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¿Y los niños para cuándo?

Más allá del Negrón/ El envejecimiento de la población de China a Asturias: las negras perspectivas del invierno demográfico

Juan Carlos Laviana

Estamos muy preocupados por llenar la España vacía. Nos inquieta quién va a pagar las pensiones en un mundo envejecido. Nos angustia que nuestros jóvenes de menos de 25 años (casi un 40 por ciento de paro) no tengan expectativas. Muchas preocupaciones, muchas quejas. Pero no se ha oído una sola propuesta –ni de este Gobierno ni de ningún otro- para promover la natalidad. Ninguna. Como si quisiéramos soslayar el problema, lo más que proclamamos es esa disculpa facilona y falsa de que “este mundo no está para traer hijos”.

Se ha instalado la creencia falaz de que las políticas de natalidad son de derechas. No dan buena imagen a un gobierno autoproclamado progresista. Se ha aceptado como bueno el tópico de que se estigmatiza a las parejas que no tienen hijos. Esa temida pregunta que revuelve las tripas a quienes han optado por no tener descendencia. ¿Qué? ¿Y los niños para cuándo? Pero en realidad quienes están estigmatizadas, por raras, son las familias numerosas. ¡Serán del Opus!, se dice con desprecio, como si se tratara de seres abducidos.  ¿Desde cuándo tener hijos ha dejado de ser algo positivo?

La mismísima China, adalid del control de la natalidad,  ha tenido que dar marcha atrás. Dijo adiós a la política del hijo único y ahora se plantea cómo fomentar la natalidad en un pueblo cada vez más occidentalizado. No nacen tan pocos niños desde que el país sufrió la devastadora hambruna en los 60. Se han encontrado con una población envejecida y no hay quien sostenga esa carga. Las necesidades de infraestructuras para ancianos  -asilos, hospitales- empiezan colapsar.

La gran tragedia de China es que está a punto de alcanzar una cifra dramática: 1,3 hijos por cada mujer en edad fértil, cuando la tasa necesaria para mantener la población es de 2,1. La cifra que angustia a Pekín únicamente es superada por cinco países en el mundo, de los cuales solo uno europeo: España. Sí, España que junto a los también mediterráneos Italia y Grecia sigue anclada en una presunta modernización.

Y, dentro de España, Asturias. Y dentro de Asturias, Avilés, nueva capital de la ancianidad en Europa. Uno de cuatro habitantes, tiene más de 60 años. Las autoridades se devanan los sesos para explicarse por qué en una de las ciudades del principado donde más empleo se crea también es donde más baja la natalidad.

Lo de Asturias viene de antiguo. Miremos atrás en la familia. Mis abuelos paternos tuvieron cinco hijos. Los maternos, ocho. Mis padres, en la época de la parejita, tuvieron el primer hijo en la década de los 40. Momentos difíciles en los que también se planteaban las complicaciones de traer hijos a este mundo. Ni vivienda digna, ni buen sueldo, ni expectativas de futuro. Tuvo que llegar el párroco de Cocañín –famoso por su deportivo rojo en aquellos tiempos austeros-, para adoctrinar a mi madre once años después del primer hijo. ¿Qué es eso del hijo único?, le espetó.  “Estás en pecado mortal”. Mi madre, angustiada,  reaccionó, aunque hay que reconocer  que la situación ya era mucho más favorable. Y llegué yo justo para completar, al menos, la parejita e inaugurar la generación del baby boom.

La joven escritora Ana Iris Simón planteó el problema ante el mismísimo presidente del Gobierno. Su mensaje revolucionario provocó una conmoción.  ¿Cómo es posible que se prefiera importar la natalidad antes que fomentarla dentro?  ¿Cómo se puede pretender que los inmigrantes, tratados como mercancía y no personas, paguen nuestras pensiones? Estaba hablando de la solución, la única, que ofrece el plan 2050 al gravísimo problema demográfico.

Tal osadía le ha costado a Ana Iris Simón furibundas críticas de la izquierda, pese a que ella misma se considera de izquierdas. Y, claro, la derecha no ha dejado pasar la ocasión de instrumentalizar sus palabras en su favor. Debe de ser el precio de hablar con libertad.

Hay un enfoque equivocado. La natalidad no es un problema ni de izquierdas ni de derechas. Es un gravísimo problema esencial del ser humano. La pervivencia, uno de los deberes de cualquier especie, probablemente el primero, es evitar su extinción. Pero eso no está bien visto socialmente y a nuestros gobiernos lo impopular, lo que no da votos, no les interesa ni siquiera cuando piensan en 2050. Entonces será demasiado tarde. No sé si salvaremos el planeta, pero de poco servirá si no salvamos también a sus moradores.

(Artículo publicado en La Nueva España el 17 de junio de 2021)

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Las líneas de sombra de la Ebau

Más allá del Negrón/ Las pruebas de selectividad, exponente del disparate educativo español

Juan Carlos Laviana

La Ebau es para nuestros jóvenes como la línea de sombra que tuvo que atravesar el bisoño narrador del relato de Joseph Conrad. Se trata de una línea invisible que “nos advierte de tener que dejar atrás las razones de la juventud temprana” y nos pone en la tesitura de qué hacer con nuestras vidas. El inexperto marinero de la historia tiene que asumir de forma súbita la capitanía de un barco. Nuestros jóvenes de hoy han de asumir, con la Ebau, la capitanía de su futuro, algo para lo que uno nunca se siente preparado.

Como sociedad, hemos sido incapaces de ayudar en ese decisivo trance a 300.000 jóvenes que se enfrentan estos días a su particular línea de sombra. Ni siquiera hemos sido capaces de exigir lo mismo a todos ellos, Ni siquiera hemos sido capaces de ponernos de acuerdo con el nombre. Ebau, Evau, Pau, Abau… Eludo las mayúsculas de las siglas, como haría Andrés Trapiello, para que el lector no se crea que le estoy gritando. Y del nombre para abajo, todo sigue siendo distinto. El precio de las tasas, el temario, la posibilidad de presentarse con asignaturas suspendidas del bachiller… Todo es distinto, salvo un detalle esencial: que el aprobado en una de las diecisiete diferentes pruebas da el mismo acceso a cualquier universidad española. No se nos cae de la boca la igualdad, pero a un estudiante de Madrid o de Asturias no se le exige lo mismo que a uno de Murcia o Cataluña.

Los periódicos han tenido que recurrir estos días a mapas explicativos para poder plasmar este lío. En este color, las comunidades que permiten llegar a la Ebau con suspensos.  En este otro, los diferentes criterios de calificación. Basta un solo ejemplo de la disparidad. En Cataluña sólo se exige Historia desde el año 1875, en el resto hay que saberse además lo anterior: la Prehistoria, los Reyes Católicos o el Al-andalus,

Circula por el Instagram de los aspirantes de Madrid una prueba de Historia de la Comunidad de Murcia, la más madrugadora en celebrar las pruebas. Consiste, como si de un pasatiempo se tratara, en rellenar las palabras que faltan en un texto. Por ejemplo: “En 1517, un monje llamado…………denunció en las conocidas 95 tesis de Wittemberg abusos del Papa de Roma”. O este otro: “En 1571, se produjo la batalla de………… En ella participó Miguel de Cervantes”. ¿Fácil verdad? Y eso que usted y yo hace muchos que dejamos las aulas.

En Madrid, en cambio, un  alumno ha de responder con amplitud a las preguntas, sin pistas y, además, desarrollar un tema en extenso, tipo “Política exterior de las Austrias menores”. Resulta lógico que estén indignados los alumnos madrileños. Cuando el joven de Madrid, que ha conseguido el mismo resultado con mayor esfuerzo, se encuentre con el de Murcia en la Universidad, seguro que se le escapa un “ya te vale, así cualquiera”.

La diferencia es que en comunidades como Murcia no se valora la memoria. En Madrid, sí y el aspirante ha de recordar todos los datos que en otras regiones se les facilitan a los alumnos, siguiendo la tesis de la ministra Celaá. “Con la selectividad, los alumnos memorizan, vomitan y olvidan.” Son palabras del experto Lucas Gortázar, asesor del Gobierno y defensor de la nueva ley. Los estudiantes son víctimas, en Madrid y en Murcia, de la batalla entre pedagogos defensores y detractores de la memoria.

La selección del alumnado universitario es imprescindible. El examen de ingreso ya fue propugnado por Giner de los Ríos e introducido en el paso del siglo XIX al XX, ante la abismal disparidad de conocimientos entre los alumnos que llegaban a las facultades, Luego vinieron las temidas reválidas que padecieron nuestros hermanos mayores. Y más tarde llegó el turno de mi generación, cuando  mi compañero de fatigas José Luis Iglesias –con la dificultad añadida de la ceguera- y yo estrenamos en 1975 la protestada selectividad sin saber de qué iba aquello.

Como tantos problemas en España, la selectividad ha acabado convirtiéndose en un mal endémico. ¿Tan difícil es poner de acuerdo a nuestras comunidades para unificar criterios de exigencia? ¿Tan difícil es establecer un temario único?   ¿Tan difícil es combinar la necesaria memoria con la asimilación de lo memorizado? Si esperamos a 2050 para resolverlo, habremos castigado innecesariamente a otras 29 promociones.

“Solo los jóvenes conocen momentos semejantes”. Con esta frase comienza Conrad su relato, Pongámonos en el lugar de los jóvenes. Bastante duro es atravesar la línea de sombra de la vida como para encima complicarla más.

(Artículo publicado en La Nueva España el 10 de mayor de 2021)

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Los socialistas y la felicidad

Más allá del Negrón/ El carácter utópico del socialismo impide a sus fieles la conformidad

Juan Carlos Laviana

Los socialistas, como todos los seres humanos, solo son felices en el trayecto hacia la utopía. Es decir, en el camino a ninguna parte. Al llegar a la primera meta, el poder desde el que pretenden materializar el sueño del paraíso en la tierra, las cosas empiezan a torcerse. Pueden optar por dos vías. Una, ser pragmáticos –lo que va muy mal con su carácter-  e  implantar algo que se parezca a la justicia social, porque el socialismo universal ya está claro que es una ensoñación. Otra, mantenerse a toda costa en el poder –como el común de los políticos-, porque ellos se creen que sus aspiraciones son mejores que las del resto de la humanidad.

¿Pueden los socialistas ser felices? Tomo el título con que George Orwell –siempre Orwell- encabezó  un artículo publicado el 24 diciembre de 1943, teñido del espíritu navideño propio de la fecha. Y de socialismo, vivido en sus carnes, del que el autor de “Rebelión en la granja” sabía un rato. El texto va sobre la utopía y sobre la contradicción de que las menesterosas familias dickensianas pudieran ser más felices en su miseria,  sin objetivos más allá que comerse un pavo en Navidad, que los socialistas en busca del inalcanzable paraíso en la tierra.

Desde que leí por primera vez esa pregunta, me ha perseguido sin encontrar respuesta. Y hoy, cuando nuestros socialistas, pese a estar en el poder o precisamente por eso, se debaten sobre su sentido, se hace más insistente la amargura de esa interrogación. Están sumidos en la zozobra. Se enfrentan los veteranos, a los que se tilda despectivamente de nostálgicos  –Felipe, Guerra, Leguina…-,  con otros más jóvenes –los del “ahora nos toca a nosotros”, de Adriana Lastra—. Ambos tienen formas de entender el socialismo en apariencia irreconciliables. Disienten sobre  la unidad de España, las concesiones a los nacionalistas o la relación con los herederos del terrorismo. Incluso discrepan sobre el enemigo, para unos el fascismo –al que hay que rodear de un cordón sanitario- y para otros una derecha civilizada y con la de entender el socialismo se puede y se debe hablar.

Conocí a Felipe González cuando Felipe era feliz. Había alcanzado el poder en el partido, pero aún no en el país. Era el muy caluroso mes de agosto de 1979. Había una actividad frenética en el PSOE por la preparación del decisivo congreso que diría adiós al marxismo. Había mucho interés en lo que pudiera decir Felipe González, así que el difunto Antonio Herrero –entonces en Europa Press- y yo, un practicante –hoy, becario- nos plantamos en la mísera puerta de la agrupación del muy obrero barrio de Tetuán. Felipe, con cazadora marrón de cuero, vaqueros ceñidos y botas camperas, salió por fin, acompañado de Fernando Morán, con un aspecto de pobre de solemnidad, con unos pantalones de tergal caídos por debajo de la tripa y una camisa llena de lamparones que no acababa de cubrir la prominencia estomacal. Se pararon ante nosotros y nos concedieron la ansiada entrevista.  De pie, pero sin prisas. Una gran exclusiva del momento. Pero lo que más recuerdo de aquel encuentro es la felicidad que desprendía Felipe, el entusiasmo, la fortaleza de ánimo, la seguridad de que iba a cambiar este país de arriba abajo.

A los socialistas de hoy no se les ve felices. De Sánchez se pueden decir muchas cosas, pero no que tenga la apariencia de ser un hombre feliz. Y tengo la seguridad de que los problemas de entonces eran mucho mayores de los que hoy. Felipe creaba ilusión. Sánchez transmite desencanto.

El socialista más moderno entre los más modernos Iván Redondo –moderno sí, socialista no lo tengo tan claro- acaba de decir que se tiraría por un barranco detrás de Pedro Sánchez. No hay nada más monolítico que las adhesiones inquebrantables en un país tan dispar como el nuestro. ¿Alguien puede imaginarse a Alfonso Guerra asegurando que se tiraría por un barranco por Felipe? Por no hablar de Gómez Llorente, de Peces Barba o de Rodríguez Ibarra.

Esta semana, en una reunión privada, varios socialistas expusieron su impresión sobre la actual situación del PSOE. Hubo quien vaticinó la progresiva desaparición del partido, como en otros países europeos. Hubo quien aventuró  que la gran aspiración de Sánchez es acabar en la oposición frente a una colación PP-VOX. Hubo quien soñaba con la gran coalición de los dos grandes partidos. Hubo quien barajó la posibilidad de que volviera Felipe, que  acababa de mostrar sus extraordinarias habilidades ante la millonaria audiencia de “El Hormiguero”. Hubo quien manifestó la necesidad de encontrar un nuevo líder,  joven y sensato.

Los socialistas –pro Sánchez o anti Sánchez- hoy tampoco parecen muy felices. Tal vez tenga razón Orwell y estén condenados a la infelicidad.

(Artículo publicado en La Nueva España el 3 de junio de 2021)

Ilustración de Carla G. Ríos para La Nueva España

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Azaña y los periodistas, una relación tormentosa

Los libros de la prensa/ “Los que le llamábamos don Manuel”, de Josefina Carabias

28 May 2021/JUAN CARLOS LAVIANA  / Manuel Azaña

Los que le llamábamos don Manuel, recién rescatado libro de Josefina Carabias (1908-1980), ofrece muchas y muy interesantes revelaciones sobre la personalidad de Azaña. Entre ellas, su tormentosa relación con la prensa. «Yo sólo hablo para la Gaceta» (lo que hoy conocemos como BOE), repetía una y otra vez el presidente de la República para justificar su aversión a los periodistas.«Azaña, a pesar de tener muchos amigos periodistas —cuenta Carabias—, se negaba rotundamente a cualquier declaración y menos aún a que le hicieran reportajes de tipo personal. Las interviús (como se decía entonces en lugar de «entrevistas») le causaban verdadero espanto. Los que intentaban algún tipo de reportaje de carácter personal —su vida privada, sus aficiones, sus costumbres— tropezaban con más dificultades que quienes le pedían declaraciones políticas.»

El político republicano estaba obsesionado con «evitar aquellas malas interpretaciones de sus palabras que le irritaban tanto». Estimaba que «como intermediarios, entre un hombre de Gobierno y su pueblo, ya están los diputados y que es a ellos más que a la prensa a quienes un político debe dar toda clase de explicaciones». De ahí su convencimiento de que «la mejor manera de que no se malinterpretaran sus palabras era no pronunciarlas».”Su forma de entender el periodismo y la libertad de expresión tiene absoluta vigencia incluso hoy, más de cuarenta años después de escribir el libro”

En su libro de 1980, reeditado ahora por Seix Barral, Josefina Carabias sostiene que la antipatía era mutua y explica por qué. «Azaña no hacía concesiones a la prensa ni “pasaba jabón” a los periodistas —recuerda—. Por ese motivo a muchos les caía antipático. Es posible que si yo le hubiera conocido siendo ya periodista, y no antes como le conocí, tampoco hubiéramos llegado a ser amigos. Me habría parecido tan antipático e intratable como a muchos de mis compañeros».

El problema que le planteaba a Carabias su doble condición de periodista y amiga de tan relevante personalidad queda bien reflejado en uno de los episodios narrados en el libro. Era el verano de 1931. Los políticos republicanos disfrutaban de sus primeras vacaciones tras el cambio de régimen. La mayoría pasaba entonces su tiempo de descanso en El Escorial. Y allí envían a la periodista para descubrir la cara más humana y personal  de los políticos, alejados del trajín de los ministerios y las agotadoras disputas de la Carrera de San Jerónimo.

La periodista se da de bruces en un restaurante con don Manuel, que comía tranquilamente con su esposa. El siguiente diálogo es una buen muestra de que, como dice Elvira Lindo en el prólogo,  Carabias «siempre dominó el arte de reproducir diálogos con viveza y precisión». En cuanto la vio, Azaña se olvidó de la amistad,  mostró su peor cara y le espetó:

«—Le advierto que yo no me dejo hacer interviús ni fotografías por sorpresa.

—No tiene usted derecho a ponerme esa cara, don Manuel.

—Lo siento, pero no tengo otra.

—Sí, señor. Tiene usted otra, que es la que me había puesto siempre, hasta hoy. Pensaba que usted me conocía mejor y estaría seguro de que no soy capaz de hacerle una “trastada periodística”. No he escrito una palabra sobre usted desde que estoy en los periódicos. Ni siquiera para darle coba, porque para eso ya hay demasiados voluntarios. Creo que no tiene derecho a desconfiar de mí. ¿He escrito alguna vez algo de lo que le he oído?

—Bueno, bueno… no me pique. Ande siéntese a tomar café con nosotros.»

La tensión se relajó y Azaña le contó a Carabias muchas y muy sustanciosas anécdotas de su vida privada, en especial los detalles de una mañana que había compartido con unos frailes, noticia relevante tratándose de un político anticlerical. La periodista tenía un reportaje sensacional sobre el entonces presidente del Consejo de Ministros. Pero decidió no publicarlo, de acuerdo con su director, que se lamentaba amargamente:

«¿Por qué será tan hueso este hombre, incluso para los que sabe que le tenemos estimación verdadera? No deja ni siquiera que se salga al paso, divulgando hechos ciertos y simpáticos, de las atrocidades que empiezan a decirse de él por ahí. Yo comprendo que muchas de las cosas que se oyen cuando habla en confianza no se pueden contar. Pero, ¡caramba!, cosas como esto de los frailes [la confraternización con los agustinos]… que caería simpático y tranquilizador entre el público sencillo… no veo la razón de que se haga el misterioso. Ni tú puedes escribirlo ni yo publicarlo. Nos “chantajea” con la amistad. Abusa de nosotros.»

Carabias concluye la anécdota con una reflexión para justificarse a sí misma de haber restado a sus lectores una información tan relevante: «Cierto que con el achaque de la amistad y la confianza nos “tapaba la boca” o, mejor dicho, nos reventaba los reportajes. Pero no menos cierto es que sin la amistad y la confianza que le inspirábamos, tampoco nos habría dirigido la palabra ni hubiéramos tenido ocasión de oírle decir las muchas cosas interesantes e ingeniosas que le oímos. Algunas de ellas ni siquiera ahora se pueden contar».”Los que le llamábamos don Manuel es un libro rico en detalles de la vida de Azaña más allá de su relación con la prensa”

Su forma de entender el periodismo y la libertad de expresión tiene absoluta vigencia incluso hoy, más de cuarenta años después de escribir el libro y más de ochenta de los hechos que relata. «En España el humor no es siempre bien interpretado —sentencia—. Sólo se les tolera a los “humoristas de oficio”. Y, aun así, los hay que por un chiste reciben un diluvio de cartas insultantes».

El enfrentamiento entre la prensa y Azaña es atribuible a su forma de ser retraída y a su carácter hosco, pero también a sus draconianas medidas contra la libertad de expresión. Resulta comprensible que los periodistas no tuvieran mucho aprecio a un presidente que, apoyándose en la Ley de Defensa de la República, suspendió a «la friolera» —el adjetivo es de Carabias— de ciento tres periodistas y ordenó cierres temporales, que se prolongaron meses, de cabeceras tan influyentes como ABC y El Debate.

Josefina Carabias, pionera en casi todo —primera periodista española profesional y  primera mujer en llevar una corresponsalía extranjera— habla también del ambiente periodístico de aquellos años. «Los jóvenes —recuerda— nos dividíamos en vanguardistas, o sea, partidarios de aquel estilo en el que todo se volvían metáforas, o neorrealistas, que éramos los partidarios de que la gente —salvo las excepciones geniales— escribiera como hablaba. Que se dijeran las cosas como eran sin meterles demasiados adornos literarios». Es decir, la forma de escribir de la propia Carabias, que Elvira Lindo define como un «estilo sencillo y transparente con una tendencia innata a la ironía». Escribía así, porque, como proclamaba la periodista en forma de máxima, «escribir es fácil, la dificultad estriba en hacerse leer».

Los que le llamábamos don Manuel es un libro rico en detalles de la vida de Azaña más allá de su relación con la prensa. Desde pormenores como la forma en que daba la mano —«sin apretar ni sacudir»— hasta su último suspiro, junto a su mujer y una misteriosa monja española que había colocado en la habituación un ramo de flores y un crucifijo. El libro de Carabias es un testimonio esencial para profundizar en la vida del presidente de la República, pero también en aquellos años tan convulsos que van de la proclamación de la República a la funesto momento de la muerte del político en 1940.

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Post Scriptum. Mi memoria personal de Josefina Carabias siempre va unida a la de su hija Carmen Rico Godoy (1939-2001), compañera en Diario 16 y autora de magistrales columnas, en las que recogía los secretos que le confiaba el ficus de La Moncloa sobre las intimidades de los primeros presidentes de la transición.

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(Artículo publicado en Zenda el 28 de mayor de 2021)

Azaña y los periodistas, una relación tormentosa
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La pérdida de la voluntad

Más allá del Negrón/ Cada vez renunciamos más a tomar decisiones y las dejamos en manos de las máquinas

Juan Carlos Laviana

El ministerio de Sanidad, con la anuencia de las Comunidades Autónomas, ha decidido trasladar al ciudadano la toma de una gran decisión.  Una decisión trascendental y que requiere de conocimientos de los que el común de los mortales carece. Los menores de 60 años que hayan recibido la primera dosis de la vacuna de AstraZeneca pueden elegir qué marca prefieren para la segunda. ¿Repetir con AstraZeneca o pasarse a Pfizer? Lo que, sin duda, hubiera sido una gran noticia -dar el poder de decisión al ciudadano-, se ha convertido en motivo de zozobra para muchos de ellos. Cada vez tenemos menos capacidad de decisión, cada vez estamos menos acostumbrados a elegir y desechar, porque, sin darnos cuenta,  hemos ido delegando esa prerrogativa. Que decidan otros nos libera de dolores de cabeza y de asumir las consecuencias.

Hace unas semanas, la todopoderosa plataforma de contenidos televisivos Netflix anunciaba una gran novedad. Ya no solo nos sugiere qué series ver, sino que además nos ofrece un botón  que  denomina “reproducción aleatoria”. Es decir, que la multinacional decida por ti lo que has de ver. Esto “permitirá que sus usuarios le transfieran su poder de elección al famoso algoritmo”, reza textualmente la noticia. No es asunto baladí, porque no se nos debería escapar que los contenidos de las plataformas están preñados de ideología y  política. Tienen que ver, más allá del mero entretenimiento, con asuntos tan decisivos como las elecciones americanas –la campaña anti Trump en las series ha sido feroz-, con la imposición de un modelo cultural, con el estilo de vida, con las creencias… Bajo una apariencia de buenismo moral, se cuelan mensajes de gran calado que conforman el sentir de la opinión pública sobre cuestiones de gran calado que sólo a la persona le compete decidir.

Greg Peters, jefe de producto de Netflix  -200 millones de clientes en todo el mundo, 4,5 de ellos en España- justifica la propuesta alegando  que satisface la necesidad de “aquellos que no están seguros de lo que quieren ver”. Sus estudios de mercado le habrán concluido que hay una gran demanda de decisión delegada entre los indecisos. Así que han decidido ir a por aquellos de voluntad frágil y por tanto manipulable.

Sólo es un paso más en una carrera vertiginosa que terminará con la renuncia a nuestra voluntad y la cesión de nuestra irrenunciable libertad. En la prensa ya lo estamos viviendo. Los propios periodistas cada vez tomamos menos decisiones. Cada vez nos parecemos más a Julia, la novia de Winston Smith en “1984”, que se dedicaba a alimentar la “máquina de escribir novelas”. Julia proporcionaba personajes, localizaciones, detalles complementarios y la máquina le devolvía la novela lista para publicar con los mensajes subliminales pertinentes.

La pasada semana, el todopoderoso diario canadiense “The Globe and Mail”  anunciaba un gran hito periodístico. Gracias a un programa de inteligencia artificial, que decide qué noticias deben ser de pago y cuáles no así como  el emplazamiento de portada que deben ocupar para ganar impacto, el diario ha conseguido 170.000 nuevos suscriptores. Resulta  un trato aparentemente ventajoso ceder la capacidad de decisión del periodista a cambio de audiencia. Nada nuevo, por otra parte. La historia y el presente del periodismo están llenos de periodistas que venden su alma a cambio de audiencia. 

Hace unas semanas, la newsletter profesional del laboratorio de periodismo de un gran grupo de prensa española destacaba entre sus contenidos una noticia sensacional: “Cómo titular las noticias para SEO: las cuatro reglas básicas de Barry Adams”. Las reglas del tan Adams venía a concluir que  debemos escribir para las máquinas. Es decir, que al periodista, como a la Julia de “1984”, le corresponde alimentar a la máquina. ¿Y los lectores? De eso no debemos preocuparnos, porque de eso ya se encargan las máquinas.

(Artículo publicado en La Nueva España el 27 de mayo de 2021)

P.D. Días después de publicado este artículo, descubrimos que dejar en manos de los ciudadanos la decisión sobre la vacuna que prefieren fue una mala idea. No para los ciudadanos, que, libremente, se decantaron de forma mayoritaria por la AstraZeneca. Sino por el Gobierno, que se han encontrado con que la vacuna elegida no ha sido la que le convenía. Con una incalculable falta de previsión, se encuentra ahora con que no tiene dosis suficientes para suministrar la vacuna reclamada y, en cambio, tiene un excesivo stock de la vacuna menos popular. Por si fuera pequeño el error, el Gobierno lo ha engrandecido al publicar las muertes consecuencia de la vacuna elegida mayoritariamente, en un intento torpe de manipular la libertad de elección que antes había concedido. Moraleja: no des a elegir si no puedes satisfacer de verdad la voluntad de quien elige.

A quienes deben decidir ahora entre AstraZeneca o Pfizer, el Ministerio debería facilitarles una opción de  “vacunación aleatoria”. Es decir, que una máquina –convenientemente alimentada con pros y contras- determine qué nos conviene más o qué nos perjudica menos. 

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Un aplauso para la sanidad privada

Más allá del Negrón/ La crisis del Coronavirus ha resucitado la falsa dicotomía entre lo público y lo privado

Juan Carlos Laviana

La primera referencia que recuerdo de la dialéctica entre lo público y lo privado se remonta a los años sesenta en El Entrego. Había quien estudiaba en el instituto público  con nombre de privado –Virgen de Covadonga- y quien estudiaba en las monjas, que también tendrían nombre pero eran las monjas a secas. A las monjas iban unos pocos alumnos que necesitaban una atención más personalizada, es decir, que ofrecían un punto de valor añadido que no podía ofrecer el centro público. No recuerdo que hubiera motivos religiosos o económicos, y menos aún políticos, para decantarse por una u otra opción.

