preguntando “entre palacios y establos”.

Pero si deslumbrante fue su faceta como entrevistador, no lo es menos en otros géneros como el reportaje. Fue corresponsal de guerra destacado en los grandes conflictos de las décadas de los 60 y 70. Fue corresponsal en México entre 1977 y 1978. Y hasta practicó el periodismo de inmersión, como Tom Wolfe o Hunter S. Thompson: probó el LSD para escribir sobre drogas y se tatuó un barco para escribir sobre la proliferación de los tatuajes entre los jóvenes.

Tico Medina no despreciaba ningún medio de expresión. Fue autor de más de 20 libros. Entre ellos, las biografías de Julio Iglesias –de la que casi llegó a vender un millón de ejemplares–, ‘El Cordobés’, Lola Flores o Manolete. Y en cine, escribió guiones en los años 60 de películas como Aprendiendo a morir, de Pedro Lazaga, o La niña de luto, de Manuel Summers.

El idilio del público con la forma de hacer periodismo de Tico Medina se debe, en palabras de su hijo Nacho, “a una cadencia poética en la narración que es capaz de estar hablando de algo farragoso y envolverlo con un lazo de seda”.

El periodista Juan José Hernández,  del diario Ideal, donde comenzó su carrera Tico, completa la descripción calificándole de “afable, divertido, socarrón, inteligente, curioso, siempre intencionado pero nunca de ‘bisturí afilado’, porque defendía el respeto por encima de todo”.

Esa personalidad tan peculiar de Tico Medina es la que le ha convertido en uno de los más grandes periodistas españoles de las últimas seis décadas. Una personalidad que queda de manifiesto en una anécdota ocurrida en la Isla de La Graciosa (Canarias). Allí encontró en la calle, según contaría más tarde, al personaje más sabio de cuantos había entrevistado. “Me acerqué a un pescador –recordaba- y le pregunté si allí moría mucha gente y me dijo: ‘aquí se mueren todos, como en todos sitios'”.

Escolástico Medina García nació en Piñar (Granada) el 1 de septiembre de 1934 y murió en Madrid el 5 de julio de 2021 a los 86 años. Deja cuatro hijos.

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¿Trabajar más o cobrar menos pensión?

Más allá del Negrón/ La falsa dicotomía del ministro Escrivá solo tiene una respuesta mientras seguir en activo sea una misión casi imposible

Juan Carlos Laviana

Nos ha llegado la hora a la generación del baby boom. Ha dicho el ministro Escrivá –y luego se ha arrepentido- que se nos pedirá “un esfuerzo muy moderado, entendible, gradual” a los nacidos entre 1958 y 1977. Se nos tachó de generación privilegiada. Hubo quien nos acusó de ser la generación del pelotazo, beneficiada por las vacas gordas allá por los años 90 del pasado siglo. Pero ahora nos toca pagar el pato. ¿Seremos los primeros jubilados que viviremos un retiro peor que el de nuestros padres?

De mis abuelos, uno nunca cobró pensión porque murió prematuramente en la década de los cuarenta durante la posguerra. El otro debió de cobrar un par de años, en los sesenta, una insignificancia porque siguió trabajando en el campo para sobrevivir. Mi padre se prejubiló en los setenta por enfermedad y cobró durante nueve años una pensión de 9.000 pesetas (lo que hoy serían 55 euros). Tuvo que recurrir a la economía sumergida pues no le estaba permitido trabajar. Se reconvirtió en carpintero, primero, y en cobrador de recibos de agua más tarde para salir adelante. Al cumplir los 63, las cosas cambiaron. Las  políticas socialistas de los ochenta –hoy tan denostadas- no sólo le permitieron disfrutar al máximo de los viajes del Imserso (Ledesma, Palma, Mallorca…), sino  vivir muy dignamente con una pensión equivalente a los 900 euros de hoy. Hasta que, a los 78, murió.

Hoy nos dice el ministro Escrivá que los del baby boom tenemos dos posibilidades: una trabajar más tiempo; dos, cobrar menos pensión. Yo no tengo duda y elijo trabajar más tiempo mientras el cuerpo aguante. Sin embargo, se antoja irónico que resulte más rentable cobrar una pensión de prejubilación que seguir en activo.

¿Cómo es posible? Algo falla. Si se pretende premiar la extensión de la actividad laboral, lo suyo sería premiar a quien elige esa opción en vez de penalizarlo. Claro que vivimos en un mundo de mansajes contradictorios.  Se permite a las grandes corporaciones prejubilar a sus empleados a los 50 años. ¿Qué ejemplo da a la sociedad una empresa que ofrece a un trabajador quedarse en casa cobrando el mismo sueldo con la ayuda del Estado? Ya sería un triunfo que las empresas –ansiosas por rejuvenecer sus plantillas- mantuvieran a sus empleados por lo menos hasta los 65. 

Bien está que se nos pida, desde el Gobierno, que sigamos trabajando, pero antes hay que combatir la discriminación por edad. Hay que empezar a valorar el trabajo de los seniors. Mientras las empresas sigan considerando a los más veteranos un lastre, no habremos solucionado el problema. Mientras siga saliendo más rentable jubilarse que continuar trabajando, seguirá creciendo el agujero de las pensiones.

Los trabajos que encuentra, si los encuentra, una persona que haya superado los 50, no digamos los 60, suelen ser de freelancer, es decir, de autónomo. Y no hace falta recordar aquí la carga impositiva del autónomo –injustamente considerado empresario- , cuánto tiene que trabajar para hacer frente a una fiscalidad sobredimensionada.

Mi viejo compañero de fatigas Tomás Pereda lleva años trabajando para que se reconozca lo que se ha dado en llamar talento senior. Desde la Fundación máshumano, nos recuerda que la emblemática edad de 65 años para jubilarse fue establecida por el gobierno de Romanones en 1919, cuando la esperanza de vida era de 43 años. ¿Qué han hecho nuestros gobiernos en estos más de cien años para actualizar la medida de Romanones? Dejar pasar el tiempo hasta el presente, en que los 65 sigue siendo la edad teórica de la jubilación, pese a que la esperanza de vida casi se ha duplicado hasta llegar a los 83.

A la espera de que algún gobierno haga algo más que poner tiritas a un sistema colapsado como el de las pensiones, no queda más remedio que seguir el sabio consejo de Antonio Garrigues Walker. A sus 83 años y tras superar el virus, cuando le preguntan si no es hora de retirarse, responde: “Jubilarse es cosa de viejos”. También es cierto que no todos nos apellidamos Garrigues Walker.

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El imperio de la ley

Más allá del Negrón/ Los políticos que desprestigian la justicia ponen en peligro el sistema democrático y la convivencia

Los griegos establecieron que “la ley es el rey”. Los romanos lo ratificaron con máximas tan categóricas como “la ley es dura, pero es ley” o “hágase justicia aunque el mundo perezca”.  Los ingleses crearon primero la “carta de derechos”, para limitar el poder absoluto del rey en favor del legislativo, y, más tarde, “el gobierno de ley”. Los franceses lo afinaron aún más con la “separación de poderes” de Montesquieu.

Parecen ideas de Perogrullo, tópicos, pero así se resume de forma llana nuestra tradición de justicia, la creación de unas normas básicas de convivencia, lo que los alemanes denominaron “Estado constitucional de derecho”. Ese es el sistema por el que ahora nos regimos, que nos permite convivir en armonía y resolver nuestros conflictos a través de la Justicia.

No por obvio deja de ser conveniente recordarlo, porque en España empezamos a notar síntomas de que se nos están  olvidando estas nociones básicas de “conllevancia”,  que  diría Ortega. Especialmente, por parte del Gobierno en el poder. Bien es cierto que desde la oposición las posibilidades de despreciar la ley son mucho menores y que, cuando la oposición gobernaba, se saltaba la ley con similar facilidad. No hay más que contemplar  los juicios que ahora se celebran referentes a su tiempo en el poder.

Contradice cualquier principio que el ministro Ábalos  -más que ministro, secretario general del Psoe- ose proclamar que las causas del Tribunal de Cuentas contra ex altos cargos de la Generalitat son “piedras en el camino”. Y no digamos cuando el president Pere Aragonès eleva esas piedras a la categoría de “rocas” y exige al Gobierno que las “elimine”. Por si no quedara suficientemente claro, la ministra de Igualdad ha puesto la guinda: “que se eliminen todos los procedimientos”.

Hace unos años, costó mucho acostumbrar a los periodistas a adjudicar a un sospechoso el adjetivo de presunto antes de que fuera condenado. Ahora, la mencionada ministra, adalid de la corrección política hasta extremos inimaginables, se salta la presunción a la torera. Califica  de maltratador, sin matización alguna, al marido de Rocío Carrasco, protagonista del mayor juicio televisivo  que se recuerda, Se sumaba así a lo que se ha dado en llamar juicio mediático, juicio de la calle o justicia paralela,  juicios todos ellos al margen de la legalidad vigente.

Y todo ello sucede precisamente ahora, cuando los ciudadanos celebran el rito anual más icónico del acatamiento de la ley: el pago religioso de sus impuestos  Resulta especialmente escandaloso que nuestros dirigentes, obligados a la ejemplaridad, desprecien las normas de convivencia. Si nuestros políticos, nuestros representantes, no respetan la ley, la desprestigian,  ¿con qué autoridad van a exigir a los contribuyentes que la acaten?

Se habla mucho de la judicialización de la política. El propio líder de Esquerra Gabriel Rufián proclamó que es la hora de “retirar las togas de la política”. Pero quizá sea más apropiado decir que es la hora de retirar la política de las togas. El Gobierno asegura que la concesión de los indultos se ajusta a la legislación vigente. Bien, en su derecho está otorgarlos si es así. Pero el mismo derecho tienen otros de recurrir a los tribunales si consideran las medidas de gracia no ajustadas a derecho. Que decida la Justicia.

Si la decisión no se corresponde con los deseos de unos u otros, dirán que la Justicia está politizada. Es más que probable que así sea. Pero a ningún partido se le ocurre despolitizar la Justicia.  El camino es sencillo. Sólo hace falta altura de miras. Construir una mayoría relevante entre los dos partidos principales. No valen mayorías precarias de Psoe más Podemos más nacionalistas o Pp más Vox. Hace falta un gran consenso que  represente a una amplia mayoría de españoles. Es la única salida para consolidar el Estado de Derecho, para despolitizar la Justicia, y de paso la Educación y la Sanidad.

Una biografía del catedrático José Luis Villacañas acaba de resucitar la muy olvidada figura de Luis Vives. El filósofo, cuyas ideas nos serían muy útiles hoy, defendió en el siglo XVI un reparto equitativo del poder, programas de auxilio social, la sanidad pública, la tolerancia, el europeísmo, y, sobre todo, la justicia. «Desterrada la justicia, que es vínculo de las sociedades humanas –escribió-, muere también la libertad que está unida a ella y vive por ella».

(Artículo publicado en La Nueva España el 1 de julio de 2021)

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No hemos vencido al virus

Más allá del Negrón/ Los peligros del triunfalismo tras derogarse el uso obligatorio de la mascarilla en la calle

Juan Carlos Laviana

Hace un año, Pedro Sánchez proclamaba en el Congreso su ya famosa frase “hemos vencido al virus”. Un mes después, el 16 de julio, se celebraba en el patio de armas del Palacio Real una muy pomposa ceremonia de Estado por las víctimas de la pandemia. Los reyes presidieron el homenaje que dejó una imagen espectacular. Siete enormes círculos concéntricos de sillas, ocupadas por autoridades diversas, rodeaba la llama de la memoria. No era verdad. No se había vencido al virus. A aquel panegírico no pudieron llegar las miles de víctimas que vendrían después, en sucesivas oleadas, a lo largo de un otoño, un invierno y una primavera con camas, ucis y tanatorios repletos de víctimas.

Vista desde hoy, aquella ceremonia se nos antoja precipitada. ¿Qué se conmemoraba? ¿El ecuador de la pandemia? No se puede vender la piel del oso antes de cazarlo. No se puede celebrar el final de una guerra antes de que se dispare la última bala. No se puede celebrar el final de una sublevación como la de Cataluña antes de reconocer el daño causado al menos a la mitad de la población. ¿Cuántas veces celebramos el final de ETA y aún hoy tenemos la sensación de que aquella aberración se cerró en falso?

Desde el sábado, es realidad lo que ya se venía celebrando con especial algarabía desde hace una semana. El fin de la obligatoriedad de la mascarilla en exteriores. Un paso muy simbólico, es verdad, que va a cambiar la fisonomía de un país enmascarado durante dieciséis meses. Pero que de ningún modo acabará con el virus.

Es cierto que los datos son alentadores, Es cierto que el espectacular avance de la vacunación permite el optimismo. Es cierto que la población necesita un alivio, aunque sea simbólico, después de haber estado sometida a medidas excepcionales durante un tiempo tan largo que ya se nos ha olvidado cómo era el mundo sin mascarilla.

No pretendo ser aguafiestas, pero  el triunfalismo es peligroso. Nos ocurre cuando tenemos una infección. Al segundo día, los antibióticos han cumplido su efecto milagroso y el dolor ha desaparecido, pero hemos de seguir tomándolos seis días más, porque si no, el efecto beneficioso se esfumará y la infección revivirá.

La pandemia no estará vencida, digan lo que digan nuestros políticos triunfalistas, hasta que todos estemos vacunados, hasta que nos inyecten la última dosis de recuerdo, hasta que hayamos doblegado la cepa india y las que vengan, hasta que el resto del mundo –no sólo el occidental- esté a salvo, porque esta es una pandemia global y mientras siga provocando  estragos en Latinoamérica o África, nadie estará a salvo,  Por no hablar de las consecuencias –económicas y psicológicas- que convivirán con nosotros durante décadas.

En uno de los mejores boletines españoles sobre el coronavirus, el de elDiario.es,  la periodista Belén Remacha intenta responder a la gran cuestión: ¿cuándo se puede considerar terminada una pandemia? Siguiendo la opinión de los expertos, menciona dos posibles finales. Uno, el final médico, cuando la enfermedad haya dejado de ser un problema de salud pública. Y dos, el final social, cuando los políticos y los ciudadanos pasen a tener otras prioridades.

Del final social todo indica que estamos cerca. Nuestros políticos ya parecen dar más prioridad a los indultos en Cataluña y los ciudadanos están en otros asuntos más placenteros, como se puede ver en los estadios de la Eurocopa o en los planes de  unas vacaciones que compensen las penurias pasadas.  Del final médico no podremos hablar mientras no se cumpla, al menos, el objetivo de 50 casos por 100.000 habitantes y aún estamos lejos.

Entre las funciones beneficiosas de las mascarillas, está recordarnos el peligro. Pero no nos confiemos. No estamos para celebraciones. Está por ver que hayamos vencido al virus. Por cerrar el paraguas no va a dejar de llover. 

(Artículo publicado en La Nueva España el 24 de junio de 2021)

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Berna González Harbour indaga en el pozo del periodismo

Publicado en Zenda el 19 Jun 2021/JUAN CARLOS LAVIANA  / Berna González Harbour

Berna González Harbour indaga en el pozo del periodismo

Dice un viejo proverbio que la mejor manera de salir del pozo es dejar de cavar. En su nueva novela, la escritora y periodista Berna González Harbour excava en el hoyo en el que se encuentra sumido gran parte del periodismo. No para agrandarlo, sino para indagar cómo hemos caído en él. Y lo hace de una forma tan incisiva que parece una enmienda a la totalidad de la profesión. Pero no. Su intención, como deja dicho en el epílogo, es rendir un homenaje por pasiva al «periodismo de verdad», exponiendo las miserias del mucho más ruidoso periodismo «del orgasmo, del espectáculo, del show».El pozo (Destino) nos presenta a Greta, una joven periodista de televisión, en la treintena, joven pero ya quemada por el fuego de un medio infernal. Se encuentra en ese momento en que todo periodista se siente estancado. Ella misma lo explica. «Se llamaba dar un estirón, saltar de una vez de la alcachofa en la mano a la elaboración a fondo y demostrar que podría aportar algo más. Que no solo hacía hamburguesas, sino delicatesen».”Greta no es ni mucho menos un dinosaurio de la profesión, pero ya se ve amenazada por una nueva generación. Espía en Instagram a su nueva rival, una recién llegada pero de buen tipo”

La idea de escribir un libro, de hacer algo serio, le viene a la cabeza a Greta mientras ejerce de jurado en un juicio sobre el misterioso asesinato de una mujer en una familia acomodada, situación que contrasta con la información que le corresponde cubrir para su cadena: la caída de una niña en un pozo y las circunstancias miserables que rodean su vida. Siempre hay en nuestras pantallas un niño o unas niñas desaparecidas, así que al lector no le faltarán referencias en el telediario de cada día.

Greta, mal pagada como todos los de su generación, lleva cinco años dedicada en cuerpo y alma a su trabajo. «El Canal, su Canal —se explica—, uno de los líderes de audiencia en todas las franjas horarias; su propia cadena de televisión, la que presumía del valor del periodismo frente a las fanfarrias del show». Greta no es ni mucho menos un dinosaurio de la profesión, pero ya se ve amenazada por una nueva generación. Espía en Instagram a su nueva rival, una recién llegada pero de buen tipo —«siempre elegían a las más guapas»—. Consulta Twitter para ver por dónde van los tiros y comprueba que el hashtag #SalvadAEsaNiña es la prioridad con que las redes sociales marcan la agenda.

Se siente más identificada con la generación del cámara Quatremer, o Capi, como ella le llama. «Su cámara favorito, su amigo, hombre humeante, cigarro colgando del bigote o bigote colgado del cigarro, vozarrón de cazallero, los principios en su punto justo —siempre sometidos al tamaño y al valor de la noticia—, uno de los grandes veteranos de la televisión».

La periodista se enfrenta a la noticia de la desaparición de la niña, una noticia que se nos describe de forma cruda: «Un poco de pasto para echarse a la boca y de ahí a los estómagos de vaca que todos se gastaban, para empezar a digerir de atrás hacia delante y de delante hacia atrás con nuevos jugos gástricos incorporados en cada etapa de un bucle infinito».”A lo largo de la novela, nos enteramos de que Greta está muy al tanto de todas las artimañas de la profesión, que disfruta y padece al mismo tiempo”

Todo resulta demoledor a ojos de Greta. Ella intenta cumplir con su trabajo y olvidarse, pero se ve atrapada en el malévolo engranaje que alimenta a la bestia. Tiene que saciar la curiosidad de los espectadores, satisfacer su adicción al morbo, estimularles más que la  competencia para poder estar siempre arriba. «Las capturas. Los picos de audiencia. Los gráficos subiendo como erecciones colectivas que hacían a todos felices, a los de arriba y a los de abajo. Pero que si empezaban a caer, no había poleas, dopaje, viagras ni inventos con los que se pudieran recuperar, más allá de regurgitar una y otra vez “las mejores imágenes de la jornada”, amén de las piernas largas de una redactora cañón. Y luego venía la reventa de imágenes con marca de agua, aquello ponía contento al jefe. En teoría, a Greta no le interesaba demasiado, ella no sacaba nada, tampoco Quatremer. Pero en la práctica era una adicción. Y hoy ya tenían su dosis.»

A lo largo de la novela, nos enteramos de que Greta está muy al tanto de todas las artimañas de la profesión, que disfruta y padece al mismo tiempo. «Conocía bien —se nos explica— la primera regla del periodismo: uno vale lo que vale su última crónica, a la que hay que restarle los días transcurridos, las incógnitas que abre y las crónicas de los demás». Estamos ante normas no escritas que todo reportero probablemente rechaza y no por eso deja de seguir. «La segunda regla del periodismo… tú ganas, yo gano», una especie de lavado de cerebro al protagonista de la noticia, para hacerle ver los inmensos beneficios que le reportará confesarse ante el periodista.

Incluso va elaborando mentalmente definiciones para la jerga habitual de la profesión, definiciones que no ocultan su escepticismo ante un trabajo que dista mucho del que soñó en la facultad.

«Caninos: Dícese del estado de los periodistas con hambre, necesitados de una nueva exclusiva para alimentar su voracidad tras agotarse la anterior.»

«Basura: Dícese del estado actual de la profesión.»

«Versión: Dícese de la forma de seguir adelante en el periodismo de adicción.»

“Greta, aunque crítica, no es ajena a las novedosas prácticas que pretenden dar más realismo a las conexiones, ofrecer una auténtica inmersión en la noticia”

A lo largo de las páginas de El pozo nos encontramos duras alusiones a la jauría que conformamos los periodistas ante sucesos lúgubres. Sobre el chismorreo: «No había secretos en Gomorra». Sobre las exclusivas: «Dispuestos a exigir un reparto del banquete». Sobre las nuevas reporteras: «Una garza con micrófono. Una muñeca hinchable del periodismo de hoy». Y, cómo no, esos tópicos con que los que se pretende justificar el circo: «Ante la alarma social suscitada», «el giro dramático que está tomando el asunto»…

Greta, aunque crítica, no es ajena a las novedosas prácticas que pretenden dar más realismo a las conexiones, ofrecer una auténtica inmersión en la noticia: «Informar en movimiento —leemos— era una de las nuevas modas en las coberturas en directo. Chapotear en las inundaciones, zarandearse en los vendavales, calarse en las lluvias, disfrazarse de enfermo en las epidemias o adquirir aires de tristeza y drama en sucesos luctuosos como este.»

No estaría completo el retrato si no se ofreciera la otra versión, cómo nos ven los protagonistas de la noticia: «Son buitres, son sabandijas», grita un familiar. Uno de los bomberos que intenta rescatar a la niña muestra su escepticismo sobre el valor de las grandes coberturas: «El circo de los periodistas nunca ayuda, cuando tras la supuesta libertad de expresión solo alimenta el morbo estéril».

Nadie se libra, y tampoco, por supuesto, la audiencia. El público también es responsable, como tan bien se mostraba en la película de Billy Wilder El gran carnaval, a la que los espectadores dieron la espalda porque se sentían ridiculizados. «Les damos lo que quieren», se defiende el jefe de Greta ante los excesos. O dicho de forma mucho más explícita: «Porque quién iba a ofrecer carroña si no hubiera carroñeros en el salón de casa. Quién iba a dejar de someterse al gusto del público si este estaba pidiendo sangre, berrinche, gritos, incultura y testimonios abrasivos con fondo acompasado de hilo musical.»”Nada que ver con esos nuevos periodistas mesías, que se justifican con su pretenciosa intención de cambiar el mundo, ese periodismo del orgasmo”

La complicidad del público en el gran circo está definida de forma precisa en esta reflexión del narrador de la novela. «Los sucesos más negros eran la mayor materia de consenso en un país dividido, y cualquier excusa era buena para opinar, versionar, juzgar y aportar chascarrillos aunque no tuvieran fundamento, en cuanto aparecía un potente catalizador llamado cámara. Entonces los habituales vecinos, ese género tan bien trabajado por (…) todas las televisiones, se lanzaba a exhibir su tristeza a mayor gloria de un fragmento de fama. Y entonces los “quién-lo-iba-a-decir”, “era tan buenín el pobre”, “era muy educado”, ”era taaan buena persona» solo se frenaban con un cambio de tercio: pero…».

No falta un punto de nostalgia sobre el periodismo de antes, más sencillo, más auténtico. «Cuando exhibir a las víctimas en camillas apresuradas aún no hería sensibilidades. Cuando lo urgente era informar, informar, informar cuanto antes sin musiquillas de fondo, ni piernas largas de garza, ni escote, ni maquillaje…».