La segunda referencia fue cuando la pequeña explotación privada de Minas de la Encarnada, en la que trabajaba mi padre, fue absorbida por el gigante público Hunosa. La vida de mi padre cambió radicalmente a mejor, según comentaba en casa: turnos racionales, mayor seguridad, mejores prestaciones, aunque, eso sí, un ambiente más impersonal, menos familiar y más masificado;  no todo iba a ser bueno.

La tercera fue cuando la familia se enfrentó a un problema de salud que no podían resolver en esforzado don Longinos en el ambulatorio de El Entrego, ni siquiera los especialistas del Sanatorio Adaro en Sama. Hubo que recurrir a lo que se llamaba un médico particular, pagando claro, en el Sanatorio Marítimo en Gijón –que no era precisamente el Monte Sinaí, pero sí lo más parecido entonces-, que tampoco resolvió el problema, pero ofreció mucha tranquilidad.

Esto sucedió hace mucho tiempo. Era el franquismo, donde lo estatal predominaba de una manera aplastante sobre lo privado, circunscrito casi de forma exclusiva a las órdenes religiosas. Con la llegada de la democracia, la convivencia se deterioró de forma ostensible, porque el modelo estatal no funcionaba, como no funcionaba el propio franquismo. No hay más que recordar la traumática reconversión en la industria pública o la privatización de la prensa del Movimiento.

Ahora, como consecuencia de la pandemia,  llevamos meses enzarzados con la necesidad de proteger lo público. Por supuesto, la sanidad pública, pero también la enseñanza pública, la empresa pública, la televisión pública  y hasta la cultura pública.

Bien está que el Estado garantice derechos esenciales como la sanidad o la enseñanza. Sólo faltaría. Pero no se puede hacer a costa de discriminar a lo privado. Hemos dado gracias a médicos, enfermeros y auxiliares de la pública por su atención en esta crisis, pero nos hemos olvidado injustamente de los médicos, enfermeros y auxiliares de la privada, como si fueran de peor madre. Un médico es un médico ya trabaje en La Paz o en un  hospital del grupo Quirón. Y un profesor es un profesor trabaje en el Instituto Jovellanos o en Centros Docentes Asturianos Sociedad Anónima, propietaria del colegio más exclusivo de Asturias.

Con frecuencia, se nos olvida que cuando recurrimos a la denostada privada no estamos despreciando las prestaciones del Estado, sino ahorrándole la atención a un paciente que le sigue pagando aunque no utilice sus servicios. Es suma, que el usuario de la privada paga dos veces, al erario público y a la correspondiente compañía privada.

Privada y pública deben convivir, aunque solo sea por el sacrosanto derecho del paciente a elegir. Y no solo, sino que deberíamos acabar con esos compartimentos estancos y fomentar la complementariedad de uno y otro servicio. Bienvenida sea la competencia, pero también la colaboración. Siempre saldrá ganando el ciudadano.

¿Es mejor la sanidad pública que la privada? ¿Es mejor la enseñanza pública que la privada? ¿Es mejor el transporte público que el privado? ¿Es mejor la cultura pública que la privada? Dejemos que sea el usuario quien lo decida. El debate entre lo público y lo privado ya fue resuelto hace mucho por  Deng Xiao Ping, según desveló Felipe González tras entrevistarse con él.: “Gato negro o gato blanco, da igual; lo importante es que cace ratones.”

Podemos debatir hasta el infinito, que es muy sano, pero no carguemos contra los funcionarios públicos o contra los contratados de la privada. Bastante tienen con haber encontrado un trabajo donde ofrecer sus habilidades para procurarnos, en circunstancias muy adversas, la salud o la educación, Dichosa polarización. Aplaudamos a todos por igual.

(Artículo publicado en La Nueva España el día 20 de mayo de 2021)

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La prensa está sobrevalorada

Más allá del Negrón/ Los políticos tienden a culpar a los medios de comunicación de sus propios fracasos

Los políticos tienden a culpar a los medios de comunicación de sus propios fracasos

Juan Carlos Laviana

Tras acabar la guerra civil norteamericana, el capitán confederado Jefferson Kyle Kidd se gana la vida leyendo las noticias de los periódicos de pueblo en pueblo. Lo que comienza como un inofensivo entretenimiento para pueblerinos analfabetos acaba convirtiéndose en un arma poderosa.  Kidd ha de enfrentarse a una banda acantonada en su condado y empeñada en “limpiar” de intrusos su territorio. El cabecilla contrata a Kidd con una condición: que lea solo las noticias que favorezcan sus intereses. Kidd hace caso omiso y  decide leer una historia incendiaria sobre un grupo de mineros que se rebelaron contra un jefe tiránico que los esclaviza hasta el punto de sacrificar sus vidas por un puñado de carbón. Los sicarios de la banda ven reflejada la historia de su propio sometimiento en aquel relato. Se sublevan y acaban por derribar a su cabecilla. Es una de las historias de la magnífica película “News of the World” (Netflix, 2020), dirigida por Paul Greengrass y protagonizada por Tom Hanks.

La ejemplar fábula sobre el poder de la prensa es solo eso, una fábula. Las historias que cuentan los periódicos son poderosas, no hay duda. Pero no tienen tanto poder como hoy en día nos quieren hacer creer. Ni los medios hemos divinizado a Ayuso, ni hemos echado a Pablo Iglesias de la política, ni hemos convertido Madrid en la capital de la gloria de las derechas. Y tampoco hemos matado a Manolete. Solo dimos cuenta de ello.

A Ayuso la han divinizado los 1 620 213 votantes a los que sedujo su propuesta. A Pablo Iglesias le ha echado de la política el hecho de que, pese a tenerlo todo a favor, le votaron decenas de miles de votantes menos que a Vox. Y a Manolete lo mató un toro llamado Islero o, si acaso, se mató a sí mismo por arrimarse en exceso.

Demos la vuelta al argumento de quienes creen decisiva la “brutal campaña de acoso y derribo” de la prensa. Por idéntica razón, se debería atribuir  a esa misma prensa haber conseguido que el Más Madrid de Mónica García y Errejón diera el sorpasso al PSOE de Gabilondo y Sánchez, ¿Alguien recuerda un especial encariñamiento de la prensa con Más Madrid?  Tampoco a nadie se le ocurre culpar a la prensa del batacazo de Ciudadanos, tan mimado por cierto en muchas redacciones.

La culpa de los malos o buenos resultados en Madrid es de los errores o aciertos de los propios candidatos, y de la decisión soberana de los votantes, mucho más preparados de lo que creen quienes les insultan. Los votantes de hoy nada tienen que ver con aquellos  analfabetos a los que conseguía sublevar el capitán Kidd en “News of the World”.

Los políticos, cuando les interesa, tienden a confundir a la prensa con las redes sociales.  El linchamiento –y no solo a los políticos- no está hoy más que en algunos medios testimoniales y en el gran griterío de las redes sociales, Sí, esas mismas redes sociales  que los partidos  que hoy lloran ayer presentaban como una gran oportunidad para llegar directamente al pueblo sin pasar por el tamiz de la prensa, doblegada, según ellos, por la banca y el Ibex. Esas mismas redes sociales que manejaban con maestría aquellos jóvenes políticos convertidos en community managers.

La prensa española de hoy, cuya grave crisis de audiencia y credibilidad a nadie se le escapa, no es más poderosa que aquella que tuvieron que padecer Adolfo Suárez en los años ochenta;  Felipe González,  en los noventa; Zapatero, en la primera década del siglo XXI; o Rajoy, en el segundo decenio. ¿Ya se nos han olvidado las acusaciones al “asesino” de La Moncloa? ¿Ya se nos ha olvidado el expresivo “Luis sé fuerte”? ¿Ya se nos ha olvidado que a Aznar se le responsabilizó del atentado del 11-M con su seguidismo de Bush?

Nadie agradeció, en cambio, a los periódicos haber destapado los casos Gal, Filesa, Gürtel, ERE, Púnica, Bankia,… Casos, por cierto, que no fueron descubiertos precisamente por los partidos ni por las redes, y que supusieron decisivos vuelcos electorales.

Visto lo visto tras las elecciones de Madrid, da la sensación de que la nueva clase política española tiene la piel muy fina, Y, ante el fiasco electoral, no tiene más recursos que atribuir su fracaso a la ignorancia de los votantes o al ensañamiento de la prensa. No hay excusa más cínica y soberbia que esa que reza: “los españoles no están preparados para nuestras políticas”.

(Artículo publicado en La Nueva España el 13 de mayo de 2021)

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Madrid, ¿y ahora qué?

Más allá del Negrón/ Necesitamos un periodo de reflexión tras unas elecciones de las que hay mucho que aprender

Juan Carlos Laviana

Cada vez tiene menos sentido celebrar la jornada de reflexión la víspera de las elecciones. Nos sobra. El voto está decidido desde mucho antes y nadie respeta la tregua previa al voto. Podría decirse incluso que sobra la campaña entera, más una campaña tan poco ejemplar como esta que hemos vivido en Madrid. Ahora, ya conocido el resultado, es cuando elegidos y electores necesitamos pararnos a reflexionar sobre unos días que han convertido la antaño conocida con el tópico de fiesta de la democracia, que nada ha tenido de festiva, ni de democrática.

Da igual quien haya ganado, porque en estas elecciones hemos perdido todos. Ha habido juego sucio. Se han producido altercados violentos contra determinados partidos, se ha utilizado la salud de los ciudadanos como arma arrojadiza, se ha puesto en cuestión la limpieza del voto por correo, se ha llegado a asegurar que si determinaba opción ganaba, nos esperaba un asalto al Capitolio, se han enviado y aireado amenazas de muerte a candidatos, se han distorsionado los comicios convirtiéndolos en plebiscitos personales… Algún día los politólogos estudiarán esta campaña y estas elecciones como ejemplo de lo que no debe ser un proceso democrático.

Para evitar que algo así se repita, a nuestros políticos, tan aficionados a los extremismos, deberíamos recordarles aquella cínica sentencia de Iosef Stalin, que seguro hubiera suscrito el mismísimo Adolf  Hitler: “Basta con que el pueblo sepa que hubo una elección, los que emiten los votos no deciden nada; los que cuentan los votos lo deciden todo”.

La suerte ya está echada y, por fair play, toca felicitar al vencedor y consolar al perdedor.  A nuestros políticos, si de verdad son tan demócratas como presumen, les toca pararse a pensar, hacer examen de conciencia  y tomar buena nota de lo que les han dicho los electores. Cada voto ha servido para constituir mayorías, sí, pero cada voto encierra un mensaje. No se les cae de la boca el pueblo ha hablado, pero nadie se detiene a escuchar lo que el pueblo le ha dicho, no vaya a ser  que no se ajuste a sus intereses particulares.

No cabe despreciar al votante contrario. Hemos oído hablar de votantes tabernarios y votantes perroflautas. De votantes fascistas y votantes comunistas. De votantes secuestrados y de votantes fanatizados. De que Madrid es de izquierdas o de derechas. Y no, no saquen conclusiones con mi voto. Mi voto es libre, no admite encasillamientos, y me niego a que sirva para justificar una presunta polarización de los madrileños, que no existe más que en su calenturienta imaginación. No saquen conclusiones de un voto que no pretende salvar al mundo, sino una administración local sensata y eficaz que nos solucione los gravísimos problemas que nos aguardan en los próximos años.

No se puede extrapolar el voto. Lo decía muy claro, con su habitual escepticismo, nuestro Gustavo Bueno, “en las elecciones el pueblo tiene la ilusión de ejercer el poder, pero no es así, claro, no hay voluntad general, ésa es una idea metafísica.”

Las urnas han hablado. Ya no hay más votos que rascar. Ahora entramos en una nueva fase. Es hora de olvidarnos de las hipérboles, de las torticeras y grandilocuentes referencias al comunismo, muerto con la caída del mundo en 1989, o el fascismo, muerto con los cadáveres colgados de Mussolini y Clara Petacci en una calle de Milán. El hecho de que ni el comunismo acabara con el fascismo ni el fascismo acabara con el comunismo debería hacer reflexionar a quienes intentan resucitarlos. Lo de hoy –salvo pequeños resquicios-  es socialdemocracia o neoliberalismo -más o menos ultra-, pero no juguemos con las palabras que nos podemos quemar.

Al nuevo gobierno de Madrid, y a su oposición, le corresponde limpiar las manchas de polarización con las que han intentado ensuciar la convivencia. Ayuso debe gobernar para todos los madrileños, no para los suyos, para todos: desde los de Vox hasta los de Podemos. Y la oposición debe tener los ojos bien abiertos para controlar férreamente a una líder con alarmantes tics populistas. Ya decía Borges que «hay que tener cuidado al elegir a los enemigos, porque uno termina pareciéndose a ellos».

Ahora, por favor, que no nos pase como en Cataluña,  que lleva ya diez semanas sin gobierno, Ahora, por favor, todos a por el enemigo común: la pandemia y sus consecuencias. Nada une tanto como un buen enemigo.

(Artículo publicado en La Nueva España el 6 de mayor de 2021)

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Mirarse el ombligo

Más allá del Negrón/ La campaña de Madrid ha sido una muestra de que los españoles vivimos ensimismados en problemas provincianos

Juan Carlos Laviana

Los monjes hesicastas, cristianos orientales, en su empeño por encontrar la paz interior, tenían una pintoresca e innovadora forma de rezar. Su práctica coincidió allá por el siglo IV con la irrupción del yoga, con el que guarda gran parecido. A base de repetir salmodias y rezos, de inspiraciones  y  expiraciones muy profundas, los monjes acababan por dejar caer a plomo la cabeza sobre el pecho. Y quedaban así, en esa incómoda postura, mirándose el ombligo durante horas y horas.

La historia acabaría recordándoles por ser los inspiradores de la expresión que tanta fortuna ha hecho y que seguimos utilizando con profusión diecisiete siglos después.  España  parece encontrarse en una postura hesicasta crónica, no por la profusión de rezos y la insistencia en buscar la paz interior –si no encontramos la exterior, como para encontrar la interior-, sino porque los españoles nos  mirarnos continuamente el ombligo.

En los últimos tiempos, esa postura se practica sobre todo en Madrid donde, en vez de romperse las olas que decía Machado, se rompen las crismas de todas las Españas. Madrid, “tú sonríes con plomo en las entrañas”, se puede leer en la parte menos repetida del poema.

En un reciente seminario de la Universidad Internacional de La Rioja, Emilio Lamo de Espinosa, presidente del Real Instituto Elcano, aseguraba que los españoles “tenemos una visión “nacional”, con frecuencia “regional” y “provincializada”.  En suma, una corteza de miras “escasamente europea y menos global”. Al catedrático no le hizo falta descender al detalle. Pero cualquiera puede comprobar ese ensimismamiento en Cataluña, en el País Vasco y, ahora, en Madrid, que presume de ser la más cosmopolita de nuestras ciudades.

No hay más que oír los exabruptos que se han repetido una y otra vez en la campaña de las elecciones regionales. Han sido como las salmodias de los monjes hesicastas. Con la gran diferencia de que en vez de conducirnos a la paz interior nos llevan a un estado de histeria colectiva que enciende la mecha de la confrontación pública. No se nos ha caído de la boca la letanía: “fascista”, “comunista”, “sanchista”, “ayusista” “populista”, “izquierdista,” “derechista”, “franquista”,”voxista”…,  como si de una oración tántrica se tratara.

En la campaña de Madrid, no se han oído propuestas sino consignas destructivas contra el contrario. “Comunismo o libertad” (Ayuso), “la democracia contra la ultraderecha” (Gabilondo), “se vota entre fascismo y libertad” (Iglesias), “ya va de democracia y fascismo” (Lastra). “contra el asalto comunista de Madrid” (Abascal). Los líderes políticos se han olvidado que, desgraciadamente, ni el comunismo ni el fascismo se han parado nunca con las urnas, sino más bien con métodos menos pacíficos y democráticos.

Los políticos en Madrid quieren llevar al electorado a una decisión sencilla, más propia de un referéndum: o esto o lo otro. Parece que siguieran las instrucciones del capitán Beatty, jefe de bomberos en “Farenheit 451”: “Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, pues le preocuparás; enséñale sólo uno. O, mejor aún, no le enseñes ninguno.”

Nuestros dirigentes han caído en el ombliguismo con más devoción que los monjes hesicastas. Quieren hacer creer a los madrileños que en sus manos está el futuro comunista o fascista de la humanidad. Les cargan con una responsabilidad ilusoria, y les ocultan que el futuro de España -estas son palabras del mencionado Emilio Lamo de Espinosa-, para bien o para mal, está fuera de España.

(Publicado en La Nueva España el 29 de abril de 2021)

Ilustración: Pablo García.

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Elecciones infectadas

Más allá del Negrón/ La lucha contra la pandemia, utilizada como arma política en la campaña de Madrid

Juan Carlos Laviana

La reciente publicación de Los que le llamábamos don Manuel (Seix Barral, 2021) ha rescatado de un cierto olvido a Josefina Carabias (1908-1980), una gran periodista en la línea de Chaves Nogales. Y, de paso, ha proporcionado una visión más personal de la manoseada figura de Manuel Azaña. Cuenta Carabias que el presidente de la República, al que conocía bien, tenía fama de hombre antipático, hosco, soberbio y despectivo. Fama ganada a pulso, según ella, por la declarada fobia del político hacia la prensa, que, a su vez, se vengó ensañándose con él.

Azaña justificaba su desconfianza diciendo que no quería que se malinterpretaran sus palabras. No hay más que ver cómo muchas de sus frases célebres –“España ha dejado de ser católica” o “no quiero ser el presidente de una República de asesinos”- fueron empleadas de forma torticera en favor de intereses particulares y coyunturales.

No sabemos si, de haber vivido hoy, Azaña habría utilizado las redes sociales o se habría plegado a las instrucciones de los spin doctors. Desconocemos si se habría dejado fascinar por la dictadura de la imagen y el todo vale con tal de amasar votos. Probablemente, no. Como buen intelectual, le importaba poco su apariencia y despreciaba la propaganda, una de las armas más letales empuñadas en aquellos años convulsos.

La campaña electoral de las elecciones del 4 de mayo en Madrid está elevando a la categoría del disparate irresponsable la lucha dialéctica.. “Ayuso utiliza a los madrileños como rehenes”. “El riesgo de morir en Madrid es un 54 por ciento mayor que en el resto de España”. “Madrid manipula los datos de los contagios”. “Se cree el ladrón que todos son de su condición”. “Sánchez solo sale para hacer propaganda y todo le da igual”. Acusaciones todas ellas de una extrema gravedad y sostenidas sin prueba alguna.

Tenemos la fea costumbre en este país de recurrir a la guerra civil para seguir luchando escudándonos en un presunto enfrentamiento fratricida que solo existe en la cabeza calenturienta e irresponsable de algunos. Las amenazas de una ofensiva del fascismo o del social comunismo, que muchos quieren ver en todas partes, no son más que fantasmas alentados por aquellos que o no conocen la historia o quieren utilizarla para masacrar al rival. “A por ellos como en Paracuellos” o “no pasarán”, se ha podido oír en los últimos días.

España, en efecto, vive su peor momento desde la guerra civil. No porque estemos al borde de otro enfrentamiento armado, sino por los efectos devastadores de la pandemia, que se ensaña por igual con izquierdas y derechas. Ese es el enemigo común. La pandemia ha provocado una situación tan alarmante que sería imprescindible un nuevo pacto de todos los partidos en la lucha contra la enfermedad. Las elecciones de Madrid están infectadas por el virus de la demagogia. Los muertos y los enfermos no merecen acabar siendo un arma arrojadiza para quienes quieren alcanzar el poder o mantenerse en él.

A los candidatos, que con tanta ligereza recurren a los años de la república y la guerra, les convendría revisar otras palabras de Azaña. No las que vienen bien a su estrategia electoral, sino aquellas referentes a la función pública y que parecen dirigidas a nuestros actuales mandatarios. “No me importa que un político no sepa hablar –dijo-, lo que me preocupa es que no sepa de lo que habla“.

Y por si esto no fuera suficiente, Azaña también dejó escritas en sus diarios palabras, que él aplicó a la izquierda, pero que hoy bien pudieran destinarse a las estrategias a ambos lados del espectro: “Política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”. Un día sí y otro también, los candidatos en esta campaña pronuncian improperios que les harían merecedores de adjetivos menos sutiles que los que dedicaba Azaña a los políticos de su época, como  “obtusos”, “loquinarios” y “botarates”. 

(Artículo publicado en La Nueva España el 22 de abril del 2021)

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Baltasar Porcel y el arte de la entrevista literaria

Publicado en Zenda el 13 Abr 2021/JUAN CARLOS LAVIANA  / Baltasar PorcelSergio Vila-Sanjuán

Baltasar Porcel y el arte de la entrevista literaria

Hay pocas personalidades en el periodismo de la segunda mitad del siglo XX tan atractivas como la de Baltasar Porcel. Despertó grandes adhesiones y no pequeñas animadversiones. Lo que no se le puede negar es que revolucionó el periodismo —la literatura ya es otro cantar— en los últimos años del franquismo y los primeros y titubeantes pasos de la democracia.La historia de este personaje tan singular —tan bien y tan sobriamente retratado por Sergio Vila-Sanjuán en El joven Porcel (Destino)— es la de la vida cultural catalana de los años sesenta y setenta. Y, por ende,  de la vida cultural española. Con frecuencia se olvidan aquellos tiempos —hoy tan lejanos—, en los que Barcelona fue la capital cultural del país. Y en los que cualquier iniciativa culta pasaba por los despachos de las grandes editoriales, por las incómodas y placenteras aglomeraciones de Zeleste, o los confortables sofás de Bocaccio. Baste como muestra el hecho de que los grandes del boom latinoamericano tuvieron que entrar en España por la puerta de Barcelona. El páramo de Madrid estaba encerrado entonces en sus grises miserias funcionariales. Barcelona, en cambio, era una juerga en que la que había más ambiente que en la fiesta parisina de Hemingway.”En la obra de Porcel es indisoluble lo periodístico de lo literario. Porcel fue muy incoherente en muchos aspectos, pero inflexible en ese sagrado precepto”

No sé en Barcelona, pero en Madrid estamos en deuda con Vila-Sanjuán. Ahora que llevamos vidas paralelas —a pesar del puente aéreo—, nos acerca en su historia de Porcel una historia que es la nuestra. La de los premios Planeta y Nadal, la de Lara y Vergés, la del renacimiento del catalán, la de los escritores catalanes en español (Terenci, Marsé,…), la de cuando Barcelona estaba más cerca de París que de Madrid. Cuánto se echa de menos aquel tiempo hoy, en que esos 627 kilómetros no los salva ni el AVE.

Pero aquí hemos venido a hablar de la prensa. De aquellos años en que leer la revisa Destino era obligatorio en todos los rincones de España si queríamos être à la page. Y hemos venido a hablar del Porcel periodista. Bien es cierto que en la obra de Porcel es indisoluble lo periodístico de lo literario. Porcel fue muy incoherente en muchos aspectos, pero inflexible en ese sagrado precepto.

De las inabarcables facetas periodísticas de Porcel —enviado especial al extranjero, crítico literario, articulista político— me quedo con su maestría en un género muy concreto: la entrevista.

La grandeza periodística se la debe Porcel, en gran medida, al editor Josep Vergés. Tras devolverle dos textos de la serie Viajando por España, le da un consejo que debería recibir todo reportero el primer día de trabajo. Le reclama «artículos más vivos y que susciten comentarios». Recuérdese que dar que hablar fue la función de la prensa desde sus inicios en los salones parisinos.

Porcel ya había destacado entonces por sus entrevistas en Serra d’Or, revista editada por los monjes de la Abadía de Montserrat. «Un magno proyecto periodístico, a la vez que una plataforma de lanzamiento para su autor»,  en palabras de Vila-Sanjuán. La referencia más próxima pueden ser los Incontri de Indro Montanelli en Il Corriere della Sera. Vergés consigue llevarse los Encuentros de Porcel a la revista Destino. Son «textos propios y opiniones personales con declaraciones del entrevistado», en su definición más simple y exacta. Entrevista, perfil, retrato… ¿Qué más da? Es la personalísima fórmula Porcel la que arrebataba a los lectores.”Cuando se muda a La Vanguardia, abandona el género de la entrevista, aunque no el estilo”

Sumando las referencias en el libro, conseguimos una definición aproximada de sus Encuentros. «Sabía retratar a los personajes y la realidad que los rodeaba con un aire decididamente poético o literario». Trabajaba en la línea descriptiva inaugurada por Josep Pla en sus homenots, «con pinceladas impresionistas» y «mirada escrutadora». Son entrevistas «extensas y minuciosas» que acaban por ser un «texto literario». «El modo y la forma de confeccionarlas las aproxima al estilo del cuento o del relato corto convencional, donde Porcel pone en marcha una serie de mecanismos y técnicas propias de la narrativa breve».

«El «yo» entrevistador es muy fuerte y sólido —explica Vila-Sanjuán—; a menudo planta cara al entrevistado o polemiza abiertamente con sus opiniones. El esquema de trabajo generalmente incluye un arranque en el que Porcel obliga al personaje a definirse y valorar su propia obra, luego hablan de temas generales y al final tocan el tema peninsular, y muy a menudo el encaje Cataluña-España, tanto entre figuras catalanas como del resto de la península».

Porcel, que como ya se ha dicho escribe sobre él mismo además del entrevistado, incluso se autorretrata en el momento del encuentro. «Llevo un magnetofón que pesa dos o tres arrobas, una máquina de retratar» —se puede leer en la entrevista realizado con el poeta Josep Carner en Bruselas—, «una cartera de mano, una Guide bleu y tres periódicos que se me caen de los bolsillos».”El joven Porcel está plagado de lecciones de buen periodismo. Recupera una época no tan lejana de desbordante riqueza cultural”

Cuando se muda a La Vanguardia, abandona el género de la entrevista, aunque no el estilo. Inaugura la sección Los trabajos y los días. Allí aborda «lo que podríamos llamar» —aclara— “los trabajos catalanes”, es decir, hechos, hombres de Cataluña, del riguroso presente o del ayer…».

Vila-Sanjuán cuenta que «la primera entrega se titula «El regreso de Eugenio D’Ors» y es una clara muestra del estilo «palo y zanahoria» que acabará siendo característico del autor: un balance de pros y contras expresivamente argumentado y minuciosamente documentado». Así, no evita recordar la querencia del escritor por el uniforme falangista, que provocó que fuera confundido con un bombero, o su «engolado barroquismo», o «su enfática sabiduría y autocomplacencia», a la vez que reconoce que ha sido decisivo en la cultura catalana moderna.

El joven Porcel está plagado de lecciones de buen periodismo. Recupera una época no tan lejana de desbordante riqueza cultural, en la que el destino del periodismo y de la literatura era compartido.

¿Por qué fue tan importante Destino?

Baltasar Porcel realizó una importante labor de acercamiento entre Cataluña y el resto de España. Quizá el gesto más significativo fuera la publicación simultánea de sus artículos en La Vanguardia (el acorazado de la calle Pelayo) y el ABC (el acorazado de la calle Serrano). Vila-Sanjuán recoge en su libro este texto de Porcel sobre la función desempeñada por la revista Destino como vía de comunicación de Cataluña y el resto de España.

«¿Por qué fue tan importante, desde 1940 hasta el setenta, la revista Destino, de la que Vergés sería el decisivo hacedor? Porque fraguó un territorio mental y una complicidad social formadas por la cultura, una Europa democrática, la Cataluña “bien entendida” tras una gozosa Barcelona, el talante dialogante. Así, las clases medias catalanas tuvieron un espacio íntimo que correspondía a la tradición que habíamos forjado desde mediados del XIX, y que durante el franquismo contrastaba con el mundo oficial, su ordenancismo. Y que para las minorías más sensibles y del resto de España resultó la exportación de una imagen de civilización, quiero decir a repelo del carpetovetonismo del imaginario imperio panzudete y de la berza venerado por Franco, Falange y los suyos.»