Ese viejo periodismo está representado por Quatremer, nada que ver con esos «Kapuscinskis de nuevo cuño», viejo reportero de guerra dedicado ahora a sucesos más de andar por casa. Lo defiende ante las reporteras que teatralizan sus intervenciones, defendiendo la neutralidad de la cámara, el periodismo en estado puro, «He grabado a niñas sepultadas por un terremoto. He grabado a heridos retorciéndose en las guerras. He grabado a hijos de puta disparando. Si hubiera querido salvarlos, me habría hecho bombero, enfermera o hermanita de la caridad. Yo solo grabo (…). Me han herido y he seguido grabando. He visto accidentes de tráfico en la M-30 y me he parado a grabar. ¡Ni pensar en el triángulo! ¡Ni en el chaleco! La diferencia entre vosotras y yo es que yo grabo. Y Melania [la joven reportera] y tú sois las grabadas. Y no te engañes, vosotras tampoco habéis venido aquí a salvar a nadie».

Nada que ver con esos nuevos periodistas mesías, que se justifican con su pretenciosa intención de cambiar el mundo, ese periodismo del orgasmo —de los reporteros y de los espectadores—, como queda reflejado en esta conversación entre el cámara veterano y la periodista a propósito de la relación entre la nueva reportera y el jefe.

«—Seguro que se la está tirando, no hay otra explicación.

—Eres un antiguo, Capi… El jefe no necesita tirarse a nadie, el nuevo orgasmo es este —señaló el aluvión de publicidad: en siete minutos volvemos.»

La novela de Berna González Harbour es un rabioso y minucioso análisis del último periodismo. Está llena de elementos de reflexión para una profesión en crisis, que necesita reinventarse, buscar referencias en el pasado y no dejarse arrastrar por el espejismo del clic y la audiencia. Una profesión que no debería dejar de ponerse nunca en cuestión, como hacen los personajes de El pozo: «¿Tú crees que estamos buscando la realidad? ¿O estamos buscando la audiencia mientras creamos la realidad?»

De lo contrario, si nos dejamos mecer por los cantos de sirena de la audiencia, estaríamos ante otra nueva definición: «Pozo. Dícese del lugar en el que puede precipitarse y morir una niña. El periodismo. Y la decencia de todos.»

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¿Y los niños para cuándo?

Más allá del Negrón/ El envejecimiento de la población de China a Asturias: las negras perspectivas del invierno demográfico

Juan Carlos Laviana

Estamos muy preocupados por llenar la España vacía. Nos inquieta quién va a pagar las pensiones en un mundo envejecido. Nos angustia que nuestros jóvenes de menos de 25 años (casi un 40 por ciento de paro) no tengan expectativas. Muchas preocupaciones, muchas quejas. Pero no se ha oído una sola propuesta –ni de este Gobierno ni de ningún otro- para promover la natalidad. Ninguna. Como si quisiéramos soslayar el problema, lo más que proclamamos es esa disculpa facilona y falsa de que “este mundo no está para traer hijos”.

Se ha instalado la creencia falaz de que las políticas de natalidad son de derechas. No dan buena imagen a un gobierno autoproclamado progresista. Se ha aceptado como bueno el tópico de que se estigmatiza a las parejas que no tienen hijos. Esa temida pregunta que revuelve las tripas a quienes han optado por no tener descendencia. ¿Qué? ¿Y los niños para cuándo? Pero en realidad quienes están estigmatizadas, por raras, son las familias numerosas. ¡Serán del Opus!, se dice con desprecio, como si se tratara de seres abducidos.  ¿Desde cuándo tener hijos ha dejado de ser algo positivo?

La mismísima China, adalid del control de la natalidad,  ha tenido que dar marcha atrás. Dijo adiós a la política del hijo único y ahora se plantea cómo fomentar la natalidad en un pueblo cada vez más occidentalizado. No nacen tan pocos niños desde que el país sufrió la devastadora hambruna en los 60. Se han encontrado con una población envejecida y no hay quien sostenga esa carga. Las necesidades de infraestructuras para ancianos  -asilos, hospitales- empiezan colapsar.

La gran tragedia de China es que está a punto de alcanzar una cifra dramática: 1,3 hijos por cada mujer en edad fértil, cuando la tasa necesaria para mantener la población es de 2,1. La cifra que angustia a Pekín únicamente es superada por cinco países en el mundo, de los cuales solo uno europeo: España. Sí, España que junto a los también mediterráneos Italia y Grecia sigue anclada en una presunta modernización.

Y, dentro de España, Asturias. Y dentro de Asturias, Avilés, nueva capital de la ancianidad en Europa. Uno de cuatro habitantes, tiene más de 60 años. Las autoridades se devanan los sesos para explicarse por qué en una de las ciudades del principado donde más empleo se crea también es donde más baja la natalidad.

Lo de Asturias viene de antiguo. Miremos atrás en la familia. Mis abuelos paternos tuvieron cinco hijos. Los maternos, ocho. Mis padres, en la época de la parejita, tuvieron el primer hijo en la década de los 40. Momentos difíciles en los que también se planteaban las complicaciones de traer hijos a este mundo. Ni vivienda digna, ni buen sueldo, ni expectativas de futuro. Tuvo que llegar el párroco de Cocañín –famoso por su deportivo rojo en aquellos tiempos austeros-, para adoctrinar a mi madre once años después del primer hijo. ¿Qué es eso del hijo único?, le espetó.  “Estás en pecado mortal”. Mi madre, angustiada,  reaccionó, aunque hay que reconocer  que la situación ya era mucho más favorable. Y llegué yo justo para completar, al menos, la parejita e inaugurar la generación del baby boom.

La joven escritora Ana Iris Simón planteó el problema ante el mismísimo presidente del Gobierno. Su mensaje revolucionario provocó una conmoción.  ¿Cómo es posible que se prefiera importar la natalidad antes que fomentarla dentro?  ¿Cómo se puede pretender que los inmigrantes, tratados como mercancía y no personas, paguen nuestras pensiones? Estaba hablando de la solución, la única, que ofrece el plan 2050 al gravísimo problema demográfico.

Tal osadía le ha costado a Ana Iris Simón furibundas críticas de la izquierda, pese a que ella misma se considera de izquierdas. Y, claro, la derecha no ha dejado pasar la ocasión de instrumentalizar sus palabras en su favor. Debe de ser el precio de hablar con libertad.

Hay un enfoque equivocado. La natalidad no es un problema ni de izquierdas ni de derechas. Es un gravísimo problema esencial del ser humano. La pervivencia, uno de los deberes de cualquier especie, probablemente el primero, es evitar su extinción. Pero eso no está bien visto socialmente y a nuestros gobiernos lo impopular, lo que no da votos, no les interesa ni siquiera cuando piensan en 2050. Entonces será demasiado tarde. No sé si salvaremos el planeta, pero de poco servirá si no salvamos también a sus moradores.

(Artículo publicado en La Nueva España el 17 de junio de 2021)

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Las líneas de sombra de la Ebau

Más allá del Negrón/ Las pruebas de selectividad, exponente del disparate educativo español

Juan Carlos Laviana

La Ebau es para nuestros jóvenes como la línea de sombra que tuvo que atravesar el bisoño narrador del relato de Joseph Conrad. Se trata de una línea invisible que “nos advierte de tener que dejar atrás las razones de la juventud temprana” y nos pone en la tesitura de qué hacer con nuestras vidas. El inexperto marinero de la historia tiene que asumir de forma súbita la capitanía de un barco. Nuestros jóvenes de hoy han de asumir, con la Ebau, la capitanía de su futuro, algo para lo que uno nunca se siente preparado.

Como sociedad, hemos sido incapaces de ayudar en ese decisivo trance a 300.000 jóvenes que se enfrentan estos días a su particular línea de sombra. Ni siquiera hemos sido capaces de exigir lo mismo a todos ellos, Ni siquiera hemos sido capaces de ponernos de acuerdo con el nombre. Ebau, Evau, Pau, Abau… Eludo las mayúsculas de las siglas, como haría Andrés Trapiello, para que el lector no se crea que le estoy gritando. Y del nombre para abajo, todo sigue siendo distinto. El precio de las tasas, el temario, la posibilidad de presentarse con asignaturas suspendidas del bachiller… Todo es distinto, salvo un detalle esencial: que el aprobado en una de las diecisiete diferentes pruebas da el mismo acceso a cualquier universidad española. No se nos cae de la boca la igualdad, pero a un estudiante de Madrid o de Asturias no se le exige lo mismo que a uno de Murcia o Cataluña.

Los periódicos han tenido que recurrir estos días a mapas explicativos para poder plasmar este lío. En este color, las comunidades que permiten llegar a la Ebau con suspensos.  En este otro, los diferentes criterios de calificación. Basta un solo ejemplo de la disparidad. En Cataluña sólo se exige Historia desde el año 1875, en el resto hay que saberse además lo anterior: la Prehistoria, los Reyes Católicos o el Al-andalus,

Circula por el Instagram de los aspirantes de Madrid una prueba de Historia de la Comunidad de Murcia, la más madrugadora en celebrar las pruebas. Consiste, como si de un pasatiempo se tratara, en rellenar las palabras que faltan en un texto. Por ejemplo: “En 1517, un monje llamado…………denunció en las conocidas 95 tesis de Wittemberg abusos del Papa de Roma”. O este otro: “En 1571, se produjo la batalla de………… En ella participó Miguel de Cervantes”. ¿Fácil verdad? Y eso que usted y yo hace muchos que dejamos las aulas.

En Madrid, en cambio, un  alumno ha de responder con amplitud a las preguntas, sin pistas y, además, desarrollar un tema en extenso, tipo “Política exterior de las Austrias menores”. Resulta lógico que estén indignados los alumnos madrileños. Cuando el joven de Madrid, que ha conseguido el mismo resultado con mayor esfuerzo, se encuentre con el de Murcia en la Universidad, seguro que se le escapa un “ya te vale, así cualquiera”.

La diferencia es que en comunidades como Murcia no se valora la memoria. En Madrid, sí y el aspirante ha de recordar todos los datos que en otras regiones se les facilitan a los alumnos, siguiendo la tesis de la ministra Celaá. “Con la selectividad, los alumnos memorizan, vomitan y olvidan.” Son palabras del experto Lucas Gortázar, asesor del Gobierno y defensor de la nueva ley. Los estudiantes son víctimas, en Madrid y en Murcia, de la batalla entre pedagogos defensores y detractores de la memoria.

La selección del alumnado universitario es imprescindible. El examen de ingreso ya fue propugnado por Giner de los Ríos e introducido en el paso del siglo XIX al XX, ante la abismal disparidad de conocimientos entre los alumnos que llegaban a las facultades, Luego vinieron las temidas reválidas que padecieron nuestros hermanos mayores. Y más tarde llegó el turno de mi generación, cuando  mi compañero de fatigas José Luis Iglesias –con la dificultad añadida de la ceguera- y yo estrenamos en 1975 la protestada selectividad sin saber de qué iba aquello.

Como tantos problemas en España, la selectividad ha acabado convirtiéndose en un mal endémico. ¿Tan difícil es poner de acuerdo a nuestras comunidades para unificar criterios de exigencia? ¿Tan difícil es establecer un temario único?   ¿Tan difícil es combinar la necesaria memoria con la asimilación de lo memorizado? Si esperamos a 2050 para resolverlo, habremos castigado innecesariamente a otras 29 promociones.

“Solo los jóvenes conocen momentos semejantes”. Con esta frase comienza Conrad su relato, Pongámonos en el lugar de los jóvenes. Bastante duro es atravesar la línea de sombra de la vida como para encima complicarla más.

(Artículo publicado en La Nueva España el 10 de mayor de 2021)

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Los socialistas y la felicidad

Más allá del Negrón/ El carácter utópico del socialismo impide a sus fieles la conformidad

Juan Carlos Laviana

Los socialistas, como todos los seres humanos, solo son felices en el trayecto hacia la utopía. Es decir, en el camino a ninguna parte. Al llegar a la primera meta, el poder desde el que pretenden materializar el sueño del paraíso en la tierra, las cosas empiezan a torcerse. Pueden optar por dos vías. Una, ser pragmáticos –lo que va muy mal con su carácter-  e  implantar algo que se parezca a la justicia social, porque el socialismo universal ya está claro que es una ensoñación. Otra, mantenerse a toda costa en el poder –como el común de los políticos-, porque ellos se creen que sus aspiraciones son mejores que las del resto de la humanidad.

¿Pueden los socialistas ser felices? Tomo el título con que George Orwell –siempre Orwell- encabezó  un artículo publicado el 24 diciembre de 1943, teñido del espíritu navideño propio de la fecha. Y de socialismo, vivido en sus carnes, del que el autor de “Rebelión en la granja” sabía un rato. El texto va sobre la utopía y sobre la contradicción de que las menesterosas familias dickensianas pudieran ser más felices en su miseria,  sin objetivos más allá que comerse un pavo en Navidad, que los socialistas en busca del inalcanzable paraíso en la tierra.

Desde que leí por primera vez esa pregunta, me ha perseguido sin encontrar respuesta. Y hoy, cuando nuestros socialistas, pese a estar en el poder o precisamente por eso, se debaten sobre su sentido, se hace más insistente la amargura de esa interrogación. Están sumidos en la zozobra. Se enfrentan los veteranos, a los que se tilda despectivamente de nostálgicos  –Felipe, Guerra, Leguina…-,  con otros más jóvenes –los del “ahora nos toca a nosotros”, de Adriana Lastra—. Ambos tienen formas de entender el socialismo en apariencia irreconciliables. Disienten sobre  la unidad de España, las concesiones a los nacionalistas o la relación con los herederos del terrorismo. Incluso discrepan sobre el enemigo, para unos el fascismo –al que hay que rodear de un cordón sanitario- y para otros una derecha civilizada y con la de entender el socialismo se puede y se debe hablar.

Conocí a Felipe González cuando Felipe era feliz. Había alcanzado el poder en el partido, pero aún no en el país. Era el muy caluroso mes de agosto de 1979. Había una actividad frenética en el PSOE por la preparación del decisivo congreso que diría adiós al marxismo. Había mucho interés en lo que pudiera decir Felipe González, así que el difunto Antonio Herrero –entonces en Europa Press- y yo, un practicante –hoy, becario- nos plantamos en la mísera puerta de la agrupación del muy obrero barrio de Tetuán. Felipe, con cazadora marrón de cuero, vaqueros ceñidos y botas camperas, salió por fin, acompañado de Fernando Morán, con un aspecto de pobre de solemnidad, con unos pantalones de tergal caídos por debajo de la tripa y una camisa llena de lamparones que no acababa de cubrir la prominencia estomacal. Se pararon ante nosotros y nos concedieron la ansiada entrevista.  De pie, pero sin prisas. Una gran exclusiva del momento. Pero lo que más recuerdo de aquel encuentro es la felicidad que desprendía Felipe, el entusiasmo, la fortaleza de ánimo, la seguridad de que iba a cambiar este país de arriba abajo.

A los socialistas de hoy no se les ve felices. De Sánchez se pueden decir muchas cosas, pero no que tenga la apariencia de ser un hombre feliz. Y tengo la seguridad de que los problemas de entonces eran mucho mayores de los que hoy. Felipe creaba ilusión. Sánchez transmite desencanto.

El socialista más moderno entre los más modernos Iván Redondo –moderno sí, socialista no lo tengo tan claro- acaba de decir que se tiraría por un barranco detrás de Pedro Sánchez. No hay nada más monolítico que las adhesiones inquebrantables en un país tan dispar como el nuestro. ¿Alguien puede imaginarse a Alfonso Guerra asegurando que se tiraría por un barranco por Felipe? Por no hablar de Gómez Llorente, de Peces Barba o de Rodríguez Ibarra.

Esta semana, en una reunión privada, varios socialistas expusieron su impresión sobre la actual situación del PSOE. Hubo quien vaticinó la progresiva desaparición del partido, como en otros países europeos. Hubo quien aventuró  que la gran aspiración de Sánchez es acabar en la oposición frente a una colación PP-VOX. Hubo quien soñaba con la gran coalición de los dos grandes partidos. Hubo quien barajó la posibilidad de que volviera Felipe, que  acababa de mostrar sus extraordinarias habilidades ante la millonaria audiencia de “El Hormiguero”. Hubo quien manifestó la necesidad de encontrar un nuevo líder,  joven y sensato.

Los socialistas –pro Sánchez o anti Sánchez- hoy tampoco parecen muy felices. Tal vez tenga razón Orwell y estén condenados a la infelicidad.

(Artículo publicado en La Nueva España el 3 de junio de 2021)

Ilustración de Carla G. Ríos para La Nueva España

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Azaña y los periodistas, una relación tormentosa

Los libros de la prensa/ “Los que le llamábamos don Manuel”, de Josefina Carabias

28 May 2021/JUAN CARLOS LAVIANA  / Manuel Azaña

Los que le llamábamos don Manuel, recién rescatado libro de Josefina Carabias (1908-1980), ofrece muchas y muy interesantes revelaciones sobre la personalidad de Azaña. Entre ellas, su tormentosa relación con la prensa. «Yo sólo hablo para la Gaceta» (lo que hoy conocemos como BOE), repetía una y otra vez el presidente de la República para justificar su aversión a los periodistas.«Azaña, a pesar de tener muchos amigos periodistas —cuenta Carabias—, se negaba rotundamente a cualquier declaración y menos aún a que le hicieran reportajes de tipo personal. Las interviús (como se decía entonces en lugar de «entrevistas») le causaban verdadero espanto. Los que intentaban algún tipo de reportaje de carácter personal —su vida privada, sus aficiones, sus costumbres— tropezaban con más dificultades que quienes le pedían declaraciones políticas.»

El político republicano estaba obsesionado con «evitar aquellas malas interpretaciones de sus palabras que le irritaban tanto». Estimaba que «como intermediarios, entre un hombre de Gobierno y su pueblo, ya están los diputados y que es a ellos más que a la prensa a quienes un político debe dar toda clase de explicaciones». De ahí su convencimiento de que «la mejor manera de que no se malinterpretaran sus palabras era no pronunciarlas».”Su forma de entender el periodismo y la libertad de expresión tiene absoluta vigencia incluso hoy, más de cuarenta años después de escribir el libro”

En su libro de 1980, reeditado ahora por Seix Barral, Josefina Carabias sostiene que la antipatía era mutua y explica por qué. «Azaña no hacía concesiones a la prensa ni “pasaba jabón” a los periodistas —recuerda—. Por ese motivo a muchos les caía antipático. Es posible que si yo le hubiera conocido siendo ya periodista, y no antes como le conocí, tampoco hubiéramos llegado a ser amigos. Me habría parecido tan antipático e intratable como a muchos de mis compañeros».

El problema que le planteaba a Carabias su doble condición de periodista y amiga de tan relevante personalidad queda bien reflejado en uno de los episodios narrados en el libro. Era el verano de 1931. Los políticos republicanos disfrutaban de sus primeras vacaciones tras el cambio de régimen. La mayoría pasaba entonces su tiempo de descanso en El Escorial. Y allí envían a la periodista para descubrir la cara más humana y personal  de los políticos, alejados del trajín de los ministerios y las agotadoras disputas de la Carrera de San Jerónimo.

La periodista se da de bruces en un restaurante con don Manuel, que comía tranquilamente con su esposa. El siguiente diálogo es una buen muestra de que, como dice Elvira Lindo en el prólogo,  Carabias «siempre dominó el arte de reproducir diálogos con viveza y precisión». En cuanto la vio, Azaña se olvidó de la amistad,  mostró su peor cara y le espetó:

«—Le advierto que yo no me dejo hacer interviús ni fotografías por sorpresa.

—No tiene usted derecho a ponerme esa cara, don Manuel.

—Lo siento, pero no tengo otra.

—Sí, señor. Tiene usted otra, que es la que me había puesto siempre, hasta hoy. Pensaba que usted me conocía mejor y estaría seguro de que no soy capaz de hacerle una “trastada periodística”. No he escrito una palabra sobre usted desde que estoy en los periódicos. Ni siquiera para darle coba, porque para eso ya hay demasiados voluntarios. Creo que no tiene derecho a desconfiar de mí. ¿He escrito alguna vez algo de lo que le he oído?

—Bueno, bueno… no me pique. Ande siéntese a tomar café con nosotros.»

La tensión se relajó y Azaña le contó a Carabias muchas y muy sustanciosas anécdotas de su vida privada, en especial los detalles de una mañana que había compartido con unos frailes, noticia relevante tratándose de un político anticlerical. La periodista tenía un reportaje sensacional sobre el entonces presidente del Consejo de Ministros. Pero decidió no publicarlo, de acuerdo con su director, que se lamentaba amargamente:

«¿Por qué será tan hueso este hombre, incluso para los que sabe que le tenemos estimación verdadera? No deja ni siquiera que se salga al paso, divulgando hechos ciertos y simpáticos, de las atrocidades que empiezan a decirse de él por ahí. Yo comprendo que muchas de las cosas que se oyen cuando habla en confianza no se pueden contar. Pero, ¡caramba!, cosas como esto de los frailes [la confraternización con los agustinos]… que caería simpático y tranquilizador entre el público sencillo… no veo la razón de que se haga el misterioso. Ni tú puedes escribirlo ni yo publicarlo. Nos “chantajea” con la amistad. Abusa de nosotros.»

Carabias concluye la anécdota con una reflexión para justificarse a sí misma de haber restado a sus lectores una información tan relevante: «Cierto que con el achaque de la amistad y la confianza nos “tapaba la boca” o, mejor dicho, nos reventaba los reportajes. Pero no menos cierto es que sin la amistad y la confianza que le inspirábamos, tampoco nos habría dirigido la palabra ni hubiéramos tenido ocasión de oírle decir las muchas cosas interesantes e ingeniosas que le oímos. Algunas de ellas ni siquiera ahora se pueden contar».”Los que le llamábamos don Manuel es un libro rico en detalles de la vida de Azaña más allá de su relación con la prensa”

Su forma de entender el periodismo y la libertad de expresión tiene absoluta vigencia incluso hoy, más de cuarenta años después de escribir el libro y más de ochenta de los hechos que relata. «En España el humor no es siempre bien interpretado —sentencia—. Sólo se les tolera a los “humoristas de oficio”. Y, aun así, los hay que por un chiste reciben un diluvio de cartas insultantes».

El enfrentamiento entre la prensa y Azaña es atribuible a su forma de ser retraída y a su carácter hosco, pero también a sus draconianas medidas contra la libertad de expresión. Resulta comprensible que los periodistas no tuvieran mucho aprecio a un presidente que, apoyándose en la Ley de Defensa de la República, suspendió a «la friolera» —el adjetivo es de Carabias— de ciento tres periodistas y ordenó cierres temporales, que se prolongaron meses, de cabeceras tan influyentes como ABC y El Debate.

Josefina Carabias, pionera en casi todo —primera periodista española profesional y  primera mujer en llevar una corresponsalía extranjera— habla también del ambiente periodístico de aquellos años. «Los jóvenes —recuerda— nos dividíamos en vanguardistas, o sea, partidarios de aquel estilo en el que todo se volvían metáforas, o neorrealistas, que éramos los partidarios de que la gente —salvo las excepciones geniales— escribiera como hablaba. Que se dijeran las cosas como eran sin meterles demasiados adornos literarios». Es decir, la forma de escribir de la propia Carabias, que Elvira Lindo define como un «estilo sencillo y transparente con una tendencia innata a la ironía». Escribía así, porque, como proclamaba la periodista en forma de máxima, «escribir es fácil, la dificultad estriba en hacerse leer».