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Entre 60 y 69, ni fu ni fa

Más allá del Negrón/ La nueva generación que resiste los efectos secundarios de la vacuna AstraZeneca

Juan Carlos Laviana

El momento de la vacuna se ha convertido en un hito, un momento histórico en la vida. Los convocados cuentan en las redes todos los detalles, hasta los más nimios. Que van a comer algo ligero por si acaso. Cómo se van a trasladar, si en autobús o en coche particular. Qué ropa se van a poner, Esto sí que es importante: algo cómodo, que no se vea el antiestético tirante de la ropa interior o que no obligue a quedarse desnudo de cintura para arriba. Es todo tan público. Está prohibido hacer fotos, pero no son pocos quienes se apresuran a inmortalizar en selfie el acontecimiento extraordinario.

El miércoles 7 tuve la inmensa fortuna de celebrar el rito de la vacunación en el denostado, de forma tan injusta, Hospital Enfermera Isabel Zendal. La inmensa cola camino de la inmunización, camino de derrotar a la enfermedad –ojalá todas la enfermedades tuvieran vacuna- no es la cola estática que nos ofrecen los telediarios. Es una cola móvil, en la que rara vez se detiene el avance. Lo que la hace menos cola.  No es lo mismo estar de pie esperando durante media hora que estar caminando a ritmo ligero. En la cola hay muchas menos sillas de playa y taburetes de ducha de los que se ven en televisión,  Aunque los hubiera habido, no tendría nada particular tomar esa precaución en personas que, cada vez más a menudo andan, andamos. por la calle  buscando un banco donde reposar.

La cola del Zendal es una cola viva, silenciosa, en la que todos nos escrutamos por encima de las mascarillas. Nos vemos a nosotros mismos en los ojos de los demás.  Mantenemos  un silencio riguroso, acatando con la disciplina que da la edad las normas propias del rebaño que busca su inmunidad. En esa larga fila a la espera de la enfermera benefactora -¿no hay enfermeros en este país?- tuve una epifanía. Caí en la cuenta de que todos los que estábamos allí  teníamos más o menos los mismos años. Claro, tiene su  lógica: nos habían convocado a los que estamos entre los 60 y 69 años. Por primera vez, desde los años de la Universidad, sentí que pertenecía a una determinada generación. Somos aquellos nacidos entre 1952 y 1961, elegidos cuidadosamente porque la sanidad española, o la autonómica, ha determinado que nuestro riesgo de trombos es menor.

Qué honor pertenecer a una generación, como los del 98, los del 27 o los del 36. Uno, en la cola, se da cuenta de que no está solo y que comparte mucho con los que le rodean.  Somos una generación ni fu ni fa –ni siquiera tenemos nombre como la generación sándwich de entre 70 y 79- y llena de peros. Conocimos de niños o adolescentes el franquismo, pero apenas tuvimos tiempo de padecerlo, amortiguadas nuestras vidas por el desarrollismo. Vivimos la Transición, pero demasiado jóvenes para participar activamente en ella. Tuvimos nuestro momento de madurez en la España de los 90, la del milagro económico, pero solo fue un espejismo. Algunos jóvenes de hoy, nos denominan con desprecio la generación del pelotazo, como si la corrupción y el enriquecimiento vertiginoso hubieran sido compartidos por la población general.

Hoy, ya nos encontramos en  el grupo de quienes apuran sus últimos coletazos profesionales, de los prejubilados, de las víctimas del “hay que rejuvenecer la compañía”. Somos con probabilidad los últimos en cobrar pensión pública. Pero somos también, aunque nadie lo reconozca, los que mantenemos a nuestros hijos en casa hasta los treinta y muchos, y los que cuidamos a nuestros padres –los que tengan la surte de conservarlos-, ya sea en casa o en la residencia.

En la cola, las jovencísimas chicas de la tele nos escrutan uno a uno para ver si damos bien ante la cámara y entrevistarnos en directo en el programa de Ana Rosa o en el Espejo Público de Susanna Griso. Son las mismas chicas que luego nos denominan los mayores, cuando no los viejos, de entre 60 y 69. Esos señores a los que se les suministrará la vacuna AstraZéneca –veremos a ver qué pasa con la Janssen-, porque está científicamente probado que no padeceremos los efectos secundarios que sí podrían sufrir los de 59 o los de 70. Tenemos que asumir que, a falta de una división más científica –como churras o merinas-, de alguna forma hay que repartir el rebaño.

Pero que nada opaque el momento feliz del gran avance de la ciencia, del gran paso de la humanidad, capaz de crear una vacuna en tiempo récord. Somos una generación tan privilegiada que seremos los primeros en vivir mejor de lo que vivieron nuestros padres y, si nada cambia, mejor de lo que vivirán sus hijos. Y, por si fuera poco, ya estamos vacunados. Algún día hablarán de nosotros como de la generación que se inmunizó, sacrificándose por las demás, con la vacuna AstraZeneca, de tan mala reputación. ¿Qué más se puede pedir?

(Artículo publicado en La Nueva España el 15 de abril de 2021)

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Felipe de Edimburgo, esposo infiel y leal vasallo

Obituario/ Ser el marido de Isabel de Inglaterra le supuso llevar una vida de renuncias, agazapado tras la férrea coraza de la que hablan sus más íntimos

 Juan Carlos Laviana 9 abril, 2021 15:09 / EL ESPAÑOL

A Felipe de Edimburgo el destino le deparó vivir a la sombra de su esposa. Es lo que tiene estar casado con la reina más poderosa del mundo. Siempre un paso por detrás, en un segundo plano, aparentemente sumiso y discreto. Ser el marido de Isabel de Inglaterra le supuso llevar una vida de renuncias, agazapado tras la férrea coraza de la que hablan sus más íntimos. Solo en su biografía no oficial se encuentra la otra cara del hombre, su fuerte carácter y, sobre todo, las muchas infidelidades que llenaron su vida.

Felipe de Grecia y de Dinamarca nació en Corfú (Grecia) en 1921. Fue el único hijo varón del príncipe Andrés de Grecia, del que heredó el título, y de la princesa Alicia de Battenberg, hermana de quien llegaría a ser Lord Mountbatten –último virrey de la India-, personaje esencial en la vida de Felipe. 

Vivió una infancia traumática. Su madre era esquizofrénica y fue internada en una institución religiosa. Su padre se refugió en los brazos de su amante y en los casinos de Montecarlo y murió cuando Felipe aún era un niño. Ahí empezó a construir su coraza. Con solo 8 años, comenzó un peregrinaje por internados y colegios de Francia, Alemania y Gran Bretaña. Terminados sus estudios, en 1939 se enroló en la Royal Navy, donde desarrolló una brillante carrera militar. Entre otros hitos de la Segunda Guerra Mundial, participó en el desembarco aliado en Sicilia y fue testigo de la rendición de Japón en 1945.

Un pretendiente dudoso

Había conocido a Isabel en el verano de 1939. Ella tenía 13 años y él, 19. Fue durante una cena a la que los reyes habían invitado a su tío –el casamentero Lord Mountbatten-, quien dejó escrito en su diario que Felipe había causado sensación “entre las niñas”. Ya entonces demostraba su atractivo para las mujeres aquel joven cadete de rostro impenetrable, hierático, de respetable altura (1,83), cabello rubio y complexión atlética.

Durante su estancia en la Armada, Felipe se carteaba con la joven Isabel, que le esperó hasta acabada la guerra, pese a que no le faltaron pretendientes. Resistió firme a las presiones de los padres de ella –muy desconfiados tras el escándalo de la abdicación de Eduardo, enamorado de la divorciada Wallis Simpson –, que recelaban de la relación. Además, consideraban que el pretendiente pertenecía a un linaje marginal y arruinado de la aristocracia. Y, por si esto fuera poco, se le atribuían simpatías hacia la Alemania nazi a través de los maridos alemanas de sus hermanas.

En 1947, cuando Jorge VI consintió finalmente la boda de su hija, comenzaron los sacrificios para el novio. El príncipe Felipe tuvo que adquirir la nacionalidad británica y renunciar a todos sus derechos a la corona griega, así como a su apellido paterno para asumir el materno, Mountbatten. A cambio, el entonces rey de Inglaterra le otorgó entre otros títulos el de duque de Edimburgo.

Los cuñados nazis

El 20 de noviembre de ese mismo año, se celebró la boda en la abadía de Westminster. Era un momento muy duro para el país, aun no repuesto de la guerra y en medio de una gran crisis económica. Pese a que fue invitada toda la nobleza europea, Felipe tuvo que aceptar resignado que no estuviera presente ninguna de sus tres hermanas, ya que el hecho de estar casadas con alemanes las convertía en una presencia incómoda.

La vida de recién casado fue aparentemente feliz. Todo empezó a torcerse años más tarde cuando, tras la muerte de Jorge VI y la subsiguiente coronación de Isabel el 2 de junio de 1953. Felipe se convirtió en un mero “príncipe consorte”, frecuentemente alejado de su mujer, concentrada en sus múltiples obligaciones. Lo que más le dolió a Felipe fue no poder dar su apellido a sus hijos, ya que la reina había rechazado el de su esposo, Moutbatten.

Muy pronto empezaron a circular intensos rumores sobre infidelidades del cónyuge. En 1956, Felipe se embarcó en solitario en un crucero por la Commonwealth. La excusa era la inauguración de los Juegos Olímpicos de Melbourne. Lo cierto es que no volvió hasta pasados seis meses. Algunos biógrafos sitúan durante este viaje la concepción de uno de los muchos hijos ilegítimos que se le atribuyen.

Amante de las fiestas 

De lo que no hay duda es de a que a Felipe le gustaba la vida festiva. Durante los primeros años de matrimonio, sus compañeros de correrías fueron el actor Richard Todd (Pánico en la escena) y el fotógrafo de la casa real Baron Nahu. La pandilla solía reunirse en el piso londinense del actor, lugar de encuentro con numerosas jóvenes deseosas de triunfar en el mundo del cine.

En la larga lista de amantes que se le atribuyen al duque de Edimburgo, figuran la escritora Daphne de Maruier (autora de Rebeca), casada con un funcionario de la Casa Real; Hélène Cordet, amiga desde niña y en aquel tiempo dueña de un cabaret; Pat Kirkwood, una estrella del music hall; la actriz y sex simbol Zsa Zsa Gabor;  Susan Ferguson, madre de Sarah, que se convertiría en su nuera al casarse con el príncipe Andrés; Romy Adlington, ex novia de su hijo Eduardo, cuando ésta tenía sólo 16 años y Felipe, 66.

Su fama de mujeriego perduró hasta bien avanzada su vejez. Penélope Romsey, buena amiga de la familia Windsor y 30 años más joven que él, fue su compañera, incluso en actos públicos, durante las últimas décadas.

Los hijos “bien educados”

A lo largo de su vida, hay dos momentos especialmente difíciles. Uno fue el asesinato en 1979 de su tío Lord Moutbatten. Cuando el antiguo virrey de la India navegaba en su yate, una bomba del IRA acabó con su vida y la de otras tres personas, entre ellas su nieto. Fue un ataque directo al corazón de la familia real británica.

El otro momento amargo fue el año 1992, bautizado por su esposa como “annus horribilis” por los escándalos que culminarían con los divorcios de tres de sus hijos, incluido Carlos, el heredero de la corona. Fue entonces cuando la reina le soltó con tono de reproche a su marido: “Con lo bien que creíamos que les habíamos educado”.

No faltaron medios que culparon de la crisis de la monarquía a la hipocresía de la familia e incluso al propio Felipe. A punto estuvo de romperse la entente cordiale que siempre mantuvo la pareja, lo que se ha considerado un matrimonio de buenos profesionales. Felipe prometió a su esposa que sería un fiel vasallo y lo cierto es que, aunque a su manera, lo fue. Ambos coincidían cuando las obligaciones oficiales se imponían y cuando no, cada uno llevaba su propia vida. De puertas adentro, Felipe ejerció con dureza de cabeza  de la familia –cuyos propios miembros denominan La Empresa-, lo que le llevó a una mala relación con sus hijos.

La “neurótica” Lady Di

Carlos siempre reprochó a su padre la insistencia en que se casara con Diana Spencer.  Felipe consideraba a Lady Di una “joven presumida, poco inteligente y neurótica”, pero para él lo más importante era guardar las apariencias y entonces trataba a toda costa de apartar al príncipe de Gales de Camila Parker, ya casada. “Es que Carlos es un romántico. Yo soy mucho más pragmático. Vemos las cosas de manera muy diferente porque yo soy un insensible”, dijo en una entrevista concedida con motivo de su 95 cumpleaños.

La animadversión de Felipe hacia Lady Di era tan pública, que cuando la princesa murió en 1997, el pueblo británico arremetió contra la hipocresía del marido de la reina, el peor considerado de la familia en todas las encuestas.

En una biografía no autorizada del años 2000, se le atribuía al duque de Edimburgo la convicción de que Carlos estaba incapacitado para gobernar: “Es artificial y extravagante, y le falta dedicación y disciplina para ser un buen rey”. Felipe nunca perdonó a su hijo –al que consideraba un flojo– que, con su relación con Camila Parker, pusiera en peligro la monarquía, una institución sagrada para él.

Aparte de intentar sin ningún éxito mantener el orden en su familia, Felipe dedicó gran parte de su vida a los deportes, su gran pasión. Muy especialmente el polo, la navegación y la caza. El protocolo le aburría, y lo disimulaba muy mal, por lo que ganó la antipatía de los miembros más estrictos de la aristocracia, que consideraban su  espontaneidad una grosería.

El metepatas de la casa real

El duque aseguró en una ocasión que el secreto de su largo matrimonio con Isabel era  que él la hacía reír. Debió de ser en la intimidad, porque, en público, la monarca pocas veces dejó ver sus dientes. Felipe sí que hizo reír al mundo entero con sus meteduras de pata. Desde que los muñecos del programa satírico Spittin Image consolidaran su imagen de patoso, los chistes sobre sus inconveniencias fueron un clásico. “¿Descienden todos ustedes de los piratas?”, preguntó en un viaje a las Islas Caimán. En otra ocasión, visitando un hospital en el Caribe se le escapó su mala opinión de los periodistas: “Ustedes tienen mosquitos. Yo tengo a la prensa”. Su chiste favorito sobre los automóviles no pasaría hoy la censura de la corrección política: “Si ves a un hombre abriéndole la puerta de un coche a una mujer, solo puede significar dos cosas: o que es una nueva mujer o que es un nuevo coche”. 

Poco antes de anunciar en mayo de 2017 su retirada de la vida pública, aún tuvo tiempo de desatar una agria polémica en los medios británicos. El país se dividió en dos bandos, los que alababan su fortaleza y los que criticaban su temeridad, cuando se le vio conducir con 95 años el coche el que viajaban los Obama durante su visita a Londres. Hasta disponía de un característico taxi inglés, el suyo de color verde, que conducía en ocasiones en actos oficiales, pero sobre todo en sus correrías nocturnas. 

Se le puede reprochar haber sido un marido infiel, pero hay que reconocerle que sirvió a la reina como un buen vasallo. Aunque a menudo metiera la pata.

Felipe de Edimburgo nació en Corfú (Grecia) el 9 de abril de 1921 y murió en Windsor (Inglaterra) el 9 de abril de 2021). Deja esposa, Elizabeth, y cuatro hijos (Carlos, Ana, Andrés y Eduardo).

Pie de foto: El príncipe Felipe de Edimburgo, recreado en la serie The Crown.

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Hans Küng, la conciencia crítica de los papas

Obituario/ El teólogo católico suizo, conocido por haber negado la infalibilidad del Papa, lo que le causó la suspensión por El Vaticano en 1979, murió este martes en su casa de Tubinga, a los 93 años.

Juan Carlos Laviana

(Publicado en El Español el 7 abril, 2021 13:56)

La influencia de Hans Küng es difícilmente discutible. Pese a que el Vaticano le retiró el título de “teólogo católico” en 1979, el otro gran teólogo de las últimas décadas, el pontífice emérito Benedicto XVI, aseguró en 2019 que ninguna otra persona ha tenido a su alcance más medios para que su voz fuera escuchada de forma universal, si se exceptúa la de los papas.

Ratzinger y Küng tuvieron vidas paralelas en su juventud. Nacieron con un año de diferencia, lidiaron con el nazismo, fueron compañeros de cátedra en la Universidad, amigos y, sin embargo, con posturas enfrentadas sobre la doctrina católica.

El nacionalsocialismo marcó la infancia de Küng. Nunca se olvidó del momento en que, con sólo seis años, en 1934, oyó por la radio la noticia del asesinato del primer ministro austriaco Engelbert Dollfus. Ni tampoco de aquel otro momento, con diez años, en que empieza a leer periódicos y se entera de que Austria había sido invadida por los nazis.

Sus biógrafos coinciden en que su espíritu rebelde nace de aquellos momentos convulsos. Se convierte en un activista de la resistencia contra las hordas hitlerianas. Mientras, Ratzinger fue un ciudadano pasivo ante la amenaza nazi, como la mayoría de los alemanes.  Se unió a las juventudes nacionalsocialistas, a la que era casi obligado pertenecer en aquellos años, filiación que le perseguiría toda la vida.

La vida reúne, con apenas treinta años, a los dos jóvenes teólogos en la Universidad de Tubinga, donde ambos enseñan y se muestran críticos con la Iglesia más tradicional. De hecho, el entonces Papa Juan XXIII, atraído por sus ideas, recurre a ambos como asesores oficiales para preparar el Vaticano II. El pontífice Roncalli llegó a definir a Küng como el “joven teólogo más rebelde” del Concilio. Los escritos de Küng y Ratzinger servirían de base para los planes reformistas de la Iglesia en los años 60. Pero la muerte del Papa y la proclamación de Pablo VI, el actual emérito y el teólogo suizo toman caminos diferentes. El alemán se alineó con la ortodoxia, mientras el teólogo rebelde fue evolucionando hacia posturas cada vez más críticas.

Prefería hablar de indefectibilidad o de Iglesia en la Verdad, y asumir los numerosos errores históricos

En la década de los setenta, las críticas de Küng a la Iglesia alcanzaron relevancia mundial. En 1979, el Vaticano le prohibió expresamente la enseñanza de la Teología, después de que Küng publicara su libro ¿Infalible? Una pregunta. La infalibilidad no tiene sentido, aseguraba. Prefería hablar de indefectibilidad o de Iglesia en la Verdad, y asumir los numerosos errores históricos. La Congregación para Doctrina de la Fe ya le había citado cuatro años antes, pero el teólogo nunca acudió, aduciendo que estaba condenado de antemano.

Hasta tal punto se convirtió en un personaje de relevancia mundial que Morris West, autor de Las sandalias del pescador, le ofreció escribir su biografía porque consideraba la del teólogo “una existencia de novela”. Hans Küng era ya el referente espiritual de lo que se ha dado en llamar el catolicismo progresista, afirmaba que ser cristiano implica decantarse por Jesucristo, “el abogado de la causa de Dios y del bien de los hombres”.  Esto significa, según él, “vivir, sufrir y morir como verdadero hombre siguiendo a Jesucristo en el mundo actual, sostenido por Dios y sirviendo a los hombres”.

Con la llegada del papa Wojtyla al trono de San Pedro, se agudizaron los enfrentamientos de Küng con la Curia romana. No ahorró críticas. Llegó a acusar a la Santa Sede de “autoritarismo y de censura”. Consideraba imprescindible un debate abierto sobre los problemas que acuciaban a los cristianos del siglo XX. La publicación de la encíclica Evangelium Vitae (El Evangelio de la vida), en la que Juan Pablo II fijaba las inamovibles posiciones de la Iglesia respecto a asuntos tan controvertidos como la moral sexual, los métodos anticonceptivos o el aborto, desató una de las más agrias polémicas. Küng denunció que Juan Pablo II, con esta encíclica, dejaba al descubierto su carácter autoritario y su negativa al diálogo con el mundo moderno.

Su viejo amigo, Joseph Ratzinger, llamó a Küng al Vaticano el mismo año en que fue investido Papa. Mantuvieron lo que ambos calificaron como “encuentro cordial” en una nota redactada conjuntamente. Ambos se reconocieron mutuamente los méritos. Uno, como Papa; el otro como gran teólogo estudioso de las religiones. Eso sí, el comunicado recalcaba que no habían abordado asuntos conflictivos, ni relativos a los dogmas de fe.

Al teólogo suizo le llegó la muerte sin que se produjera la reconciliación con la Iglesia

Años después, ya en 2016, se supo que Küng había recibido una carta del papa Francisco cuyas primeras palabras eran Lieber Mitbruder (Querido hermano). Nada se sabe del resto del contenido. Al teólogo suizo le llegó la muerte sin que se produjera la reconciliación con la Iglesia. Según los vaticanistas, el pontífice argentino gestionaba el perdón para Küng, pero no llegó a tiempo.

Pese a no reconocer su magisterio por la Iglesia, las ideas de Küng, manifestadas en una ingente obra, seguirán influyendo en la humanidad y también en la propia curia eclesiástica. Baste, como muestra, un ejemplo. Cuando en 1999 Juan Pablo II aseguró que el cielo y el infierno no eran lugares concretos, sino una especie de sentimientos espirituales, los expertos comprobaron que esos mismos planteamientos, casi con las mismas palabras, los había hecho Hans Küng en 1975 en su libro Ser cristiano.

Su influencia permanece también en la Fundación Ética Mundial, que él fundó. Esa organización, apoyada por las Naciones Unidas y por el propio papa Francisco, se dedica a fomentar el diálogo religioso como base para la paz. Küng resumía así su pensamiento sobre el papel que desempeñan las religiones en la concordia del mundo y que bien pudiera servir como último mensaje: “No habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones; no habrá paz entre las religiones sin diálogo entre las religiones; no habrá diálogo entre las religiones si no se investigan los fundamentos de las religiones”.

Hans Küng nació en Sursee (Lucerna, Suiza) el 19 de marzo de 1928 y murió en Tubinga (Baden-Württemberg, Alemania) el 6 de abril de 2021 a los 93 años.

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Vacuna contra la queja crónica

queMás allá del Negrón/ La inmunización, que debiera ser motivo de euforia colectiva, se ha convertido en otra causa de enfrentamiento

Juan Carlos Laviana

La escuela unitaria de Perlada reunía en un aula a alumnos de los 4 a los 15 años. De ahí, lo de unitaria. Las chicas, convenientemente separadas de los chicos y no por aquello de la educación diferenciada.  Cuando don Crescencio anunciaba vacunación, se apoderaba de nosotros la ansiedad. Por encima de todo, estaba el miedo al pinchazo. No digamos ya el pánico a marearnos y sufrir el escarnio de los compañeros. O la enorme vergüenza de desplomarse ante las niñas en uno de los pocos días que nos reunían. Ni siquiera sabíamos contra qué nos vacunaban. Después nos enteraríamos que había un brote siniestro de polio que dejaba a los niños paralíticos; todos conocíamos a alguno. Sin cambiar de aguja, un practicante nos inoculaba aquel líquido infernal que nos ardía en el interior. Aún hoy, los que vivimos aquello en los sesenta conservamos la roncha que nos recordaría el resto de nuestra vida que habíamos sido vacunados.

Entonces no valían protestas. No se nos ocurría ni rechistar. Claro que estábamos en una dictadura y no había redes sociales. Hoy volvemos a ponernos en fila para vacunarnos. La situación es muy diferente y cada uno opina lo que le da la gana. Faltaría más. Hay quienes celebran la vacunación como un hito en sus vidas. Hay quien celebra el gran avance de la ciencia y la humanidad. Incluso hay quien difunde  orgulloso la foto del momento histórico en que el ATS les clava la aguja.

Desgraciadamente, la alegría de estos se ve oscurecida por las voces sonoras de los quejicas, siempre más diestros en llamar la atención. Circulan protestas de aquellos que se quejan de las largas colas, de las esperas, de la lejanía o la accesibilidad del centro de vacunación. Nos tratan como a ganado, gruñen algunos.  Olvidan que las vacas, que  jugaron un papel tan decisivo para nuestra salud que hasta dieron nombre a la vacuna, merecen un respeto.

También están aquellos que se rebelan porque en el SMS de la cita no se les comunica que vacuna se les va a suministrar. “Yo la AstraZeneca esa no me la pongo que debe de ser peor que la Sputnik”. O  “yo a los del Brexit ni agua, que no te puedes fiar”.  Hay quien quiere una carta de vacunas, para poder elegir: “yo quiero la Pfizer, mira cómo los americanos se la ponen y lo bien que les va”. O: “yo prefiero la Jensen, que en una sola dosis liquidas el tema. Mucha culpa de eso la tenemos los periódicos que tenemos la osadía de elaborar rankings con las vacunas.

Por no hablar de los antivacunas. Que no, no son cuatro locos, que se empeñan en vivir contra el progreso. Yo conozco a muchos, que sin declararse abiertamente antivacunas, dicen eso de que “están experimentando con nosotros; que la prueben bien y cuando tenga el cien por cien de efectividad y ningún efecto adverso,  que me llamen”, Ignoran que la vacuna de la gripe no supera el 40 por ciento de efectividad o desconociendo la larga lista de efectos secundarios del paracetamol, que tomamos como si fueran caramelos.

En el colmo del cinismo, hemos oído a gente protestar porque se ha empezado a vacunar por los más mayores. “Total para lo que les queda”. Y, sin pudor, ofrecen su propio criterio: “Tendrían que vacunar a los jóvenes, que son los que sostienen el país”. O “a los adolescentes que están todo el día de botellón, que son los grandes contagiadores y nos traen el virus a casa”.

Por no hablar de los políticos, en permanente campaña electoral. Los hay que, desde la oposición, encienden a los ciudadanos desacreditando a los  que luchan en primera línea contra la pandemia. Los hay que, desde el gobierno, presumen de que les debemos la vida por su eficacia, como si ellos hubieran inventado la vacuna ¿No son capaces de llegar a un acuerdo para excluir de la batalla electoral todo lo relacionado con la pandemia? Aunque solo fuera por infundir tranquilidad en una crisis que si algo requiere es sosiego.

Deberían vacunarnos, ya de paso, contra la pandemia de la queja crónica. Aunque solo fuera para curarnos en salud.

(Artículo publicado en La Nueva España el 8 de abril de 2021)

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Tu vecino te vigila

Más allá del Negrón/ La pandemia convierte a los ciudadanos en vigilantes de los comportamientos impropios

Juan Carlos Laviana

Ocurrió  el jueves  previo a la Semana Santa. Una mujer madrileña de 78 años decidió aprovechar estas fiestas para disfrutar de su apartamento en la playa de San Juan en Alicante.  Las noticias no precisan si llegó en coche o en tren. Lo cierto es que llegó sin que nadie se lo impidiera. Instalada en su casa de veraneo, se disponía a descansar tras el viaje. De repente, alguien llamó a la puerta y no era el lechero.

Un vecino la había denunciado. Se encontraba en su propia casa de forma ilegal, pues se había saltado el llamado cierre perimetral. Dos coches patrulla se presentaron en la puerta del edificio de apartamentos de la avenida de Santander. Los agentes subieron a su casa y le comunicaron la infracción, Se acabaron las vacaciones. La mujer, de la que se desconocen más datos que su edad, tuvo que volver a su domicilio de Madrid con una propuesta de multa de 600 euros. La ley es la ley.

Ese mismo jueves, víspera del Viernes de Dolores y también en Alicante, un vecino vio en las redes sociales una imagen en directo de un hombre que paseaba  fumando y sin mascarilla. El vecino llamó a la policía, que descubrió que el delito se estaba produciendo a 923 kilómetros de allí, en la Avenida de Ramón Ferreiro de Lugo. Puesta en marcha la maquinaria policial, el delincuente fue localizado por agentes lucenses antes de que acabara la retransmisión en directo y convenientemente sancionado.

Aunque se ha sabido ahora, en el puente de San José  otro vecino, esta vez del barrio de Salamanca de Madrid, llamó a la policía. Según denunció, en uno de los pisos del inmueble parecía estar celebrándose una fiesta ilegal.  Los agentes llamaron a la puerta del piso sospechoso a la una menos diez. Al otro lado, una joven se negó a abrir si no le mostraban una orden judicial. No la tenían. Sin embargo, a las dos de la madrugada los seis policías derribaron la puerta con un ariete y entraron en la vivienda. Dentro se encontraban  catorce personas, varios vecinos de la propia finca y varios extranjeros de origen árabe, que no bebían, dato este que debe de ser relevante. Nueve de ellos fueron detenidos, acusados de desobediencia grave. Los abogados de los detenidos consideran que las fuerzas de seguridad se extralimitaron. ¿Vuelve la patada en la puerta de los noventa?  

En esta Semana Santa –la segunda ya bajo los efectos de la pandemia-  la colaboración ciudadana funciona se ha disparado. Prodigan los policías de balcón en cada edificio, en cada calle, en las redes sociales. Que si llevamos la mascarilla mal puesta, que si estornudamos, que si fumamos, que si mi vecino se ha ido de vacaciones, que si en ese piso he visto entrar a más de cuatro personas.

Bien está estimular la colaboración ciudadana, pero de ahí a convertir a cada vecino en una extensión del largo brazo de la ley solo hay un paso. Es responsabilidad también de las autoridades que, en una situación de pánico, los residentes no arremetan contra sus vecinos.  La anecdótica transgresión de la norma se exagera hasta extremos inconcebibles. Los grupos minoritarios se convierten en hordas, Los vecinos jóvenes, en sospechosos. No podemos permitir que unas medidas preventivas de salud pública abran la puerta a un estado policial. Porque no estamos ante un caso de maltrato en la puerta de al lado o de un comando yihadista instalado en nuestro rellano. Estamos ante unos ciudadanos –sí, insensatos- que a lo más que llegan es a celebrar una fiesta en su casa, a irse de vacaciones en un momento inoportuno, o a fumar un cigarrillo en la calle.

Lo llamativo de los tres casos es que es un vecino el que denuncia. Por propia iniciativa o atendiendo a las múltiples llamamientos de las autoridades para que delaten a “los vecinos que incumplen el toque de queda y las nuevas normas”. 

Al ojo del Gran Hermano orwelliano no se le escapa una. Son demasiados los trágicos ejemplos en la historia como para tomárselo a broma. ¿El próximo paso cuál será? ¿Los “dos minutos de odio” de los que habla Orwell en 1984?

(Artículo publicado en La Nueva España el 1 de abril de 2021)

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Contra los anti

Más allá del Negrón/ Anti fascistas y anti comunistas acaparan la política y se enzarzan en una discusión que nada tiene que ver con la España de 2021

Juan Carlos Laviana

Estamos en la localidad de Durham (Carolina del Norte). Es el año 1971 y la lucha por la igualdad de derechos entre negros y blancos aún se encuentra en un momento encarnizado. Los supremacistas blancos intentan mantener a los negros en sus guetos. Los activistas negros intentan derribar las barreras que les impeden tener los mismos derechos que los blancos. En esas posturas, aparentemente irreconciliables, se encuentran el destacado miembro del Ku-Klux-Klan Clairborne Paul Ellis  (alias Cíclope exaltado) y la furibunda activista negra Ann Atwater.

La necesidad de reunir  a los estudiantes de ambas razas en un mismo colegio lleva la situación al límite. Una pequeña chispa podría desencadenar una confrontación violenta. El asunto llega a los tribunales y el juez, quitándose el problema de encima, decide recurrir a un experto en charettes,  Pero., ¿qué es una charette?, se preguntaron todos en la ciudad y nos preguntamos todos al conocer la historia. Al parecer, se trata de una técnica inicialmente usada para solucionar problemas arquitectónicos, que acabó siendo útil para afrontar todo tipo de problemas en principio irresolubles. En el verano de 1971, en Durham se celebraron  una serie de discusiones públicas que se prolongaron durante diez días, en jornadas de ocho horas, sobre cómo implementar la integración. Se trataba de exponer argumentos e intentar convencer al enemigo y, finalmente, proceder a una votación entre los líderes de las diferentes posturas. Tras interminables y acaloradas discusiones, los participantes en la disputa descubren que tienen más en común que en contra.

Como ya se puede adivinar, llegaron a un acuerdo y, desde entonces, el líder del Ku-Klux-Klan y la vehemente líder negra trabajaron juntos. Así se cuenta en el libro The Best of Enemies (1996), de Osha Gray Davidson, y en la película que acaba de estrenar Netflix en España, bajo el título No soy tu enemigo.

Es una historia un tanto ingenua, como todas las buenas historias, pero el hecho de que haya sido real le da un valor ejemplar. Al indagar en qué es exactamente ese método mágico de reconciliación, descubrimos que el diccionario lo define genéricamente como “reunión pública de trabajo dedicada a concertar esfuerzos para resolver un problema o planificar el diseño de algo.”

En España, tras la convocatoria de las elecciones del 4 de mayo en Madrid, necesitamos con urgencia una milagrosa charette. Estamos en el reinado de la política anti, de la política excluyente,  del conmigo o contra mí, del socialismo o libertad, del antifascismo, del anticomunismo y del anticapitalismo, del no pasarán o del ya hemos pasao. O se es anti o no es nada.

Unos se proponen echar a la presidenta de la comunidad o incluso llevarla a la cárcel. Otros, acabar con la carrera de determinado vicepresidente. Otros vengarse de la traición de determinado partido. Que Madrid sea la tumba del enemigo, se proclama.

¿Qué proponen los antifascistas aparte de acabar con el fascismo inexistente? ¿Qué proponen los anticomunistas aparte de barrer un comunismo inexistente? Nadie lo sabe. Lo único que sí se sabe es que “el comunismo no es hoy un peligro ni lo es el fascismo”. Lo acaba de proclamar el poco sospechoso Javier Cercas. A uno le gustaría saber que quien gane las elecciones va a poner en marcha un plan más ágil para las vacunaciones, un plan preventivo ante nuevos ataques de la pandemia, un plan económico para hacer frente a la desolación económica que se avecina.

El votante necesita oír las propuestas. No las negaciones. Los pros y no los antis Si reunimos a los contendientes en una habitación y no les dejamos salir durante diez días –lo que viene a ser una charette de andar por casa-, seguro que comprueban que sus argumentos no responden a la realidad, que no son tan antagónicos como parecen. Puede que hasta lleguen  a un acuerdo. O no, pero al menos mientras lo intentan dejarán de atizar el incendio.

(Artículo publicado en La Nueva España el 25 de marzo de 2021)

Ilustración de Pablo García para La Nuevas España

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La política no es un juego

Más allá del Negrón/ Las maniobras torticeras de los últimos días demuestran que la prioridad de nuestros gobernantes no es la pandemia, sino mantenerse en el poder

Juan Carlos Laviana

Ocurrió hace justo una semana. Era jueves 11 de marzo. Buena parte de la clase política se reunía en Madrid. El motivo de la cita era conmemorar el decimoséptimo aniversario del mayor atentado de la historia de España. Ellas vestían de negro riguroso. Ellos, de traje oscuro. Los más atrevidos, de alivio. Así lo ordena el protocolo para un acto fúnebre.

Pese a la indumentaria, a los 192 muertos de aquel no tan lejano otro 11 de marzo no se les prestó el respeto debido. Una vez cumplido el trámite de la corona de laurel, nuestra clase política se distribuyó en corrillos. Cada corro tenía una configuración premeditada. Solo los muy afines intercambiaban susurros. Los traicionados perseguían a los traidores para reprocharles su traición, Los traidores eludían dar la cara ante los traicionados. Los hasta entonces aliados evitaban cruzar sus miradas. Se los veía confusos, azorados, incómodos. Ya no se sabía muy bien quién era el amigo y quién el enemigo, porque de la noche a la mañana había cambiado el rol de cada uno.  El homenaje acabó siendo un paripé. Lo que de verdad protagonizó aquella mañana madrileña del 11-M fue lo ocurrido la madrugada del día anterior en Murcia y cómo iba a afectar al futuro político de cada uno de ellos.

Era la representación del juego de la política, la muestra de la peor cara de la política, Ese momento en que la política pierde la necesaria discreción, el pudor,  para mostrar sus interioridades, sus vergüenzas. Ya se sabe, la mejor política es la que pasa desapercibida, señal inequívoca de que todo funciona.  Los ciudadanos, los votantes –llámenme populista- sintieron vergüenza ajena por el espectáculo que representaban sus votados. Da igual quien fuera el responsable de lo ocurrido en Murcia. Los cinco partidos implicados se defendieron responsabilizando al otro. El infierno, una vez más, eran los demás, siguiendo la desoladora máxima de Sartre.

Aquel 11-M, nuestra política vivió uno de sus momentos más aciagos y más obscenos. Los dirigentes no solo despreciaron con su comportamiento ´-víctimas y familiares estaban presentes- la ceremonia de los caídos, sino que se olvidaron que el país sufre hoy uno de los momentos más graves de su historia.

Hay tanto por hacer. Hay tantas urgencias antes de pensar en mociones de censura, en tramas de despachos  en elecciones, en coaliciones, en operaciones matemáticas que sumen mayorías. Algunos, en su desfachatez, hasta presumían de no dormir y dedicar las madrugadas a parar las maniobras del contrario. 

¿Cómo se pueden dilapidar todas las energías en derribar al contrario? La vacunación no avanza. Los muertos siguen contándose por cientos. Los hospitales aún están desbordados.  Las nuevas cepas no dejan de emerger. El reparto de las ayudas europeas es más que discutible. Nuestros hijos aún no pueden disfrutar de clases presenciales. El número de parados sobrepasa los cuatro millones. Los negocios echan las persianas. Nadie es capaz de pronosticar las dimensiones de la crisis económica que se nos echa encima.

Por si esto no fuera suficiente, la endeblez de nuestra administración digital ha quedado en evidencia con el hackeo del sistema informático del Servicio Público de Empleo, secuestrado por unos piratas durante más de una semana. La metáfora perfecta de que esto no funciona.

El país no está para juegos políticos. Entre la amalgama de dimes y diretes, de acusaciones, de insultos y palabras vacías, gestos desmesurados de salvapatrias,  han surgido afortunadamente algunas voces sensatas que recordaban las prioridades. «No estamos para elecciones, estamos para luchar contra la pandemia», proclamó el presidente asturiano. “Hablar menos y vacunar más”, pidió el científico Barbacid. ¿Tan difícil es de entender?

Lo que España necesita es alguien capaz de resolver problemas. Hasta el gris Joe Biden nos da lecciones. En solo semanas, ha revertido la situación de su país. No solo ha sido capaz de fijar un objetivo a sus ciudadanos  -el 4 de julio será la fecha de la “independencia”  del coronavirus-, sino que además ha lanzado un plan económico de ayudas sin precedentes en Estados Unidos.

Cuando nosotros tengamos una meta clara, nuestro día de la independencia del coronavirus, entonces, ya si eso, nuestros políticos podrán  hacer mociones de censura, convocar elecciones anticipadas, hacer postureos épicos  y jugar alegremente a la política de salón,

(Artículo publicado en La Nueva España el 18 de marzo de 2021)

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Abre los ojos

Más allá del Negrón/ La pandemia ha cambiado la percepción de nuestros cinco sentidos

Juan Carlos Laviana

Tomo el título prestado de la película de Alejandro Amenábar. La pandemia nos ha abierto los ojos. Nos los ha abierto en los dos sentidos.   Psicológicamente, nos hemos dado cuenta de la fragilidad de nuestro mundo y de nosotros mismos, a merced de un virus difícilmente controlable. Físicamente, hemos descubierto el papel esencial de los ojos para comunicarnos con nuestros congéneres. Antes la cara era el espejo del alma, Ahora, la mascarilla nos ha reducido el rostro hasta tal punto, que traslada a los ojos la responsabilidad de ejercer como espejo del alma.

Los ojos han alcanzado un inusitado protagonismo gracias a la pandemia, Parece como si hubiéramos perdido el pudor a mirarnos a los ojos. Continuamente nos cruzamos miradas, nos vemos los unos en los otros. Vemos alegría, y vemos, sobre todo, mucha tristeza. Y es que, como decía don Quijote, que el miedo tiene muchos ojos.

A la mascarilla sólo le falta el antifaz para convertirse en máscara. Las gafas con mascarilla contribuyen a esa desagradable sensación de aislarse del mundo, de cerrar la ventana  a los demás. Son nuestras ventanas,  como las ventanas que, según Neruda, no son otra cosa que los ojos de las casas.

 La pandemia, como la primavera, ha provocado una explosión de los sentidos, sentidos que muchas veces teníamos adormecidos. A los que no dábamos importancia, como no damos importancia a las cosas hasta que carecemos de ellas. Esa explosión de los cinco sentidos no siempre ha sido para bien. La misma vista, tan necesaria hoy, es víctima de uno de los efectos secundarios del mal. Al hijo veinteañero de una buena amiga el virus le robó la vista del ojo bueno, ¿Para siempre? Quién lo sabe. Los llamados efectos secundarios de la pandemia son uno de los grandes misterios. Como el propio sistema nervioso, que atacado por el inmunológico provoca desastres aún incomprensibles para la ciencia. Que se lo pregunten a los enfermos de Esclerosis Múltiple, de ELA o de Parkinson.

La Covid no se conforma con la vista. Ataca a todos los sentidos. Si usted, que no tiene problemas de oído, oye peor cuando le hablan con mascarilla, imagínese a un sordo al que se le oculta el movimiento de los labios. Queda incomunicado como no se ha cansado de reclamar el activista sordo Marcos Lechet ante todas las puertas cerradas de los ministerios. Lechet ha emprendido una  encomiable cruzada hasta que, casi un año después de explotar el mal, este mes de febrero ha conseguido la homologación de las mascarillas transparentes. Ahora solo falta que se extienda su uso.

Y es que tantas minorías –los sordos somos una más- son una inmensa mayoría que tiene  que esperar y dar prioridad a la necesidad general que la lucha en primera línea contra la nueva enfermedad. Los demás se han quedado en la retaguardia. Las quimioterapias han tenido que retrasarse para gran riesgo de pacientes de cáncer, operaciones quirúrgicas se han aplazado y no digamos la medicina preventiva, prácticamente abandonada.  No es momento de prevenir el ataque si el enemigo está ya desbordando nuestras defensas. ¿Se acuerdan de las listas de espera que eran noticia un día sí y otro no? Ahora parecen haberse olvidado. Casi mejor no saberlo para evitar más desasosiego.

Ya hemos repasado la vista y el oído. Pero ¿y el olfato y el gusto? Precisamente la llamada anosmia es uno de los síntomas más frecuentes de la Covid.  Cuando dejamos de oler y de gustar, es que el virus ya está dentro. Dos de los sentidos que debieran provocar placer y satisfacción –degustar-, y que no sospechamos que se podían perder, ahora se nos hurtan.  Carecen de ellos casi la mitad de los infectados y duran, con frecuencia, mucho más allá del alta médica. Y el tacto. ¿Usted es de los que aprieta los botones del ascensor con la manga de la chaqueta? ¿De los que se lava con gel hidroalcohólico cada vez que toca una materia sospechosa, que ya lo son todas? No tocar es la férrea consigna allá donde vamos, ya sea en el supermercado  o en el  transporte  público.

Sentir se ha puesto muy complicado. Pero nunca como ahora ha sido tan necesario abrir bien los ojos y poner en alerta los cinco sentidos. Incluso el sexto. 

(Artículo publicado en LNE el 11 de marzo de 2021)

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John Steinbeck desvela las debilidades del corresponsal de guerra

JUAN CARLOS LAVIANA

John Steinbeck desvela las debilidades del corresponsal de guerra

«Es posible que me sintiera un intruso en la guerra y estuviera un poco avergonzado de encontrarme allí». Aunque parezca mentira, quien así se expresa es un corresponsal de guerra. «Sí, tal vez me avergonzaba el hecho de que yo podía regresar a casa, y los soldados no». Así lo confiesa John Steinbeck en la presentación de sus crónicas de la Segunda Guerra Mundial. Este sentimiento de sentirse fuera de lugar es compartido por muchos corresponsales de guerra. Sin embargo, pocos se atreven a manifestarlo. Steinbeck incluso va más allá y revela en sus artículos algo que con frecuencia se echa de menos en los enviados especiales a los conflictos bélicos: la humildad.No a otra cosa más que a la humildad se puede deber que siempre relatara los sucesos como si fuera otro el que los presenciaba. Al contrario que la mayoría de sus colegas, adictos a la primera persona para dar autenticidad a sus crónicas y, de paso, alimento a su ego, Steinbeck evitaba ser el protagonista. Steinbeck guardaba una prudente distancia de los hechos.

Reunió sus crónicas bélicas en Hubo una vez una guerra, volumen publicado en 1958 y rescatado en español por Edhasa en 2010. Rastreando entre los artículos, se puede comprobar cómo Steinbeck se refiere al corresponsal como si no fuera él, como si fuera otra persona que se lo ha contado. Pone distancia con la noticia en una sorprendente actitud de recato en un periodista, como si le diera vergüenza estar allí.”Ha visto, además, lo que es un ataque. No ordenadas líneas de hombres marchando contra el fuego de los cañones, sino pequeños grupos echando a correr como cangrejos”

Incluso reconoce las limitaciones de los reportajes de primera línea y desvela que muchas veces el periodista cuenta lo que no ha visto. «Nunca podrás saber demasiado acerca de lo que pasa en una batalla», admite. «Esos dibujos reproducidos en todas las historias que muestran largas filas de tropas avanzando, o bien son producto de la imaginación o bien es que los tiempos y la forma de hacer la guerra han cambiado. El relato en los periódicos de la mañana de las batallas de ayer no es un relato de cosas vistas por corresponsales».

Admite, eso sí, y de forma magistral, qué es lo que ve, pero que no siempre cuenta. «Lo que en realidad sí ha visto el corresponsal», escribe, «ha sido polvo y las indeseables explosiones de las bombas, matojos cortados y tronchados y trincheras abiertas. El corresponsal de ahora ha yacido sobre su estómago siempre que ha estado con sentido, vigilando en esta postura el movimiento de las hormigas por entre los granos de arena, y tan cerca ha estado de esas mismas hormigas que ha llegado hasta a cortar el camino de ellas con su apéndice nasal».

Añade que lo que sus ojos han contemplado tiene muy poco que ver con lo que luego ha contado a los lectores. «Ha visto, además, lo que es un ataque. No ordenadas líneas de hombres marchando contra el fuego de los cañones, sino pequeños grupos echando a correr como cangrejos de los pedazos de una cobija a otra cobija aún no destruida, mientras resuenan en sus oídos los cañonazos y se ve por doquier el rojo resplandor del fuego que levantan los disparos».”Cuando la garganta haya quedado seca, habrá bebido el agua caliente de la cantimplora, agua que sabe a desinfectante”

Steinbeck entra en el detalle de cómo los periodistas transformaban en determinados textos engolados experiencias vividas con aparente menos épica. Tal vez ofrece al lector lo que espera leer, que no tiene por qué ser la dura realidad. «Quizá el corresponsal ha huido con los soldados, se ha echado al suelo con ellos. Su reportaje será, así, de tácticas y de planes de combate, de territorios perdidos o conquistados, de ataques y contraataques».

Si en algo coinciden todos los periodistas es en que la guerra siempre es sucia. Steinbeck la describe con detalle a través de ese ese corresponsal inventado que no es otro que él mismo. Es la Segunda Guerra Mundial, pero serviría para cualquier guerra. Es uno de esos pasajes de sus crónicas que explican por qué Steinbeck acabaría regresando traumatizado. «El corresponsal puede haber visto el cuadro horrible de la sangre —relata—, y haber olido el hedor de ella mezclada con el polvo: sangre de hombres y de animales, de la gran cantidad de hombres y de animales muertos la víspera y el día anterior. Y puede haber visto derrumbarse un edificio y haber olido el polvo que la caída de las paredes arranca de estas. Habrá olido el corresponsal su propio sudor y el sudor de un ejército entero. Y, cuando la garganta haya quedado seca, habrá bebido el agua caliente de la cantimplora, agua que sabe a desinfectante».

Cuando alardeaba de que solía curarse de sus problemas sicológicos escribiendo, seguramente aludía a párrafos como el anterior.

Las descripciones de Steinbeck de cómo se siente el periodista en el ambiente bélico resultan interesantes, porque estas miserias suelen eludirse en las crónicas para evitar una imagen de quejica blando cuando se trata de demostrar que el periodista es un tipo duro, inmune a las incomodidades. “Mientras el corresponsal está escribiendo acerca de ataques y de retiradas, su piel empieza a despellejarse, debido a que lleva tres días con las ásperas prendas de lana puestas; y sus pies están calientes y agrietados, resecos también por no haberse quitado los zapatos en varios días. Seguramente la pasada noche habrá sentido la mordedura de los mosquitos, acaso estén a punto de declarársele unas fiebres de esas que hacen arder la cabeza y llevan a la visión una especie de círculo rojo. Tal vez al corresponsal le arda la cabeza, por el sol, y le duelan los ojos por el polvo y la suciedad. Con toda seguridad, la rodilla que se lastimó en el desembarco estará ahora hinchada y dolorida, pero en este momento no puede recibir atención médica».”Había algunos temas tabú. Había personas que no podían ser criticadas ni interrogadas”

El autor de Las uvas de la ira da fe en el libro de las muchas limitaciones que tuvieron los corresponsales en la Segunda Guerra Mundial, sobre todo por la censura. «La autodisciplina, la autocensura, entre los corresponsales de guerra», escribe en la introducción del libro, «era ciertamente moral y patriótica, pero era también práctica desde el punto de vista de la autoconservación. Había algunos temas tabú. Había personas que no podían ser criticadas ni interrogadas. El necio redactor que rompiera con las reglas no vería publicados sus artículos y, además, sería echado del escenario de la guerra por el comandante; un corresponsal en tales condiciones queda completamente sin trabajo a los pocos días de adentrarse por esos senderos».

Y casi exculpándose por no poder contar toda la verdad, argumenta que «escribimos solo una parte de la guerra. Pero en aquel tiempo estábamos convencidos de que era lo mejor que podíamos hacer».

En 1947 a John Steinbeck le ocurrió algo parecido en otro gran viaje como periodista. En este caso, a la Unión Soviética junto con su amigo Robert Capa. El resultado de la visita, muy vigilada por los comisarios políticos, se puede ver en el espléndido volumen publicado en España por Capitán Swing en 2012 bajo el título Diario de Rusia. El libro fue muy criticado, y aún lo es hoy, y tachado de panegírico del estado comunista. Se olvida que en 1947 la URSS era una de las potencias aliadas que venció a los nazis y que la idea de paraíso en la tierra todavía deslumbraba a media humanidad.

A Steinbeck no se le puede considerar un periodista honesto e imparcial. Como muchos de los de su generación —Hemingway o el propio Capa—, tomó partido. A la guerra mundial no fue solo como corresponsal, sino como colaborador de la Oficina de Servicios Estratégicos, organismo predecesor de la CIA. Participó incluso en una incursión bélica para recuperar una isla en la costa italiana en manos de enemigo. Armado con una pistola, y junto con su amigo el actor Douglas Fairbanks, ayudó en la captura de prisioneros fascistas y nazis que controlaban el enclave. La operación está contada en una de las crónicas de Hubo una vez una guerra. Pero Steinbeck elude hablar de sí mismo y recurre a ese corresponsal ficticio tan útil. No sabemos si por imposición de la censura o porque no quería desvelar sus habilidades como guerrero.

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Autor: John Steinbeck. TítuloHubo una vez una guerraEditorial: Edhasa. VentaTodostuslibros y Amazon

(Artículo publicado en Zenda el 5 de marzo de 2021)

Destacado

Los chicos de la prensa no saben que lo importante es amar

POR JUAN CARLOS LAVIANA

No suelen ser románticas las historias de amor de los periodistas. Más bien acaban siendo atormentadas o frustradas. Es el resultado, sin duda, de la difícil competencia con una profesión posesiva y celosa como pocas. Rara vez nos encontramos un final feliz convencional en las películas de periodistas. Para esos hombres y mujeres tan prosaicos, pese a creerse poetas de la noticia, un final de verdad feliz es una rotativa rugiendo. Como la de El Día en Deadline USA (Richard Brooks, 1952), cuando el director Humphrey Bogart le transmite al mafioso, a través del teléfono, la primorosa melodía de una máquina escupiendo periódicos.

El final con beso de amor no encaja con esos tipos duros que pretenden ser los chicos y chicas de la prensa. Y si hay amago de beso o de cualquier tipo de debilidad acaramelada, se le pone remedio. Ese es el caso de Jack Lemmon, aparentemente entregado a su esposa Susan Sarandon en Primera plana (Billy Wilder, 1974). Por la explicación final, sabremos que volvió a las andadas y que llegó a ser director del periódico que había abandonado por el espejismo de un matrimonio feliz. No hay periodista rehabilitado. Igual que se sigue siendo alcohólico tras dejar la bebida, nunca se deja de ser periodista, da igual que haya sido despedido, jubilado o empapelado.

Algunos –suelen ser siempre los hombres– encuentran auténticas parejas santas, que soportan las dolorosas consecuencias de la vanidad del reportero. Stefania Sandrelli, abnegada esposa de Domingo Pajarito (López Vázquez), acaba por recoger el cadáver de su marido asesinado en La verdad sobre el caso Savolta (Antonio Drove, 1979). Ni siquiera el hecho de que él hubiera puesto su profesión por delante del matrimonio hace flaquear el amor. Abnegada como pocas es también Jan Sterling en Más dura será la caída (Mark Robson, 1956), quien apoya a su marido el periodista deportivo Bogart hasta en sus devaneos con la mafia. Aunque la más hermosa declaración de amor devoto la pronuncia Susan Hayward en Cita en Hong Kong (Edward Dmytryk, 1955): “Jamás le he impedido [a su marido periodista] hacer lo que le dé la gana. Me casé con él por lo que era, no por lo que yo quería que llegara a ser”. Eso sí que es amor desinteresado, a cambio solo de sinsabores.

Probablemente por el hecho de que las relaciones suelen ser turbulentas, el cine se ha preocupado mucho de los amores de los periodistas. Dos películas fueron tituladas precisamente así en España: Amor y periodismo. No puede ser casualidad porque deben ser pocas o ninguna las tituladas, por ejemplo, Amor y Derecho o Amor y Medicina.

La primera es Love Is a Racket (William Wellman, 1932), título difícil de trasladar incluso en Inglaterra, pese a utilizar el mismo idioma, donde tuvieron que rebautizarla Such Things Happen. Esas cosas que pasan son los interesados devaneos entre una chica con aspiraciones de actriz con el periodista Douglas Fairbanks jr. para que la promocione en su columna de cotilleos. Se dice que el personaje estaba inspirado en el mítico y temido Walter Winchell, entonces en su plenitud, pero fue más certeramente retratado en Chantaje en Broadway (Alexander Mackendrick, 1957). Este, dedicado al odio en jornada completa, sí que no tenía tiempo para el amor.

Lo de Love is a racket se podría traducir por algo así como “el amor es un delito”, en alusión a las tramas mafiosas en las que la chica envuelve al incauto periodista. Una pena, porque la tentadora traducción como “el amor es una raqueta” vendría muy bien para definir los escarceos amorosos. Se lanza la pelota. Se nos devuelve suave la bola, o en una dejada inalcanzable al borde de la red que nos hace correr inútilmente a por ella, o en forma de un smash imposible de alcanzar, cuando no nos dan un pelotazo en la cara, que también pasa. El juego es agradable, en cambio, mientras uno hace un drive y el oponente responde con un passing shot. En fin, como la ceremonia de cortejo de cualquier animal.