Los que le llamábamos don Manuel es un libro rico en detalles de la vida de Azaña más allá de su relación con la prensa. Desde pormenores como la forma en que daba la mano —«sin apretar ni sacudir»— hasta su último suspiro, junto a su mujer y una misteriosa monja española que había colocado en la habituación un ramo de flores y un crucifijo. El libro de Carabias es un testimonio esencial para profundizar en la vida del presidente de la República, pero también en aquellos años tan convulsos que van de la proclamación de la República a la funesto momento de la muerte del político en 1940.

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Post Scriptum. Mi memoria personal de Josefina Carabias siempre va unida a la de su hija Carmen Rico Godoy (1939-2001), compañera en Diario 16 y autora de magistrales columnas, en las que recogía los secretos que le confiaba el ficus de La Moncloa sobre las intimidades de los primeros presidentes de la transición.

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(Artículo publicado en Zenda el 28 de mayor de 2021)

Azaña y los periodistas, una relación tormentosa
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La pérdida de la voluntad

Más allá del Negrón/ Cada vez renunciamos más a tomar decisiones y las dejamos en manos de las máquinas

Juan Carlos Laviana

El ministerio de Sanidad, con la anuencia de las Comunidades Autónomas, ha decidido trasladar al ciudadano la toma de una gran decisión.  Una decisión trascendental y que requiere de conocimientos de los que el común de los mortales carece. Los menores de 60 años que hayan recibido la primera dosis de la vacuna de AstraZeneca pueden elegir qué marca prefieren para la segunda. ¿Repetir con AstraZeneca o pasarse a Pfizer? Lo que, sin duda, hubiera sido una gran noticia -dar el poder de decisión al ciudadano-, se ha convertido en motivo de zozobra para muchos de ellos. Cada vez tenemos menos capacidad de decisión, cada vez estamos menos acostumbrados a elegir y desechar, porque, sin darnos cuenta,  hemos ido delegando esa prerrogativa. Que decidan otros nos libera de dolores de cabeza y de asumir las consecuencias.

Hace unas semanas, la todopoderosa plataforma de contenidos televisivos Netflix anunciaba una gran novedad. Ya no solo nos sugiere qué series ver, sino que además nos ofrece un botón  que  denomina “reproducción aleatoria”. Es decir, que la multinacional decida por ti lo que has de ver. Esto “permitirá que sus usuarios le transfieran su poder de elección al famoso algoritmo”, reza textualmente la noticia. No es asunto baladí, porque no se nos debería escapar que los contenidos de las plataformas están preñados de ideología y  política. Tienen que ver, más allá del mero entretenimiento, con asuntos tan decisivos como las elecciones americanas –la campaña anti Trump en las series ha sido feroz-, con la imposición de un modelo cultural, con el estilo de vida, con las creencias… Bajo una apariencia de buenismo moral, se cuelan mensajes de gran calado que conforman el sentir de la opinión pública sobre cuestiones de gran calado que sólo a la persona le compete decidir.

Greg Peters, jefe de producto de Netflix  -200 millones de clientes en todo el mundo, 4,5 de ellos en España- justifica la propuesta alegando  que satisface la necesidad de “aquellos que no están seguros de lo que quieren ver”. Sus estudios de mercado le habrán concluido que hay una gran demanda de decisión delegada entre los indecisos. Así que han decidido ir a por aquellos de voluntad frágil y por tanto manipulable.

Sólo es un paso más en una carrera vertiginosa que terminará con la renuncia a nuestra voluntad y la cesión de nuestra irrenunciable libertad. En la prensa ya lo estamos viviendo. Los propios periodistas cada vez tomamos menos decisiones. Cada vez nos parecemos más a Julia, la novia de Winston Smith en “1984”, que se dedicaba a alimentar la “máquina de escribir novelas”. Julia proporcionaba personajes, localizaciones, detalles complementarios y la máquina le devolvía la novela lista para publicar con los mensajes subliminales pertinentes.

La pasada semana, el todopoderoso diario canadiense “The Globe and Mail”  anunciaba un gran hito periodístico. Gracias a un programa de inteligencia artificial, que decide qué noticias deben ser de pago y cuáles no así como  el emplazamiento de portada que deben ocupar para ganar impacto, el diario ha conseguido 170.000 nuevos suscriptores. Resulta  un trato aparentemente ventajoso ceder la capacidad de decisión del periodista a cambio de audiencia. Nada nuevo, por otra parte. La historia y el presente del periodismo están llenos de periodistas que venden su alma a cambio de audiencia. 

Hace unas semanas, la newsletter profesional del laboratorio de periodismo de un gran grupo de prensa española destacaba entre sus contenidos una noticia sensacional: “Cómo titular las noticias para SEO: las cuatro reglas básicas de Barry Adams”. Las reglas del tan Adams venía a concluir que  debemos escribir para las máquinas. Es decir, que al periodista, como a la Julia de “1984”, le corresponde alimentar a la máquina. ¿Y los lectores? De eso no debemos preocuparnos, porque de eso ya se encargan las máquinas.

(Artículo publicado en La Nueva España el 27 de mayo de 2021)

P.D. Días después de publicado este artículo, descubrimos que dejar en manos de los ciudadanos la decisión sobre la vacuna que prefieren fue una mala idea. No para los ciudadanos, que, libremente, se decantaron de forma mayoritaria por la AstraZeneca. Sino por el Gobierno, que se han encontrado con que la vacuna elegida no ha sido la que le convenía. Con una incalculable falta de previsión, se encuentra ahora con que no tiene dosis suficientes para suministrar la vacuna reclamada y, en cambio, tiene un excesivo stock de la vacuna menos popular. Por si fuera pequeño el error, el Gobierno lo ha engrandecido al publicar las muertes consecuencia de la vacuna elegida mayoritariamente, en un intento torpe de manipular la libertad de elección que antes había concedido. Moraleja: no des a elegir si no puedes satisfacer de verdad la voluntad de quien elige.

A quienes deben decidir ahora entre AstraZeneca o Pfizer, el Ministerio debería facilitarles una opción de  “vacunación aleatoria”. Es decir, que una máquina –convenientemente alimentada con pros y contras- determine qué nos conviene más o qué nos perjudica menos. 

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Un aplauso para la sanidad privada

Más allá del Negrón/ La crisis del Coronavirus ha resucitado la falsa dicotomía entre lo público y lo privado

Juan Carlos Laviana

La primera referencia que recuerdo de la dialéctica entre lo público y lo privado se remonta a los años sesenta en El Entrego. Había quien estudiaba en el instituto público  con nombre de privado –Virgen de Covadonga- y quien estudiaba en las monjas, que también tendrían nombre pero eran las monjas a secas. A las monjas iban unos pocos alumnos que necesitaban una atención más personalizada, es decir, que ofrecían un punto de valor añadido que no podía ofrecer el centro público. No recuerdo que hubiera motivos religiosos o económicos, y menos aún políticos, para decantarse por una u otra opción.

La segunda referencia fue cuando la pequeña explotación privada de Minas de la Encarnada, en la que trabajaba mi padre, fue absorbida por el gigante público Hunosa. La vida de mi padre cambió radicalmente a mejor, según comentaba en casa: turnos racionales, mayor seguridad, mejores prestaciones, aunque, eso sí, un ambiente más impersonal, menos familiar y más masificado;  no todo iba a ser bueno.

La tercera fue cuando la familia se enfrentó a un problema de salud que no podían resolver en esforzado don Longinos en el ambulatorio de El Entrego, ni siquiera los especialistas del Sanatorio Adaro en Sama. Hubo que recurrir a lo que se llamaba un médico particular, pagando claro, en el Sanatorio Marítimo en Gijón –que no era precisamente el Monte Sinaí, pero sí lo más parecido entonces-, que tampoco resolvió el problema, pero ofreció mucha tranquilidad.

Esto sucedió hace mucho tiempo. Era el franquismo, donde lo estatal predominaba de una manera aplastante sobre lo privado, circunscrito casi de forma exclusiva a las órdenes religiosas. Con la llegada de la democracia, la convivencia se deterioró de forma ostensible, porque el modelo estatal no funcionaba, como no funcionaba el propio franquismo. No hay más que recordar la traumática reconversión en la industria pública o la privatización de la prensa del Movimiento.

Ahora, como consecuencia de la pandemia,  llevamos meses enzarzados con la necesidad de proteger lo público. Por supuesto, la sanidad pública, pero también la enseñanza pública, la empresa pública, la televisión pública  y hasta la cultura pública.

Bien está que el Estado garantice derechos esenciales como la sanidad o la enseñanza. Sólo faltaría. Pero no se puede hacer a costa de discriminar a lo privado. Hemos dado gracias a médicos, enfermeros y auxiliares de la pública por su atención en esta crisis, pero nos hemos olvidado injustamente de los médicos, enfermeros y auxiliares de la privada, como si fueran de peor madre. Un médico es un médico ya trabaje en La Paz o en un  hospital del grupo Quirón. Y un profesor es un profesor trabaje en el Instituto Jovellanos o en Centros Docentes Asturianos Sociedad Anónima, propietaria del colegio más exclusivo de Asturias.

Con frecuencia, se nos olvida que cuando recurrimos a la denostada privada no estamos despreciando las prestaciones del Estado, sino ahorrándole la atención a un paciente que le sigue pagando aunque no utilice sus servicios. Es suma, que el usuario de la privada paga dos veces, al erario público y a la correspondiente compañía privada.

Privada y pública deben convivir, aunque solo sea por el sacrosanto derecho del paciente a elegir. Y no solo, sino que deberíamos acabar con esos compartimentos estancos y fomentar la complementariedad de uno y otro servicio. Bienvenida sea la competencia, pero también la colaboración. Siempre saldrá ganando el ciudadano.

¿Es mejor la sanidad pública que la privada? ¿Es mejor la enseñanza pública que la privada? ¿Es mejor el transporte público que el privado? ¿Es mejor la cultura pública que la privada? Dejemos que sea el usuario quien lo decida. El debate entre lo público y lo privado ya fue resuelto hace mucho por  Deng Xiao Ping, según desveló Felipe González tras entrevistarse con él.: “Gato negro o gato blanco, da igual; lo importante es que cace ratones.”

Podemos debatir hasta el infinito, que es muy sano, pero no carguemos contra los funcionarios públicos o contra los contratados de la privada. Bastante tienen con haber encontrado un trabajo donde ofrecer sus habilidades para procurarnos, en circunstancias muy adversas, la salud o la educación, Dichosa polarización. Aplaudamos a todos por igual.

(Artículo publicado en La Nueva España el día 20 de mayo de 2021)

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La prensa está sobrevalorada

Más allá del Negrón/ Los políticos tienden a culpar a los medios de comunicación de sus propios fracasos

Los políticos tienden a culpar a los medios de comunicación de sus propios fracasos

Juan Carlos Laviana

Tras acabar la guerra civil norteamericana, el capitán confederado Jefferson Kyle Kidd se gana la vida leyendo las noticias de los periódicos de pueblo en pueblo. Lo que comienza como un inofensivo entretenimiento para pueblerinos analfabetos acaba convirtiéndose en un arma poderosa.  Kidd ha de enfrentarse a una banda acantonada en su condado y empeñada en “limpiar” de intrusos su territorio. El cabecilla contrata a Kidd con una condición: que lea solo las noticias que favorezcan sus intereses. Kidd hace caso omiso y  decide leer una historia incendiaria sobre un grupo de mineros que se rebelaron contra un jefe tiránico que los esclaviza hasta el punto de sacrificar sus vidas por un puñado de carbón. Los sicarios de la banda ven reflejada la historia de su propio sometimiento en aquel relato. Se sublevan y acaban por derribar a su cabecilla. Es una de las historias de la magnífica película “News of the World” (Netflix, 2020), dirigida por Paul Greengrass y protagonizada por Tom Hanks.

La ejemplar fábula sobre el poder de la prensa es solo eso, una fábula. Las historias que cuentan los periódicos son poderosas, no hay duda. Pero no tienen tanto poder como hoy en día nos quieren hacer creer. Ni los medios hemos divinizado a Ayuso, ni hemos echado a Pablo Iglesias de la política, ni hemos convertido Madrid en la capital de la gloria de las derechas. Y tampoco hemos matado a Manolete. Solo dimos cuenta de ello.

A Ayuso la han divinizado los 1 620 213 votantes a los que sedujo su propuesta. A Pablo Iglesias le ha echado de la política el hecho de que, pese a tenerlo todo a favor, le votaron decenas de miles de votantes menos que a Vox. Y a Manolete lo mató un toro llamado Islero o, si acaso, se mató a sí mismo por arrimarse en exceso.

Demos la vuelta al argumento de quienes creen decisiva la “brutal campaña de acoso y derribo” de la prensa. Por idéntica razón, se debería atribuir  a esa misma prensa haber conseguido que el Más Madrid de Mónica García y Errejón diera el sorpasso al PSOE de Gabilondo y Sánchez, ¿Alguien recuerda un especial encariñamiento de la prensa con Más Madrid?  Tampoco a nadie se le ocurre culpar a la prensa del batacazo de Ciudadanos, tan mimado por cierto en muchas redacciones.

La culpa de los malos o buenos resultados en Madrid es de los errores o aciertos de los propios candidatos, y de la decisión soberana de los votantes, mucho más preparados de lo que creen quienes les insultan. Los votantes de hoy nada tienen que ver con aquellos  analfabetos a los que conseguía sublevar el capitán Kidd en “News of the World”.

Los políticos, cuando les interesa, tienden a confundir a la prensa con las redes sociales.  El linchamiento –y no solo a los políticos- no está hoy más que en algunos medios testimoniales y en el gran griterío de las redes sociales, Sí, esas mismas redes sociales  que los partidos  que hoy lloran ayer presentaban como una gran oportunidad para llegar directamente al pueblo sin pasar por el tamiz de la prensa, doblegada, según ellos, por la banca y el Ibex. Esas mismas redes sociales que manejaban con maestría aquellos jóvenes políticos convertidos en community managers.

La prensa española de hoy, cuya grave crisis de audiencia y credibilidad a nadie se le escapa, no es más poderosa que aquella que tuvieron que padecer Adolfo Suárez en los años ochenta;  Felipe González,  en los noventa; Zapatero, en la primera década del siglo XXI; o Rajoy, en el segundo decenio. ¿Ya se nos han olvidado las acusaciones al “asesino” de La Moncloa? ¿Ya se nos ha olvidado el expresivo “Luis sé fuerte”? ¿Ya se nos ha olvidado que a Aznar se le responsabilizó del atentado del 11-M con su seguidismo de Bush?

Nadie agradeció, en cambio, a los periódicos haber destapado los casos Gal, Filesa, Gürtel, ERE, Púnica, Bankia,… Casos, por cierto, que no fueron descubiertos precisamente por los partidos ni por las redes, y que supusieron decisivos vuelcos electorales.

Visto lo visto tras las elecciones de Madrid, da la sensación de que la nueva clase política española tiene la piel muy fina, Y, ante el fiasco electoral, no tiene más recursos que atribuir su fracaso a la ignorancia de los votantes o al ensañamiento de la prensa. No hay excusa más cínica y soberbia que esa que reza: “los españoles no están preparados para nuestras políticas”.

(Artículo publicado en La Nueva España el 13 de mayo de 2021)

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Madrid, ¿y ahora qué?

Más allá del Negrón/ Necesitamos un periodo de reflexión tras unas elecciones de las que hay mucho que aprender

Juan Carlos Laviana

Cada vez tiene menos sentido celebrar la jornada de reflexión la víspera de las elecciones. Nos sobra. El voto está decidido desde mucho antes y nadie respeta la tregua previa al voto. Podría decirse incluso que sobra la campaña entera, más una campaña tan poco ejemplar como esta que hemos vivido en Madrid. Ahora, ya conocido el resultado, es cuando elegidos y electores necesitamos pararnos a reflexionar sobre unos días que han convertido la antaño conocida con el tópico de fiesta de la democracia, que nada ha tenido de festiva, ni de democrática.

Da igual quien haya ganado, porque en estas elecciones hemos perdido todos. Ha habido juego sucio. Se han producido altercados violentos contra determinados partidos, se ha utilizado la salud de los ciudadanos como arma arrojadiza, se ha puesto en cuestión la limpieza del voto por correo, se ha llegado a asegurar que si determinaba opción ganaba, nos esperaba un asalto al Capitolio, se han enviado y aireado amenazas de muerte a candidatos, se han distorsionado los comicios convirtiéndolos en plebiscitos personales… Algún día los politólogos estudiarán esta campaña y estas elecciones como ejemplo de lo que no debe ser un proceso democrático.

Para evitar que algo así se repita, a nuestros políticos, tan aficionados a los extremismos, deberíamos recordarles aquella cínica sentencia de Iosef Stalin, que seguro hubiera suscrito el mismísimo Adolf  Hitler: “Basta con que el pueblo sepa que hubo una elección, los que emiten los votos no deciden nada; los que cuentan los votos lo deciden todo”.

La suerte ya está echada y, por fair play, toca felicitar al vencedor y consolar al perdedor.  A nuestros políticos, si de verdad son tan demócratas como presumen, les toca pararse a pensar, hacer examen de conciencia  y tomar buena nota de lo que les han dicho los electores. Cada voto ha servido para constituir mayorías, sí, pero cada voto encierra un mensaje. No se les cae de la boca el pueblo ha hablado, pero nadie se detiene a escuchar lo que el pueblo le ha dicho, no vaya a ser  que no se ajuste a sus intereses particulares.

No cabe despreciar al votante contrario. Hemos oído hablar de votantes tabernarios y votantes perroflautas. De votantes fascistas y votantes comunistas. De votantes secuestrados y de votantes fanatizados. De que Madrid es de izquierdas o de derechas. Y no, no saquen conclusiones con mi voto. Mi voto es libre, no admite encasillamientos, y me niego a que sirva para justificar una presunta polarización de los madrileños, que no existe más que en su calenturienta imaginación. No saquen conclusiones de un voto que no pretende salvar al mundo, sino una administración local sensata y eficaz que nos solucione los gravísimos problemas que nos aguardan en los próximos años.

No se puede extrapolar el voto. Lo decía muy claro, con su habitual escepticismo, nuestro Gustavo Bueno, “en las elecciones el pueblo tiene la ilusión de ejercer el poder, pero no es así, claro, no hay voluntad general, ésa es una idea metafísica.”

Las urnas han hablado. Ya no hay más votos que rascar. Ahora entramos en una nueva fase. Es hora de olvidarnos de las hipérboles, de las torticeras y grandilocuentes referencias al comunismo, muerto con la caída del mundo en 1989, o el fascismo, muerto con los cadáveres colgados de Mussolini y Clara Petacci en una calle de Milán. El hecho de que ni el comunismo acabara con el fascismo ni el fascismo acabara con el comunismo debería hacer reflexionar a quienes intentan resucitarlos. Lo de hoy –salvo pequeños resquicios-  es socialdemocracia o neoliberalismo -más o menos ultra-, pero no juguemos con las palabras que nos podemos quemar.

Al nuevo gobierno de Madrid, y a su oposición, le corresponde limpiar las manchas de polarización con las que han intentado ensuciar la convivencia. Ayuso debe gobernar para todos los madrileños, no para los suyos, para todos: desde los de Vox hasta los de Podemos. Y la oposición debe tener los ojos bien abiertos para controlar férreamente a una líder con alarmantes tics populistas. Ya decía Borges que «hay que tener cuidado al elegir a los enemigos, porque uno termina pareciéndose a ellos».

Ahora, por favor, que no nos pase como en Cataluña,  que lleva ya diez semanas sin gobierno, Ahora, por favor, todos a por el enemigo común: la pandemia y sus consecuencias. Nada une tanto como un buen enemigo.

(Artículo publicado en La Nueva España el 6 de mayor de 2021)

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Mirarse el ombligo

Más allá del Negrón/ La campaña de Madrid ha sido una muestra de que los españoles vivimos ensimismados en problemas provincianos

Juan Carlos Laviana

Los monjes hesicastas, cristianos orientales, en su empeño por encontrar la paz interior, tenían una pintoresca e innovadora forma de rezar. Su práctica coincidió allá por el siglo IV con la irrupción del yoga, con el que guarda gran parecido. A base de repetir salmodias y rezos, de inspiraciones  y  expiraciones muy profundas, los monjes acababan por dejar caer a plomo la cabeza sobre el pecho. Y quedaban así, en esa incómoda postura, mirándose el ombligo durante horas y horas.

La historia acabaría recordándoles por ser los inspiradores de la expresión que tanta fortuna ha hecho y que seguimos utilizando con profusión diecisiete siglos después.  España  parece encontrarse en una postura hesicasta crónica, no por la profusión de rezos y la insistencia en buscar la paz interior –si no encontramos la exterior, como para encontrar la interior-, sino porque los españoles nos  mirarnos continuamente el ombligo.

En los últimos tiempos, esa postura se practica sobre todo en Madrid donde, en vez de romperse las olas que decía Machado, se rompen las crismas de todas las Españas. Madrid, “tú sonríes con plomo en las entrañas”, se puede leer en la parte menos repetida del poema.

En un reciente seminario de la Universidad Internacional de La Rioja, Emilio Lamo de Espinosa, presidente del Real Instituto Elcano, aseguraba que los españoles “tenemos una visión “nacional”, con frecuencia “regional” y “provincializada”.  En suma, una corteza de miras “escasamente europea y menos global”. Al catedrático no le hizo falta descender al detalle. Pero cualquiera puede comprobar ese ensimismamiento en Cataluña, en el País Vasco y, ahora, en Madrid, que presume de ser la más cosmopolita de nuestras ciudades.

No hay más que oír los exabruptos que se han repetido una y otra vez en la campaña de las elecciones regionales. Han sido como las salmodias de los monjes hesicastas. Con la gran diferencia de que en vez de conducirnos a la paz interior nos llevan a un estado de histeria colectiva que enciende la mecha de la confrontación pública. No se nos ha caído de la boca la letanía: “fascista”, “comunista”, “sanchista”, “ayusista” “populista”, “izquierdista,” “derechista”, “franquista”,”voxista”…,  como si de una oración tántrica se tratara.

En la campaña de Madrid, no se han oído propuestas sino consignas destructivas contra el contrario. “Comunismo o libertad” (Ayuso), “la democracia contra la ultraderecha” (Gabilondo), “se vota entre fascismo y libertad” (Iglesias), “ya va de democracia y fascismo” (Lastra). “contra el asalto comunista de Madrid” (Abascal). Los líderes políticos se han olvidado que, desgraciadamente, ni el comunismo ni el fascismo se han parado nunca con las urnas, sino más bien con métodos menos pacíficos y democráticos.

Los políticos en Madrid quieren llevar al electorado a una decisión sencilla, más propia de un referéndum: o esto o lo otro. Parece que siguieran las instrucciones del capitán Beatty, jefe de bomberos en “Farenheit 451”: “Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, pues le preocuparás; enséñale sólo uno. O, mejor aún, no le enseñes ninguno.”

Nuestros dirigentes han caído en el ombliguismo con más devoción que los monjes hesicastas. Quieren hacer creer a los madrileños que en sus manos está el futuro comunista o fascista de la humanidad. Les cargan con una responsabilidad ilusoria, y les ocultan que el futuro de España -estas son palabras del mencionado Emilio Lamo de Espinosa-, para bien o para mal, está fuera de España.

(Publicado en La Nueva España el 29 de abril de 2021)

Ilustración: Pablo García.