La otra película titulada en España Amor y periodismo es Love is News (Tay Garnett, 1937). Aquí, el periodista cotilla Tyrone Power, que vive de convertir el amor en noticia, recibe su propia medicina. Recurre a todos los trucos imaginables para conseguir información sobre la rica heredera Loretta Young. Pero esta, más lista, cambia las tornas. Finge comprometerse con el periodista, que de inmediato se ve víctima del juicio paralelo de las primeras páginas, con la infatigable persecución de una jauría de reporteros sabuesos que escudriñan en su vida privada. Como se trata de una screwball comedy, acabarán juntos, pero ¿alguien se va a creer que el periodista haya escarmentado? Ya lo dijo Walter Burns: “No se pueden limpiar las manchas a un leopardo”.

Es comprensible que el periodista se enamore del protagonista de la noticia que persigue. Al fin y al cabo, su objetivo es conocerlo a fondo. De hecho, la clásica trilogía de la Gran Depresión de Frank Capra repite ese mismo argumento. Clark Gable se enamora de Claudette Colbert, la rica heredera fugada, en Sucedió una noche (1934). Jean Arthur, de Gary Cooper, un paleto devenido en millonario en El secreto de vivir (1936). Y Barbara Stanwyck, otra vez de Gary Cooper, un vagabundo anónimo elevado a la categoría de Juan Nadie (1941). En la época de Capra era casi obligado un final feliz. Pero más recientemente, el maltrato de un periodista al protagonista de la noticia, por mucho que se enamore de él, tiene consecuencias. Ocurre en Ausencia de malicia (Sidney Pollack, 1981), donde la reconciliación entre la periodista incauta Sally Field y el falsamente acusado Paul Newman se hace imposible.

Divorciado, es bien sabido, forma parte de las tres des que, junto con dipsómano y depresivo, definen al periodista. Siempre se ha dicho que en el descubrimiento del caso Watergate fue tan decisivo el divorcio de Woodward como Garganta profunda. Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976) describe con detalle cómo el solitario Redford tiene todo el tiempo del mundo para enfrascarse en la investigación sin distracciones domésticas. En parecida situación se encuentra su compañero Bernstein (Dustin Hoffman), cuya promiscua vida amorosa fue aireada por su ex en Se acabó el pastel (Nora Ephron, 1986), el plato frío de la venganza servido por su paciente y vejada esposa.

También ostenta la condición de divorciado de Kirk Douglas en El gran carnaval (Billy Wilder, 1951), perseguido por las deudas que toda separación supone, a las que culpa de la mala suerte. Y ese es el estado civil del propio Bogart en la mencionada Deadline USA, pese a que recurra una y otra vez al sofá de su ex mujer (Kim Hunter) para sobrellevar las resacas o como paño de lágrimas de los desamores del periodismo. Pero quizá el/la periodista divorciado/a por antonomasia sea Hildy (da igual que sea Rosalind Russell o Jack Lemmon). Casado/a con su director, es decir, con su profesión y luego divorciado/a. Aunque, como bien aprecia el sabueso Walter Burns, se ha extendido la anticuada idea de que “los divorcios duran hasta que la muerte nos separe”.

Por más que se desaconsejan, amoríos entre compañeros debe de haber en todas las profesiones. En el periodismo, se comparten muchas horas e incluso días, como Nick Nolte y Joanna Cassidy en Bajo el fuego (Roger Spottiswoode, 1985), que acaban por sucumbir por aquello de que el roce hace el cariño. Los jefes como William Holden en Network (Sidney Lumet, 1976) suelen pavonearse, en busca de la eterna juventud, ante chicas jóvenes ansiosas de progresos profesionales, como Faye Dunaway. Se confunde la admiración profesional con el atractivo físico, lo que lleva a Holly Hunter a rendirse ante un guaperas como William Hurt en Al filo de la noticia (James L. Brooks, 1987). Sobra decir que la mayoría de estas relaciones acaban en fracaso. Por algo las desaconsejan.

El periodista por excelencia casado con el periodismo es Walter Burns (ya sea Cary Grant o Walter Matthau). Para él el amor es una distracción: “¿Escenitas de amor ahora? ¿Qué eres tú, un estúpido románico?”. Este tipo de personajes suelen acabar comiendo latas de judías sin calentar, durmiendo en el sofá del despacho y deseando meterse en la cama con el periódico. Aunque hay más. Como el psicópata Jake Gyllenhaal de Nightcrawler (Dan Gilroy, 2014). O el elegante dipsómano Bruce Willis en La hoguera de las vanidades (Brian de Palma, 1990), a los que no se conoce más debilidad sentimental que la carnaza o el alcohol.

De las relaciones amorosas de los periodistas se pueden sacar varias conclusiones. Que “no se pueden llevar dos sombreros puestos al mismo tiempo”, según confesión del muy mujeriego periodista Glenn Ford en Cimarrón (Anthony Mann, 1960). Que es imprescindible asumir que se trata de personas de otra especie. “No soy una mujer como las demás, soy periodista”, le espeta Rosalind Russell a su novio cuando decide volver al periodismo en Luna Nueva (Howard Hawks, 1940). Que lo más recomendable, y también más costoso, es llegar a un acuerdo de coexistencia pacífica. Así solucionan sus discrepancias el fotógrafo aventurero James Stewart y la divina Grace Kelly en La ventana indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954) o el marido abnegado Spencer Tracy y la periodista estrella Katharine Hepburn, ensalzada como La mujer del año (George Stevens, 1942).

El diagnóstico de los males de amor del periodista lo ofrece la pequeña y sabia Linda Hunt al entregado enviado especial Mel Gibson en El año que vivimos peligrosamente (Peter Weir, 1982): “Abusas de tu condición de periodista –le reprocha– y el riesgo empieza a emocionarte. Dibujas cuidadosamente una raya que te separa del mundo. Has convertido tu profesión en una especie de fetiche, imposibilitando toda clase de relaciones duraderas, porque crees que pueden entorpecer tu carrera”. Y culmina con una pregunta que debería sobrecoger a todo periodista: “¿Por qué no sabes darte? ¿Por qué no sabes amar?”. Los chicos de la prensa creen que lo verdaderamente importante en la vida es el periodismo, y desconocen que lo importante es amar, como ya nos explicó hace mucho tiempo, y de forma tan bella, el añorado Zulawski.

(Texto incluido en el libro colectivo Eros y periodismo, coordinado por David Felipe Arranz y editado por Sial Pigmalion. En El Asombrario de Público apareció en formato de artículo)

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Un permanente referéndum

Más allá del Negrón/ Una actriz o un entrenador de fútbol no se pueden convertir en opiniones autorizadas  sobre la pandemia

Juan Carlos Laviana

Ya es un lugar común que a los españoles nos gustaría ser suizos. No por la muy alta calidad de vida del pequeño estado centroeuropeo, sino por la democracia directa. Allí se pasan la vida de referéndum, votando sobre las cuestiones más diversas: armas, inmigración, pensiones, impuestos… Cómo disfrutaría un español. En un año normal, un suizo va a las urnas cada trimestre. Es más, un tercio de todos los referéndums del mundo se celebran en Suiza.

El ansia del español por vomitar opiniones, fundadas o no, ya se atisbaba en aquellas asambleas interminables de la transición. «Que se vote» era el recurso más utilizado. Normalmente, se empezaba con una gran discusión sobre cómo había de ser la propia votación, si secreta o a mano alzada. La diferencia, dada la presión ambiental, solía ser notable a la hora de decantar el resultado. Cuando la disputa amenazaba con recurrir a las manos, siempre había alguien que gritaba la frase mágica: «que se vote». Y se votaba sobre cómo votar. Así pasaban las horas, votando y votando, sin llegar a ninguna parte.

Todos los días en España hay quien pide un referéndum, principalmente sobre la independencia de Cataluña, sobre la Monarquía o si los del bajo deben pagar el arreglo del ascensor aunque no lo utilicen. Afortunadamente, aquí no es tan fácil celebrar un referéndum como en Suiza. Si no, estaríamos todo el rato camino de las urnas, por fas o por nefas. Vamos bien surtidos de opiniones y quien no tiene opinión es de inmediato tachado de sospechoso. Si calla, es porque tiene algo que ocultar, eso es porque está contra nosotros, poseedores de la verdad.

Eso sí, cuando alguien da su opinión, y no nos gusta, le ponemos en la picota para escarnio del pueblo. El último caso ha sido el de la actriz Victoria Abril.  La ex chica Almodóvar se soltó la lengua sobre la Covid19 con la misma naturalidad que el director del Instituto Pasteur o el director general de la OMS. ¿Dijo barbaridades? Sí, muchas.  Pero esto nos pasa por preguntar a una actriz por la eficacia de la inmunización de rebaño.

A veces, hasta los personajes con  altas responsabilidades públicas caen en los mismos errores que los famosos. Tal vez porque, además de tener una alta responsabilidad, pesa más su lado celebrity. El muy popular doctor Simón se atrevió a afirmar, en púlpito gubernamental, que la Semana Santa era mucho más peligrosa a efectos pandémicos que las manifestaciones del 8 de marzo. No sólo eso, sino que entró en detalles escabrosos sobre la dificultad de los costaleros para mantener la distancia social. Nadie diría que estaba hablando la voz de la ciencia.

Tuvo que venir un entrenador de fútbol a sentar cátedra. Jürgen Klopp, míster del Liverpool, fue interrogado la pasada semana sobre la pandemia en la rueda de prensa posterior a un partido.  Y respondió: «No entiendo de política, ni del coronavirus… ¿Por qué me preguntan a mí? Yo solo me pongo una gorra de béisbol y voy mal afeitado».  Y, por si no hubiera quedado, desarmó a los periodistas con unas palabras tan obvias como olvidadas: «No es importante lo que digan las personas famosas».

Desde que nos trajeron los reyes de Silicon Valley el juguete de las redes, todos nos sentimos famosos y ofrecemos, a todas horas y a los cuatro vientos, nuestra opinión sobre los asuntos más difíciles e intrincados. Hay quien sabe más de Derecho que el juez que dictó el encarcelamiento del rapero Hasél. Hay quien sabe más que cualquier epidemiólogo y es capaz de darnos una disertación sobre la efectividad de las mascarillas FFP2 o las quirúrgicas. Hay de todo. Incluso hay quien tiene la osadía de decidir y proclamar no ya lo que le conviene a él, sino lo que nos conviene a todos.

Vivimos en un mundo de sabiondos. Todos tenemos no ya una opinión, que por supuesto,  sino una resolución. Es sí o es no. Sin matices. Con la precisión de un referéndum suizo. «El español es poco amigo de pensar», proclamaba la celebrada máxima de Camba,  «pero si piensa, no hay otro pensamiento más que el suyo». Yo, la verdad,  ya no sé qué pensar.

(Artículo publicado en La Nueva España el 4 de marzo de 2021)

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Maniobras de distracción

Más allá del Negrón/ La pandemia mata a 12,000 personas en un mes y las calles se incendian… por unas canciones de rap

Juan Carlos Laviana

Los últimos días han sido pródigos en titulares estremecedores. Sobre la pandemia, hemos podido leer que, sólo en las cuatro semanas que van del 15 de enero al 16 de febrero, el coronavirus ha matado en España a 12.665 personas. Esta escalofriante cifra es superior a la de los fallecidos durante el pasado mes de marzo, en el momento más crítico.

En cuanto a asuntos pecuniarios, pero igualmente acuciantes, hemos tenido conocimiento de que la economía española se contrajo el último año un 11 por ciento, lo que supone el mayor desplome desde la Guerra Civil. También se nos ha informado de que la deuda pública de España alcanzaba proporciones equivalentes a la deuda contraída tras la pérdida de Cuba en 1898, otra de la fechas negras de nuestra historia. Y no parece que vaya a corregirse, dado que la tasa de desempleo se ha disparado de tal manera que nunca antes el Estado había tenido que gastar tanto en pagar subvenciones, ya sean a los parados o a los afectados por los ERTE,

Pero aún hay más datos indicativos del drama que sufrimos. “Desde la Guerra Civil España no perdía tanta esperanza de vida”. Y un último titular: “Las secuelas ‘invisibles’ de la pandemia podrían seguir dañando a la salud y la economía durante ‘décadas’. Décadas. Y nosotros pensando en desescalar. A ver si para Semana Santa, o si para el puente de mayo o si, como tarde, para el verano. Resulta comprensible que muchos quieran mirar para otro lado. Es humano.

Quienes no debieran mirar para otro lado son los que tienen en sus manos el destino del país. En la semana que conocíamos estas alarmantes noticias, ¿han oído alguna reacción al respecto de un político? ¿Alguno ha propuesto una medida para modificar la tendencia de esas implacables cifras? ¿O alguno ha dicho que se va a estudiar el éxito de la estrategia en Asia y Oceanía? Si alguien lo ha hecho, yo no me he enterado.

El gran debate político de los últimos días no ha sido la pandemia y sus devastadores consecuencias. No. La preocupación de la mayoría de nuestros políticos nacionales y los grandes debates se ha centrado en asuntos bien distintos. Se ha discutido mucho sobre la “calidad” de nuestra democracia, Y mucho más aún sobre por qué se le daba diferente trato a una joven “fascista y socialista” convertida en estrella de las redes que al rapero Pablo Hasél.

La polémica acabó en la calle con violentísimos altercados en gran parte del país. Es la España que cerró 2020 con un paro juvenil del 40 por ciento. La España en la que se caen dos aviones cada día (forma gráfica de hacerse a la idea del número de muertos por el virus). Pero lo que les preocupa a esos jóvenes antisistema,y a algunos políticos que los jalean desde el sistema, es la suerte de un rapero que incita al maltrato de la mujer, al odio y a la violencia.

¿Qué ha pasado aquí? ¿En qué momento perdimos la perspectiva de lo que es importante y lo que no? ¿Cómo es posible que hayamos distorsionado la realidad? ¿Cómo puede preocuparnos más una banalidad que una tragedia para la que se nos empiezan a acabar los referentes históricos?  

Los esfuerzos dedicados a esas fruslerías los restamos de la lucha contra la pandemia. El debate político debiera estar centrado en lo esencial. ¿Cómo avanza el proceso de vacunación? ¿Es el orden elegido el adecuado? ¿No debería haber un proceso centralizado en vez de dejarlo en manos de cada autonomía? ¿Qué pasará con los países del tercer mundo que no tienen recursos para pagarse la vacuna? ¿No deberíamos estar implantando ya el pasaporte –antes cartilla- de vacunación? Por no hablar del eterno debate sin resolver: ¿Relajación o confinamiento más duro?

Todas estas cuestiones y muchas más están pendientes de respuesta. Sin embargo en el orden del día de la mayoría de nuestros políticos no parecen tener prioridad. No hace falta pecar de conspiranoico para saber que en política las maniobras de distracción son práctica habitual. No hay más que ver la precipitada decisión de Pablo Casado de abandonar la sede de Génova para emboscar sus reveses. No sería de  extrañar que estuviéramos ante una nueva cortina de humo. ¿A quién beneficia poner la atención en el rapero Hasél y no en la gestión de la pandemia? A los ciudadanos, no.

(Artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 25 de febrero de 2021)

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Menem, el populista que quiso convertir el peronismo en liberalismo

Fue presidente de Argentina entre 1989 y 1999, década en la que privatizó grandes empresas y dinamitó el estado del bienestar

Juan Carlos Laviana 14 febrero, 2021 19:52

Pocos políticos han alcanzado la gloria de que el tiempo de su mandato se conozca por su nombre. Carlos Menem ostentaba el récord de permanencia en el poder de un presidente constitucional argentino: diez años. Años que van de 1989 a 1999, periodo que en Argentina se conoce como el «menemismo». Desgraciadamente, ese tiempo se recuerda como una época nefasta para el país, en la que el estado de bienestar fue dinamitado y la corrupción adquirió forma de gangsterismo. 

El joven Menem vio por primera vez al general Perón y a Evita en el año 1951 cuando viajó a Buenos Aires para disputar un trofeo de baloncesto universitario. Se quedó fascinado por aquellas personalidades arrolladoras y se convirtió de inmediato al justicialismo. Pero, como recuerda hoy un diario bonaerense, el joven Menem no sabía en ese momento que el destino le tenía guardado pasar a la historia como “el demoledor de la justicia social y la soberanía económica” que le había deslumbrado en su juventud. Consiguió, según el periódico Página 12, lo que ni siquiera las dictaduras más antiperonistas habían conseguido.

Cuando Menem llega al poder en 1989, se encuentra una Argentina asolada por una inflación sin precedentes. En contra de lo que sus votantes esperaban de él, adopta unas políticas ultraliberales. En poco tiempo, la tendencia inflacionista cambió de dirección, el producto nacional creció de forma ostensible y la renta per cápita de los argentinos alcanzó niveles desconocidos. En realidad, era un espejismo. Fue lo que los argentinos dieron en llamar “la gran fiesta de los ricos”

El nuevo presidente peronista había recurrido a una privatización devastadora de las grandes empresas del país para obtener réditos inmediatos. Aerolíneas, eléctricas, petroleras, comunicaciones, altos hornos, ferrocarriles… Todo, absolutamente todo, fue vendido a precios irrisorios. La otra cara de la moneda no tardó en dejarse ver. Las multinacionales que se habían hecho cargo de las grandes compañías estatales iniciaron una oleada de despidos masivos. Los contratos laborales cada vez eran más precarios. El paro se disparó, la asistencia social desapareció y la conflictividad social estalló en las calles.

Un obituario aparecido en la prensa argentina califica a Menem como “el hombre que nació para una cosa, pero hizo la opuesta”. Y así fue desde su nacimiento. La familia de Menem, en realidad se llamaba Menehem, pero el funcionario de aduanas simplificó el apellido. Era hijo de emigrantes sirios musulmanes suníes. Conservó la fe de sus padres durante sus años jóvenes hasta que las leyes argentinas le obligaron a convertirse al catolicismo para aspirar a la presidencia.

El destino le tenía guardado pasar a la historia como “el demoledor de la justicia social y la soberanía económica”

Se convirtió en cabecilla revolucionario de la muy combativa región de La Rioja. De líder local justicialista llegó a ser gobernador. Fue peronista sin Perón, cuando la mayoría de los militantes abandonó al líder, exiliado en España. Su fidelidad no le impidió granjearse a los enemigos del fundador del justicialismo. “Animal político, con la picardía y la astucia del zorro”, como fue descrito, siempre supo nadar entre dos aguas.

En 1964 decidió buscar sus raíces musulmanas y viajó a la ciudad siria de Yabrud, donde conoció a Zulema Yoma, que se convertiría en su esposa y sería la madre de sus hijos, Zulemita y Carlos Jr. Mujeriego confeso, logró convencer a todo el mundo de que esta vez sentaría la cabeza. 

Fue de los pocos elegidos en 1972 acompañó a Perón en el vuelo Madrid-Buenos Aires, el regreso ya poco triunfal de un líder en su ocaso. Estaba convencido de que él podía ser el sucesor. Su fidelidad le llevó incluso a alinearse con Isabelita en la guerra civil del partido por suceder al gran líder. 

El golpe militar lo llevó a la cárcel. Cuentan que los militares esperaban de él una feroz resistencia, pero los recibió con cortesía, saludó uno por uno a los captores y se dejó conducir a prisión. Transcurridos dos años, fue puesto en libertad bajo vigilancia en la casa de una familia de La Plata. El conquistador Menem se enamoró de la hija de la casa con la que tuvo un hijo que nunca reconoció. El pleito por la paternidad le siguió hasta 2003, cuando la madre que había llegado a ser diputada se suicidó.

Aprovechó su libertad vigilada para dar rienda suelta a otra de sus debilidades, codearse con la farándula. Fue entonces cuando se hizo amigo del boxeador Carlos Monzón y de algunas de las actrices más reputadas de la Argentina de entonces. Acabada la dictadura, viajó a España. Quería el beneplácito de Isabelita, pero esta ni siquiera le recibió. Según los analistas, fue una forma de transmitirle que Perón nunca había confiado en él.

La negativa de la heredera oficial del peronismo no le desanimó y lanzó su carrera hacia la Casa Rosada. En la presidencia, mantuvo sus actitudes extravagantes -no se limitaban a las patillas, la melena y el poncho de gaucho-, en forma declaraciones tan extemporáneas como cuando amenazó con bombardear Washington DC, si Estados Unidos atacaba a su amigo Gadafi.

Aprovechó su libertad vigilada para dar rienda suelta a otra de sus debilidades, codearse con la farándula

Se le acusó de haber financiado su campaña con dinero procedente de Siria y Libia. Pero traicionó a sus amigos árabes cuando decidió apoyar al presidente Bush y enviar barcos argentinos a la primera guerra del Golfo.

Algunos analistas llegaron a relacionar esa traición con el brutal atentado a la embajada israelí en Buenos Aires, en el que murieron 22 personas y varios centenares resultaron heridas. Y también atribuían el mismo motivo al accidente que costó la vida a su propio hijo cuando se estrelló el helicóptero en el que viajaba. 

Su esposa Zulema aseguró siempre que se había tratado de un atentado, del que Menem era el directo responsable por sus sucios negocios con sanguinarios dictadores. Tras la trágica muerte de su hijo, abandonó a su marido.

En el debe de Menem también se encuentra el indulto a los altos mandos de la dictadura, condenados por atrocidades contra la población civil. No sólo los perdonó, sino que además paralizó todos los intentos de nuevas investigaciones.

Menem, maestro de líderes populistas, consiguió mantener unidas las diferentes facciones del peronismo, pese a su manifiesta traición a los principios del justicialismo. Supo arreglárselas para convencer a los argentinos de que su entrega al neoliberalismo era lo que el país necesitaba. De hecho, consiguió ser elegido en 1995. 

Pero ya no pudo engañar mucho más tiempos a su país, hay quien se sostiene que llegó a casarse, ya en su vejez con una joven Miss y presentadora de televisión para ganarse el afecto popular. Tras ser apeado del poder en 1999, en 2003 intentó la reelección. Sin embargo, tuvo que retirarse al ver que una nueva figura emergente, Néstor Kirchner, estaba a punto de arrollarlo en la segunda vuelta. 

“Síganme, no los voy a defraudar”, “Argentina, levántate y anda” o “A los tibios los vomita Dios”, son frases utilizadas por Menem utilizadas en sus campañas y que dan idea de su carácter populista. Eso sí, hay que reconocerle que durante diez años logró engañar a los argentinos y que fue el único presidente democrático que lo hizo durante tanto tiempo.

Carlos Saúl Menem nació en Anillaco (Provincia de La Rioja, Argentina) el 2 de julio de 1930 y murió en Buenos Aires el 14 de febrero de 2021 a los 90 años. Casado y divorciado por dos veces, deja tres hijos.

(Artículo publicado en EL ESPAÑOL)

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Francisco Luzón, el banquero que supo sacar valor de la enfermedad

Juan Carlos Laviana 17 febrero, 2021 15:21

En España sabemos mucho más de la ELA desde que el banquero de éxito Francisco Luzón anunció en 2016 que tres años atrás había sido diagnosticado. Sabemos que la esperanza de vida es de unos cinco años, unos pocos más con cuidados especiales, como en su caso. Sabemos que el proceso de deterioro es vertiginoso. Y lo sabemos porque lo hemos visto en él paso a paso. Desde que su hija, camino de un partido de fútbol, notó que su padre hablaba raro hasta el día de su muerte, a la que llegó tras haber perdido la movilidad, el habla y hasta la respiración.

Fueron necesarios tres años de peregrinaje por los hospitales más prestigiosos de todo el mundo para encontrar un diagnóstico. Y otro año y medio para asimilar la condena a una tortuosa y agónica enfermedad conducente a una muerte segura. A partir de ahí, todos sus esfuerzos se centraron en conseguir fondos para la investigación, para la búsqueda de una cura, para facilitar la vida a otros enfermos con menos recursos y en disfrutar cada día de la vida. Porque, según él, se puede disfrutar de la vida aún en esas circunstancias. “Dedico a pensar en la muerte cinco minutos al día, ni uno más”, respondía cuando le preguntaban por el seguro final. Su actitud ante la enfermedad hará que su nombre quede unido para siempre al de la ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica) y al valor para afrontarla.

Antes, el nombre de Francisco Luzón formaba parte de la reciente historia financiera de España. Hijo de una familia campesina, emigrada a Barakaldo, consiguió estudiar la carrera de Económicas con una beca. Empezó su vida profesional desde lo más bajo del escalafón en el Banco Vizcaya, Quince años después, ya participó de forma decisiva en la fusión con el Banco de Bilbao y en la creación del gigante BBV. El ministro Solchaga lo llamó para sustituir a Miguel Boyer al frente del Banco Exterior de España, banco público vinculado al PSOE. Y sería él quien liderara la exitosa fusión de varias entidades públicas hasta crear el conglomerado Argentaria.

Detonante de la enfermedad

Emilio Botín lo fichó como adjunto para, con él de mano derecha, modernizar el banco. Contribuyó a ampliar la entidad con múltiples fusiones y la implantó en toda Latinoamérica. Un viaje conjunto, colegas y amigos, que duró quince años. En 2013, un todavía muy joven Luzón sorprendió con una jubilación anticipada, que le supuso una indemnización bruta de 65 millones de euros. Luego contaría sus desencuentros con Botín, la “falta de palabra” del banquero cántabro, la “traición del amigo”, que aquella gran decepción acabaría por ser el detonante de su enfermedad.

En su libro El viaje es la recompensa (La Esfera de los libros), cuenta con detalle el desencuentro con su gran amigo, su cómplice y compañero. “CuandoEmilio Botín me llevó al límite en noviembre de 2011 y yo me negué a aceptar su propuesta para seguir siendo yo mismo -escribe-, se rompieron algunas de mis neuronas. Aquella mañana mi boca se quedó sin salivaAl levantarme de la silla, tras la dura conversación que mantuvimos cara a cara, me rompí. Ya no respiré igual. Allí empezó todo“.

La ELA da la cara

Luzón asumió que con la jubilación empezaba una nueva etapa. Tenía muchos motivos para disfrutar de la vida, Acababa de casarse en segundas nupcias con María José Arregui, una mujer de 58 años a la que había conocido como propietaria de la academia brasileña donde los empleados del banco recibían clases de portugués. Su actividad era frenética. Había dejado el banco, pero no de trabajar.

Seguía perteneciendo a numerosos consejos de administración, asesoraba a empresas, participaba en proyectos de formación de jóvenes directivos, incluso llegó a ser vicepresidente de la Biblioteca Nacional. Hasta que sólo 20 meses después de su jubilación, la ELA dio la cara y ofreció sus primeros síntomas.

En 2016 toma la decisión de hacer pública su enfermedad. Y al mismo tiempo, ayudado por su gran apoyo, su mujer María José, anuncia la creación de la Fundación Francisco Luzón, “el mayor reto transformador de mi vida, una fundación que ayude a encontrar una cura a esta terrible enfermedad, uniendo a todos los agentes que deben estar implicados en la misma”. Los cinco años que van desde ese momento hasta su muerte, dedicó todas sus fuerzas -muchas más de las que aparentaba- a luchar contra la enfermedad en privado, como paciente, y en público como gran activista.

No dejó de sonreír

El mal avanzó de forma vertiginosa. Tenía que comunicarse a través de una tableta en la que tecleaba con la mirada. Llegó un momento en que no podía mover ni un solo músculo, Dejó de respirar sin la ayuda del ventilador. Una grúa le movía entre la cama y el sofá. Pero no decae o al menos no lo deja traslucir. “Felizmente puede sonreír -declara su esposa en una entrevista en El País-. Lo hace y mantiene el brillo en sus ojos y la profundidad de su mirada. Y menos mal que sonríe y que sus ojos siguen vivos”.