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Elecciones infectadas

Más allá del Negrón/ La lucha contra la pandemia, utilizada como arma política en la campaña de Madrid

Juan Carlos Laviana

La reciente publicación de Los que le llamábamos don Manuel (Seix Barral, 2021) ha rescatado de un cierto olvido a Josefina Carabias (1908-1980), una gran periodista en la línea de Chaves Nogales. Y, de paso, ha proporcionado una visión más personal de la manoseada figura de Manuel Azaña. Cuenta Carabias que el presidente de la República, al que conocía bien, tenía fama de hombre antipático, hosco, soberbio y despectivo. Fama ganada a pulso, según ella, por la declarada fobia del político hacia la prensa, que, a su vez, se vengó ensañándose con él.

Azaña justificaba su desconfianza diciendo que no quería que se malinterpretaran sus palabras. No hay más que ver cómo muchas de sus frases célebres –“España ha dejado de ser católica” o “no quiero ser el presidente de una República de asesinos”- fueron empleadas de forma torticera en favor de intereses particulares y coyunturales.

No sabemos si, de haber vivido hoy, Azaña habría utilizado las redes sociales o se habría plegado a las instrucciones de los spin doctors. Desconocemos si se habría dejado fascinar por la dictadura de la imagen y el todo vale con tal de amasar votos. Probablemente, no. Como buen intelectual, le importaba poco su apariencia y despreciaba la propaganda, una de las armas más letales empuñadas en aquellos años convulsos.

La campaña electoral de las elecciones del 4 de mayo en Madrid está elevando a la categoría del disparate irresponsable la lucha dialéctica.. “Ayuso utiliza a los madrileños como rehenes”. “El riesgo de morir en Madrid es un 54 por ciento mayor que en el resto de España”. “Madrid manipula los datos de los contagios”. “Se cree el ladrón que todos son de su condición”. “Sánchez solo sale para hacer propaganda y todo le da igual”. Acusaciones todas ellas de una extrema gravedad y sostenidas sin prueba alguna.

Tenemos la fea costumbre en este país de recurrir a la guerra civil para seguir luchando escudándonos en un presunto enfrentamiento fratricida que solo existe en la cabeza calenturienta e irresponsable de algunos. Las amenazas de una ofensiva del fascismo o del social comunismo, que muchos quieren ver en todas partes, no son más que fantasmas alentados por aquellos que o no conocen la historia o quieren utilizarla para masacrar al rival. “A por ellos como en Paracuellos” o “no pasarán”, se ha podido oír en los últimos días.

España, en efecto, vive su peor momento desde la guerra civil. No porque estemos al borde de otro enfrentamiento armado, sino por los efectos devastadores de la pandemia, que se ensaña por igual con izquierdas y derechas. Ese es el enemigo común. La pandemia ha provocado una situación tan alarmante que sería imprescindible un nuevo pacto de todos los partidos en la lucha contra la enfermedad. Las elecciones de Madrid están infectadas por el virus de la demagogia. Los muertos y los enfermos no merecen acabar siendo un arma arrojadiza para quienes quieren alcanzar el poder o mantenerse en él.

A los candidatos, que con tanta ligereza recurren a los años de la república y la guerra, les convendría revisar otras palabras de Azaña. No las que vienen bien a su estrategia electoral, sino aquellas referentes a la función pública y que parecen dirigidas a nuestros actuales mandatarios. “No me importa que un político no sepa hablar –dijo-, lo que me preocupa es que no sepa de lo que habla“.

Y por si esto no fuera suficiente, Azaña también dejó escritas en sus diarios palabras, que él aplicó a la izquierda, pero que hoy bien pudieran destinarse a las estrategias a ambos lados del espectro: “Política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”. Un día sí y otro también, los candidatos en esta campaña pronuncian improperios que les harían merecedores de adjetivos menos sutiles que los que dedicaba Azaña a los políticos de su época, como  “obtusos”, “loquinarios” y “botarates”. 

(Artículo publicado en La Nueva España el 22 de abril del 2021)

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Baltasar Porcel y el arte de la entrevista literaria

Publicado en Zenda el 13 Abr 2021/JUAN CARLOS LAVIANA  / Baltasar PorcelSergio Vila-Sanjuán

Baltasar Porcel y el arte de la entrevista literaria

Hay pocas personalidades en el periodismo de la segunda mitad del siglo XX tan atractivas como la de Baltasar Porcel. Despertó grandes adhesiones y no pequeñas animadversiones. Lo que no se le puede negar es que revolucionó el periodismo —la literatura ya es otro cantar— en los últimos años del franquismo y los primeros y titubeantes pasos de la democracia.La historia de este personaje tan singular —tan bien y tan sobriamente retratado por Sergio Vila-Sanjuán en El joven Porcel (Destino)— es la de la vida cultural catalana de los años sesenta y setenta. Y, por ende,  de la vida cultural española. Con frecuencia se olvidan aquellos tiempos —hoy tan lejanos—, en los que Barcelona fue la capital cultural del país. Y en los que cualquier iniciativa culta pasaba por los despachos de las grandes editoriales, por las incómodas y placenteras aglomeraciones de Zeleste, o los confortables sofás de Bocaccio. Baste como muestra el hecho de que los grandes del boom latinoamericano tuvieron que entrar en España por la puerta de Barcelona. El páramo de Madrid estaba encerrado entonces en sus grises miserias funcionariales. Barcelona, en cambio, era una juerga en que la que había más ambiente que en la fiesta parisina de Hemingway.”En la obra de Porcel es indisoluble lo periodístico de lo literario. Porcel fue muy incoherente en muchos aspectos, pero inflexible en ese sagrado precepto”

No sé en Barcelona, pero en Madrid estamos en deuda con Vila-Sanjuán. Ahora que llevamos vidas paralelas —a pesar del puente aéreo—, nos acerca en su historia de Porcel una historia que es la nuestra. La de los premios Planeta y Nadal, la de Lara y Vergés, la del renacimiento del catalán, la de los escritores catalanes en español (Terenci, Marsé,…), la de cuando Barcelona estaba más cerca de París que de Madrid. Cuánto se echa de menos aquel tiempo hoy, en que esos 627 kilómetros no los salva ni el AVE.

Pero aquí hemos venido a hablar de la prensa. De aquellos años en que leer la revisa Destino era obligatorio en todos los rincones de España si queríamos être à la page. Y hemos venido a hablar del Porcel periodista. Bien es cierto que en la obra de Porcel es indisoluble lo periodístico de lo literario. Porcel fue muy incoherente en muchos aspectos, pero inflexible en ese sagrado precepto.

De las inabarcables facetas periodísticas de Porcel —enviado especial al extranjero, crítico literario, articulista político— me quedo con su maestría en un género muy concreto: la entrevista.

La grandeza periodística se la debe Porcel, en gran medida, al editor Josep Vergés. Tras devolverle dos textos de la serie Viajando por España, le da un consejo que debería recibir todo reportero el primer día de trabajo. Le reclama «artículos más vivos y que susciten comentarios». Recuérdese que dar que hablar fue la función de la prensa desde sus inicios en los salones parisinos.

Porcel ya había destacado entonces por sus entrevistas en Serra d’Or, revista editada por los monjes de la Abadía de Montserrat. «Un magno proyecto periodístico, a la vez que una plataforma de lanzamiento para su autor»,  en palabras de Vila-Sanjuán. La referencia más próxima pueden ser los Incontri de Indro Montanelli en Il Corriere della Sera. Vergés consigue llevarse los Encuentros de Porcel a la revista Destino. Son «textos propios y opiniones personales con declaraciones del entrevistado», en su definición más simple y exacta. Entrevista, perfil, retrato… ¿Qué más da? Es la personalísima fórmula Porcel la que arrebataba a los lectores.”Cuando se muda a La Vanguardia, abandona el género de la entrevista, aunque no el estilo”

Sumando las referencias en el libro, conseguimos una definición aproximada de sus Encuentros. «Sabía retratar a los personajes y la realidad que los rodeaba con un aire decididamente poético o literario». Trabajaba en la línea descriptiva inaugurada por Josep Pla en sus homenots, «con pinceladas impresionistas» y «mirada escrutadora». Son entrevistas «extensas y minuciosas» que acaban por ser un «texto literario». «El modo y la forma de confeccionarlas las aproxima al estilo del cuento o del relato corto convencional, donde Porcel pone en marcha una serie de mecanismos y técnicas propias de la narrativa breve».

«El «yo» entrevistador es muy fuerte y sólido —explica Vila-Sanjuán—; a menudo planta cara al entrevistado o polemiza abiertamente con sus opiniones. El esquema de trabajo generalmente incluye un arranque en el que Porcel obliga al personaje a definirse y valorar su propia obra, luego hablan de temas generales y al final tocan el tema peninsular, y muy a menudo el encaje Cataluña-España, tanto entre figuras catalanas como del resto de la península».

Porcel, que como ya se ha dicho escribe sobre él mismo además del entrevistado, incluso se autorretrata en el momento del encuentro. «Llevo un magnetofón que pesa dos o tres arrobas, una máquina de retratar» —se puede leer en la entrevista realizado con el poeta Josep Carner en Bruselas—, «una cartera de mano, una Guide bleu y tres periódicos que se me caen de los bolsillos».”El joven Porcel está plagado de lecciones de buen periodismo. Recupera una época no tan lejana de desbordante riqueza cultural”

Cuando se muda a La Vanguardia, abandona el género de la entrevista, aunque no el estilo. Inaugura la sección Los trabajos y los días. Allí aborda «lo que podríamos llamar» —aclara— “los trabajos catalanes”, es decir, hechos, hombres de Cataluña, del riguroso presente o del ayer…».

Vila-Sanjuán cuenta que «la primera entrega se titula «El regreso de Eugenio D’Ors» y es una clara muestra del estilo «palo y zanahoria» que acabará siendo característico del autor: un balance de pros y contras expresivamente argumentado y minuciosamente documentado». Así, no evita recordar la querencia del escritor por el uniforme falangista, que provocó que fuera confundido con un bombero, o su «engolado barroquismo», o «su enfática sabiduría y autocomplacencia», a la vez que reconoce que ha sido decisivo en la cultura catalana moderna.

El joven Porcel está plagado de lecciones de buen periodismo. Recupera una época no tan lejana de desbordante riqueza cultural, en la que el destino del periodismo y de la literatura era compartido.

¿Por qué fue tan importante Destino?

Baltasar Porcel realizó una importante labor de acercamiento entre Cataluña y el resto de España. Quizá el gesto más significativo fuera la publicación simultánea de sus artículos en La Vanguardia (el acorazado de la calle Pelayo) y el ABC (el acorazado de la calle Serrano). Vila-Sanjuán recoge en su libro este texto de Porcel sobre la función desempeñada por la revista Destino como vía de comunicación de Cataluña y el resto de España.

«¿Por qué fue tan importante, desde 1940 hasta el setenta, la revista Destino, de la que Vergés sería el decisivo hacedor? Porque fraguó un territorio mental y una complicidad social formadas por la cultura, una Europa democrática, la Cataluña “bien entendida” tras una gozosa Barcelona, el talante dialogante. Así, las clases medias catalanas tuvieron un espacio íntimo que correspondía a la tradición que habíamos forjado desde mediados del XIX, y que durante el franquismo contrastaba con el mundo oficial, su ordenancismo. Y que para las minorías más sensibles y del resto de España resultó la exportación de una imagen de civilización, quiero decir a repelo del carpetovetonismo del imaginario imperio panzudete y de la berza venerado por Franco, Falange y los suyos.»

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Entre 60 y 69, ni fu ni fa

Más allá del Negrón/ La nueva generación que resiste los efectos secundarios de la vacuna AstraZeneca

Juan Carlos Laviana

El momento de la vacuna se ha convertido en un hito, un momento histórico en la vida. Los convocados cuentan en las redes todos los detalles, hasta los más nimios. Que van a comer algo ligero por si acaso. Cómo se van a trasladar, si en autobús o en coche particular. Qué ropa se van a poner, Esto sí que es importante: algo cómodo, que no se vea el antiestético tirante de la ropa interior o que no obligue a quedarse desnudo de cintura para arriba. Es todo tan público. Está prohibido hacer fotos, pero no son pocos quienes se apresuran a inmortalizar en selfie el acontecimiento extraordinario.

El miércoles 7 tuve la inmensa fortuna de celebrar el rito de la vacunación en el denostado, de forma tan injusta, Hospital Enfermera Isabel Zendal. La inmensa cola camino de la inmunización, camino de derrotar a la enfermedad –ojalá todas la enfermedades tuvieran vacuna- no es la cola estática que nos ofrecen los telediarios. Es una cola móvil, en la que rara vez se detiene el avance. Lo que la hace menos cola.  No es lo mismo estar de pie esperando durante media hora que estar caminando a ritmo ligero. En la cola hay muchas menos sillas de playa y taburetes de ducha de los que se ven en televisión,  Aunque los hubiera habido, no tendría nada particular tomar esa precaución en personas que, cada vez más a menudo andan, andamos. por la calle  buscando un banco donde reposar.

La cola del Zendal es una cola viva, silenciosa, en la que todos nos escrutamos por encima de las mascarillas. Nos vemos a nosotros mismos en los ojos de los demás.  Mantenemos  un silencio riguroso, acatando con la disciplina que da la edad las normas propias del rebaño que busca su inmunidad. En esa larga fila a la espera de la enfermera benefactora -¿no hay enfermeros en este país?- tuve una epifanía. Caí en la cuenta de que todos los que estábamos allí  teníamos más o menos los mismos años. Claro, tiene su  lógica: nos habían convocado a los que estamos entre los 60 y 69 años. Por primera vez, desde los años de la Universidad, sentí que pertenecía a una determinada generación. Somos aquellos nacidos entre 1952 y 1961, elegidos cuidadosamente porque la sanidad española, o la autonómica, ha determinado que nuestro riesgo de trombos es menor.

Qué honor pertenecer a una generación, como los del 98, los del 27 o los del 36. Uno, en la cola, se da cuenta de que no está solo y que comparte mucho con los que le rodean.  Somos una generación ni fu ni fa –ni siquiera tenemos nombre como la generación sándwich de entre 70 y 79- y llena de peros. Conocimos de niños o adolescentes el franquismo, pero apenas tuvimos tiempo de padecerlo, amortiguadas nuestras vidas por el desarrollismo. Vivimos la Transición, pero demasiado jóvenes para participar activamente en ella. Tuvimos nuestro momento de madurez en la España de los 90, la del milagro económico, pero solo fue un espejismo. Algunos jóvenes de hoy, nos denominan con desprecio la generación del pelotazo, como si la corrupción y el enriquecimiento vertiginoso hubieran sido compartidos por la población general.

Hoy, ya nos encontramos en  el grupo de quienes apuran sus últimos coletazos profesionales, de los prejubilados, de las víctimas del “hay que rejuvenecer la compañía”. Somos con probabilidad los últimos en cobrar pensión pública. Pero somos también, aunque nadie lo reconozca, los que mantenemos a nuestros hijos en casa hasta los treinta y muchos, y los que cuidamos a nuestros padres –los que tengan la surte de conservarlos-, ya sea en casa o en la residencia.

En la cola, las jovencísimas chicas de la tele nos escrutan uno a uno para ver si damos bien ante la cámara y entrevistarnos en directo en el programa de Ana Rosa o en el Espejo Público de Susanna Griso. Son las mismas chicas que luego nos denominan los mayores, cuando no los viejos, de entre 60 y 69. Esos señores a los que se les suministrará la vacuna AstraZéneca –veremos a ver qué pasa con la Janssen-, porque está científicamente probado que no padeceremos los efectos secundarios que sí podrían sufrir los de 59 o los de 70. Tenemos que asumir que, a falta de una división más científica –como churras o merinas-, de alguna forma hay que repartir el rebaño.

Pero que nada opaque el momento feliz del gran avance de la ciencia, del gran paso de la humanidad, capaz de crear una vacuna en tiempo récord. Somos una generación tan privilegiada que seremos los primeros en vivir mejor de lo que vivieron nuestros padres y, si nada cambia, mejor de lo que vivirán sus hijos. Y, por si fuera poco, ya estamos vacunados. Algún día hablarán de nosotros como de la generación que se inmunizó, sacrificándose por las demás, con la vacuna AstraZeneca, de tan mala reputación. ¿Qué más se puede pedir?

(Artículo publicado en La Nueva España el 15 de abril de 2021)

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Felipe de Edimburgo, esposo infiel y leal vasallo

Obituario/ Ser el marido de Isabel de Inglaterra le supuso llevar una vida de renuncias, agazapado tras la férrea coraza de la que hablan sus más íntimos

 Juan Carlos Laviana 9 abril, 2021 15:09 / EL ESPAÑOL

A Felipe de Edimburgo el destino le deparó vivir a la sombra de su esposa. Es lo que tiene estar casado con la reina más poderosa del mundo. Siempre un paso por detrás, en un segundo plano, aparentemente sumiso y discreto. Ser el marido de Isabel de Inglaterra le supuso llevar una vida de renuncias, agazapado tras la férrea coraza de la que hablan sus más íntimos. Solo en su biografía no oficial se encuentra la otra cara del hombre, su fuerte carácter y, sobre todo, las muchas infidelidades que llenaron su vida.

Felipe de Grecia y de Dinamarca nació en Corfú (Grecia) en 1921. Fue el único hijo varón del príncipe Andrés de Grecia, del que heredó el título, y de la princesa Alicia de Battenberg, hermana de quien llegaría a ser Lord Mountbatten –último virrey de la India-, personaje esencial en la vida de Felipe. 

Vivió una infancia traumática. Su madre era esquizofrénica y fue internada en una institución religiosa. Su padre se refugió en los brazos de su amante y en los casinos de Montecarlo y murió cuando Felipe aún era un niño. Ahí empezó a construir su coraza. Con solo 8 años, comenzó un peregrinaje por internados y colegios de Francia, Alemania y Gran Bretaña. Terminados sus estudios, en 1939 se enroló en la Royal Navy, donde desarrolló una brillante carrera militar. Entre otros hitos de la Segunda Guerra Mundial, participó en el desembarco aliado en Sicilia y fue testigo de la rendición de Japón en 1945.

Un pretendiente dudoso

Había conocido a Isabel en el verano de 1939. Ella tenía 13 años y él, 19. Fue durante una cena a la que los reyes habían invitado a su tío –el casamentero Lord Mountbatten-, quien dejó escrito en su diario que Felipe había causado sensación “entre las niñas”. Ya entonces demostraba su atractivo para las mujeres aquel joven cadete de rostro impenetrable, hierático, de respetable altura (1,83), cabello rubio y complexión atlética.

Durante su estancia en la Armada, Felipe se carteaba con la joven Isabel, que le esperó hasta acabada la guerra, pese a que no le faltaron pretendientes. Resistió firme a las presiones de los padres de ella –muy desconfiados tras el escándalo de la abdicación de Eduardo, enamorado de la divorciada Wallis Simpson –, que recelaban de la relación. Además, consideraban que el pretendiente pertenecía a un linaje marginal y arruinado de la aristocracia. Y, por si esto fuera poco, se le atribuían simpatías hacia la Alemania nazi a través de los maridos alemanas de sus hermanas.

En 1947, cuando Jorge VI consintió finalmente la boda de su hija, comenzaron los sacrificios para el novio. El príncipe Felipe tuvo que adquirir la nacionalidad británica y renunciar a todos sus derechos a la corona griega, así como a su apellido paterno para asumir el materno, Mountbatten. A cambio, el entonces rey de Inglaterra le otorgó entre otros títulos el de duque de Edimburgo.

Los cuñados nazis

El 20 de noviembre de ese mismo año, se celebró la boda en la abadía de Westminster. Era un momento muy duro para el país, aun no repuesto de la guerra y en medio de una gran crisis económica. Pese a que fue invitada toda la nobleza europea, Felipe tuvo que aceptar resignado que no estuviera presente ninguna de sus tres hermanas, ya que el hecho de estar casadas con alemanes las convertía en una presencia incómoda.

La vida de recién casado fue aparentemente feliz. Todo empezó a torcerse años más tarde cuando, tras la muerte de Jorge VI y la subsiguiente coronación de Isabel el 2 de junio de 1953. Felipe se convirtió en un mero “príncipe consorte”, frecuentemente alejado de su mujer, concentrada en sus múltiples obligaciones. Lo que más le dolió a Felipe fue no poder dar su apellido a sus hijos, ya que la reina había rechazado el de su esposo, Moutbatten.

Muy pronto empezaron a circular intensos rumores sobre infidelidades del cónyuge. En 1956, Felipe se embarcó en solitario en un crucero por la Commonwealth. La excusa era la inauguración de los Juegos Olímpicos de Melbourne. Lo cierto es que no volvió hasta pasados seis meses. Algunos biógrafos sitúan durante este viaje la concepción de uno de los muchos hijos ilegítimos que se le atribuyen.

Amante de las fiestas 

De lo que no hay duda es de a que a Felipe le gustaba la vida festiva. Durante los primeros años de matrimonio, sus compañeros de correrías fueron el actor Richard Todd (Pánico en la escena) y el fotógrafo de la casa real Baron Nahu. La pandilla solía reunirse en el piso londinense del actor, lugar de encuentro con numerosas jóvenes deseosas de triunfar en el mundo del cine.

En la larga lista de amantes que se le atribuyen al duque de Edimburgo, figuran la escritora Daphne de Maruier (autora de Rebeca), casada con un funcionario de la Casa Real; Hélène Cordet, amiga desde niña y en aquel tiempo dueña de un cabaret; Pat Kirkwood, una estrella del music hall; la actriz y sex simbol Zsa Zsa Gabor;  Susan Ferguson, madre de Sarah, que se convertiría en su nuera al casarse con el príncipe Andrés; Romy Adlington, ex novia de su hijo Eduardo, cuando ésta tenía sólo 16 años y Felipe, 66.

Su fama de mujeriego perduró hasta bien avanzada su vejez. Penélope Romsey, buena amiga de la familia Windsor y 30 años más joven que él, fue su compañera, incluso en actos públicos, durante las últimas décadas.

Los hijos “bien educados”

A lo largo de su vida, hay dos momentos especialmente difíciles. Uno fue el asesinato en 1979 de su tío Lord Moutbatten. Cuando el antiguo virrey de la India navegaba en su yate, una bomba del IRA acabó con su vida y la de otras tres personas, entre ellas su nieto. Fue un ataque directo al corazón de la familia real británica.

El otro momento amargo fue el año 1992, bautizado por su esposa como “annus horribilis” por los escándalos que culminarían con los divorcios de tres de sus hijos, incluido Carlos, el heredero de la corona. Fue entonces cuando la reina le soltó con tono de reproche a su marido: “Con lo bien que creíamos que les habíamos educado”.

No faltaron medios que culparon de la crisis de la monarquía a la hipocresía de la familia e incluso al propio Felipe. A punto estuvo de romperse la entente cordiale que siempre mantuvo la pareja, lo que se ha considerado un matrimonio de buenos profesionales. Felipe prometió a su esposa que sería un fiel vasallo y lo cierto es que, aunque a su manera, lo fue. Ambos coincidían cuando las obligaciones oficiales se imponían y cuando no, cada uno llevaba su propia vida. De puertas adentro, Felipe ejerció con dureza de cabeza  de la familia –cuyos propios miembros denominan La Empresa-, lo que le llevó a una mala relación con sus hijos.