Tanto Francisco como su mujer se dan cuenta de que, pese a todo, son unos privilegiados. “Lo que determina la supervivencia de alguien con esta enfermedad –explicaba María José- es la capacidad económica, es así de triste y así de duro (…) Nuestra situación económica permite que mi marido esté atendido por cuidadores y profesionales las 24 horas del día. No todos los enfermos de ELA disponen de estas capacidades”. Y ese va a ser el trabajo de la Fundación, que disponer de medios que suponen años de vida no dependa de la economía de cada uno. Y es que, como buen banquero, Luzón siempre defendió la importancia del dinero. “El dinero es como el estiércol: de nada sirve si no se esparce”, llegó a asegurar rememorando sus orígenes campesinos.

Amar y soñar

El banquero dijo que nunca se había planteado la eutanasia, pero que respetaba a los enfermos que optaban por esa salida. “Creo en Dios -manifestó en una entrevista-. Me parece que el cosmos y la vida sin él no tienen sentido. Cada mañana agradezco a Dios el nuevo día. (…) La vida es amor. No como, no hablo, no huelo, no me muevo, pero amo y sueño. Amaré la vida hasta el último segundo.

Probablemente sea el propio Francisco Luzón quien mejor se haya definido a sí mismo. Cuando recibió el premio León de EL ESPAÑOL en 2019, explicó que se consideraba una persona que había dedicado toda su vida la creación de valor, transformando la realidad y devolviendo a la sociedad parte de lo que le ha dado. Con su ejemplo y su Fundación la realidad, sin duda, es diferente.

Francisco Luzón López nació el 1 de enero de 1948 en El Cañavate (Cuenca) y murió el 17 de febrero de 2021 en Madrid a los 73 años. Estaba casado con María José Arregui. Deja tres hijos -Estíbaliz, Iratxe y Fran- y dos nietos.

(Artículo publicado en El Español)

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General Galindo, azote de ETA y jefe militar de los GAL

Gracias a él se desarticularon 278 comandos y fueron detenidos 1.700 terroristas, pero su carrera se vio enfangada por sus métodos

Juan Carlos Laviana 13 febrero, 2021 21:00

El exgeneral de la Guardia Civil, Enrique Rodríguez Galindo, ha fallecido este sábado a los 82 años de edad a causa de la Covid-19. Durante los quince años que estuvo al frente del cuartel de Intxaurrundo en San Sebastián Galindo fue el enemigo número uno ETA. Desde la primera línea de batalla de la lucha sin cuartel contra la banda terrorista, gracias a sus expeditivos métodos de vigilancia y de investigación, fueron desarticulados 278 comandos y detenidos 1.700 terroristas. Su efectividad le valió ascensos meteóricos en el escalafón de la Guardia Civil y un sinfín de condecoraciones que lucía orgulloso en su solapa.

Lo tenía todo para haber sido el gran héroe en la lucha contra el mayor enemigo de la democracia española. Pero su carrera y sus méritos se vieron no solo ensombrecidos, sino enfangados, cuando se airearon sus métodos poco ortodoxos. El general Galindo –para los etarras y sus seguidores, la encarnación del terror policial- asumió que el fin justificaba los medios.

Según se puede leer en la sentencia que recoge su condena, el suyo era «un caso de perversión de los medios en atención a los fines». Consideraba que cualquier atajo era válido para contener aquella sangría provocada por el terrorismo. Cien de sus hombres, cien guardias del fuerte que era Intxaurrundo, fueron asesinados por los terroristas. Una placa recuerda hoy sus nombres a la entrada del cuartel.

El “caso Lasa y Zabala” dejó al descubierto las torturas
que se practicaban en el cuartel de Intxaurrondo.

Intxaurrondo, la imponente fortaleza desde la que se dirigía la lucha antiterrorista, una ciudad dentro de una ciudad, que se autoabastecía, que acogía a cientos de jóvenes que llegaban de toda España para hacer frente a la gran amenaza, se convirtió en un auténtico símbolo para los habitantes de San Sebastián.

Para los guardias civiles novatos, instruidos en disimular su acento, en cómo relacionarse con los ciudadanos, en cómo explorar a todas horas los bajos del coche, era el único lugar en el que se sentían seguros. Para los donostiarras, en cambio, se convirtió en el objeto de todo tipo de habladurías sobre terribles torturas, crueldades inimaginables, en una especie de misterioso castillo kafkiano.

Lo que hasta entonces solo habían sido rumores se demostró verdadero cuando los periodistas del diario El Mundo, encabezados por Melchor Miralles, comenzaron a investigar y a dejar al descubierto la trama de los GAL. El llamado «caso Lasa y Zabala» fue el detonante que demostró lo que ocurría de puertas adentro en el cuartel.

La historia comienza en 1985 con el descubrimiento de unos restos humanos en la localidad de Busot (Alicante), muy lejos del País Vasco. Los huesos no pudieron ser identificados, dado su deterioro, hasta 1995, cuando se determinó que los correspondían a José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala, desaparecidos en 1983.

Víctimas de los GAL

Ellos fueron las primeras víctimas del terrorismo de Estado de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL). Se trataba de dos miembros muy jóvenes de ETA, con apenas 18 años. Habían sido secuestrados en Bayona (Francia) y trasladados al cuartel de Intxaurrondo por orden del entonces comandante Galindo. De ahí, desplazados al palacio Cumbre de San Sebastián, una señorial villa pública utilizada por la policía, donde serían cruelmente torturados.

Hasta tal punto estaban desfigurados los dos jóvenes, que se decidió hacerlos desaparecer. Galindo encargó la misión a dos guardias civiles, que los remataron y los enterraron en cal viva, de ahí la dificultad para su reconocimiento. 

El general fue condenado a 75 años de cárcel, de los que
sólo cumpliría cinco por motivos de salud.

Las investigaciones periodísticas demostraron que Galindo ejercía la máxima autoridad militar de lo que se dio en llamar «el gal verde», el brazo armado de toda una trama de políticos, que iba de gobernadores civiles, como Julen Elorriaga, a ministros del Interior, como José Barrionuevo, pasando por secretarios de Estado, como Rafael Vera.

El héroe Galindo pasó a ser un apestado cuando en 2000 fue condenado a 75 años de cárcel -por secuestro, torturas y asesinato-, de los que sólo cumpliría cinco. En septiembre de 2004, y tras serle varias veces denegada la concesión del tercer grado, la Dirección General de Instituciones Penitenciarias permitió a Galindo que cumpliera su condena fuera de la cárcel dada la grave enfermedad cardiovascular que padecía y su avanzada edad. También perdió su empleo y su grado.

Acababa así una carrera brillante, de un hijo del cuerpo que había dedicado su vida, desde los 18, años a la Guardia Civil. Que se había preocupado por estudiar en la Academia Militar de Zaragoza. Que se había presentado voluntario para destinos tan exóticos como la vieja colonia de Guinea. Y que un traslado como guardia de Tráfico le sirvió para conocer Guipúzcoa y el mundo en el que arraigaba el terrorismo. Esta experiencia cambiaría su vida para siempre. Se quedó fascinado por la labor que desempeñaban allí sus compañeros y decidió que aquel era su destino, que aquella era su lucha. 

Cúpula militar de ETA

Sus éxitos fueron notables. Además de los mencionados, a él se debe el mayor golpe atestado a la cúpula militar de ETA. Bajo su mando, y gracias a su obsesiva búsqueda de información, el 29 de marzo de 1992 caía en la localidad francesa de Bidart la hidra de múltiples cabezas en que se había convertido la cúpula de la serpiente terrorista, y que había sido bautizada oficialmente como «Colectivo Artapalo». 

Participó como intermediario en los intentos de
negociación con ETA de los gobiernos de Felipe
González.

Galindo era conocido por tratar de tú a tú a los dirigentes de ETA. Se vanagloriaba de conocerlos muy bien. Ese conocimiento le sirvió para participar en diferentes conversaciones mantenidas con los líderes de la banda por parte de los gobiernos socialistas en la década de los 80. Él facilitó contactos con mediadores en el propio País Vasco e incluso el diálogo directo en Andorra con el entonces cabecilla Domingo Iturbe Abasolo, Txomin,  

Al poco de conocerse la sentencia condenatoria en abril de 2000, sus compañeros de armas le agasajaron con una cena homenaje. Pero, en cuanto ingresó en prisión, los mandos de la Benemérita y sus camaradas de los GAL pronto se olvidaron de él y solo recibía las visitas de sus familiares y algunos amigos íntimos.

En la cárcel, según contaría la periodista Cristina López Schlichting en un reportaje en El Mundoentretenía su tiempo haciendo crucigramas y resolviendo desafíos psicológicos. Allí también completó sus conocimientos de informática y se dedicó a sus lecturas favoritas, best-sellers de Grisham o Follet, libros de Historia y algunos ensayos sobre ETA.

Su familia llegó a recoger cien mil firmas solicitando su indulto, pero fueron rechazadas. Incluso llevaron su caso al Tribunal de Estrasburgo. Pero el general nunca mostró el menor entusiasmo por los recursos judiciales. Asumió su destino en la cárcel Después de cinco años, repartidos entre una prisión militar y una civil, el fallecido José Luis Alonso, ministro del Interior, decidió indultarle en 2004, amparándose en la mala salud del ex general.

El general estaba convencido de que la crueldad de los
etarras justificaba usar sus misma armas.

Galindo y sus cómplices olvidaron, según puede leerse en la sentencia condenatoria, que el Estado debe defenderse del terrorismo, por supuesto, pero sólo «desde el respeto a los valores que defienden el Estado de Derecho». El general no opinaba o mismo, creía que la crueldad de los etarras justificaba usar sus mismas armas. De hecho, no llegó a mostrar el menor signo de arrepentimiento. «Asumo la condena como un servicio a mi país y a mi patria –afirmó-, nunca he hecho otra cosa».

Enrique Rodríguez Galindo nació en Granada el 5 de febrero de 1939 y murió el 13 de febrero de 2021 a los 82 años. Deja mujer, tres hijos y dos hijas.

(Artículo publicado en EL ESPAÑOL)

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Necesitamos unas negritas

Más allá del Negrón/ Documentales sobre Umbral y Leguineche recuerdan que el periodismo precisa reinventarse continuamente

Juan Carlos Laviana

Fotograma del documental Anatomía de un dandy.

Fotograma del documental Anatomía de un dandy.

Por azares del destino, coinciden los estrenos de sendos documentales sobre Francisco Umbral (Filmin y unos pocos cines) y sobre Manuel Leguineche  (TVE).  Si añadimos el aún fresco centenario de Miguel Delibes, padre periodístico de los dos anteriores, tendremos el trío completo de los mejores periodistas, cada uno en su especialidad, de la segunda mitad del siglo XX.

La coincidencia provoca, de forma inevitable, una reflexión sobre un periodismo, el actual, en crisis crónica y muy necesitado de ideas. De las historias de los colosos tenemos mucho que aprender. No es solo nostalgia. No es que ellos tuvieran la fortuna de ejercer en la edad dorada del periodismo.  O del “periodismo del pelotazo”, como lo han bautizado con menos delicadeza una nueva generación empeñada en demostrar cada día que el periodismo nació con ellos.

Umbral, Leguineche y Delibes no lo tuvieron fácil ni nadaron en la abundancia. En absoluto. Vivieron bajo una asfixiante dictadura que controlaba la mayoría de los medios, pelearon contra la censura inflexible, pasaron penalidades, pero, pese a todo, los  tres innovaron de forma decisiva el oficio que eligieron. Si nosotros nos enfrentamos a una traumática transición, ellos hicieron su propia transición, no menos traumática,  de un periodismo bajo la bota a un periodismo libre.

En la película «Anatomía de un dandy», se oye a Umbral contar que cuando Juan Luis Cebrián le llamó para escribir en la última página de «El País», le pidió que se inventara algo nuevo. Y Umbral se inventó las negritas. En realidad, copió las versalitas de Alfonso Sánchez, gran cronista de sociedad y popular crítico de cine que recordarán los más viejos. El invento de las negritas de Umbral fue una revolución en el periodismo. Esa aparente fruslería tipográfica provocó que cientos de miles de personas compraran el periódico para ver a quién masacraba o glorificaba Umbral con sus negritas.

El hecho de que Umbral fuera un fanfarrón, un egoísta, un machista, un pesetero, un mal compañero, lo que usted quiera, no resta un ápice a su mérito.  Fue un genio literario que revolucionó el columnismo. Aún se le sigue imitando con escaso éxito, ya que su estilo era tan personal que copiarlo es poco menos que una misión imposible. Una oferta millonaria, unida al malestar que había creado en la redacción de «El País», facilitó el cambio de cabecera. El narcisista Umbral llegó a exigir al director que los artículos de Rosa Montero o Manuel Vicent –dos muy buenos amigos suyos- no aparecieran en la última página, que quería exclusivamente para él.

También se puede escuchar en la película a Umbral desvelando los detalles de su fichaje por parte de Pedro J. Ramírez, primero para «Diario 16» y luego para «El Mundo».  Umbral preguntó al director  por qué tenía que escribir  los siete días de la semana y no podía escribir  solo dos o tres. Y Ramírez le contestó, siempre según el imaginativo escritor, que resultaba imprescindible que escribiera a diario, porque sus columnas eran una droga que los lectores necesitaban todas las mañanas, y su obligación era dársela para que siguieran comprando masivamente el periódico.

El documental de Umbral –al igual que el de Leguineche- provoca un enorme desconsuelo al periodista de hoy. ¿Cómo hemos podido cambiar tanto? ¿En qué momento nos dejamos arrebatar nuestro papel esencial en la sociedad? ¿Cuándo  dejamos de suministrar a nuestros lectores la dosis de la medicina que les es imprescindible? Deberíamos preguntarnos cada día, como preguntó Cebrián a Umbral,  qué podemos inventarnos.  ¿Dónde están nuestras negritas, nuestras apasionadas crónicas de  guerra, nuestras sabias tribunas literarias de lo cotidiano? En suma,  ¿dónde están los Umbral, los Leguineche y los Delibes de hoy?  Probablemente aún sean muy jóvenes o no les hayamos dejado asomar la cabeza.  Hace cuarenta años, ni nos imaginábamos que unas simples negritas podían revolucionar un oficio.

(Artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 18 de febrero de 2021)

Destacado

Alberto Oliart, el ministro que combatió el golpismo y metió a España en la OTAN

Juan Carlos Laviana (Publicado el 13 febrero, 2021 a las 14:38 en EL ESPAÑOL)

En la larga trayectoria de Alberto Oliart, destaca su labor como ministro de Defensa de la UCD. Con más habilidad que firmeza se enfrentó a un Ejército aún anclado en el franquismo. Tras el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, el nuevo presidente Calvo-Sotelo le puso al frente del ministerio más comprometido en aquel momento, del que dependía el Ejército.

Lo primero que hizo Oliart, tras asumir el cargo en el que sucedió a Agustín Rodríguez-Sahagún, fue reunirse uno por uno con los capitanes generales, para que le dieran su versión de lo ocurrido el 23-F. Lo que oyó de boca de los mandos militares no fue muy alentador. A pesar del fracaso del golpe, la mayoría de ellos hubieran dado por buena la llamada solución Armada. Es decir, la de un gobierno provisional presidido por el general. No sólo eso, sino que, además, como relataría el propio Oliart años después, los mandos militares “buscaban limitar muchísimo las autonomías, los sindicatos, ilegalizar el PCE, (…) reponer la pena de muerte (…) y erradicar el desorden público en la calle”.

Ese era el Ejército con el que le tocaba lidiar. El juicio de Campamento, conocido así por celebrarse en unos barracones de esa zona de la Casa de Campo, sería la primera prueba de fuego en el pulso del nuevo ministro con los militares. Sólo un año después del golpe, los 33 implicados se sentaron en el banquillo. El clima era de máxima tensión. Los acusados provocaban continuos desórdenes y no paraban de protestar.

Por su parte, uno de los principales encausados, el general Milans del Bosch hacía lo que le venía en gana y llegó a abandonar la sala sin el permiso del tribunal. Incluso exigieron, y consiguieron, la expulsión de la sala de Pedro J. Ramírez, director entonces de Diario 16, por un reportaje que no fue de su gusto. Más que un juicio tenía el aspecto de una farsa.

Elevó las penas de los golpistas

El ministro se vio obligado a intervenir. En una medida valiente, decidió cambiar al presidente del tribunal militar. Se dijo entonces que las provocaciones de los golpistas habían llevado al magistrado un estado de ánimo que le impedía poner orden. El nuevo presidente consiguió detener los desmanes de los acusados que utilizaban el juicio para desprestigiar la democracia. En junio, el tribunal emitió una sentencia con penas benevolentes para los imputados.

Hasta tal punto que, por ejemplo, sólo condenó a 6 años de prisión al general Armada y a otros 11 acusados, a penas tan ínfimas que pudieron seguir en el Ejército. Oliart, recogiendo el malestar popular y enfrentándose a los mandos, ordenó a la Fiscalía que recurriera la sentencia. El recurso consiguió elevar considerablemente las penas. En el caso de Armada pasó de seis a 30 años.

En aquellos momentos, Oliart se vio en una situación muy comprometida. Recibió críticas desde todos los frentes. Por un lado, se le acusó de ser demasiado complaciente con los altos mandos militares. Por otro, de defender con uñas y dientes al Rey y de intentar proteger al Monarca de cualquier duda sobre su papel en el golpe. Incluso se le acusó de favorecer, a la hora de conceder, ascensos a los golpistas frente a aquellos militares que defendieron abiertamente el orden constitucional.

Hay un dato importante y muy significativo de su personalidad. Oliart consideraba, como otros muchos, que la democracia se encontraba en grave peligro en aquellos momentos. Fue el único ministro de Leopodo Calvo-Sotelo que estaba a favor, y luchó por ello, de un gobierno de coalición con todos los partidos, excluyendo al PCE. Su intento fracasó, pero de haber triunfado, la historia reciente de España hubiera sido muy diferente.

Reformó el CESID

Una de las medidas más relevantes de Oliart fue la reorganización del CESID –hoy, CNI-, cuya eficacia y lealtad había quedado en entredicho al no detectar el golpe del 23-F. Nombró nuevo director al teniente coronel Emilio Alonso Manglano. El cambio de actitud del nuevo servicio de inteligencia quedaría de manifiesto sólo unos meses después.

La noche del 1 de octubre de 1982, Manglano se citó con el presidente Calvo-Sotelo, el ministro del Interior, Juan José Rosón, y el de Defensa, Alberto Oliart. En una reunión que se prolongó hasta la madrugada, el jefe de la Inteligencia fue detallando los pormenores de un golpe que estaba en marcha para el día 27 de este mes, víspera de las elecciones generales. Era el conocido como golpe de los coroneles.

Entre sus objetivos, se encontraba “neutralizar” al Rey y al presidente del Gobierno. Disponían de listas de personalidades relevantes, políticos, periodistas y militares contra los que se ordenaba actuar de forma “contundente”. Según los expertos, el golpe estaba preparado de una forma muy profesional y hubiera resultado enormemente sangriento.

Oliart y los reunidos, después de una larga discusión, decidieron detener a los cabecillas. La decisión no era fácil, porque eran conscientes de que ese nuevo intento de golpe iba a ser decisivo en el resultado electoral de una ya agónica UCD. En cualquier caso, el ministro decidió darle la menor publicidad posible a la desarticulación de la trama militar para evitar que las detenciones caldearan aún más el ya muy crispado ambiente preelectoral.

Entrada en la OTAN

Otro acontecimiento histórico en el que Alberto Oliart fue decisivo es el ingreso de España en la OTAN. Como ministro de Defensa, defendió en el Congreso la intención del gobierno de Calvo-Sotelo de solicitar la adhesión a la Alianza militar, asunto que se consideraba esencial para convertir un Ejército mayoritariamente golpista en uno moderno y profesional. La oposición había tomado el asunto como bandera contra el Gobierno, en el Parlamento y en la calle. Se exigía cuando menos un referéndum. Pese a la fuerte contestación, Oliart llevó a cabo todos los trámites para el ingreso en la organización militar.

El 10 de junio de 1982, asistió, junto a Calvo Sotelo y el ministro de exteriores, José Pedro Pérez-Llorca, a la cumbre de la OTAN en su cuartel general de Bruselas, donde se izó por primera vez la bandera española. “Allí empezó –explicaría Oliart tiempo después – el cambio definitivo de la mentalidad de la Fuerza Armadas españolas”.

Oliart también jugó un papel destacado, como diputado de UCD, en la negociación del Estatuto de Guernica con los nacionalistas vascos encabezados por Xabier Arzalluz. Fueron unas reuniones tensas, siempre a punto de romperse. A esa tensión contribuyó decisivamente un atentado en mitad de las conversaciones.

Un comando de ETA, del que formaba parte Arnaldo Otegi, hirió de gravedad al diputado centrista Gabriel Cisneros, al que intentaba secuestrar. Los terroristas siempre intentaban influir con las armas en las negociaciones que tenían que ver con el País Vasco.

Al frente de RTVE

Después de haber sido ministro de Industria y haber lidiado con la crisis del petróleo, de haber formado parte de la comisión que discutió los Pactos de la Moncloa, de comenzar la democratización del Ejército como ministro de Defensa, de ejercer de ministro de Sanidad, en 1982, tras la aplastante derrota de la UCD por el PSOE, abandonó la política.

Durante un tiempo estuvo dedicado a la escritura, y en especial a la poesía, a la que era muy aficionado. Llegó a ganar el Premio Comillas de Biografía por sus memorias Contra el olvido, en las que con una prosa brillante repasa su vida desde la niñez. Incluso volvió a su Extremadura natal para dedicarse a la cría de ganado.

Interrumpió su retiro público entre 2009 y 2011, tiempo en el que por acuerdo de PSOE y PP, presidió la Corporación de RTVE. A él se debe que TVE dejara de emitir publicidad y que, durante ese periodo, se convirtiera en líder de audiencia. Aunque, eso sí, recibió numerosas acusaciones por parte del PP de manipulación política de los informativos.

Fue acusado de corrupción al hacerse pública la firma de un contrato por parte de RTVE con la empresa de uno de sus hijos. Oliart presentó de inmediato la dimisión. Y más tarde se le llegó a calificar de víctima del 15-M, por el ambiente de vigilancia contra la corrupción que el movimiento de la Puerta del Sol había puesto en marcha.

***Alberto Carlos Oliart Saussol nació en Mérida en 1928 y murió en Madrid el 13 de febrero de 2021 a los 92 años. Estaba casado con Carmen de Torres Flores. Tuvo seis hijos, de los cuales dos murieron en accidente de tráfico. Su hija Isabel fue pareja del cantante Joaquín Sabina, con el que tuvo dos hijas.

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Memoria y pandemia

Más allá del Negrón/ Los expertos sostienen que, una vez conseguido que los pacientes respiren, el siguiente paso es enfrentarse a las secuelas neurológicas

Juan Carlos Laviana

La pandemia no deja de sorprendernos. Me cuenta un amigo que un editor de Madrid ha estado muy grave a causa del coronavirus.  Estamos tan acostumbrados a recibir la fatídica noticia que ha dejado de asombrarnos. Ya se ha convertido en algo rutinario, que no sorprende. Los más de tres millones de casos y 80.000 muertos en España nos tienen que tocar necesariamente cerca. Es una mera cuestión  de probabilidades. Todos estamos rodeados de infectados si es que no lo somos nosotros mismos.

Esa trágica rutina se altera con algo que sí que empieza a sorprendernos, y mucho: algunas secuelas que deja esta peste salvaje, aún por domesticar. El editor de Madrid ha estado muy grave, ha pasado días críticos. Afortunadamente, ya le han dado el alta, pero la enfermedad no deja de acompañarle. El mal le ha endosado secuelas físicas muy alarmantes, entre ellas una severa tromboflebitis.  Y, lo que resulta aún más perturbador, secuelas psíquicas: ha perdido la memoria. No toda la memoria, sino la de un tiempo muy preciso, muy concreto. El editor se ha olvidado de 2020. Sí, el año entero se ha borrado de su cerebro. Recuerda perfectamente lo ocurrido en  2019 y antes. Recuerda también nítidamente estas primeras semanas que llevábamos de 2021. Pero, en su cabeza, 2020 no existió.

La laguna en la memoria del amigo editor se corresponde con el tiempo de pandemia. Se ha olvidado de todo lo que tiene que ver con la enfermedad: de las mascarillas, del confinamiento, de las terribles imágenes de las UCIs y de las morgues.  Del coronavirus sabe lo que ahora le van contando. En una interpretación pedestre, a cualquiera se le ocurre pensar que estamos ante lo que en las películas llaman amnesia por estrés postraumático. Parece que es un síntoma frecuente en algunos pacientes de Covid, aunque habitualmente no limitado a un periodo tan concreto. Las estimaciones médicas sostienen que  hasta ahora nos hemos estado preocupando de que los pacientes respiren, y que, a partir de ahora deberemos enfrentarnos a las secuelas neurológicas, “cada vez más aterradoras”, según los científicos.

La pandemia y la distorsión del tiempo parecen ir unidas. En un estudio realizado en el Reino Unido durante el confinamiento más férreo, el 80 por ciento de los encuestados asegura que en algún momento había visto alterado el sentido del tiempo. El problema está tan extendido que hasta se ha acuñado una denominación específica para la dificultad de determinar en qué día de la semana estamos: blursday  (día difuminado). De hecho, la palabra ha sido elegida por la Universidad de Oxford como uno de los vocablos que definen 2020. El diccionario Collins la define como «término humorístico para referirse al día de la semana que parece no diferenciarse mucho del día anterior». Es decir, lo que antes conocíamos como día de la marmota. O, aplicado al tráfago  turístico,  «Si hoy es martes, esto es Bélgica», recurriendo al título de la película.

A propósito del estudio británico, Rafael Román Caballero, investigador de la Facultad de Psicología de la Universidad de Granada,  aseguraba la semana pasada en un artículo que «el lado más negativo de la distorsión del tiempo aparece con la depresión y la ansiedad». Y añadía que  «estos sentimientos generan un profundo malestar que motiva que la persona examine con frecuencia sus sensaciones y su evolución». Esa obsesión, según el profesor, provoca que las horas se nos hagan insufriblemente eternas.

El investigador recoge además la conclusión de un estudio realizado en Italia que concluye que la  COVID-19 debe ser considerada como «una nueva forma de estrés o experiencia traumática, con diferentes consecuencias psicopatológicas comparables con otros desastres naturales, como terremotos, tsunamis o guerras».

No es de extrañar que, como mecanismo de defensa, el cerebro del editor madrileño haya borrado el tiempo en que la enfermedad ha estado omnipresente entre nosotros. Y que además, en su caso particular, le llevó a debatirse entre la vida y la muerte en la UCI de un hospital madrileño. Ojalá que la pandemia le devuelva la memoria de ese año, por dolorosa que sea. Ojalá que todos recuperemos, de una u otra forma, ese año que se nos ha arrebatado. El tiempo es vida y, además, como decía Goethe, nuestro bien más preciado.

(Artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 11 de febrero de 2021)

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¿Es usted de izquierdas o de derechas?

Más allá del Negrón/ Unas palabras de una ministra sobre la homofobia en los barrios obreros reabre el debate

Juan Carlos Laviana

Una declaración de una notable ministra del Gobierno ha resucitado un viejo debate con muchas aristas. ¿Son las personas de izquierdas o de derechas por el mero hecho de vivir en un determinado barrio? ¿Son las personas más adineradas indefectiblemente más cultas que las pobres? ¿Son las personas con economía desahogada más sensibles a la discriminación por motivo de raza o sexo?

La ministra  escribía textualmente: «Claro que en los barrios obreros hay personas LGTB».  Que yo sepa, en ningún sitio está escrito que la sexualidad tenga que ver con la clase social. «Les pasa que no les alquilan un piso por ser lesbianas», explica.  Yo estaba convencido de que ese tipo de discriminación la ejercían los acomodados intransigentes, pero la ministra seguro que tiene estudios que demuestran lo contrario. «Que les dan una paliza por ser trans, que se burlan de ellos en el cole o en su curro», insiste. Resulta que  las palizas ya no solo las dan los violentos de la extrema derecha, sino también los obreros. Y finaliza la miembro del Gabinete: ¿Aún hay quien piensa que los derechos LGTBI son “simbólicos” y no materiales?». La verdad es que no acabo de entenderlo y tendría que consultar algún manual de Derecho. Y, como decía Umbral, ahora no me voy a levantar a mirarlo.