La “neurótica” Lady Di

Carlos siempre reprochó a su padre la insistencia en que se casara con Diana Spencer.  Felipe consideraba a Lady Di una “joven presumida, poco inteligente y neurótica”, pero para él lo más importante era guardar las apariencias y entonces trataba a toda costa de apartar al príncipe de Gales de Camila Parker, ya casada. “Es que Carlos es un romántico. Yo soy mucho más pragmático. Vemos las cosas de manera muy diferente porque yo soy un insensible”, dijo en una entrevista concedida con motivo de su 95 cumpleaños.

La animadversión de Felipe hacia Lady Di era tan pública, que cuando la princesa murió en 1997, el pueblo británico arremetió contra la hipocresía del marido de la reina, el peor considerado de la familia en todas las encuestas.

En una biografía no autorizada del años 2000, se le atribuía al duque de Edimburgo la convicción de que Carlos estaba incapacitado para gobernar: “Es artificial y extravagante, y le falta dedicación y disciplina para ser un buen rey”. Felipe nunca perdonó a su hijo –al que consideraba un flojo– que, con su relación con Camila Parker, pusiera en peligro la monarquía, una institución sagrada para él.

Aparte de intentar sin ningún éxito mantener el orden en su familia, Felipe dedicó gran parte de su vida a los deportes, su gran pasión. Muy especialmente el polo, la navegación y la caza. El protocolo le aburría, y lo disimulaba muy mal, por lo que ganó la antipatía de los miembros más estrictos de la aristocracia, que consideraban su  espontaneidad una grosería.

El metepatas de la casa real

El duque aseguró en una ocasión que el secreto de su largo matrimonio con Isabel era  que él la hacía reír. Debió de ser en la intimidad, porque, en público, la monarca pocas veces dejó ver sus dientes. Felipe sí que hizo reír al mundo entero con sus meteduras de pata. Desde que los muñecos del programa satírico Spittin Image consolidaran su imagen de patoso, los chistes sobre sus inconveniencias fueron un clásico. “¿Descienden todos ustedes de los piratas?”, preguntó en un viaje a las Islas Caimán. En otra ocasión, visitando un hospital en el Caribe se le escapó su mala opinión de los periodistas: “Ustedes tienen mosquitos. Yo tengo a la prensa”. Su chiste favorito sobre los automóviles no pasaría hoy la censura de la corrección política: “Si ves a un hombre abriéndole la puerta de un coche a una mujer, solo puede significar dos cosas: o que es una nueva mujer o que es un nuevo coche”. 

Poco antes de anunciar en mayo de 2017 su retirada de la vida pública, aún tuvo tiempo de desatar una agria polémica en los medios británicos. El país se dividió en dos bandos, los que alababan su fortaleza y los que criticaban su temeridad, cuando se le vio conducir con 95 años el coche el que viajaban los Obama durante su visita a Londres. Hasta disponía de un característico taxi inglés, el suyo de color verde, que conducía en ocasiones en actos oficiales, pero sobre todo en sus correrías nocturnas. 

Se le puede reprochar haber sido un marido infiel, pero hay que reconocerle que sirvió a la reina como un buen vasallo. Aunque a menudo metiera la pata.

Felipe de Edimburgo nació en Corfú (Grecia) el 9 de abril de 1921 y murió en Windsor (Inglaterra) el 9 de abril de 2021). Deja esposa, Elizabeth, y cuatro hijos (Carlos, Ana, Andrés y Eduardo).

Pie de foto: El príncipe Felipe de Edimburgo, recreado en la serie The Crown.

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Hans Küng, la conciencia crítica de los papas

Obituario/ El teólogo católico suizo, conocido por haber negado la infalibilidad del Papa, lo que le causó la suspensión por El Vaticano en 1979, murió este martes en su casa de Tubinga, a los 93 años.

Juan Carlos Laviana

(Publicado en El Español el 7 abril, 2021 13:56)

La influencia de Hans Küng es difícilmente discutible. Pese a que el Vaticano le retiró el título de “teólogo católico” en 1979, el otro gran teólogo de las últimas décadas, el pontífice emérito Benedicto XVI, aseguró en 2019 que ninguna otra persona ha tenido a su alcance más medios para que su voz fuera escuchada de forma universal, si se exceptúa la de los papas.

Ratzinger y Küng tuvieron vidas paralelas en su juventud. Nacieron con un año de diferencia, lidiaron con el nazismo, fueron compañeros de cátedra en la Universidad, amigos y, sin embargo, con posturas enfrentadas sobre la doctrina católica.

El nacionalsocialismo marcó la infancia de Küng. Nunca se olvidó del momento en que, con sólo seis años, en 1934, oyó por la radio la noticia del asesinato del primer ministro austriaco Engelbert Dollfus. Ni tampoco de aquel otro momento, con diez años, en que empieza a leer periódicos y se entera de que Austria había sido invadida por los nazis.

Sus biógrafos coinciden en que su espíritu rebelde nace de aquellos momentos convulsos. Se convierte en un activista de la resistencia contra las hordas hitlerianas. Mientras, Ratzinger fue un ciudadano pasivo ante la amenaza nazi, como la mayoría de los alemanes.  Se unió a las juventudes nacionalsocialistas, a la que era casi obligado pertenecer en aquellos años, filiación que le perseguiría toda la vida.

La vida reúne, con apenas treinta años, a los dos jóvenes teólogos en la Universidad de Tubinga, donde ambos enseñan y se muestran críticos con la Iglesia más tradicional. De hecho, el entonces Papa Juan XXIII, atraído por sus ideas, recurre a ambos como asesores oficiales para preparar el Vaticano II. El pontífice Roncalli llegó a definir a Küng como el “joven teólogo más rebelde” del Concilio. Los escritos de Küng y Ratzinger servirían de base para los planes reformistas de la Iglesia en los años 60. Pero la muerte del Papa y la proclamación de Pablo VI, el actual emérito y el teólogo suizo toman caminos diferentes. El alemán se alineó con la ortodoxia, mientras el teólogo rebelde fue evolucionando hacia posturas cada vez más críticas.

Prefería hablar de indefectibilidad o de Iglesia en la Verdad, y asumir los numerosos errores históricos

En la década de los setenta, las críticas de Küng a la Iglesia alcanzaron relevancia mundial. En 1979, el Vaticano le prohibió expresamente la enseñanza de la Teología, después de que Küng publicara su libro ¿Infalible? Una pregunta. La infalibilidad no tiene sentido, aseguraba. Prefería hablar de indefectibilidad o de Iglesia en la Verdad, y asumir los numerosos errores históricos. La Congregación para Doctrina de la Fe ya le había citado cuatro años antes, pero el teólogo nunca acudió, aduciendo que estaba condenado de antemano.

Hasta tal punto se convirtió en un personaje de relevancia mundial que Morris West, autor de Las sandalias del pescador, le ofreció escribir su biografía porque consideraba la del teólogo “una existencia de novela”. Hans Küng era ya el referente espiritual de lo que se ha dado en llamar el catolicismo progresista, afirmaba que ser cristiano implica decantarse por Jesucristo, “el abogado de la causa de Dios y del bien de los hombres”.  Esto significa, según él, “vivir, sufrir y morir como verdadero hombre siguiendo a Jesucristo en el mundo actual, sostenido por Dios y sirviendo a los hombres”.

Con la llegada del papa Wojtyla al trono de San Pedro, se agudizaron los enfrentamientos de Küng con la Curia romana. No ahorró críticas. Llegó a acusar a la Santa Sede de “autoritarismo y de censura”. Consideraba imprescindible un debate abierto sobre los problemas que acuciaban a los cristianos del siglo XX. La publicación de la encíclica Evangelium Vitae (El Evangelio de la vida), en la que Juan Pablo II fijaba las inamovibles posiciones de la Iglesia respecto a asuntos tan controvertidos como la moral sexual, los métodos anticonceptivos o el aborto, desató una de las más agrias polémicas. Küng denunció que Juan Pablo II, con esta encíclica, dejaba al descubierto su carácter autoritario y su negativa al diálogo con el mundo moderno.

Su viejo amigo, Joseph Ratzinger, llamó a Küng al Vaticano el mismo año en que fue investido Papa. Mantuvieron lo que ambos calificaron como “encuentro cordial” en una nota redactada conjuntamente. Ambos se reconocieron mutuamente los méritos. Uno, como Papa; el otro como gran teólogo estudioso de las religiones. Eso sí, el comunicado recalcaba que no habían abordado asuntos conflictivos, ni relativos a los dogmas de fe.

Al teólogo suizo le llegó la muerte sin que se produjera la reconciliación con la Iglesia

Años después, ya en 2016, se supo que Küng había recibido una carta del papa Francisco cuyas primeras palabras eran Lieber Mitbruder (Querido hermano). Nada se sabe del resto del contenido. Al teólogo suizo le llegó la muerte sin que se produjera la reconciliación con la Iglesia. Según los vaticanistas, el pontífice argentino gestionaba el perdón para Küng, pero no llegó a tiempo.

Pese a no reconocer su magisterio por la Iglesia, las ideas de Küng, manifestadas en una ingente obra, seguirán influyendo en la humanidad y también en la propia curia eclesiástica. Baste, como muestra, un ejemplo. Cuando en 1999 Juan Pablo II aseguró que el cielo y el infierno no eran lugares concretos, sino una especie de sentimientos espirituales, los expertos comprobaron que esos mismos planteamientos, casi con las mismas palabras, los había hecho Hans Küng en 1975 en su libro Ser cristiano.

Su influencia permanece también en la Fundación Ética Mundial, que él fundó. Esa organización, apoyada por las Naciones Unidas y por el propio papa Francisco, se dedica a fomentar el diálogo religioso como base para la paz. Küng resumía así su pensamiento sobre el papel que desempeñan las religiones en la concordia del mundo y que bien pudiera servir como último mensaje: “No habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones; no habrá paz entre las religiones sin diálogo entre las religiones; no habrá diálogo entre las religiones si no se investigan los fundamentos de las religiones”.

Hans Küng nació en Sursee (Lucerna, Suiza) el 19 de marzo de 1928 y murió en Tubinga (Baden-Württemberg, Alemania) el 6 de abril de 2021 a los 93 años.

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Vacuna contra la queja crónica

queMás allá del Negrón/ La inmunización, que debiera ser motivo de euforia colectiva, se ha convertido en otra causa de enfrentamiento

Juan Carlos Laviana

La escuela unitaria de Perlada reunía en un aula a alumnos de los 4 a los 15 años. De ahí, lo de unitaria. Las chicas, convenientemente separadas de los chicos y no por aquello de la educación diferenciada.  Cuando don Crescencio anunciaba vacunación, se apoderaba de nosotros la ansiedad. Por encima de todo, estaba el miedo al pinchazo. No digamos ya el pánico a marearnos y sufrir el escarnio de los compañeros. O la enorme vergüenza de desplomarse ante las niñas en uno de los pocos días que nos reunían. Ni siquiera sabíamos contra qué nos vacunaban. Después nos enteraríamos que había un brote siniestro de polio que dejaba a los niños paralíticos; todos conocíamos a alguno. Sin cambiar de aguja, un practicante nos inoculaba aquel líquido infernal que nos ardía en el interior. Aún hoy, los que vivimos aquello en los sesenta conservamos la roncha que nos recordaría el resto de nuestra vida que habíamos sido vacunados.

Entonces no valían protestas. No se nos ocurría ni rechistar. Claro que estábamos en una dictadura y no había redes sociales. Hoy volvemos a ponernos en fila para vacunarnos. La situación es muy diferente y cada uno opina lo que le da la gana. Faltaría más. Hay quienes celebran la vacunación como un hito en sus vidas. Hay quien celebra el gran avance de la ciencia y la humanidad. Incluso hay quien difunde  orgulloso la foto del momento histórico en que el ATS les clava la aguja.

Desgraciadamente, la alegría de estos se ve oscurecida por las voces sonoras de los quejicas, siempre más diestros en llamar la atención. Circulan protestas de aquellos que se quejan de las largas colas, de las esperas, de la lejanía o la accesibilidad del centro de vacunación. Nos tratan como a ganado, gruñen algunos.  Olvidan que las vacas, que  jugaron un papel tan decisivo para nuestra salud que hasta dieron nombre a la vacuna, merecen un respeto.

También están aquellos que se rebelan porque en el SMS de la cita no se les comunica que vacuna se les va a suministrar. “Yo la AstraZeneca esa no me la pongo que debe de ser peor que la Sputnik”. O  “yo a los del Brexit ni agua, que no te puedes fiar”.  Hay quien quiere una carta de vacunas, para poder elegir: “yo quiero la Pfizer, mira cómo los americanos se la ponen y lo bien que les va”. O: “yo prefiero la Jensen, que en una sola dosis liquidas el tema. Mucha culpa de eso la tenemos los periódicos que tenemos la osadía de elaborar rankings con las vacunas.

Por no hablar de los antivacunas. Que no, no son cuatro locos, que se empeñan en vivir contra el progreso. Yo conozco a muchos, que sin declararse abiertamente antivacunas, dicen eso de que “están experimentando con nosotros; que la prueben bien y cuando tenga el cien por cien de efectividad y ningún efecto adverso,  que me llamen”, Ignoran que la vacuna de la gripe no supera el 40 por ciento de efectividad o desconociendo la larga lista de efectos secundarios del paracetamol, que tomamos como si fueran caramelos.

En el colmo del cinismo, hemos oído a gente protestar porque se ha empezado a vacunar por los más mayores. “Total para lo que les queda”. Y, sin pudor, ofrecen su propio criterio: “Tendrían que vacunar a los jóvenes, que son los que sostienen el país”. O “a los adolescentes que están todo el día de botellón, que son los grandes contagiadores y nos traen el virus a casa”.

Por no hablar de los políticos, en permanente campaña electoral. Los hay que, desde la oposición, encienden a los ciudadanos desacreditando a los  que luchan en primera línea contra la pandemia. Los hay que, desde el gobierno, presumen de que les debemos la vida por su eficacia, como si ellos hubieran inventado la vacuna ¿No son capaces de llegar a un acuerdo para excluir de la batalla electoral todo lo relacionado con la pandemia? Aunque solo fuera por infundir tranquilidad en una crisis que si algo requiere es sosiego.

Deberían vacunarnos, ya de paso, contra la pandemia de la queja crónica. Aunque solo fuera para curarnos en salud.

(Artículo publicado en La Nueva España el 8 de abril de 2021)

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Tu vecino te vigila

Más allá del Negrón/ La pandemia convierte a los ciudadanos en vigilantes de los comportamientos impropios

Juan Carlos Laviana

Ocurrió  el jueves  previo a la Semana Santa. Una mujer madrileña de 78 años decidió aprovechar estas fiestas para disfrutar de su apartamento en la playa de San Juan en Alicante.  Las noticias no precisan si llegó en coche o en tren. Lo cierto es que llegó sin que nadie se lo impidiera. Instalada en su casa de veraneo, se disponía a descansar tras el viaje. De repente, alguien llamó a la puerta y no era el lechero.

Un vecino la había denunciado. Se encontraba en su propia casa de forma ilegal, pues se había saltado el llamado cierre perimetral. Dos coches patrulla se presentaron en la puerta del edificio de apartamentos de la avenida de Santander. Los agentes subieron a su casa y le comunicaron la infracción, Se acabaron las vacaciones. La mujer, de la que se desconocen más datos que su edad, tuvo que volver a su domicilio de Madrid con una propuesta de multa de 600 euros. La ley es la ley.

Ese mismo jueves, víspera del Viernes de Dolores y también en Alicante, un vecino vio en las redes sociales una imagen en directo de un hombre que paseaba  fumando y sin mascarilla. El vecino llamó a la policía, que descubrió que el delito se estaba produciendo a 923 kilómetros de allí, en la Avenida de Ramón Ferreiro de Lugo. Puesta en marcha la maquinaria policial, el delincuente fue localizado por agentes lucenses antes de que acabara la retransmisión en directo y convenientemente sancionado.

Aunque se ha sabido ahora, en el puente de San José  otro vecino, esta vez del barrio de Salamanca de Madrid, llamó a la policía. Según denunció, en uno de los pisos del inmueble parecía estar celebrándose una fiesta ilegal.  Los agentes llamaron a la puerta del piso sospechoso a la una menos diez. Al otro lado, una joven se negó a abrir si no le mostraban una orden judicial. No la tenían. Sin embargo, a las dos de la madrugada los seis policías derribaron la puerta con un ariete y entraron en la vivienda. Dentro se encontraban  catorce personas, varios vecinos de la propia finca y varios extranjeros de origen árabe, que no bebían, dato este que debe de ser relevante. Nueve de ellos fueron detenidos, acusados de desobediencia grave. Los abogados de los detenidos consideran que las fuerzas de seguridad se extralimitaron. ¿Vuelve la patada en la puerta de los noventa?  

En esta Semana Santa –la segunda ya bajo los efectos de la pandemia-  la colaboración ciudadana funciona se ha disparado. Prodigan los policías de balcón en cada edificio, en cada calle, en las redes sociales. Que si llevamos la mascarilla mal puesta, que si estornudamos, que si fumamos, que si mi vecino se ha ido de vacaciones, que si en ese piso he visto entrar a más de cuatro personas.

Bien está estimular la colaboración ciudadana, pero de ahí a convertir a cada vecino en una extensión del largo brazo de la ley solo hay un paso. Es responsabilidad también de las autoridades que, en una situación de pánico, los residentes no arremetan contra sus vecinos.  La anecdótica transgresión de la norma se exagera hasta extremos inconcebibles. Los grupos minoritarios se convierten en hordas, Los vecinos jóvenes, en sospechosos. No podemos permitir que unas medidas preventivas de salud pública abran la puerta a un estado policial. Porque no estamos ante un caso de maltrato en la puerta de al lado o de un comando yihadista instalado en nuestro rellano. Estamos ante unos ciudadanos –sí, insensatos- que a lo más que llegan es a celebrar una fiesta en su casa, a irse de vacaciones en un momento inoportuno, o a fumar un cigarrillo en la calle.

Lo llamativo de los tres casos es que es un vecino el que denuncia. Por propia iniciativa o atendiendo a las múltiples llamamientos de las autoridades para que delaten a “los vecinos que incumplen el toque de queda y las nuevas normas”. 

Al ojo del Gran Hermano orwelliano no se le escapa una. Son demasiados los trágicos ejemplos en la historia como para tomárselo a broma. ¿El próximo paso cuál será? ¿Los “dos minutos de odio” de los que habla Orwell en 1984?

(Artículo publicado en La Nueva España el 1 de abril de 2021)

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Contra los anti

Más allá del Negrón/ Anti fascistas y anti comunistas acaparan la política y se enzarzan en una discusión que nada tiene que ver con la España de 2021

Juan Carlos Laviana

Estamos en la localidad de Durham (Carolina del Norte). Es el año 1971 y la lucha por la igualdad de derechos entre negros y blancos aún se encuentra en un momento encarnizado. Los supremacistas blancos intentan mantener a los negros en sus guetos. Los activistas negros intentan derribar las barreras que les impeden tener los mismos derechos que los blancos. En esas posturas, aparentemente irreconciliables, se encuentran el destacado miembro del Ku-Klux-Klan Clairborne Paul Ellis  (alias Cíclope exaltado) y la furibunda activista negra Ann Atwater.

La necesidad de reunir  a los estudiantes de ambas razas en un mismo colegio lleva la situación al límite. Una pequeña chispa podría desencadenar una confrontación violenta. El asunto llega a los tribunales y el juez, quitándose el problema de encima, decide recurrir a un experto en charettes,  Pero., ¿qué es una charette?, se preguntaron todos en la ciudad y nos preguntamos todos al conocer la historia. Al parecer, se trata de una técnica inicialmente usada para solucionar problemas arquitectónicos, que acabó siendo útil para afrontar todo tipo de problemas en principio irresolubles. En el verano de 1971, en Durham se celebraron  una serie de discusiones públicas que se prolongaron durante diez días, en jornadas de ocho horas, sobre cómo implementar la integración. Se trataba de exponer argumentos e intentar convencer al enemigo y, finalmente, proceder a una votación entre los líderes de las diferentes posturas. Tras interminables y acaloradas discusiones, los participantes en la disputa descubren que tienen más en común que en contra.

Como ya se puede adivinar, llegaron a un acuerdo y, desde entonces, el líder del Ku-Klux-Klan y la vehemente líder negra trabajaron juntos. Así se cuenta en el libro The Best of Enemies (1996), de Osha Gray Davidson, y en la película que acaba de estrenar Netflix en España, bajo el título No soy tu enemigo.

Es una historia un tanto ingenua, como todas las buenas historias, pero el hecho de que haya sido real le da un valor ejemplar. Al indagar en qué es exactamente ese método mágico de reconciliación, descubrimos que el diccionario lo define genéricamente como “reunión pública de trabajo dedicada a concertar esfuerzos para resolver un problema o planificar el diseño de algo.”

En España, tras la convocatoria de las elecciones del 4 de mayo en Madrid, necesitamos con urgencia una milagrosa charette. Estamos en el reinado de la política anti, de la política excluyente,  del conmigo o contra mí, del socialismo o libertad, del antifascismo, del anticomunismo y del anticapitalismo, del no pasarán o del ya hemos pasao. O se es anti o no es nada.

Unos se proponen echar a la presidenta de la comunidad o incluso llevarla a la cárcel. Otros, acabar con la carrera de determinado vicepresidente. Otros vengarse de la traición de determinado partido. Que Madrid sea la tumba del enemigo, se proclama.

¿Qué proponen los antifascistas aparte de acabar con el fascismo inexistente? ¿Qué proponen los anticomunistas aparte de barrer un comunismo inexistente? Nadie lo sabe. Lo único que sí se sabe es que “el comunismo no es hoy un peligro ni lo es el fascismo”. Lo acaba de proclamar el poco sospechoso Javier Cercas. A uno le gustaría saber que quien gane las elecciones va a poner en marcha un plan más ágil para las vacunaciones, un plan preventivo ante nuevos ataques de la pandemia, un plan económico para hacer frente a la desolación económica que se avecina.

El votante necesita oír las propuestas. No las negaciones. Los pros y no los antis Si reunimos a los contendientes en una habitación y no les dejamos salir durante diez días –lo que viene a ser una charette de andar por casa-, seguro que comprueban que sus argumentos no responden a la realidad, que no son tan antagónicos como parecen. Puede que hasta lleguen  a un acuerdo. O no, pero al menos mientras lo intentan dejarán de atizar el incendio.

(Artículo publicado en La Nueva España el 25 de marzo de 2021)

Ilustración de Pablo García para La Nuevas España

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La política no es un juego

Más allá del Negrón/ Las maniobras torticeras de los últimos días demuestran que la prioridad de nuestros gobernantes no es la pandemia, sino mantenerse en el poder

Juan Carlos Laviana

Ocurrió hace justo una semana. Era jueves 11 de marzo. Buena parte de la clase política se reunía en Madrid. El motivo de la cita era conmemorar el decimoséptimo aniversario del mayor atentado de la historia de España. Ellas vestían de negro riguroso. Ellos, de traje oscuro. Los más atrevidos, de alivio. Así lo ordena el protocolo para un acto fúnebre.

Pese a la indumentaria, a los 192 muertos de aquel no tan lejano otro 11 de marzo no se les prestó el respeto debido. Una vez cumplido el trámite de la corona de laurel, nuestra clase política se distribuyó en corrillos. Cada corro tenía una configuración premeditada. Solo los muy afines intercambiaban susurros. Los traicionados perseguían a los traidores para reprocharles su traición, Los traidores eludían dar la cara ante los traicionados. Los hasta entonces aliados evitaban cruzar sus miradas. Se los veía confusos, azorados, incómodos. Ya no se sabía muy bien quién era el amigo y quién el enemigo, porque de la noche a la mañana había cambiado el rol de cada uno.  El homenaje acabó siendo un paripé. Lo que de verdad protagonizó aquella mañana madrileña del 11-M fue lo ocurrido la madrugada del día anterior en Murcia y cómo iba a afectar al futuro político de cada uno de ellos.