¿Alguien piensa que los habitantes de Vallecas, La Calzada o El Llano son más homófobos que los de Galapagar, Somió o Viesques? ¿Alguien cree que los niños del colegio Internacional de Meres son más tolerantes con los ahora llamados «diferentes» que los del Colegio Público de Tremañes? A mí, en la muy obrera escuela unitaria de Perlada, me dieron de lo lindo por gordo, cuatrojos y enclenque, pero dudo que hubiera corrido mejor suerte en un colegio pijo.

¿Acaso la ministra está sosteniendo que la riqueza material da la cultura y que cuanta más cultura, más de izquierdas se es? Porque si es así, si se aplica el criterio material, estaría diciendo que los barrios más ricos son de izquierdas y los más pobres de derechas. En suma, la ministra de Podemos estaría dándole la razón a Vox.

Aquí ya no se entiende nada. Esto es el mundo al revés. Hay líderes políticos que parecen no haberse enterado de que la división izquierda/derecha cada vez sirve para menos y, desde luego, ya poco depende de ser rico o pobre. No hay más que ver el caso del independentismo catalán. ¿Apoyar el procés es ser de derechas o de izquierdas? En el resto de España, se considera un movimiento de acomodados que no quieren ser solidarios con las regiones más pobres y, por tanto, de derechas, Entonces no se entiende por qué en todo el país quienes se muestran más comprensivos con los independentistas son los llamados, o considerados a sí mismos, partidos de izquierdas.

La escritora izquierdista norteamericana Amber A’Lee Frost lo explica muy claramente en un muy interesante artículo titulado «Por qué prefiero El Financial Times sobre el New York Times», que publica en español la revista Letras Libres. Sostiene que el Financial Times es decididamente capitalista y no disimula su ideología: el dinero. En cambio, según ella, el New York Times ha engañado a sus lectores haciendo pasar por progresistas movimientos como el #Metoo de las estrellas y las privilegiadas, olvidándose de las proletarias.

Según Frost, para que movimientos como el #Metoo fueran de verdad de izquierdas, habría que «incluir a mujeres que recogen tomates, trabajan en líneas de montaje, atienden mesas y limpian habitaciones de hotel». Y lo explica: «Un periodismo fuerte centrado en los trabajadores habría politizado el problema con demandas serias de políticas públicas y leyes laborales». Sin embargo, nos acusa a los periodistas por sólo habernos fijado en los nombres sonoros que para nada necesitan la ayuda de la prensa.

La ínclita ministra del Gobierno español, y tantos políticos como ella,  debieran abandonar el tópico de las izquierdas y de las derechas, de los barrios ricos y los barrios pobres, para intentar ser más precisos y para conectar de verdad con sus votantes. La izquierda se ha vuelto más cultural –más, chic, más divina, más caviar- que verdaderamente revolucionaria.

Juan Claudio de Ramón, uno de nuestros más clarividentes jóvenes columnistas lo explicaba a la perfección en un artículo de The Objetive. «Durante años me pregunté si yo era más de izquierdas o de derechas. La pregunta dejó de agobiarme al comprender que estaba mal formulada: presupone que sólo hay dos clases de personas». Y lo cierto es que hay tantas clases como personas. Es cierto que todo resultaba más simple cuando éramos de izquierdas o de derechas. Tal vez por eso nos empeñamos en vivir encasillados.

(Artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 4 de febrero de 2021)

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La pérdida de la voluntad

Más allá del Negrón/ Nuevos mecanismos nos roban la libertad y asumen la capacidad de tomar decisiones por nosotros

Juan Carlos Laviana

Lo han llamado «reproducción aleatoria». No se asusten, ya han dicho que están buscando una denominación más atractiva. Se trata de una nueva función que la plataforma Netflix anunció la semana pasada y que pondrá en marcha este mismo año.  La empresa, pensando siempre en la comodidad del usuario, ha querido resolver un problema que empezaba a ser preocupante. Al parecer, los usuarios perdemos mucho tiempo dando vueltas por el menú sin decidir qué ver. Es cierto que la oferta resulta tan apabullante que hace realmente complicado decantarse por una opción  concreta. Más que nada –todo hay que decirlo- porque estamos olvidando que, igual que no veíamos todas las películas que se estrenaban en el cine, tampoco es imprescindible que veamos todas las series.

Una especie de ansiedad devoradora, una glotonería desmedida, parece haberse apoderado de nosotros. A ver quién es el valiente que se atreve a salir al patio de las redes sociales y reconocer que no ha visto «Gambito de dama», ni «Los Borgen», ni «El ala Oeste», ni siquiera «Patria». Qué incultura, por Dios. Quedaría como un paleto. No estaría à la page. Sería tan poco cool que ni siquiera entendería los mensajes del vicepresidente  del Gobierno.

Si usted se encuentra en ese caso,  deje de preocuparse. Netflix ya tiene la solución y pronto la va a poner a su alcance.  Con la revolucionaria función de «reproducción aleatoria» se acabaron sus problemas. Adiós a las horas perdidas leyendo sinopsis, repasando listas de las series más vistas, comprobando cuántas de las series preferidas del vicepresidente le quedan por ver. Adiós a ese insoportable malestar que es la indecisión. Netflix elegirá por usted. Para ser exactos, quien elegirá por usted será un algoritmo, preparado especialmente para usted por los mejores programadores de la prestigiosa compañía de streaming.

Usted repose cómodamente y no se preocupe por nada. El algoritmo sabe exactamente lo que necesita. Porque, aunque usted no conozca muy bien al algoritmo, el algoritmo le conoce a usted mejor que su propia madre. Se preguntará de qué le conoce, claro.  No le conoce de toda la vida, sino solo desde que usted empezó, sin darse cuenta, a clicar distraídamente botones de ok, a poner likes cuando le preguntaban si el mensajero había sido educado, o dejar  rácanas propinas al chófer de Uber. Sí, rácanas,  porque al algoritmo lo sabe todo. 

Y, además, porque mientras usted daba vueltas por la gran oferta de series y películas, el algoritmo iba tomando nota de que usted se detenía más tiempo en unas que en otras, que de algunas hasta veía un tráiler y, además, sabe con certeza que tipo de libros y de música le gustan, porque un primo del algoritmo trabaja de lo mismo en un famoso gran almacén a distancia.

Por si usted es un poco tonto  -no digo que lo le sea, pero lo puede ser como cualquiera-  y no sabe lo que necesita, el algoritmo está preparado para detectar lo que a usted le conviene y ni siquiera lo sabe.

Lo decía de forma muy clara el muy avispado capitán Beatty en  «Farenheit 451».  Los seres humanos tendemos a sentirnos desgraciados cuando  nos vemos obligados a tomar decisiones, lo que supone elegir una opción, pero también rechazar otra.  Lo mejor para evitar esa desgracia, según el capitán, es ahorrarle el trance al pobre que esté en la encrucijada, y enseñarle solo uno de los aspectos sobre los que decidir. O mejor, aún, no enseñarle ninguno. Es decir, decidir por él.

Estamos delegando funciones que nos son propias. Poco a poco vamos haciendo dejación de la voluntad, esa aptitud que supone «la facultad de decidir y ordenar la propia conducta». Y debe ser muy importante porque    mi madre me repetía una y otra vez: «Tú Juan Carlos, no vas a llegar a ninguna parte,   porque no tienes  fuerza de voluntad.»  

(Artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 28 de enero de 2021)

Ilustración de Pablo García para La Nueva España

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Larry King, el rey de la entrevista en televisión

Juan Carlos Laviana 

Larry King fue una de las grandes leyendas de la televisión americana. Su siempre colorida combinación de camisa, corbata y tirantes creó escuela en presentadores de todo el mundo, como José María Carrascal, quien siguió su estética en España. Durante los 25 años que estuvo al frente del mítico programa de la CNN ‘Larry King Live’, entrevistó a todos los presidentes y primeras damas -siete de Nixon a Obama-, lo que da idea de su poder de convocatoria. Decenas de líderes mundiales, de Arafat a Putin, se sometieron a sus incisivas entrevistas.

Todo el mundo quería ser entrevistado por él. En total, recibió a 30.000 personalidades de todo tipo. Siempre al filo de la actualidad, en 2000 hizo 37 programas consecutivos dedicados al polémico recuento de votos en Florida, en los que recibió a 348 invitados. En las semanas posteriores al 11-S, 700 personas pasaron por su programa, de las que 35 eran los máximos mandatarios de sus países.

¿Qué tenían de particular las entrevistas de Larry King para que todo el mundo accediera a ser entrevistado por él? A diferencia de otros periodistas, ofrecía a sus entrevistados una imagen cercana, familiar y hasta inofensiva. Siempre se mostraba como una persona sincera y seria, lo que hacía hasta divertidos los momentos muy concretos en los que, ya desarmado el personaje, dejaba asomar su carácter irreverente y su particular sentido del humor. Otra característica de King es que se negaba a preparar en exceso sus entrevistas para no mostrarse encorsetado. Incluso llegó a presumir que nunca había leído previamente los libros de los escritores a los que había entrevistado.

El beso en la boca a Paul Newman

Su particular técnica dio lugar a momentos memorables. En mitad de una largamente buscada entrevista a Paul Newman, se levantó sin venir a cuento y dio un fogoso beso en los labios al actor. En un programa dedicado a los Beatles, preguntó sobre la canción Something a la viuda de George Harrison, que se quedó muda ya que la fue la canción había sido escrita para la anterior mujer del ‘beatle’.

El propio King explicó mejor que nadie su estilo. “La gente se siente cómoda conmigo -dijo en una entrevista-. Les miro a los ojos, les escucho, hago preguntas cortas, nunca con más de dos frases. De diez veces, la cámara debe enfocarlos nueve a ellos y solo una a mí”. Y añadió: “Como Sinatra me dijo una vez, ‘sé que te preocupa mi respuesta, por eso voy a contestar a tu pregunta’. Ese es mi papel”.Larry King entrevistando a Donald Trump en 1999.

Larry King entrevistando a Donald Trump en 1999. Reuters

Larry King nació en una familia humilde. La muerte de su padre cuando sólo tenía nueve años le afectó profundamente. Perdió la afición a estudiar y descartó ir a la Universidad. Se dedicó a realizar pequeños trabajos –fue mensajero de la UPS- para ayudar a la familia. Hasta que un cazatalentos de la CBS le revivió su sueño de ser locutor de radio y le dijo que en Miami había muchas oportunidades. El joven King no dudó en coger un autobús y plantarse en Florida en busca de fortuna. Empezó limpiando los estudios de una emisora y acabó siendo una celebridad radiofónica.

Estrella de la CNN

En 1985, la CNN se fija en un espacio radiofónico de entrevistas con público, que él dirigía desde Miami. Le ofrece el programa ‘Larry King Lives’. A partir de ahí, el éxito no le dejaría de acompañar. Coincidió en un momento en que la cadena de Ted Turner era la única de noticias 24 horas. Se había labrado una fama mundial de ser una televisión moderada, objetiva, en la que encajaban perfectamente las respetuosas y rigurosas entrevistas de King. Fue un matrimonio feliz durante 25 años, hasta que se rompió abruptamente en 2010. El presentador anunció su marcha tras descubrir que se estaba buscando un sustituto para él. Desde entonces y hasta cerca de su muerte, se dedicó a hacer entrevistas para su canal de internet.

King nunca disfrutó de buena salud. De hecho, padecía diabetes, tenía problemas cardiovasculares y fue operado de un cáncer de pulmón. Fue un fumador empedernido durante muchos años y hacía alarde de ello. Dicen que pasaba de los tres paquetes diarios. Entre sus compañeros llamaba la atención la costumbre de mantener el cigarrillo encendido en el cenicero mientras estaba en antena, para no tener que encenderlo en la siguiente pausa. Hasta que un infarto obligó a colocarle cinco bypass y el presentador se convirtió en un férreo activista contra el tabaquismo.Larry King entrevistando a Madonna en 1999.

Larry King entrevistando a Madonna en 1999. Reuters

Ocho matrimonios y ocho divorcios

Tuvo una vida sentimental ajetreada, de la que dan fe sus ocho ex mujeres, entre ellas una cantante, una playmate y una profesora de matemáticas. Y también affaires con mujeres tan notables como la actriz Angie Dickinson, con la que estuvo saliendo cinco años. En 2019, solicitó el divorcio de su última mujer, Shaen Southwick. El pasado año, su vida familiar había sufrido, además, un muy duro golpe con la muerte de dos de sus hijos. King se mostró desolado: “Un padre nunca debe sobrevivir a sus hijos”. Sería por poco tiempo.

King deja como legado el testimonio vivo de la historia de las últimas décadas. Lo ofrecen sus entrevistados, desde el Dalai Lama hasta Elizabeth Taylor, desde Mijail Gorbachov hasta Barack Obama, desde Bill Gates hasta Lady Gaga. En la interminable lista, King solo echaba de menos a un gran personaje, el papa Juan Pablo II. “Me fascinaba”, dijo de él.

Y deja también un ejemplo de sencillez y profesionalidad, un estilo ejemplar para los periodistas que le sucederán: “No pregunto ‘¿qué pasa con Ginebra o Cuba?’. Pregunto: ‘Señor presidente, ¿qué es lo que no le gusta de este trabajo?’. O ‘¿cuál es el mayor error que ha cometido?’ Eso es fascinante”. Encontraba lo que era importante para cada persona y se lo hacía notar, por eso todos querían ser entrevistados por Larry King.

Lawrence Harvey Zeiger (Larry King) nació en Brooklyn (Nueva York) el 19 de noviembre de 1933 y murió en Los Ángeles el 23 de enero de 2021 a los 87 años. Deja ocho exesposas, tres hijos, nueve nietos y cuatro bisnietos.

  • (Artículo publicado en EL ESPAÑOL el 23 enero de 2021)

Lorenzo Silva

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Phil Spector, un personaje perverso al que debemos la banda sonora de nuestra vida

El mítico productor, conocido por sus éxitos musicales pero también por sus escándalos personales, murió este domingo por coronavirus.

Juan Carlos Laviana

Varias generaciones le debemos la banda sonora de nuestra vida. Desde Las Ronettes a Bruce Springsteen, pasando por Leonard Cohen o Los Beatles. A él le debemos que la música rock, desde los 50 del siglo XX al presente, suene como suena. Su grandísima notoriedad como genio de la música pop se convirtió en leyenda por su carácter violento y sanguinario. Los productores, en música, suelen pasar desapercibidos en favor de las grandes estrellas como Los Beatles, Los Ramones o Los Beach Boys.

Spector definía su técnica musical como “una aproximación wagneriana al rock & roll” y sus composiciones como “pequeñas sinfonías para niños”. Fue el creador de lo que se dio en llamar el muro de sonido (Wall of Sound). Trataba de provocar con la música un efecto de densidad, que reproducía a la perfección en las emisoras de radio y en las máquinas de discos. Spector, también compositor, reunía en las grabaciones un gran número de músicos que tocaban todo tipo de instrumentos. A menudo, doblaba y hasta triplicaba esos instrumentos, provocando una sensación abrumadora, que la música llenase todos los espacios.

Conocerte es amarte, baby

El hecho de que su primer gran éxito llevara como título el epitafio de su padre, que se había suicidado cuando él tenía solo diez años, ya hace suponer que por su cabeza no funcionaban las cosas bien. “Ben Spector. Father. Husband. To Know Him Was To Love Him”. Tras destacar en los festivales del instituto por su manera de tocar la guitarra, pronto constituyó su propio grupo con otros compañeros de clase. Él era, a la vez, guitarrista y vocalista de los Teddy Bears, para lo que compuso en 1958 To Know Him Is to Love Him (Conocerte es amarte, baby, como se conocía aquí), que llegó a ser el número uno en Estados Unidos.

A partir de ahí, todo serían éxitos en las listas de los más vendidos, acompañados de oscuros episodios personales. Sucesos que acabaron con sus huesos en el hospital penitenciario de California, donde el coronavirus acabó con su vida. Tras un proceso judicial de seis años, en el que consiguió eludir la cárcel a base de pagar cuantiosas fianzas, fue condenado en firme en 2009 por el asesinato a tiros de la actriz. En el momento de su muerte, estaba cumpliendo una sentencia de prisión de 19 años.

La joven actriz Lana Clarkson fue encontrada sin vida el 3 de febrero de 2003 en la mansión californiana de Spector. Su cuerpo yacía desplomado en una silla, con una sola herida de bala en la boca y numerosos dientes rotos esparcidos por la alfombra. El productor se excusó diciendo que se trataba de una muerte accidental. A la chica, aseguraría después, se le había disparado el arma cuando “estaba besando” el cañón. Sin embargo, el chófer de la casa, que fue quien llamó a la Policía, testificó que había oído decir en voz alta a Spector: “Creo que he matado a alguien”.

La vida de Spector había empezado a torcerse a mediados de la década de los setenta, según su biógrafo Dave Thompson. En 1974, resultó gravemente herido a consecuencia de un accidente de automóvil. Spector salió disparado a través del parabrisas del coche que conducía. Se le dio por muerto hasta que un policía insistió en hacer una última comprobación y le detectó un débil pulso. Tenía lesiones tan graves en la cabeza que fue necesaria una operación de cinco horas, en la que se le aplicaron 300 puntos en el rostro y más de 400 en la parte posterior de la cabeza, Desde entonces, el productor comenzó a usar las aparatosas pelucas con las que tanto llamaba la atención.

Matrimonios y escándalos

Su vida sentimental también se vio afectada por su carácter insoportable, según sus parejas. Se casó tres veces. La primera en 1963 con Annete Merar, vocalista del trío Los Spector, que él producía. Tardó poco en iniciar un romance con la que llegaría a ser su segunda mujer, Ronnie, cantante principal del grupo femenino Las Ronettes, al que también producía. Con Ronnie adoptó un hijo. Y, meses más tarde, el músico “le regaló” a su esposa por Navidad un par de niños gemelos de tres años, según el testimonio de ella.

Ronnie llegó a escribir sus propias memorias denunciando que Spector la había secuestrado en su mansión y que la había sometido a crueles torturas sicológicas. Además, había saboteado su carrera musical, prohibiéndole actuar. Cinco años después de la boda, Ronnie, con la ayuda de su madre, huyó descalza del apartado caserón. Spector incluso la amenazó con contratar a un sicario para matarla si no firmaba un acuerdo de divorcio renunciando a sus hijos y a sus ingresos. Los hijos confirmarían años más tarde que su padre también los había mantenido prisioneros a ellos y que incluso les obligó a simular actos sexuales con su novia de entonces.

En la década de 1980, Spector tuvo hijos gemelos con una mujer con la que nunca se llegó a casar. Uno de los niños murió de leucemia con sólo once años.

La tercera boda la celebró el 1 de septiembre de 2006, mientras estaba en libertad bajo fianza y en espera de juicio. Su nueva mujer tenía 41 años menos que él. Spector solicitó el divorcio en 2016, alegando “diferencias irreconciliables”.

El carácter violento lo exhibió también en su vida profesional. Algunas de sus peleas ya forman parte de la historia de la música. Durante la grabación de Rock ‘n’ Roll, Spector mantuvo una fuerte discusión con John Lennon que el productor intentó zanjar pistola en mano, disparando al aire y amenazando a los presentes. Al final, se escapó con lo que habían grabado hasta el momento. El disco tuvo que retrasarse años hasta que el exbeatle consiguió recuperar el material sustraído.

Spector amenazó también con un arma a miembros del grupo Los Ramones durante la grabación del mítico álbum End of The Century. Las discusiones siempre eran por cuestiones artísticas. Dee Dee Ramone afirmó que Spector le había llegado a apuntar con un arma para impedirle salir del estudio. El batería Marky Ramone, por su parte, quitó hierro al asunto y recordó que el arma estaba en el estudio, pero que no pasaba nada ya que el productor tenía permiso. “Nunca fuimos rehenes, podríamos habernos ido en cualquier momento”, concluyó.

Su vida fue tortuosa y él fue un hombre cruel, pero todos los expertos coinciden que pasará a la historia como el primer autor completo de la música pop. No era solo productor, sino también escritor, director creativo, arreglista y supervisor. Fue un autor en el sentido que dominaba todas las fases del proceso seguido por los discos desde que son ideados hasta que llegan a ser escuchados. Sin el toque Spector, ni Imagine, ni Let it Be, ni el Concierto de Bangladesh hubieran sonado como suenan. Por hablar solo de los Beatles.

Brian Wilson, de los Beach Boys, dijo de él: “Es atemporal. Marca un hito cada vez que entra al estudio”. Sus incontables canciones fueron un hito, pero el mayor de sus éxitos fue haber elevado el rock a la categoría de la gran música.

Harvey Phillip Spector nació el 26 de diciembre de 1939 en el Bronx (Nueva York) y murió el 16 de enero de 2021, a los 81 años, en Los Ángeles (California).

(Artículo publicado en EL ESPAÑOL el 18 de enero de 2021)

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Lo de Madrid

Más allá del Negrón/ Aluvión de críticas sobre la capital por el colapso de Filomena y la gestión de la pandemia

Juan Carlos Laviana

Lo de Madrid no tiene nombre. No lo tiene porque es muy difícil de explicar. Así que se ha dado en llamar “lo de Madrid” y todo el mundo lo entiende a su conveniencia. Para bien o para mal. Sea por fas o por nefas, la capital siempre está en el ojo del huracán. El origen de esta expresión viene al pelo del asunto. En Roma se dividían los días entre fastos y nefastos. Es decir, aquellos propicios para grandes actos públicos y festividades de todo tipo. Y aquellos en los que mejor no levantarse de la cama. Últimamente, en Madrid, todos los días son nefastos.

Lo de Madrid, para muchos, es culpa de los madrileños. Quejicas, flojos, egocéntricos, prepotentes son los epítetos más suaves que hemos recibido. Digo hemos no porque haya apostatado de Asturias, sino porque todos los que vivimos aquí somos madrileños, incluso los asturianos. Sé que damos mucho la lata, y que todo lo que ocurre en esta ciudad atruena hasta taladrar tímpanos desde el Ampurdán hasta Ayamonte. Esto es muy grande. Somos casi siete millones de almas de su padre y de su madre, que casi no cabemos, que nos vamos tropezando unos con otros. Y, además, tenemos que soportar la pesada carga de servir de aposento a las instituciones del Estado. Alguna compensación teníamos que tener.

Lo de Madrid con la nevada ha sido un desastre. Sin duda, la gestión ha sido más catastrófica que la propia nevada. Diez días después del primer copo, la basura sigue sin  recoger, las calles están anegadas de nieve y los colegios cerrados. Todo el crédito ganado con la pandemia lo han perdido las autoridades locales con una inclemencia climatológica previsible. En compensación, nunca he visto una actividad civil tan esperanzadora como la que se ha producido estos días: las calles están tomadas por vecinos que limpian las aceras, voluntarios despejan los accesos a hospitales y colegios y muchos usuarios de coches cuatro por cuatro han trasladado enfermos y personal sanitario. Madrid, la gran urbe insolidaria, donde nadie conoce al vecino de al lado, ha sacado de no se sabe dónde palas y picos para desatascar su ciudad.

Lo de Madrid con la pandemia no ha sido un desastre, como se ha hecho creer. O, por lo menos, no ha sido un desastre mayor que el de Cataluña, País Vasco o Asturias, es decir, la propia España. Los datos de contagiados viajan en una noria. Un territorio es hoy el más castigado y mañana pasa a ser el epicentro de la peste. Nadie lo está haciendo bien. Ni siquiera la Merkel. Pero con Madrid se han ensañado. Resulta inaudito que la inauguración de un hospital público sea una mala noticia. Por mucho que se haya utilizado como acto de propaganda, ¿Pero no envidiamos las siete camas de Alemania por mil habitantes? Algo habremos mejorado el ratio con hospital nuevo ¿no? Lo dejo dicho, a mí que me lleven al Zendal.

Lo de Madrid y la política ha provocado que nos convirtamos en el rompeolas de todas las disputas. ¿Qué culpa tienen los madrileños de que la lucha gobierno/oposición se libre sobre sus espaldas? En toda España –no solo en Madrid- se critica con fiereza a Ayuso y Almeida. Se han convertido, para bien o para mal, en la verdadera oposición al gobierno. Lo cual dice poco del PP. Y dice mucho menos del resto de partidos que son incapaces de hacerles oposición en su territorio. Pregunte quién es la alternativa de Almeida en el Ayuntamiento o la alternativa a Ayuso en la Comunidad. Nadie conoce a la oposición y lo más que le nombran es a un tal Gabilondo, hermano de un famoso periodista.

Lo de Madrid viene a demostrar la nula coordinación entre administraciones. Los conductores atrapados en la M-40 o M-30 con la nieve eran cosa de Moncloa. Los atrapados en La Castellana o en la Gran Vía, del Ayuntamiento. Y los atrapados en la M-505 de la Comunidad. Así, no hay quién se aclare- No me extraña que, cuando en la Transición se repartieron los territorios por autonomías, nadie quisiera quedarse con el marrón de Madrid, Cada vez se echa más de menos aquella idea de convertir la ciudad en un Distrito Federal. Como Washington, un sitio adonde ir a protestar. Hasta suena cinematográfico: Madrid DF.

Lo de Madrid y la economía sí que escandaliza. Hay quien dice que vivimos en un paraíso fiscal. Por más que miro por la ventana, no veo un paisaje tipo Barbados, Islas Vírgenes o Caimán. Si acaso, Madrid es un paraíso económico, comparado con el resto de España. Guste o no, es la locomotora que tira del país, con una tasa de paro muy por debajo de la media, y no en vano la mayoría de los inmigrantes prefieren instalarse aquí.

Lo de Madrid no es ni tan malo ni tan bueno. Eso sí, curioso es una barbaridad. Tanto, que es para donarlo a la ciencia y que lo estudie. Por más que nos denostan, yo, de momento, me quedo aquí, en este infierno más allá del Negrón. 

(Artículo publicado en La Nueva España el 21 de enero de 2021)

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¿Quién manda aquí?

Más allá del Negrón/ La crisis de Washington demuestra que hasta el presidente de EE.UU está sometido a la dictadura  de las redes sociales

Juan Carlos Laviana

¿Manda Trump? ¿Manda Sánchez? ¿Manda Barbón? Lo lógico sería que fueran ellos quienes mandaran, ya que sus mandatos son el resultado de la decisión popular, tanto si nos gusta como si no. Pues no, no mandan, aunque lo parezca. La crisis vivida en Washington ha dejado al descubierto la fragilidad del mundo actual. Ha demostrado que por encima de los mandatarios siempre hay alguien. ¿La ley? Ojalá fuera la ley.  Al menos en el caso de Trump,  se ha demostrado que hay alguien por encima más poderoso incluso: Twitter.

Pero ¿a Twitter quién le ha dado vela en este entierro?, ¿a quién representa Twitter?, ¿a Twitter quién lo ha elegido?  Nadie y todos, según se mire. Nadie lo ha elegido, porque es una empresa privada que no responde más que ante sus accionistas, un conglomerado de empresas de capital riesgo. Y todos nosotros, los que la usamos, lo hemos elegido porque, por el mero hecho de utilizar esta red social, la estamos haciendo más poderosa. ¿Recuerdan aquello de que cuando te dan algo gratis es porque el precio eres tú?