Era la representación del juego de la política, la muestra de la peor cara de la política, Ese momento en que la política pierde la necesaria discreción, el pudor,  para mostrar sus interioridades, sus vergüenzas. Ya se sabe, la mejor política es la que pasa desapercibida, señal inequívoca de que todo funciona.  Los ciudadanos, los votantes –llámenme populista- sintieron vergüenza ajena por el espectáculo que representaban sus votados. Da igual quien fuera el responsable de lo ocurrido en Murcia. Los cinco partidos implicados se defendieron responsabilizando al otro. El infierno, una vez más, eran los demás, siguiendo la desoladora máxima de Sartre.

Aquel 11-M, nuestra política vivió uno de sus momentos más aciagos y más obscenos. Los dirigentes no solo despreciaron con su comportamiento ´-víctimas y familiares estaban presentes- la ceremonia de los caídos, sino que se olvidaron que el país sufre hoy uno de los momentos más graves de su historia.

Hay tanto por hacer. Hay tantas urgencias antes de pensar en mociones de censura, en tramas de despachos  en elecciones, en coaliciones, en operaciones matemáticas que sumen mayorías. Algunos, en su desfachatez, hasta presumían de no dormir y dedicar las madrugadas a parar las maniobras del contrario. 

¿Cómo se pueden dilapidar todas las energías en derribar al contrario? La vacunación no avanza. Los muertos siguen contándose por cientos. Los hospitales aún están desbordados.  Las nuevas cepas no dejan de emerger. El reparto de las ayudas europeas es más que discutible. Nuestros hijos aún no pueden disfrutar de clases presenciales. El número de parados sobrepasa los cuatro millones. Los negocios echan las persianas. Nadie es capaz de pronosticar las dimensiones de la crisis económica que se nos echa encima.

Por si esto no fuera suficiente, la endeblez de nuestra administración digital ha quedado en evidencia con el hackeo del sistema informático del Servicio Público de Empleo, secuestrado por unos piratas durante más de una semana. La metáfora perfecta de que esto no funciona.

El país no está para juegos políticos. Entre la amalgama de dimes y diretes, de acusaciones, de insultos y palabras vacías, gestos desmesurados de salvapatrias,  han surgido afortunadamente algunas voces sensatas que recordaban las prioridades. «No estamos para elecciones, estamos para luchar contra la pandemia», proclamó el presidente asturiano. “Hablar menos y vacunar más”, pidió el científico Barbacid. ¿Tan difícil es de entender?

Lo que España necesita es alguien capaz de resolver problemas. Hasta el gris Joe Biden nos da lecciones. En solo semanas, ha revertido la situación de su país. No solo ha sido capaz de fijar un objetivo a sus ciudadanos  -el 4 de julio será la fecha de la “independencia”  del coronavirus-, sino que además ha lanzado un plan económico de ayudas sin precedentes en Estados Unidos.

Cuando nosotros tengamos una meta clara, nuestro día de la independencia del coronavirus, entonces, ya si eso, nuestros políticos podrán  hacer mociones de censura, convocar elecciones anticipadas, hacer postureos épicos  y jugar alegremente a la política de salón,

(Artículo publicado en La Nueva España el 18 de marzo de 2021)

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Abre los ojos

Más allá del Negrón/ La pandemia ha cambiado la percepción de nuestros cinco sentidos

Juan Carlos Laviana

Tomo el título prestado de la película de Alejandro Amenábar. La pandemia nos ha abierto los ojos. Nos los ha abierto en los dos sentidos.   Psicológicamente, nos hemos dado cuenta de la fragilidad de nuestro mundo y de nosotros mismos, a merced de un virus difícilmente controlable. Físicamente, hemos descubierto el papel esencial de los ojos para comunicarnos con nuestros congéneres. Antes la cara era el espejo del alma, Ahora, la mascarilla nos ha reducido el rostro hasta tal punto, que traslada a los ojos la responsabilidad de ejercer como espejo del alma.

Los ojos han alcanzado un inusitado protagonismo gracias a la pandemia, Parece como si hubiéramos perdido el pudor a mirarnos a los ojos. Continuamente nos cruzamos miradas, nos vemos los unos en los otros. Vemos alegría, y vemos, sobre todo, mucha tristeza. Y es que, como decía don Quijote, que el miedo tiene muchos ojos.

A la mascarilla sólo le falta el antifaz para convertirse en máscara. Las gafas con mascarilla contribuyen a esa desagradable sensación de aislarse del mundo, de cerrar la ventana  a los demás. Son nuestras ventanas,  como las ventanas que, según Neruda, no son otra cosa que los ojos de las casas.

 La pandemia, como la primavera, ha provocado una explosión de los sentidos, sentidos que muchas veces teníamos adormecidos. A los que no dábamos importancia, como no damos importancia a las cosas hasta que carecemos de ellas. Esa explosión de los cinco sentidos no siempre ha sido para bien. La misma vista, tan necesaria hoy, es víctima de uno de los efectos secundarios del mal. Al hijo veinteañero de una buena amiga el virus le robó la vista del ojo bueno, ¿Para siempre? Quién lo sabe. Los llamados efectos secundarios de la pandemia son uno de los grandes misterios. Como el propio sistema nervioso, que atacado por el inmunológico provoca desastres aún incomprensibles para la ciencia. Que se lo pregunten a los enfermos de Esclerosis Múltiple, de ELA o de Parkinson.

La Covid no se conforma con la vista. Ataca a todos los sentidos. Si usted, que no tiene problemas de oído, oye peor cuando le hablan con mascarilla, imagínese a un sordo al que se le oculta el movimiento de los labios. Queda incomunicado como no se ha cansado de reclamar el activista sordo Marcos Lechet ante todas las puertas cerradas de los ministerios. Lechet ha emprendido una  encomiable cruzada hasta que, casi un año después de explotar el mal, este mes de febrero ha conseguido la homologación de las mascarillas transparentes. Ahora solo falta que se extienda su uso.

Y es que tantas minorías –los sordos somos una más- son una inmensa mayoría que tiene  que esperar y dar prioridad a la necesidad general que la lucha en primera línea contra la nueva enfermedad. Los demás se han quedado en la retaguardia. Las quimioterapias han tenido que retrasarse para gran riesgo de pacientes de cáncer, operaciones quirúrgicas se han aplazado y no digamos la medicina preventiva, prácticamente abandonada.  No es momento de prevenir el ataque si el enemigo está ya desbordando nuestras defensas. ¿Se acuerdan de las listas de espera que eran noticia un día sí y otro no? Ahora parecen haberse olvidado. Casi mejor no saberlo para evitar más desasosiego.

Ya hemos repasado la vista y el oído. Pero ¿y el olfato y el gusto? Precisamente la llamada anosmia es uno de los síntomas más frecuentes de la Covid.  Cuando dejamos de oler y de gustar, es que el virus ya está dentro. Dos de los sentidos que debieran provocar placer y satisfacción –degustar-, y que no sospechamos que se podían perder, ahora se nos hurtan.  Carecen de ellos casi la mitad de los infectados y duran, con frecuencia, mucho más allá del alta médica. Y el tacto. ¿Usted es de los que aprieta los botones del ascensor con la manga de la chaqueta? ¿De los que se lava con gel hidroalcohólico cada vez que toca una materia sospechosa, que ya lo son todas? No tocar es la férrea consigna allá donde vamos, ya sea en el supermercado  o en el  transporte  público.

Sentir se ha puesto muy complicado. Pero nunca como ahora ha sido tan necesario abrir bien los ojos y poner en alerta los cinco sentidos. Incluso el sexto. 

(Artículo publicado en LNE el 11 de marzo de 2021)

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John Steinbeck desvela las debilidades del corresponsal de guerra

JUAN CARLOS LAVIANA

John Steinbeck desvela las debilidades del corresponsal de guerra

«Es posible que me sintiera un intruso en la guerra y estuviera un poco avergonzado de encontrarme allí». Aunque parezca mentira, quien así se expresa es un corresponsal de guerra. «Sí, tal vez me avergonzaba el hecho de que yo podía regresar a casa, y los soldados no». Así lo confiesa John Steinbeck en la presentación de sus crónicas de la Segunda Guerra Mundial. Este sentimiento de sentirse fuera de lugar es compartido por muchos corresponsales de guerra. Sin embargo, pocos se atreven a manifestarlo. Steinbeck incluso va más allá y revela en sus artículos algo que con frecuencia se echa de menos en los enviados especiales a los conflictos bélicos: la humildad.No a otra cosa más que a la humildad se puede deber que siempre relatara los sucesos como si fuera otro el que los presenciaba. Al contrario que la mayoría de sus colegas, adictos a la primera persona para dar autenticidad a sus crónicas y, de paso, alimento a su ego, Steinbeck evitaba ser el protagonista. Steinbeck guardaba una prudente distancia de los hechos.

Reunió sus crónicas bélicas en Hubo una vez una guerra, volumen publicado en 1958 y rescatado en español por Edhasa en 2010. Rastreando entre los artículos, se puede comprobar cómo Steinbeck se refiere al corresponsal como si no fuera él, como si fuera otra persona que se lo ha contado. Pone distancia con la noticia en una sorprendente actitud de recato en un periodista, como si le diera vergüenza estar allí.”Ha visto, además, lo que es un ataque. No ordenadas líneas de hombres marchando contra el fuego de los cañones, sino pequeños grupos echando a correr como cangrejos”

Incluso reconoce las limitaciones de los reportajes de primera línea y desvela que muchas veces el periodista cuenta lo que no ha visto. «Nunca podrás saber demasiado acerca de lo que pasa en una batalla», admite. «Esos dibujos reproducidos en todas las historias que muestran largas filas de tropas avanzando, o bien son producto de la imaginación o bien es que los tiempos y la forma de hacer la guerra han cambiado. El relato en los periódicos de la mañana de las batallas de ayer no es un relato de cosas vistas por corresponsales».

Admite, eso sí, y de forma magistral, qué es lo que ve, pero que no siempre cuenta. «Lo que en realidad sí ha visto el corresponsal», escribe, «ha sido polvo y las indeseables explosiones de las bombas, matojos cortados y tronchados y trincheras abiertas. El corresponsal de ahora ha yacido sobre su estómago siempre que ha estado con sentido, vigilando en esta postura el movimiento de las hormigas por entre los granos de arena, y tan cerca ha estado de esas mismas hormigas que ha llegado hasta a cortar el camino de ellas con su apéndice nasal».

Añade que lo que sus ojos han contemplado tiene muy poco que ver con lo que luego ha contado a los lectores. «Ha visto, además, lo que es un ataque. No ordenadas líneas de hombres marchando contra el fuego de los cañones, sino pequeños grupos echando a correr como cangrejos de los pedazos de una cobija a otra cobija aún no destruida, mientras resuenan en sus oídos los cañonazos y se ve por doquier el rojo resplandor del fuego que levantan los disparos».”Cuando la garganta haya quedado seca, habrá bebido el agua caliente de la cantimplora, agua que sabe a desinfectante”

Steinbeck entra en el detalle de cómo los periodistas transformaban en determinados textos engolados experiencias vividas con aparente menos épica. Tal vez ofrece al lector lo que espera leer, que no tiene por qué ser la dura realidad. «Quizá el corresponsal ha huido con los soldados, se ha echado al suelo con ellos. Su reportaje será, así, de tácticas y de planes de combate, de territorios perdidos o conquistados, de ataques y contraataques».

Si en algo coinciden todos los periodistas es en que la guerra siempre es sucia. Steinbeck la describe con detalle a través de ese ese corresponsal inventado que no es otro que él mismo. Es la Segunda Guerra Mundial, pero serviría para cualquier guerra. Es uno de esos pasajes de sus crónicas que explican por qué Steinbeck acabaría regresando traumatizado. «El corresponsal puede haber visto el cuadro horrible de la sangre —relata—, y haber olido el hedor de ella mezclada con el polvo: sangre de hombres y de animales, de la gran cantidad de hombres y de animales muertos la víspera y el día anterior. Y puede haber visto derrumbarse un edificio y haber olido el polvo que la caída de las paredes arranca de estas. Habrá olido el corresponsal su propio sudor y el sudor de un ejército entero. Y, cuando la garganta haya quedado seca, habrá bebido el agua caliente de la cantimplora, agua que sabe a desinfectante».

Cuando alardeaba de que solía curarse de sus problemas sicológicos escribiendo, seguramente aludía a párrafos como el anterior.

Las descripciones de Steinbeck de cómo se siente el periodista en el ambiente bélico resultan interesantes, porque estas miserias suelen eludirse en las crónicas para evitar una imagen de quejica blando cuando se trata de demostrar que el periodista es un tipo duro, inmune a las incomodidades. “Mientras el corresponsal está escribiendo acerca de ataques y de retiradas, su piel empieza a despellejarse, debido a que lleva tres días con las ásperas prendas de lana puestas; y sus pies están calientes y agrietados, resecos también por no haberse quitado los zapatos en varios días. Seguramente la pasada noche habrá sentido la mordedura de los mosquitos, acaso estén a punto de declarársele unas fiebres de esas que hacen arder la cabeza y llevan a la visión una especie de círculo rojo. Tal vez al corresponsal le arda la cabeza, por el sol, y le duelan los ojos por el polvo y la suciedad. Con toda seguridad, la rodilla que se lastimó en el desembarco estará ahora hinchada y dolorida, pero en este momento no puede recibir atención médica».”Había algunos temas tabú. Había personas que no podían ser criticadas ni interrogadas”

El autor de Las uvas de la ira da fe en el libro de las muchas limitaciones que tuvieron los corresponsales en la Segunda Guerra Mundial, sobre todo por la censura. «La autodisciplina, la autocensura, entre los corresponsales de guerra», escribe en la introducción del libro, «era ciertamente moral y patriótica, pero era también práctica desde el punto de vista de la autoconservación. Había algunos temas tabú. Había personas que no podían ser criticadas ni interrogadas. El necio redactor que rompiera con las reglas no vería publicados sus artículos y, además, sería echado del escenario de la guerra por el comandante; un corresponsal en tales condiciones queda completamente sin trabajo a los pocos días de adentrarse por esos senderos».

Y casi exculpándose por no poder contar toda la verdad, argumenta que «escribimos solo una parte de la guerra. Pero en aquel tiempo estábamos convencidos de que era lo mejor que podíamos hacer».

En 1947 a John Steinbeck le ocurrió algo parecido en otro gran viaje como periodista. En este caso, a la Unión Soviética junto con su amigo Robert Capa. El resultado de la visita, muy vigilada por los comisarios políticos, se puede ver en el espléndido volumen publicado en España por Capitán Swing en 2012 bajo el título Diario de Rusia. El libro fue muy criticado, y aún lo es hoy, y tachado de panegírico del estado comunista. Se olvida que en 1947 la URSS era una de las potencias aliadas que venció a los nazis y que la idea de paraíso en la tierra todavía deslumbraba a media humanidad.

A Steinbeck no se le puede considerar un periodista honesto e imparcial. Como muchos de los de su generación —Hemingway o el propio Capa—, tomó partido. A la guerra mundial no fue solo como corresponsal, sino como colaborador de la Oficina de Servicios Estratégicos, organismo predecesor de la CIA. Participó incluso en una incursión bélica para recuperar una isla en la costa italiana en manos de enemigo. Armado con una pistola, y junto con su amigo el actor Douglas Fairbanks, ayudó en la captura de prisioneros fascistas y nazis que controlaban el enclave. La operación está contada en una de las crónicas de Hubo una vez una guerra. Pero Steinbeck elude hablar de sí mismo y recurre a ese corresponsal ficticio tan útil. No sabemos si por imposición de la censura o porque no quería desvelar sus habilidades como guerrero.

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Autor: John Steinbeck. TítuloHubo una vez una guerraEditorial: Edhasa. VentaTodostuslibros y Amazon

(Artículo publicado en Zenda el 5 de marzo de 2021)

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Los chicos de la prensa no saben que lo importante es amar

POR JUAN CARLOS LAVIANA

No suelen ser románticas las historias de amor de los periodistas. Más bien acaban siendo atormentadas o frustradas. Es el resultado, sin duda, de la difícil competencia con una profesión posesiva y celosa como pocas. Rara vez nos encontramos un final feliz convencional en las películas de periodistas. Para esos hombres y mujeres tan prosaicos, pese a creerse poetas de la noticia, un final de verdad feliz es una rotativa rugiendo. Como la de El Día en Deadline USA (Richard Brooks, 1952), cuando el director Humphrey Bogart le transmite al mafioso, a través del teléfono, la primorosa melodía de una máquina escupiendo periódicos.

El final con beso de amor no encaja con esos tipos duros que pretenden ser los chicos y chicas de la prensa. Y si hay amago de beso o de cualquier tipo de debilidad acaramelada, se le pone remedio. Ese es el caso de Jack Lemmon, aparentemente entregado a su esposa Susan Sarandon en Primera plana (Billy Wilder, 1974). Por la explicación final, sabremos que volvió a las andadas y que llegó a ser director del periódico que había abandonado por el espejismo de un matrimonio feliz. No hay periodista rehabilitado. Igual que se sigue siendo alcohólico tras dejar la bebida, nunca se deja de ser periodista, da igual que haya sido despedido, jubilado o empapelado.

Algunos –suelen ser siempre los hombres– encuentran auténticas parejas santas, que soportan las dolorosas consecuencias de la vanidad del reportero. Stefania Sandrelli, abnegada esposa de Domingo Pajarito (López Vázquez), acaba por recoger el cadáver de su marido asesinado en La verdad sobre el caso Savolta (Antonio Drove, 1979). Ni siquiera el hecho de que él hubiera puesto su profesión por delante del matrimonio hace flaquear el amor. Abnegada como pocas es también Jan Sterling en Más dura será la caída (Mark Robson, 1956), quien apoya a su marido el periodista deportivo Bogart hasta en sus devaneos con la mafia. Aunque la más hermosa declaración de amor devoto la pronuncia Susan Hayward en Cita en Hong Kong (Edward Dmytryk, 1955): “Jamás le he impedido [a su marido periodista] hacer lo que le dé la gana. Me casé con él por lo que era, no por lo que yo quería que llegara a ser”. Eso sí que es amor desinteresado, a cambio solo de sinsabores.

Probablemente por el hecho de que las relaciones suelen ser turbulentas, el cine se ha preocupado mucho de los amores de los periodistas. Dos películas fueron tituladas precisamente así en España: Amor y periodismo. No puede ser casualidad porque deben ser pocas o ninguna las tituladas, por ejemplo, Amor y Derecho o Amor y Medicina.

La primera es Love Is a Racket (William Wellman, 1932), título difícil de trasladar incluso en Inglaterra, pese a utilizar el mismo idioma, donde tuvieron que rebautizarla Such Things Happen. Esas cosas que pasan son los interesados devaneos entre una chica con aspiraciones de actriz con el periodista Douglas Fairbanks jr. para que la promocione en su columna de cotilleos. Se dice que el personaje estaba inspirado en el mítico y temido Walter Winchell, entonces en su plenitud, pero fue más certeramente retratado en Chantaje en Broadway (Alexander Mackendrick, 1957). Este, dedicado al odio en jornada completa, sí que no tenía tiempo para el amor.

Lo de Love is a racket se podría traducir por algo así como “el amor es un delito”, en alusión a las tramas mafiosas en las que la chica envuelve al incauto periodista. Una pena, porque la tentadora traducción como “el amor es una raqueta” vendría muy bien para definir los escarceos amorosos. Se lanza la pelota. Se nos devuelve suave la bola, o en una dejada inalcanzable al borde de la red que nos hace correr inútilmente a por ella, o en forma de un smash imposible de alcanzar, cuando no nos dan un pelotazo en la cara, que también pasa. El juego es agradable, en cambio, mientras uno hace un drive y el oponente responde con un passing shot. En fin, como la ceremonia de cortejo de cualquier animal.

La otra película titulada en España Amor y periodismo es Love is News (Tay Garnett, 1937). Aquí, el periodista cotilla Tyrone Power, que vive de convertir el amor en noticia, recibe su propia medicina. Recurre a todos los trucos imaginables para conseguir información sobre la rica heredera Loretta Young. Pero esta, más lista, cambia las tornas. Finge comprometerse con el periodista, que de inmediato se ve víctima del juicio paralelo de las primeras páginas, con la infatigable persecución de una jauría de reporteros sabuesos que escudriñan en su vida privada. Como se trata de una screwball comedy, acabarán juntos, pero ¿alguien se va a creer que el periodista haya escarmentado? Ya lo dijo Walter Burns: “No se pueden limpiar las manchas a un leopardo”.

Es comprensible que el periodista se enamore del protagonista de la noticia que persigue. Al fin y al cabo, su objetivo es conocerlo a fondo. De hecho, la clásica trilogía de la Gran Depresión de Frank Capra repite ese mismo argumento. Clark Gable se enamora de Claudette Colbert, la rica heredera fugada, en Sucedió una noche (1934). Jean Arthur, de Gary Cooper, un paleto devenido en millonario en El secreto de vivir (1936). Y Barbara Stanwyck, otra vez de Gary Cooper, un vagabundo anónimo elevado a la categoría de Juan Nadie (1941). En la época de Capra era casi obligado un final feliz. Pero más recientemente, el maltrato de un periodista al protagonista de la noticia, por mucho que se enamore de él, tiene consecuencias. Ocurre en Ausencia de malicia (Sidney Pollack, 1981), donde la reconciliación entre la periodista incauta Sally Field y el falsamente acusado Paul Newman se hace imposible.

Divorciado, es bien sabido, forma parte de las tres des que, junto con dipsómano y depresivo, definen al periodista. Siempre se ha dicho que en el descubrimiento del caso Watergate fue tan decisivo el divorcio de Woodward como Garganta profunda. Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976) describe con detalle cómo el solitario Redford tiene todo el tiempo del mundo para enfrascarse en la investigación sin distracciones domésticas. En parecida situación se encuentra su compañero Bernstein (Dustin Hoffman), cuya promiscua vida amorosa fue aireada por su ex en Se acabó el pastel (Nora Ephron, 1986), el plato frío de la venganza servido por su paciente y vejada esposa.

También ostenta la condición de divorciado de Kirk Douglas en El gran carnaval (Billy Wilder, 1951), perseguido por las deudas que toda separación supone, a las que culpa de la mala suerte. Y ese es el estado civil del propio Bogart en la mencionada Deadline USA, pese a que recurra una y otra vez al sofá de su ex mujer (Kim Hunter) para sobrellevar las resacas o como paño de lágrimas de los desamores del periodismo. Pero quizá el/la periodista divorciado/a por antonomasia sea Hildy (da igual que sea Rosalind Russell o Jack Lemmon). Casado/a con su director, es decir, con su profesión y luego divorciado/a. Aunque, como bien aprecia el sabueso Walter Burns, se ha extendido la anticuada idea de que “los divorcios duran hasta que la muerte nos separe”.

Por más que se desaconsejan, amoríos entre compañeros debe de haber en todas las profesiones. En el periodismo, se comparten muchas horas e incluso días, como Nick Nolte y Joanna Cassidy en Bajo el fuego (Roger Spottiswoode, 1985), que acaban por sucumbir por aquello de que el roce hace el cariño. Los jefes como William Holden en Network (Sidney Lumet, 1976) suelen pavonearse, en busca de la eterna juventud, ante chicas jóvenes ansiosas de progresos profesionales, como Faye Dunaway. Se confunde la admiración profesional con el atractivo físico, lo que lleva a Holly Hunter a rendirse ante un guaperas como William Hurt en Al filo de la noticia (James L. Brooks, 1987). Sobra decir que la mayoría de estas relaciones acaban en fracaso. Por algo las desaconsejan.

El periodista por excelencia casado con el periodismo es Walter Burns (ya sea Cary Grant o Walter Matthau). Para él el amor es una distracción: “¿Escenitas de amor ahora? ¿Qué eres tú, un estúpido románico?”. Este tipo de personajes suelen acabar comiendo latas de judías sin calentar, durmiendo en el sofá del despacho y deseando meterse en la cama con el periódico. Aunque hay más. Como el psicópata Jake Gyllenhaal de Nightcrawler (Dan Gilroy, 2014). O el elegante dipsómano Bruce Willis en La hoguera de las vanidades (Brian de Palma, 1990), a los que no se conoce más debilidad sentimental que la carnaza o el alcohol.

De las relaciones amorosas de los periodistas se pueden sacar varias conclusiones. Que “no se pueden llevar dos sombreros puestos al mismo tiempo”, según confesión del muy mujeriego periodista Glenn Ford en Cimarrón (Anthony Mann, 1960). Que es imprescindible asumir que se trata de personas de otra especie. “No soy una mujer como las demás, soy periodista”, le espeta Rosalind Russell a su novio cuando decide volver al periodismo en Luna Nueva (Howard Hawks, 1940). Que lo más recomendable, y también más costoso, es llegar a un acuerdo de coexistencia pacífica. Así solucionan sus discrepancias el fotógrafo aventurero James Stewart y la divina Grace Kelly en La ventana indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954) o el marido abnegado Spencer Tracy y la periodista estrella Katharine Hepburn, ensalzada como La mujer del año (George Stevens, 1942).

El diagnóstico de los males de amor del periodista lo ofrece la pequeña y sabia Linda Hunt al entregado enviado especial Mel Gibson en El año que vivimos peligrosamente (Peter Weir, 1982): “Abusas de tu condición de periodista –le reprocha– y el riesgo empieza a emocionarte. Dibujas cuidadosamente una raya que te separa del mundo. Has convertido tu profesión en una especie de fetiche, imposibilitando toda clase de relaciones duraderas, porque crees que pueden entorpecer tu carrera”. Y culmina con una pregunta que debería sobrecoger a todo periodista: “¿Por qué no sabes darte? ¿Por qué no sabes amar?”. Los chicos de la prensa creen que lo verdaderamente importante en la vida es el periodismo, y desconocen que lo importante es amar, como ya nos explicó hace mucho tiempo, y de forma tan bella, el añorado Zulawski.

(Texto incluido en el libro colectivo Eros y periodismo, coordinado por David Felipe Arranz y editado por Sial Pigmalion. En El Asombrario de Público apareció en formato de artículo)

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Un permanente referéndum

Más allá del Negrón/ Una actriz o un entrenador de fútbol no se pueden convertir en opiniones autorizadas  sobre la pandemia

Juan Carlos Laviana

Ya es un lugar común que a los españoles nos gustaría ser suizos. No por la muy alta calidad de vida del pequeño estado centroeuropeo, sino por la democracia directa. Allí se pasan la vida de referéndum, votando sobre las cuestiones más diversas: armas, inmigración, pensiones, impuestos… Cómo disfrutaría un español. En un año normal, un suizo va a las urnas cada trimestre. Es más, un tercio de todos los referéndums del mundo se celebran en Suiza.

El ansia del español por vomitar opiniones, fundadas o no, ya se atisbaba en aquellas asambleas interminables de la transición. «Que se vote» era el recurso más utilizado. Normalmente, se empezaba con una gran discusión sobre cómo había de ser la propia votación, si secreta o a mano alzada. La diferencia, dada la presión ambiental, solía ser notable a la hora de decantar el resultado. Cuando la disputa amenazaba con recurrir a las manos, siempre había alguien que gritaba la frase mágica: «que se vote». Y se votaba sobre cómo votar. Así pasaban las horas, votando y votando, sin llegar a ninguna parte.

Todos los días en España hay quien pide un referéndum, principalmente sobre la independencia de Cataluña, sobre la Monarquía o si los del bajo deben pagar el arreglo del ascensor aunque no lo utilicen. Afortunadamente, aquí no es tan fácil celebrar un referéndum como en Suiza. Si no, estaríamos todo el rato camino de las urnas, por fas o por nefas. Vamos bien surtidos de opiniones y quien no tiene opinión es de inmediato tachado de sospechoso. Si calla, es porque tiene algo que ocultar, eso es porque está contra nosotros, poseedores de la verdad.

Eso sí, cuando alguien da su opinión, y no nos gusta, le ponemos en la picota para escarnio del pueblo. El último caso ha sido el de la actriz Victoria Abril.  La ex chica Almodóvar se soltó la lengua sobre la Covid19 con la misma naturalidad que el director del Instituto Pasteur o el director general de la OMS. ¿Dijo barbaridades? Sí, muchas.  Pero esto nos pasa por preguntar a una actriz por la eficacia de la inmunización de rebaño.

A veces, hasta los personajes con  altas responsabilidades públicas caen en los mismos errores que los famosos. Tal vez porque, además de tener una alta responsabilidad, pesa más su lado celebrity. El muy popular doctor Simón se atrevió a afirmar, en púlpito gubernamental, que la Semana Santa era mucho más peligrosa a efectos pandémicos que las manifestaciones del 8 de marzo. No sólo eso, sino que entró en detalles escabrosos sobre la dificultad de los costaleros para mantener la distancia social. Nadie diría que estaba hablando la voz de la ciencia.

Tuvo que venir un entrenador de fútbol a sentar cátedra. Jürgen Klopp, míster del Liverpool, fue interrogado la pasada semana sobre la pandemia en la rueda de prensa posterior a un partido.  Y respondió: «No entiendo de política, ni del coronavirus… ¿Por qué me preguntan a mí? Yo solo me pongo una gorra de béisbol y voy mal afeitado».  Y, por si no hubiera quedado, desarmó a los periodistas con unas palabras tan obvias como olvidadas: «No es importante lo que digan las personas famosas».

Desde que nos trajeron los reyes de Silicon Valley el juguete de las redes, todos nos sentimos famosos y ofrecemos, a todas horas y a los cuatro vientos, nuestra opinión sobre los asuntos más difíciles e intrincados. Hay quien sabe más de Derecho que el juez que dictó el encarcelamiento del rapero Hasél. Hay quien sabe más que cualquier epidemiólogo y es capaz de darnos una disertación sobre la efectividad de las mascarillas FFP2 o las quirúrgicas. Hay de todo. Incluso hay quien tiene la osadía de decidir y proclamar no ya lo que le conviene a él, sino lo que nos conviene a todos.

Vivimos en un mundo de sabiondos. Todos tenemos no ya una opinión, que por supuesto,  sino una resolución. Es sí o es no. Sin matices. Con la precisión de un referéndum suizo. «El español es poco amigo de pensar», proclamaba la celebrada máxima de Camba,  «pero si piensa, no hay otro pensamiento más que el suyo». Yo, la verdad,  ya no sé qué pensar.

(Artículo publicado en La Nueva España el 4 de marzo de 2021)

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Maniobras de distracción

Más allá del Negrón/ La pandemia mata a 12,000 personas en un mes y las calles se incendian… por unas canciones de rap

Juan Carlos Laviana

Los últimos días han sido pródigos en titulares estremecedores. Sobre la pandemia, hemos podido leer que, sólo en las cuatro semanas que van del 15 de enero al 16 de febrero, el coronavirus ha matado en España a 12.665 personas. Esta escalofriante cifra es superior a la de los fallecidos durante el pasado mes de marzo, en el momento más crítico.

En cuanto a asuntos pecuniarios, pero igualmente acuciantes, hemos tenido conocimiento de que la economía española se contrajo el último año un 11 por ciento, lo que supone el mayor desplome desde la Guerra Civil. También se nos ha informado de que la deuda pública de España alcanzaba proporciones equivalentes a la deuda contraída tras la pérdida de Cuba en 1898, otra de la fechas negras de nuestra historia. Y no parece que vaya a corregirse, dado que la tasa de desempleo se ha disparado de tal manera que nunca antes el Estado había tenido que gastar tanto en pagar subvenciones, ya sean a los parados o a los afectados por los ERTE,

Pero aún hay más datos indicativos del drama que sufrimos. “Desde la Guerra Civil España no perdía tanta esperanza de vida”. Y un último titular: “Las secuelas ‘invisibles’ de la pandemia podrían seguir dañando a la salud y la economía durante ‘décadas’. Décadas. Y nosotros pensando en desescalar. A ver si para Semana Santa, o si para el puente de mayo o si, como tarde, para el verano. Resulta comprensible que muchos quieran mirar para otro lado. Es humano.

Quienes no debieran mirar para otro lado son los que tienen en sus manos el destino del país. En la semana que conocíamos estas alarmantes noticias, ¿han oído alguna reacción al respecto de un político? ¿Alguno ha propuesto una medida para modificar la tendencia de esas implacables cifras? ¿O alguno ha dicho que se va a estudiar el éxito de la estrategia en Asia y Oceanía? Si alguien lo ha hecho, yo no me he enterado.

El gran debate político de los últimos días no ha sido la pandemia y sus devastadores consecuencias. No. La preocupación de la mayoría de nuestros políticos nacionales y los grandes debates se ha centrado en asuntos bien distintos. Se ha discutido mucho sobre la “calidad” de nuestra democracia, Y mucho más aún sobre por qué se le daba diferente trato a una joven “fascista y socialista” convertida en estrella de las redes que al rapero Pablo Hasél.

La polémica acabó en la calle con violentísimos altercados en gran parte del país. Es la España que cerró 2020 con un paro juvenil del 40 por ciento. La España en la que se caen dos aviones cada día (forma gráfica de hacerse a la idea del número de muertos por el virus). Pero lo que les preocupa a esos jóvenes antisistema,y a algunos políticos que los jalean desde el sistema, es la suerte de un rapero que incita al maltrato de la mujer, al odio y a la violencia.

¿Qué ha pasado aquí? ¿En qué momento perdimos la perspectiva de lo que es importante y lo que no? ¿Cómo es posible que hayamos distorsionado la realidad? ¿Cómo puede preocuparnos más una banalidad que una tragedia para la que se nos empiezan a acabar los referentes históricos?  

Los esfuerzos dedicados a esas fruslerías los restamos de la lucha contra la pandemia. El debate político debiera estar centrado en lo esencial. ¿Cómo avanza el proceso de vacunación? ¿Es el orden elegido el adecuado? ¿No debería haber un proceso centralizado en vez de dejarlo en manos de cada autonomía? ¿Qué pasará con los países del tercer mundo que no tienen recursos para pagarse la vacuna? ¿No deberíamos estar implantando ya el pasaporte –antes cartilla- de vacunación? Por no hablar del eterno debate sin resolver: ¿Relajación o confinamiento más duro?

Todas estas cuestiones y muchas más están pendientes de respuesta. Sin embargo en el orden del día de la mayoría de nuestros políticos no parecen tener prioridad. No hace falta pecar de conspiranoico para saber que en política las maniobras de distracción son práctica habitual. No hay más que ver la precipitada decisión de Pablo Casado de abandonar la sede de Génova para emboscar sus reveses. No sería de  extrañar que estuviéramos ante una nueva cortina de humo. ¿A quién beneficia poner la atención en el rapero Hasél y no en la gestión de la pandemia? A los ciudadanos, no.

(Artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 25 de febrero de 2021)

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Menem, el populista que quiso convertir el peronismo en liberalismo

Fue presidente de Argentina entre 1989 y 1999, década en la que privatizó grandes empresas y dinamitó el estado del bienestar

Juan Carlos Laviana 14 febrero, 2021 19:52

Pocos políticos han alcanzado la gloria de que el tiempo de su mandato se conozca por su nombre. Carlos Menem ostentaba el récord de permanencia en el poder de un presidente constitucional argentino: diez años. Años que van de 1989 a 1999, periodo que en Argentina se conoce como el «menemismo». Desgraciadamente, ese tiempo se recuerda como una época nefasta para el país, en la que el estado de bienestar fue dinamitado y la corrupción adquirió forma de gangsterismo. 

El joven Menem vio por primera vez al general Perón y a Evita en el año 1951 cuando viajó a Buenos Aires para disputar un trofeo de baloncesto universitario. Se quedó fascinado por aquellas personalidades arrolladoras y se convirtió de inmediato al justicialismo. Pero, como recuerda hoy un diario bonaerense, el joven Menem no sabía en ese momento que el destino le tenía guardado pasar a la historia como “el demoledor de la justicia social y la soberanía económica” que le había deslumbrado en su juventud. Consiguió, según el periódico Página 12, lo que ni siquiera las dictaduras más antiperonistas habían conseguido.

Cuando Menem llega al poder en 1989, se encuentra una Argentina asolada por una inflación sin precedentes. En contra de lo que sus votantes esperaban de él, adopta unas políticas ultraliberales. En poco tiempo, la tendencia inflacionista cambió de dirección, el producto nacional creció de forma ostensible y la renta per cápita de los argentinos alcanzó niveles desconocidos. En realidad, era un espejismo. Fue lo que los argentinos dieron en llamar “la gran fiesta de los ricos”

El nuevo presidente peronista había recurrido a una privatización devastadora de las grandes empresas del país para obtener réditos inmediatos. Aerolíneas, eléctricas, petroleras, comunicaciones, altos hornos, ferrocarriles… Todo, absolutamente todo, fue vendido a precios irrisorios. La otra cara de la moneda no tardó en dejarse ver. Las multinacionales que se habían hecho cargo de las grandes compañías estatales iniciaron una oleada de despidos masivos. Los contratos laborales cada vez eran más precarios. El paro se disparó, la asistencia social desapareció y la conflictividad social estalló en las calles.

Un obituario aparecido en la prensa argentina califica a Menem como “el hombre que nació para una cosa, pero hizo la opuesta”. Y así fue desde su nacimiento. La familia de Menem, en realidad se llamaba Menehem, pero el funcionario de aduanas simplificó el apellido. Era hijo de emigrantes sirios musulmanes suníes. Conservó la fe de sus padres durante sus años jóvenes hasta que las leyes argentinas le obligaron a convertirse al catolicismo para aspirar a la presidencia.

El destino le tenía guardado pasar a la historia como “el demoledor de la justicia social y la soberanía económica”

Se convirtió en cabecilla revolucionario de la muy combativa región de La Rioja. De líder local justicialista llegó a ser gobernador. Fue peronista sin Perón, cuando la mayoría de los militantes abandonó al líder, exiliado en España. Su fidelidad no le impidió granjearse a los enemigos del fundador del justicialismo. “Animal político, con la picardía y la astucia del zorro”, como fue descrito, siempre supo nadar entre dos aguas.

En 1964 decidió buscar sus raíces musulmanas y viajó a la ciudad siria de Yabrud, donde conoció a Zulema Yoma, que se convertiría en su esposa y sería la madre de sus hijos, Zulemita y Carlos Jr. Mujeriego confeso, logró convencer a todo el mundo de que esta vez sentaría la cabeza. 

Fue de los pocos elegidos en 1972 acompañó a Perón en el vuelo Madrid-Buenos Aires, el regreso ya poco triunfal de un líder en su ocaso. Estaba convencido de que él podía ser el sucesor. Su fidelidad le llevó incluso a alinearse con Isabelita en la guerra civil del partido por suceder al gran líder. 

El golpe militar lo llevó a la cárcel. Cuentan que los militares esperaban de él una feroz resistencia, pero los recibió con cortesía, saludó uno por uno a los captores y se dejó conducir a prisión. Transcurridos dos años, fue puesto en libertad bajo vigilancia en la casa de una familia de La Plata. El conquistador Menem se enamoró de la hija de la casa con la que tuvo un hijo que nunca reconoció. El pleito por la paternidad le siguió hasta 2003, cuando la madre que había llegado a ser diputada se suicidó.

Aprovechó su libertad vigilada para dar rienda suelta a otra de sus debilidades, codearse con la farándula. Fue entonces cuando se hizo amigo del boxeador Carlos Monzón y de algunas de las actrices más reputadas de la Argentina de entonces. Acabada la dictadura, viajó a España. Quería el beneplácito de Isabelita, pero esta ni siquiera le recibió. Según los analistas, fue una forma de transmitirle que Perón nunca había confiado en él.

La negativa de la heredera oficial del peronismo no le desanimó y lanzó su carrera hacia la Casa Rosada. En la presidencia, mantuvo sus actitudes extravagantes -no se limitaban a las patillas, la melena y el poncho de gaucho-, en forma declaraciones tan extemporáneas como cuando amenazó con bombardear Washington DC, si Estados Unidos atacaba a su amigo Gadafi.

Aprovechó su libertad vigilada para dar rienda suelta a otra de sus debilidades, codearse con la farándula

Se le acusó de haber financiado su campaña con dinero procedente de Siria y Libia. Pero traicionó a sus amigos árabes cuando decidió apoyar al presidente Bush y enviar barcos argentinos a la primera guerra del Golfo.

Algunos analistas llegaron a relacionar esa traición con el brutal atentado a la embajada israelí en Buenos Aires, en el que murieron 22 personas y varios centenares resultaron heridas. Y también atribuían el mismo motivo al accidente que costó la vida a su propio hijo cuando se estrelló el helicóptero en el que viajaba. 

Su esposa Zulema aseguró siempre que se había tratado de un atentado, del que Menem era el directo responsable por sus sucios negocios con sanguinarios dictadores. Tras la trágica muerte de su hijo, abandonó a su marido.

En el debe de Menem también se encuentra el indulto a los altos mandos de la dictadura, condenados por atrocidades contra la población civil. No sólo los perdonó, sino que además paralizó todos los intentos de nuevas investigaciones.

Menem, maestro de líderes populistas, consiguió mantener unidas las diferentes facciones del peronismo, pese a su manifiesta traición a los principios del justicialismo. Supo arreglárselas para convencer a los argentinos de que su entrega al neoliberalismo era lo que el país necesitaba. De hecho, consiguió ser elegido en 1995. 

Pero ya no pudo engañar mucho más tiempos a su país, hay quien se sostiene que llegó a casarse, ya en su vejez con una joven Miss y presentadora de televisión para ganarse el afecto popular. Tras ser apeado del poder en 1999, en 2003 intentó la reelección. Sin embargo, tuvo que retirarse al ver que una nueva figura emergente, Néstor Kirchner, estaba a punto de arrollarlo en la segunda vuelta. 

“Síganme, no los voy a defraudar”, “Argentina, levántate y anda” o “A los tibios los vomita Dios”, son frases utilizadas por Menem utilizadas en sus campañas y que dan idea de su carácter populista. Eso sí, hay que reconocerle que durante diez años logró engañar a los argentinos y que fue el único presidente democrático que lo hizo durante tanto tiempo.

Carlos Saúl Menem nació en Anillaco (Provincia de La Rioja, Argentina) el 2 de julio de 1930 y murió en Buenos Aires el 14 de febrero de 2021 a los 90 años. Casado y divorciado por dos veces, deja tres hijos.

(Artículo publicado en EL ESPAÑOL)

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Francisco Luzón, el banquero que supo sacar valor de la enfermedad

Juan Carlos Laviana 17 febrero, 2021 15:21

En España sabemos mucho más de la ELA desde que el banquero de éxito Francisco Luzón anunció en 2016 que tres años atrás había sido diagnosticado. Sabemos que la esperanza de vida es de unos cinco años, unos pocos más con cuidados especiales, como en su caso. Sabemos que el proceso de deterioro es vertiginoso. Y lo sabemos porque lo hemos visto en él paso a paso. Desde que su hija, camino de un partido de fútbol, notó que su padre hablaba raro hasta el día de su muerte, a la que llegó tras haber perdido la movilidad, el habla y hasta la respiración.

Fueron necesarios tres años de peregrinaje por los hospitales más prestigiosos de todo el mundo para encontrar un diagnóstico. Y otro año y medio para asimilar la condena a una tortuosa y agónica enfermedad conducente a una muerte segura. A partir de ahí, todos sus esfuerzos se centraron en conseguir fondos para la investigación, para la búsqueda de una cura, para facilitar la vida a otros enfermos con menos recursos y en disfrutar cada día de la vida. Porque, según él, se puede disfrutar de la vida aún en esas circunstancias. “Dedico a pensar en la muerte cinco minutos al día, ni uno más”, respondía cuando le preguntaban por el seguro final. Su actitud ante la enfermedad hará que su nombre quede unido para siempre al de la ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica) y al valor para afrontarla.

Antes, el nombre de Francisco Luzón formaba parte de la reciente historia financiera de España. Hijo de una familia campesina, emigrada a Barakaldo, consiguió estudiar la carrera de Económicas con una beca. Empezó su vida profesional desde lo más bajo del escalafón en el Banco Vizcaya, Quince años después, ya participó de forma decisiva en la fusión con el Banco de Bilbao y en la creación del gigante BBV. El ministro Solchaga lo llamó para sustituir a Miguel Boyer al frente del Banco Exterior de España, banco público vinculado al PSOE. Y sería él quien liderara la exitosa fusión de varias entidades públicas hasta crear el conglomerado Argentaria.

Detonante de la enfermedad

Emilio Botín lo fichó como adjunto para, con él de mano derecha, modernizar el banco. Contribuyó a ampliar la entidad con múltiples fusiones y la implantó en toda Latinoamérica. Un viaje conjunto, colegas y amigos, que duró quince años. En 2013, un todavía muy joven Luzón sorprendió con una jubilación anticipada, que le supuso una indemnización bruta de 65 millones de euros. Luego contaría sus desencuentros con Botín, la “falta de palabra” del banquero cántabro, la “traición del amigo”, que aquella gran decepción acabaría por ser el detonante de su enfermedad.

En su libro El viaje es la recompensa (La Esfera de los libros), cuenta con detalle el desencuentro con su gran amigo, su cómplice y compañero. “CuandoEmilio Botín me llevó al límite en noviembre de 2011 y yo me negué a aceptar su propuesta para seguir siendo yo mismo -escribe-, se rompieron algunas de mis neuronas. Aquella mañana mi boca se quedó sin salivaAl levantarme de la silla, tras la dura conversación que mantuvimos cara a cara, me rompí. Ya no respiré igual. Allí empezó todo“.

La ELA da la cara

Luzón asumió que con la jubilación empezaba una nueva etapa. Tenía muchos motivos para disfrutar de la vida, Acababa de casarse en segundas nupcias con María José Arregui, una mujer de 58 años a la que había conocido como propietaria de la academia brasileña donde los empleados del banco recibían clases de portugués. Su actividad era frenética. Había dejado el banco, pero no de trabajar.

Seguía perteneciendo a numerosos consejos de administración, asesoraba a empresas, participaba en proyectos de formación de jóvenes directivos, incluso llegó a ser vicepresidente de la Biblioteca Nacional. Hasta que sólo 20 meses después de su jubilación, la ELA dio la cara y ofreció sus primeros síntomas.

En 2016 toma la decisión de hacer pública su enfermedad. Y al mismo tiempo, ayudado por su gran apoyo, su mujer María José, anuncia la creación de la Fundación Francisco Luzón, “el mayor reto transformador de mi vida, una fundación que ayude a encontrar una cura a esta terrible enfermedad, uniendo a todos los agentes que deben estar implicados en la misma”. Los cinco años que van desde ese momento hasta su muerte, dedicó todas sus fuerzas -muchas más de las que aparentaba- a luchar contra la enfermedad en privado, como paciente, y en público como gran activista.

No dejó de sonreír

El mal avanzó de forma vertiginosa. Tenía que comunicarse a través de una tableta en la que tecleaba con la mirada. Llegó un momento en que no podía mover ni un solo músculo, Dejó de respirar sin la ayuda del ventilador. Una grúa le movía entre la cama y el sofá. Pero no decae o al menos no lo deja traslucir. “Felizmente puede sonreír -declara su esposa en una entrevista en El País-. Lo hace y mantiene el brillo en sus ojos y la profundidad de su mirada. Y menos mal que sonríe y que sus ojos siguen vivos”.

Tanto Francisco como su mujer se dan cuenta de que, pese a todo, son unos privilegiados. “Lo que determina la supervivencia de alguien con esta enfermedad –explicaba María José- es la capacidad económica, es así de triste y así de duro (…) Nuestra situación económica permite que mi marido esté atendido por cuidadores y profesionales las 24 horas del día. No todos los enfermos de ELA disponen de estas capacidades”. Y ese va a ser el trabajo de la Fundación, que disponer de medios que suponen años de vida no dependa de la economía de cada uno. Y es que, como buen banquero, Luzón siempre defendió la importancia del dinero. “El dinero es como el estiércol: de nada sirve si no se esparce”, llegó a asegurar rememorando sus orígenes campesinos.

Amar y soñar

El banquero dijo que nunca se había planteado la eutanasia, pero que respetaba a los enfermos que optaban por esa salida. “Creo en Dios -manifestó en una entrevista-. Me parece que el cosmos y la vida sin él no tienen sentido. Cada mañana agradezco a Dios el nuevo día. (…) La vida es amor. No como, no hablo, no huelo, no me muevo, pero amo y sueño. Amaré la vida hasta el último segundo.

Probablemente sea el propio Francisco Luzón quien mejor se haya definido a sí mismo. Cuando recibió el premio León de EL ESPAÑOL en 2019, explicó que se consideraba una persona que había dedicado toda su vida la creación de valor, transformando la realidad y devolviendo a la sociedad parte de lo que le ha dado. Con su ejemplo y su Fundación la realidad, sin duda, es diferente.

Francisco Luzón López nació el 1 de enero de 1948 en El Cañavate (Cuenca) y murió el 17 de febrero de 2021 en Madrid a los 73 años. Estaba casado con María José Arregui. Deja tres hijos -Estíbaliz, Iratxe y Fran- y dos nietos.

(Artículo publicado en El Español)

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General Galindo, azote de ETA y jefe militar de los GAL

Gracias a él se desarticularon 278 comandos y fueron detenidos 1.700 terroristas, pero su carrera se vio enfangada por sus métodos

Juan Carlos Laviana 13 febrero, 2021 21:00

El exgeneral de la Guardia Civil, Enrique Rodríguez Galindo, ha fallecido este sábado a los 82 años de edad a causa de la Covid-19. Durante los quince años que estuvo al frente del cuartel de Intxaurrundo en San Sebastián Galindo fue el enemigo número uno ETA. Desde la primera línea de batalla de la lucha sin cuartel contra la banda terrorista, gracias a sus expeditivos métodos de vigilancia y de investigación, fueron desarticulados 278 comandos y detenidos 1.700 terroristas. Su efectividad le valió ascensos meteóricos en el escalafón de la Guardia Civil y un sinfín de condecoraciones que lucía orgulloso en su solapa.

Lo tenía todo para haber sido el gran héroe en la lucha contra el mayor enemigo de la democracia española. Pero su carrera y sus méritos se vieron no solo ensombrecidos, sino enfangados, cuando se airearon sus métodos poco ortodoxos. El general Galindo –para los etarras y sus seguidores, la encarnación del terror policial- asumió que el fin justificaba los medios.

Según se puede leer en la sentencia que recoge su condena, el suyo era «un caso de perversión de los medios en atención a los fines». Consideraba que cualquier atajo era válido para contener aquella sangría provocada por el terrorismo. Cien de sus hombres, cien guardias del fuerte que era Intxaurrundo, fueron asesinados por los terroristas. Una placa recuerda hoy sus nombres a la entrada del cuartel.

El “caso Lasa y Zabala” dejó al descubierto las torturas
que se practicaban en el cuartel de Intxaurrondo.

Intxaurrondo, la imponente fortaleza desde la que se dirigía la lucha antiterrorista, una ciudad dentro de una ciudad, que se autoabastecía, que acogía a cientos de jóvenes que llegaban de toda España para hacer frente a la gran amenaza, se convirtió en un auténtico símbolo para los habitantes de San Sebastián.

Para los guardias civiles novatos, instruidos en disimular su acento, en cómo relacionarse con los ciudadanos, en cómo explorar a todas horas los bajos del coche, era el único lugar en el que se sentían seguros. Para los donostiarras, en cambio, se convirtió en el objeto de todo tipo de habladurías sobre terribles torturas, crueldades inimaginables, en una especie de misterioso castillo kafkiano.

Lo que hasta entonces solo habían sido rumores se demostró verdadero cuando los periodistas del diario El Mundo, encabezados por Melchor Miralles, comenzaron a investigar y a dejar al descubierto la trama de los GAL. El llamado «caso Lasa y Zabala» fue el detonante que demostró lo que ocurría de puertas adentro en el cuartel.

La historia comienza en 1985 con el descubrimiento de unos restos humanos en la localidad de Busot (Alicante), muy lejos del País Vasco. Los huesos no pudieron ser identificados, dado su deterioro, hasta 1995, cuando se determinó que los correspondían a José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala, desaparecidos en 1983.

Víctimas de los GAL

Ellos fueron las primeras víctimas del terrorismo de Estado de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL). Se trataba de dos miembros muy jóvenes de ETA, con apenas 18 años. Habían sido secuestrados en Bayona (Francia) y trasladados al cuartel de Intxaurrondo por orden del entonces comandante Galindo. De ahí, desplazados al palacio Cumbre de San Sebastián, una señorial villa pública utilizada por la policía, donde serían cruelmente torturados.

Hasta tal punto estaban desfigurados los dos jóvenes, que se decidió hacerlos desaparecer. Galindo encargó la misión a dos guardias civiles, que los remataron y los enterraron en cal viva, de ahí la dificultad para su reconocimiento. 

El general fue condenado a 75 años de cárcel, de los que
sólo cumpliría cinco por motivos de salud.

Las investigaciones periodísticas demostraron que Galindo ejercía la máxima autoridad militar de lo que se dio en llamar «el gal verde», el brazo armado de toda una trama de políticos, que iba de gobernadores civiles, como Julen Elorriaga, a ministros del Interior, como José Barrionuevo, pasando por secretarios de Estado, como Rafael Vera.

El héroe Galindo pasó a ser un apestado cuando en 2000 fue condenado a 75 años de cárcel -por secuestro, torturas y asesinato-, de los que sólo cumpliría cinco. En septiembre de 2004, y tras serle varias veces denegada la concesión del tercer grado, la Dirección General de Instituciones Penitenciarias permitió a Galindo que cumpliera su condena fuera de la cárcel dada la grave enfermedad cardiovascular que padecía y su avanzada edad. También perdió su empleo y su grado.

Acababa así una carrera brillante, de un hijo del cuerpo que había dedicado su vida, desde los 18, años a la Guardia Civil. Que se había preocupado por estudiar en la Academia Militar de Zaragoza. Que se había presentado voluntario para destinos tan exóticos como la vieja colonia de Guinea. Y que un traslado como guardia de Tráfico le sirvió para conocer Guipúzcoa y el mundo en el que arraigaba el terrorismo. Esta experiencia cambiaría su vida para siempre. Se quedó fascinado por la labor que desempeñaban allí sus compañeros y decidió que aquel era su destino, que aquella era su lucha. 

Cúpula militar de ETA

Sus éxitos fueron notables. Además de los mencionados, a él se debe el mayor golpe atestado a la cúpula militar de ETA. Bajo su mando, y gracias a su obsesiva búsqueda de información, el 29 de marzo de 1992 caía en la localidad francesa de Bidart la hidra de múltiples cabezas en que se había convertido la cúpula de la serpiente terrorista, y que había sido bautizada oficialmente como «Colectivo Artapalo». 

Participó como intermediario en los intentos de
negociación con ETA de los gobiernos de Felipe
González.

Galindo era conocido por tratar de tú a tú a los dirigentes de ETA. Se vanagloriaba de conocerlos muy bien. Ese conocimiento le sirvió para participar en diferentes conversaciones mantenidas con los líderes de la banda por parte de los gobiernos socialistas en la década de los 80. Él facilitó contactos con mediadores en el propio País Vasco e incluso el diálogo directo en Andorra con el entonces cabecilla Domingo Iturbe Abasolo, Txomin,  

Al poco de conocerse la sentencia condenatoria en abril de 2000, sus compañeros de armas le agasajaron con una cena homenaje. Pero, en cuanto ingresó en prisión, los mandos de la Benemérita y sus camaradas de los GAL pronto se olvidaron de él y solo recibía las visitas de sus familiares y algunos amigos íntimos.

En la cárcel, según contaría la periodista Cristina López Schlichting en un reportaje en El Mundoentretenía su tiempo haciendo crucigramas y resolviendo desafíos psicológicos. Allí también completó sus conocimientos de informática y se dedicó a sus lecturas favoritas, best-sellers de Grisham o Follet, libros de Historia y algunos ensayos sobre ETA.

Su familia llegó a recoger cien mil firmas solicitando su indulto, pero fueron rechazadas. Incluso llevaron su caso al Tribunal de Estrasburgo. Pero el general nunca mostró el menor entusiasmo por los recursos judiciales. Asumió su destino en la cárcel Después de cinco años, repartidos entre una prisión militar y una civil, el fallecido José Luis Alonso, ministro del Interior, decidió indultarle en 2004, amparándose en la mala salud del ex general.

El general estaba convencido de que la crueldad de los
etarras justificaba usar sus misma armas.

Galindo y sus cómplices olvidaron, según puede leerse en la sentencia condenatoria, que el Estado debe defenderse del terrorismo, por supuesto, pero sólo «desde el respeto a los valores que defienden el Estado de Derecho». El general no opinaba o mismo, creía que la crueldad de los etarras justificaba usar sus mismas armas. De hecho, no llegó a mostrar el menor signo de arrepentimiento. «Asumo la condena como un servicio a mi país y a mi patria –afirmó-, nunca he hecho otra cosa».

Enrique Rodríguez Galindo nació en Granada el 5 de febrero de 1939 y murió el 13 de febrero de 2021 a los 82 años. Deja mujer, tres hijos y dos hijas.

(Artículo publicado en EL ESPAÑOL)

Destacado

Necesitamos unas negritas

Más allá del Negrón/ Documentales sobre Umbral y Leguineche recuerdan que el periodismo precisa reinventarse continuamente

Juan Carlos Laviana

Fotograma del documental Anatomía de un dandy.

Fotograma del documental Anatomía de un dandy.

Por azares del destino, coinciden los estrenos de sendos documentales sobre Francisco Umbral (Filmin y unos pocos cines) y sobre Manuel Leguineche  (TVE).  Si añadimos el aún fresco centenario de Miguel Delibes, padre periodístico de los dos anteriores, tendremos el trío completo de los mejores periodistas, cada uno en su especialidad, de la segunda mitad del siglo XX.

La coincidencia provoca, de forma inevitable, una reflexión sobre un periodismo, el actual, en crisis crónica y muy necesitado de ideas. De las historias de los colosos tenemos mucho que aprender. No es solo nostalgia. No es que ellos tuvieran la fortuna de ejercer en la edad dorada del periodismo.  O del “periodismo del pelotazo”, como lo han bautizado con menos delicadeza una nueva generación empeñada en demostrar cada día que el periodismo nació con ellos.

Umbral, Leguineche y Delibes no lo tuvieron fácil ni nadaron en la abundancia. En absoluto. Vivieron bajo una asfixiante dictadura que controlaba la mayoría de los medios, pelearon contra la censura inflexible, pasaron penalidades, pero, pese a todo, los  tres innovaron de forma decisiva el oficio que eligieron. Si nosotros nos enfrentamos a una traumática transición, ellos hicieron su propia transición, no menos traumática,  de un periodismo bajo la bota a un periodismo libre.

En la película «Anatomía de un dandy», se oye a Umbral contar que cuando Juan Luis Cebrián le llamó para escribir en la última página de «El País», le pidió que se inventara algo nuevo. Y Umbral se inventó las negritas. En realidad, copió las versalitas de Alfonso Sánchez, gran cronista de sociedad y popular crítico de cine que recordarán los más viejos. El invento de las negritas de Umbral fue una revolución en el periodismo. Esa aparente fruslería tipográfica provocó que cientos de miles de personas compraran el periódico para ver a quién masacraba o glorificaba Umbral con sus negritas.

El hecho de que Umbral fuera un fanfarrón, un egoísta, un machista, un pesetero, un mal compañero, lo que usted quiera, no resta un ápice a su mérito.  Fue un genio literario que revolucionó el columnismo. Aún se le sigue imitando con escaso éxito, ya que su estilo era tan personal que copiarlo es poco menos que una misión imposible. Una oferta millonaria, unida al malestar que había creado en la redacción de «El País», facilitó el cambio de cabecera. El narcisista Umbral llegó a exigir al director que los artículos de Rosa Montero o Manuel Vicent –dos muy buenos amigos suyos- no aparecieran en la última página, que quería exclusivamente para él.

También se puede escuchar en la película a Umbral desvelando los detalles de su fichaje por parte de Pedro J. Ramírez, primero para «Diario 16» y luego para «El Mundo».  Umbral preguntó al director  por qué tenía que escribir  los siete días de la semana y no podía escribir  solo dos o tres. Y Ramírez le contestó, siempre según el imaginativo escritor, que resultaba imprescindible que escribiera a diario, porque sus columnas eran una droga que los lectores necesitaban todas las mañanas, y su obligación era dársela para que siguieran comprando masivamente el periódico.

El documental de Umbral –al igual que el de Leguineche- provoca un enorme desconsuelo al periodista de hoy. ¿Cómo hemos podido cambiar tanto? ¿En qué momento nos dejamos arrebatar nuestro papel esencial en la sociedad? ¿Cuándo  dejamos de suministrar a nuestros lectores la dosis de la medicina que les es imprescindible? Deberíamos preguntarnos cada día, como preguntó Cebrián a Umbral,  qué podemos inventarnos.  ¿Dónde están nuestras negritas, nuestras apasionadas crónicas de  guerra, nuestras sabias tribunas literarias de lo cotidiano? En suma,  ¿dónde están los Umbral, los Leguineche y los Delibes de hoy?  Probablemente aún sean muy jóvenes o no les hayamos dejado asomar la cabeza.  Hace cuarenta años, ni nos imaginábamos que unas simples negritas podían revolucionar un oficio.

(Artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 18 de febrero de 2021)

Destacado

Alberto Oliart, el ministro que combatió el golpismo y metió a España en la OTAN

Juan Carlos Laviana (Publicado el 13 febrero, 2021 a las 14:38 en EL ESPAÑOL)

En la larga trayectoria de Alberto Oliart, destaca su labor como ministro de Defensa de la UCD. Con más habilidad que firmeza se enfrentó a un Ejército aún anclado en el franquismo. Tras el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, el nuevo presidente Calvo-Sotelo le puso al frente del ministerio más comprometido en aquel momento, del que dependía el Ejército.

Lo primero que hizo Oliart, tras asumir el cargo en el que sucedió a Agustín Rodríguez-Sahagún, fue reunirse uno por uno con los capitanes generales, para que le dieran su versión de lo ocurrido el 23-F. Lo que oyó de boca de los mandos militares no fue muy alentador. A pesar del fracaso del golpe, la mayoría de ellos hubieran dado por buena la llamada solución Armada. Es decir, la de un gobierno provisional presidido por el general. No sólo eso, sino que, además, como relataría el propio Oliart años después, los mandos militares “buscaban limitar muchísimo las autonomías, los sindicatos, ilegalizar el PCE, (…) reponer la pena de muerte (…) y erradicar el desorden público en la calle”.

Ese era el Ejército con el que le tocaba lidiar. El juicio de Campamento, conocido así por celebrarse en unos barracones de esa zona de la Casa de Campo, sería la primera prueba de fuego en el pulso del nuevo ministro con los militares. Sólo un año después del golpe, los 33 implicados se sentaron en el banquillo. El clima era de máxima tensión. Los acusados provocaban continuos desórdenes y no paraban de protestar.

Por su parte, uno de los principales encausados, el general Milans del Bosch hacía lo que le venía en gana y llegó a abandonar la sala sin el permiso del tribunal. Incluso exigieron, y consiguieron, la expulsión de la sala de Pedro J. Ramírez, director entonces de Diario 16, por un reportaje que no fue de su gusto. Más que un juicio tenía el aspecto de una farsa.

Elevó las penas de los golpistas

El ministro se vio obligado a intervenir. En una medida valiente, decidió cambiar al presidente del tribunal militar. Se dijo entonces que las provocaciones de los golpistas habían llevado al magistrado un estado de ánimo que le impedía poner orden. El nuevo presidente consiguió detener los desmanes de los acusados que utilizaban el juicio para desprestigiar la democracia. En junio, el tribunal emitió una sentencia con penas benevolentes para los imputados.

Hasta tal punto que, por ejemplo, sólo condenó a 6 años de prisión al general Armada y a otros 11 acusados, a penas tan ínfimas que pudieron seguir en el Ejército. Oliart, recogiendo el malestar popular y enfrentándose a los mandos, ordenó a la Fiscalía que recurriera la sentencia. El recurso consiguió elevar considerablemente las penas. En el caso de Armada pasó de seis a 30 años.

En aquellos momentos, Oliart se vio en una situación muy comprometida. Recibió críticas desde todos los frentes. Por un lado, se le acusó de ser demasiado complaciente con los altos mandos militares. Por otro, de defender con uñas y dientes al Rey y de intentar proteger al Monarca de cualquier duda sobre su papel en el golpe. Incluso se le acusó de favorecer, a la hora de conceder, ascensos a los golpistas frente a aquellos militares que defendieron abiertamente el orden constitucional.

Hay un dato importante y muy significativo de su personalidad. Oliart consideraba, como otros muchos, que la democracia se encontraba en grave peligro en aquellos momentos. Fue el único ministro de Leopodo Calvo-Sotelo que estaba a favor, y luchó por ello, de un gobierno de coalición con todos los partidos, excluyendo al PCE. Su intento fracasó, pero de haber triunfado, la historia reciente de España hubiera sido muy diferente.

Reformó el CESID

Una de las medidas más relevantes de Oliart fue la reorganización del CESID –hoy, CNI-, cuya eficacia y lealtad había quedado en entredicho al no detectar el golpe del 23-F. Nombró nuevo director al teniente coronel Emilio Alonso Manglano. El cambio de actitud del nuevo servicio de inteligencia quedaría de manifiesto sólo unos meses después.

La noche del 1 de octubre de 1982, Manglano se citó con el presidente Calvo-Sotelo, el ministro del Interior, Juan José Rosón, y el de Defensa, Alberto Oliart. En una reunión que se prolongó hasta la madrugada, el jefe de la Inteligencia fue detallando los pormenores de un golpe que estaba en marcha para el día 27 de este mes, víspera de las elecciones generales. Era el conocido como golpe de los coroneles.

Entre sus objetivos, se encontraba “neutralizar” al Rey y al presidente del Gobierno. Disponían de listas de personalidades relevantes, políticos, periodistas y militares contra los que se ordenaba actuar de forma “contundente”. Según los expertos, el golpe estaba preparado de una forma muy profesional y hubiera resultado enormemente sangriento.

Oliart y los reunidos, después de una larga discusión, decidieron detener a los cabecillas. La decisión no era fácil, porque eran conscientes de que ese nuevo intento de golpe iba a ser decisivo en el resultado electoral de una ya agónica UCD. En cualquier caso, el ministro decidió darle la menor publicidad posible a la desarticulación de la trama militar para evitar que las detenciones caldearan aún más el ya muy crispado ambiente preelectoral.

Entrada en la OTAN

Otro acontecimiento histórico en el que Alberto Oliart fue decisivo es el ingreso de España en la OTAN. Como ministro de Defensa, defendió en el Congreso la intención del gobierno de Calvo-Sotelo de solicitar la adhesión a la Alianza militar, asunto que se consideraba esencial para convertir un Ejército mayoritariamente golpista en uno moderno y profesional. La oposición había tomado el asunto como bandera contra el Gobierno, en el Parlamento y en la calle. Se exigía cuando menos un referéndum. Pese a la fuerte contestación, Oliart llevó a cabo todos los trámites para el ingreso en la organización militar.

El 10 de junio de 1982, asistió, junto a Calvo Sotelo y el ministro de exteriores, José Pedro Pérez-Llorca, a la cumbre de la OTAN en su cuartel general de Bruselas, donde se izó por primera vez la bandera española. “Allí empezó –explicaría Oliart tiempo después – el cambio definitivo de la mentalidad de la Fuerza Armadas españolas”.

Oliart también jugó un papel destacado, como diputado de UCD, en la negociación del Estatuto de Guernica con los nacionalistas vascos encabezados por Xabier Arzalluz. Fueron unas reuniones tensas, siempre a punto de romperse. A esa tensión contribuyó decisivamente un atentado en mitad de las conversaciones.

Un comando de ETA, del que formaba parte Arnaldo Otegi, hirió de gravedad al diputado centrista Gabriel Cisneros, al que intentaba secuestrar. Los terroristas siempre intentaban influir con las armas en las negociaciones que tenían que ver con el País Vasco.

Al frente de RTVE

Después de haber sido ministro de Industria y haber lidiado con la crisis del petróleo, de haber formado parte de la comisión que discutió los Pactos de la Moncloa, de comenzar la democratización del Ejército como ministro de Defensa, de ejercer de ministro de Sanidad, en 1982, tras la aplastante derrota de la UCD por el PSOE, abandonó la política.

Durante un tiempo estuvo dedicado a la escritura, y en especial a la poesía, a la que era muy aficionado. Llegó a ganar el Premio Comillas de Biografía por sus memorias Contra el olvido, en las que con una prosa brillante repasa su vida desde la niñez. Incluso volvió a su Extremadura natal para dedicarse a la cría de ganado.

Interrumpió su retiro público entre 2009 y 2011, tiempo en el que por acuerdo de PSOE y PP, presidió la Corporación de RTVE. A él se debe que TVE dejara de emitir publicidad y que, durante ese periodo, se convirtiera en líder de audiencia. Aunque, eso sí, recibió numerosas acusaciones por parte del PP de manipulación política de los informativos.

Fue acusado de corrupción al hacerse pública la firma de un contrato por parte de RTVE con la empresa de uno de sus hijos. Oliart presentó de inmediato la dimisión. Y más tarde se le llegó a calificar de víctima del 15-M, por el ambiente de vigilancia contra la corrupción que el movimiento de la Puerta del Sol había puesto en marcha.

***Alberto Carlos Oliart Saussol nació en Mérida en 1928 y murió en Madrid el 13 de febrero de 2021 a los 92 años. Estaba casado con Carmen de Torres Flores. Tuvo seis hijos, de los cuales dos murieron en accidente de tráfico. Su hija Isabel fue pareja del cantante Joaquín Sabina, con el que tuvo dos hijas.