Resulta tan sobrecogedor que redes sociales como Twitter (o Facebook, tanto monta) hayan estado sirviendo durante cuatro años de altavoz a Trump y a sus seguidores, esos salvajes que vimos asaltar el Capitolio y los 75 millones que le votaron.  Resulta tan impactante que ahora, cuando le queda poco más de una semana en el despacho más poderoso del mundo, hayan decidido quitarle el megáfono que alcanza, al instante y de forma simultánea, a decenas de millones de almas. La verdad es que hay que ser muy ingenuos para caer a estas alturas del guindo sobre el poder de Twitter.

La cuenta que la empresa de Jack Dorsey decidió acallar no fue la de un particular llamado Donald Trump, fue nada menos que la de POTUS (President of The United States),  nombre de usuario en Twitter del presidente de EE.UU, sea quien sea este). Muchos se han preguntado  por qué la red social esperó al último momento, cuando ya se derramaba la sangre y la sagrada voluntad democrática había sido pisoteada. Muy sencillo, porque POTUS, al que ahora censuran, estaba siendo el mejor propagandista, el mayor promotor de sus intereses.

La pregunta debiera ser dónde está la orden judicial.  No la hay, porque Twitter sólo depende del capricho de su CEO, el tal Jack Dorsey, un programador informático muy listo y capaz de construir desde la nada un medio de comunicación capaz de mandar sobre el presidente de los Estados Unidos. Jack Dorsey no es nadie para decidir si el presidente es un irresponsable, un incendiario o un peligro público.  Sólo el poder judicial tiene la autoridad para determinar tal cosa y decretar el cierre de su cuenta.

Nunca olvidaré la peripecia de Alberto Otaño, histórico redactor jefe de “Diario 16” en aquellos primeros años ochenta, tan convulsos por el ruido de sables. Cuando la rotativa estaba a punto de imprimir una gran exclusiva, que, al parecer, representaba un peligro para la seguridad nacional, se presentaron en el periódico unos funcionarios uniformados al grito de que el diario no podía difundirse. El sabio Otaño se les enfrentó preguntándoles dónde estaba el papelito. Se quedaron paralizados. No había papelito. Se trataba sólo del deseo de un gobernante al que no le convenía aquella noticia. La rotativa arrancó y el periódico se distribuyó. Desde entonces, en muchas redacciones ante informaciones comprometidas se recurre a la anécdota del papelito: “que traigan el papelito”.

Los tiempos han cambiado. Entonces eran las cloacas del Estado las que intentaban controlar qué se publicaba y qué no. Ahora es un particular. Así se llame Jack Dorsey o Mark Zuckerberg. ¿Les vamos a dejar a ellos que nos protejan de los excesos del poder? ¿Qué manden sobre el poder político?  Hoy han venido a por Trump, pero mañana vendrán a por Sánchez, a por Ayuso o a por Barbón.  Más vale que los políticos de todo el mundo –sólo Merkel se ha pronunciado-  empiecen a poner coto a los desmanes de las redes, que dejen de alimentarlas al utilizarlas como foro del debate político.  En los periódicos, lo sabemos bien. Nos engañaron haciéndonos creer  que internet iba a servir para difundir masivamente nuestras informaciones.  Fue una trampa que ha servido para que las redes, los agregadores, los Google, lleven años robándonos las noticias y lucrándose con ellas.

(Artículo publicado en La Nueva España el 14 de enero de 2021)

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Sheldon Adelson, el magnate que financiaba (y manejaba) a Trump

El artífice del fracasado Eurovegas no quería ser recordado por sus casinos o por sus hoteles, sino por su apoyo al Estado de Israel

Juan Carlos Laviana

No se puede decir que Sheldon Adelson sea el último de los viejos magnates, pero lo cierto es que van quedando muy pocos. Le iban como anillo al dedo palabras tan gráficas como tycoon o mogul, utilizadas en inglés para designar al hombre hecho a sí mismo y que ha triunfado en los negocios de forma tan desmesurada que está por encima hasta de los presidentes.

Adelson acabó convirtiéndose, gracias a los casinos, en uno de los hombres más ricos del mundo y en uno de los principales, si no el mayor, sustento económico de Donald Trump.

Adelson no empezó como los nuevos magnates digitales, en el garaje de su casa en los suburbios residenciales. Él se crio junto a sus padres, judíos emigrantes, y sus dos hermanos en un apartamento de una habitación en un barrio pobre de Boston. Su padre conducía un taxi y su madre regentaba un pequeño negocio de tejidos.

No había mucho dinero en casa para poder estudiar. Así que Adelson siguió el tópico guion del magnate americano. Con solo doce años, pidió un préstamo de 200 dólares a su tío y compró una licencia para poder vender periódicos por las calles. El joven emprendedor, a los 16 años, volvió a pedir dinero a su tío para iniciarse en el entonces prometedor negocio de las máquinas expendedoras de golosinas.

No obtuvo la rentabilidad esperada, pero el gran hombre de negocios no se rinde así como así. Se tomó un descanso y se alistó en el ejército, donde adquirió la escasa formación que ni siquiera había conseguido en la vida civil. Se convertiría de inmediato en lo que se ha dado en llamar un emprendedor en serie: vendedor de productos de tocador, representante de anticongelantes para coches, gestor de viajes chárter. Sus biógrafos calculan en total unos cincuenta negocios diferentes.

Se hizo millonario en un abrir y cerrar de ojos. Tanto, que a los treinta años ya se había enriquecido y arruinado dos veces.

El casino de Sinatra

El año 1989 sería clave en su vida. Compra por 128 millones de dólares el Sands Hotel and Casino de Las Vegas, un establecimiento al que el mismísimo Frank Sinatra y su rat pack habían dado pedigrí con sus correrías.

Su carrera ya resultaría imparable. A él se atribuye haber transformado la ciudad del juego en el principal destino para convenciones en los Estados Unidos.

Forjó un imperio. Tiró abajo el viejo Sands y construyó un nuevo resort valorado en 1.500 millones, un remedo del glamour de la vieja y culta Europa, representada por una Venecia de cartón piedra, con sus gondoleros y sus canales en medio del desierto. Fue un cambio radical en la industria del juego, al ofrecer todo tipo de comodidades y distracciones para todo tipo de visitantes.

De ahí pasó a la conquista de Asia con numerosos casinos. En 2006, abrió en Macao el que iba a ser el primer casino de la República Popular China. Luego, en 2010, extendió el negocio a Singapur con la construcción del edificio Marina Bay, uno de los más caros del mundo, con 2.500 habitaciones y todo tipo de amenidades. Las empresas de Adelson ya no eran una multinacional, sino un imperio económico.

Eurovegas en Alcorcón

Es por aquel entonces, en 2012, cuando en España se empieza a hablar del gran magnate americano que quiere montar Las Vegas Europa (Eurovegas) en Alcorcón, a las afueras de Madrid.

Adelson llega como un nuevo Míster Marshall. Se habla de miles de puestos de trabajo. En aquella España postcrisis se veía en Adelson una bendición llegada del cielo. Coqueteaba con la presidenta Esperanza Aguirre. Deslumbraba con su poderío al propio José María Aznar. Incitaba una encendida pugna entre Madrid y Barcelona.

Y, al final, el fiasco. Mr. Adelson se fue y nunca más se supo de él. Hasta hoy. La razón de su abandono, según la versión más extendida, fueron las duras medidas españolas contra el tabaco. Para el magnate resultaba imprescindible que se pudiera fumar en sus casinos.

Ya por entonces sus prácticas empresariales empezaron a ser objeto de numerosas denuncias y demandas judiciales. Se publicó que había extorsionado a funcionarios chinos para obtener las licencias. Se le acusó de comprar favores políticos de manera habitual y corrupta. Incluso se llegó a publicar que había financiado al Partido Republicano con dinero procedente de la prostitución en China.

Su ejército de abogados consiguió que las demandas fueron desestimadas. Lo único que admitió Adelson fue la posibilidad de que algunos de sus métodos no se ajustaran del todo a la ley.

Adiós a los demócratas

Por lo que se refiere a la política, el magnate, como la mayoría de los judíos adinerados, apoyó al principio al Partido Demócrata. Pero en la década de los 80 se desencantó y cambió de bando. Mucho después, en 2012, explicó sus razones en un artículo titulado No dejé a los demócratas. Ellos me dejaron a mí, publicado por el Wall Street Journal. La razón fundamental era que consideraba más firme la defensa del Estado de Israel por parte de los republicanos que por parte de los demócratas.

Sin embargo, los expertos sostienen que hubo otras razones y que tras el cambio estaba su lucha contra los sindicatos en sus empresas. En un artículo aparecido en The New Yorker se llegaba a afirmar que Adelson “busca dominar la política a través del poder bruto del dinero”.

La generosidad con los republicanos aumentó cuando Trump (al fin y al cabo un empresario con intereses económicos muy parecidos) decidió presentarse a la presidencia. Su donación a la campaña de 2016 fue la mayor que recibiera ningún otro candidato.

Financió también el acto de la toma de posesión del nuevo presidente, la lucha contra la investigación de las relaciones del presidente con Rusia y la última campaña de las elecciones de 2020.

Sin embargo, las mayores donaciones de Adelson fueron para el Estado de Israel y la causa judía. No sólo lo apoyó con dinero, sino también forzando decisiones políticas. Se considera que su intervención fue clave para que Trump decidiera trasladar la embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén.

Adelson y su esposa presenciaron en primera fila la ceremonia de inauguración. Cuando le preguntaron cuál quería que fuera su legado, respondió que no quería que se le recordara por sus casinos o por sus hoteles, sino por su apoyo a Israel.

La primera dama Mirian

Se casó dos veces. Del primer matrimonio, en los años 70,  tuvo tres hijos adoptados, uno de los cuales murió a causa de la droga.

Al año siguiente de su divorcio, en los 80, conoció en una cita a ciegas a Mirian Farbstein Ochshorn, una doctora en medicina. Se casaron en 1991 y se mantuvieron unidos hasta su muerte.

Su nueva esposa se convirtió en una especie de primera dama del magnate. Le acompañó en todas sus causas públicas y en sus penalidades privadas.

El empresario había enfermado muy joven de una mielitis, que le obligaba a moverse en silla de ruedas. Desde hace años, luchaba también contra un linfoma de Hodgkin que finalmente acabó con su vida.

Adelson era un convencido del sueño americano, del individualismo y del poder de cada persona de labrarse su futuro. Muchas veces le preguntaron cuál era la razón de su tremendo éxito y él siempre respondía: “Si haces las cosas de manera distinta a los demás, el éxito te acompañará como si fuera tu propia sombra”.

No hay duda de que él hizo las cosas a su manera.

Sheldon Gary Adelson nació en Boston el 6 de agosto de 1933 y murió en Malibú el 12 de enero de 2021 a los 87 años. Deja esposa, Mirian, y cuatro hijos.

(Artículo publicado en EL ESPAÑOL el 12 de enero de 2021)

Destacado

Qué negro era mi valle

Más allá del Negrón/ Desechados lo pozos como almacén para la vacuna, la minería queda relegada a nostalgia literaria

Juan Carlos Laviana

Me he permitido subir  al blog la magnífica ilustración publicada en La Nueva España. Creo que es del gran Pablo García, pero no esto seguro

La última oportunidad de la minería para rendir un servicio a la sociedad pasó de largo. Cómo hubiera cambiado la historia si la mina hubiera sido agraciada con el encargo de almacenar la vacuna. Al parecer, en el interior de los pozos la ventilación por hidrógeno podría alcanzar los 70 grados bajo cero, necesarios para conservar en buenas condiciones el líquido más valioso en el mundo. No pudo ser. El desinteresado ofrecimiento de la minería fue declinado. Así se lo comunicó el Gobierno del Principado a los impulsores de la idea. El Gobierno de la nación respondió a la industria negra, como tantas otras veces, con el despectivo silencio administrativo.

Las vacunas reposan en silos secretos de la agreste meseta castellana. Resulta imprescindible la discreción. Son el remedio para una sociedad enferma y, por tanto, el objetivo de quienes sueñan con que esta sociedad nunca se cure. Tal vez quienes tomaron la decisión tuvieron en cuenta la tan necesaria seguridad. Tal vez se acordaron de que los del 11-M vinieron aquí, a por nuestra dinamita, para la escabechina de los trenes de Madrid. Lo contó con precisión Manuel Jabois en  «Nos vemos en esta vida o en la otra». La mina es muy fotogénica,  queda muy bien en las fotos y en las novelas.

Guardianes de la vacuna. Sólo de pensarlo emociona. Hubiera sido esa soñada resurrección de un sector mártir, sacrificado dicen, nada menos que en pro de la salud ambiental del planeta, ¿Se imaginan? Otra vez indispensables, otra vez sacando las castañas del fuego, otra vez con los ojos de toda España puestos en nosotros, los siervos del vil mineral.

Quienes de una forma u otra somos hijos del carbón –tan certeramente bautizados por la escritora Noemí Sabugal- vivimos con la ansiedad de volver  a ser útiles. De ahí que los mineros siempre estén a la que salta. Dispuestos a ofrecerse para lo que sea. Lo demostraron cuando fueron los únicos capaces de rescatar el cuerpo del niño Julen de las entrañas de un omnívoro pozo andaluz. La próxima semana hará dos años.

Y lo volvieron a demostrar en los momentos más duros de la pandemia. Cambiaron el los monos por los EPI para realizar labores de desinfección, para auxiliar a personas aisladas en pueblos remotos de esta tierra tan retirada de todo. Ignoro por qué no los volvieron a llamar para desenterrar -¿se dice así?-  de la nieve a los dos operarios del quitanieves sorprendidos por un descomunal alud en San Isidro. En este terruño, castigado por los argayos en el exterior y los desprendimientos en el interior,  es frecuente que el enterramiento en vida preceda al enterramiento post mortem.

Aquí, donde más fácil lo tienen los Reyes para regalarnos carbón año tras año, en este recién nacido 2021 inusitadamente nos han traído cultura. Libros. Resulta que la mina, lo dice el suplemento cultural más influyente de este país, protagoniza un momento de efervescencia literaria. El leonés Julio Llamazares daba cuenta el fin de semana pasado de nuevos libros que  reflejan «el impacto que acarreó el final de la minería en los paisajes afectados y en la vida de las personas».

Sostiene Llamazares que en otros países han sido más generosos con la cultura de la mina. Ya sólo con  producir la universal «Qué verde era mi valle» hubiera bastado. Y añade que ahora, por fin, se le presta de nuevo la atención con lo que llama  «un inventario de un pasado duro y un presente desolador».

Se llena así «un vacío histórico en la literatura española», proclama el autor de «Luna de lobos». Resultaba obligado pasar ya de «La aldea perdida» de Palacio Valdés o de la «Sexta galería» de Martín Vigil, y entrar de lleno en el siglo XXI. Entre  los representantes de esa nueva literatura minera, aparece el tándem Aitana Castaño y Alfonso Zapico, con «Los niños de humo» y sus «Carboneras».  Este año los Reyes no nos trajeron carbón, este año los Reyes nos trajeron libros; eso sí, libros sobre el carbón.

(Artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 7 de enero de 2021)

Me he permitido subir al blog la magnífica ilustración publicada en La Nueva España. Creo que es del gran Pablo García, pero en el diario no aparece firmada.

Destacado

Neil Sheehan, el periodista que ‘robó’ los papeles del Pentágono porque pertenecían al pueblo

Fotocopió sin permiso 7.000 folios de un informe secreto del Departamento de Defensa y demostró que el Gobierno mentía sobre la guerra de Vietnam.

Juan Carlos Laviana

Neil Sheehan consiguió dos hitos clave en la historia del periodismo del siglo XX. El primero, la exclusiva de los documentos que demostraban que el Gobierno de los Estados Unidos mentía de forma sistemática y estaba mandando a sus soldados a morir en Vietnam a pesar de saber que su sacrificio sería inútil. Esos documentos son conocidos como Los papeles del Pentágono.

Su segundo gran hito fue la resolución del Tribunal Supremo de Estados Unidos que garantizaba el derecho a publicar los documentos, una de las mayores victorias de la libertad de expresión en el siglo XX. Nunca la prensa había sido tan respetada como entonces y nunca más lo sería en el futuro. Ni siquiera con el caso Watergate.

Sheehan ganó el Pulitzer y pronto cayó en el olvido. El mérito acabaría llevándoselo su director, A.M. Rosenthal, y la cabecera para la que trabajaba, The New York Times. Al fin y al cabo, la exclusiva fue un gran trabajo en equipo.

Gracias a la película de Steven Spielberg Los archivos del Pentágono (2017), en la que Sheehan sólo tiene un papel muy secundario, el mérito recaería también en la decisiva intervención en la batalla judicial de Katharine Graham y Ben Bradlee, editora y director del periódico de la competencia, The Washington Post.

Una decisión clave

Si el reportero Sheehan, experto en asuntos políticos, militares y diplomáticos, no hubiera tomado una decisión clave en junio de 1971, esos dos hitos de la historia del siglo XX no hubieran sido posibles.

La decisión fue –pese a la prohibición expresa de su fuente– fotocopiar los 7.000 folios de un informe secreto del Departamento de Defensa sobre su implicación militar en Vietnam entre 1945 y 1967.

En el documento quedaba claro que Washington aumentaba su contingente militar a sabiendas de que no serviría de nada. Su fuente era Daniel Ellsberg, un exanalista del Gobierno de Estados Unidos escandalizado por los excesos de su país durante la guerra. Entre el deseo de denunciar la injusticia y el miedo a acabar de por vida en la cárcel,  Ellsberg dejó los documentos al periodista sólo para que los viera.

Y, como era de esperar, el periodista decidió hacer algo más: fotocopiarlos. En realidad, para decirlo todo, quien tomó la decisión fue su mujer, Susan, una prestigiosa periodista de la revista The New Yorker, que llegó a ganar un Pulitzer.

La peripecia de fotocopiar 7.000 páginas con la tecnología de los años 70 queda descrita con detalle en el artículo publicado este jueves por The New York Times bajo el título Ahora se puede contar

Una peripecia de cine

Shehan había concedido en 2015 una entrevista de cuatro horas a su periódico en la que contaba los pormenores de la gran exclusiva. Pero había puesto la condición de que esta no se publicara hasta después de su muerte. Sólo pasadas unas horas de su fallecimiento, las declaraciones del periodista aparecieron en la página web del diario.

En la entrevista, Sheehan cuenta una peripecia digna de una historia para el cine. Cómo él y su fuente se registraban con alias ilegibles en los registros de los moteles; cómo una vez tras otra se bloquearon las fotocopiadoras después de funcionar durante toda una noche; cómo parecía imposible copiar aquella carga de documentos robados en una papelería; cómo las páginas fotocopiadas reposaron escondidas en un casillero de una estación de autobuses; o cómo el periodista y su mujer compraron un pasaje para el enorme bulto, que viajó con el cinturón abrochado en el vuelo desde Boston a Nueva York.

También revela lo difícil que fue traicionar a su fuente, alguien a quien conocía bien desde sus tiempos en Vietnam. Tras la publicación, estuvieron seis meses sin hablarse. Hasta que, las Navidades siguientes, se encontraron en las calles de Manhattan.

El periodista le contó cómo había tomado la decisión

–Así que robaste los documentos, como hice yo –dijo Ellsberg.

–No, Dan, no los robé  –le respondió Sheehan al antiguo funcionario–. Y tú tampoco. Esos papeles son propiedad del pueblo de los Estados Unidos. Pagaron por ellos con sus impuestos y con la sangre de sus hijos, y tienen derecho a ello.

El scoop del siglo no cambió para mejor la vida del periodista. Sólo tres años después de la publicación de los papeles del Pentágono, la mala suerte se cebó con él. Un accidente de automóvil en una carretera nevada le dejó gravemente herido y con secuelas que le durarían toda la vida. Fue tal el impacto emocional que su mujer llegó a publicar en The New Yorker un extenso artículo sobre cómo había afectado el suceso a Sheehan.

Al periodista, ya famoso, le persiguieron las demandas judiciales por artículos anteriores.

Una mentira deslumbrante

Tras varios años de permiso sin sueldo, dimitió del New York Times para su nuevo proyecto, una biografía del teniente coronel John Paul Vann, un personaje singular al que había conocido en Vietnam, que había liderado las primeras batallas de la guerra y que había acabado prematuramente muerto en un accidente de helicóptero. Paul Vann había destacado, enfrentándose a sus superiores, por su denuncia de la corrupción y la crueldad de las tropas aliadas de Vietnam del Sur.

Otro héroe de la libertad de expresión.

Sheehan consiguió terminar el libro más de diez años después, en 1988. Fue publicado bajo el título A Bright Shining Lie (Una mentira deslumbrante, en español) y ganó un nuevo Pulitzer. El éxito volvió a sonreírle por última vez.

A partir de ahí, su vida estuvo marcada por la escoliosis, secuela del accidente de tráfico, y por el Parkinson, que acabó con su vida.

Sheehan, hijo de emigrantes irlandeses, se crio en una granja. Como lechero, su padre consiguió unos ahorros que sirvieron para enviar al chico a Harvard, donde se graduó en Historia. Como tantos de su generación, se obsesionó con Vietnam, adonde llegó por primera vez a mediados de la década de los 60, tras licenciarse del ejército y trabajar para la agencia UPI en Corea y Japón. 

Ya en 1966, siendo enviado especial de The New York Times, escribió: “Cuando veo las aldeas bombardeadas, a los huérfanos mendigando y robando en las calles de Saigón, y a las mujeres y los niños con quemaduras de napalm en los hospitales, me pregunto si Estados Unidos, o cualquier nación, tiene derecho a infligir este sufrimiento y degradación a otra gente para alcanzar sus propios fines”.

La respuesta a su pregunta se la dio él mismo cuando decidió fotocopiar los papeles secretos del Pentágono.

Cornelius Mahoney Neil Sheehan nació el 27 de octubre de 1936 en Holyoke (Massachusetts) y murió el 7 de enero de 2021, a los 84 años, en Washington DC. Deja mujer, Susan; dos hijas, Catherine y Maria; y dos nietos.

(Artículo publicado en EL ESPAÑOL el 8 de enero de 2021)

Destacado

John Reed, el periodista insurgente

/JUAN CARLOS LAVIANA

John Reed, el periodista insurgente

Cuando John Reed decidió conocer la revolución de primera mano tenía 26 años y sólo le quedaban siete de vida. Había conocido huelgas, había participado en conflictos sociales, había pasado por la cárcel e incluso había visitado la Europa previa a la I Guerra Mundial. Llegó a pasar por Madrid, donde durmió una noche al raso en el parque del Retiro. Pero le faltaba el bautismo de fuego. Nada mejor para la iniciación que el vecino México, donde un experimento social inédito se llevaba a cabo con todos los ingredientes que podía imaginar un soñador romántico con ansias de cambiar el mundo. Los campesinos se habían levantado a finales de 1910 contra las tres fuerzas que encarnaban la opresión: los terratenientes, los españoles y la Iglesia.La Metropolitan Magazine, para quien trabajaba, envió a John Reed al otro lado del río Grande con el difícil encargo de explicar al pueblo estadounidense en qué consistía aquella revuelta que pasaría a la historia como la primera revolución del siglo XX. A juzgar por el éxito de sus crónicas, lo consiguió. Poco después reunió sus artículos en un volumen titulado México insurgente (1914). Ese libro es el que acaban de rescatar, en una muy cuidada edición con ilustraciones de Alberto GamónNórdica y Capitán Swing, coincidiendo con el centenario de la muerte de Reed. El mismo equipo editorial ya había hecho idéntica operación tres años atrás con su mucho más aireado Diez días que sacudieron el mundo, al cumplirse los cien años de la revolución soviética.

Las crónicas de Reed sobre México son mucho más frescas y menos dogmáticas que las que escribiría poco después desde Rusia. Sus ojos aún no están tan mediatizados por el filtro de la ideología. Aún tiene muy presente la gran enseñanza de su profesor y mentor de Harvard, Charles Townsend Copeland, a quien dedica el libro: «ver la belleza escondida del mundo visible». Y eso, precisamente, es lo que hace fascinante México insurgente, el descubrimiento de «la belleza invisible» de los horrores de la guerra y de la miseria.

Un insurgente más

No hace falta recordar que Reed nunca pretendió ser un periodista objetivo, imparcial, ni siquiera equidistante. Para nada. En ningún momento esconde que ha tomado partido por los rebeldes, que es un insurgente más. Aunque no dispara se toma la guerra como suya, y así lo refleja en el continuo uso de la primera persona: «Íbamos a atacar esa noche» o «habíamos tomado Bermejillo la noche anterior», al igual que al referirse al armamento o a los combatientes habla de «nuestras baterías», «nuestras balas», «muestra artillería» o «nuestro ejército».

Normalmente es bien recibido por las tropas rebeldes, con las que convive como un soldado más, aunque no faltan las reticencias, principalmente porque los campesinos son incapaces de imaginar el valor de un periodista en una guerra. Este diálogo recogido en el libro refleja bien esa perplejidad. El oficial Julián Reyes, borracho, se encara bruscamente al reportero:

«—¿Va a luchar con nosotros?

—No —le dije—. Soy un corresponsal. Tengo prohibido luchar.

—Eso es mentira —exclamó—. No lucha porque tiene miedo a hacerlo. A los ojos de Dios, nuestra causa es justa.

—Sí, ya lo sé. Pero tengo órdenes de no luchar.

—¿Qué me importan sus órdenes?  —chilló—. No queremos corresponsales. No queremos palabras impresas en un libro. Queremos rifles y matanzas, y si morimos nos tratarán como a santos. ¡Cobarde! ¡Huertista! [Huerta era el dictador militar contra el que luchaban]

—Basta ya —gritó alguien.

Alcé la vista y vi a Longinos Güereca [oficial amigo del periodista] de pie frente a mí.

—Julián Reyes, usted no tiene ni idea. Este compañero ha recorrido kilómetros por mar y tierra para contar a sus compatriotas la verdad de la lucha por la libertad. Va a la batalla desarmado y es más valiente que usted, que tiene un rifle. Ahora váyase de aquí y no lo moleste más».

El alcohol hace amigos

John Reed es un hombre abierto, afable y sabe cómo ganarse la confianza de los campesinos, como relata en numerosos pasajes como este:

«Los hombres me rodearon, divertidos e interesados. ¿Iba a luchar con ellos? ¿De dónde venía? ¿Qué estaba haciendo? La mayoría nunca había oído hablar de los periodistas, y uno de ellos se atrevió a opinar con tono sombrío que yo era un gringo y un porfirista [en referencia al entonces ex presidente Porfirio Díaz], y que debía ser fusilado (…). El resto, no obstante, se oponía completamente a esa opinión. Ningún porfirista podía beber tanto sotol de un trago».

La opinión favorable se consolidó cuando Reed, el míster, añadió que también le gustaba «el aguardiente, el mezcal, el tequila, el pulque y otras costumbres mexicanas».

Uno de los grandes atractivos de México insurgente son los retratos esbozados por Reed de los adalides de la revolución y, muy especialmente, Pancho Villa. Era un campesino medio bandolero medio guerrillero, sin formación alguna, pero al periodista le deslumbró. Escribe:

«Es fascinante verle descubrir nuevas ideas. Hay que recordar que ignora por completo los problemas, confusiones y reajustes de la civilización moderna.

—El socialismo, ¿qué es? —dijo una vez cuando le pregunté qué le parecía—. Solo lo veo en los libros, y yo no leo mucho».

Deslumbrado por Pancho Villa

Le deslumbraba la llaneza del personaje y su falta de ambición política. El periódico obligaba a Reed a preguntar directamente al mítico revolucionario si esperaba ser presidente de México, asunto que según el periodista «molestaba particularmente al guerrillero, que era consciente de su incultura: apenas hacía dos años que había aprendido a leer y escribir». De mala gana se lo preguntó, y aquí Villa sacó su genio guerrero:

«—Se lo he dicho muchas veces —dijo finalmente, exasperado—.  No hay ninguna posibilidad de que yo sea presidente de México. ¿Es que los periódicos intentan crear problemas entre mi jefe y yo? Es la última vez que voy a responder a esta pregunta. Al próximo corresponsal que me lo pregunte lo haré azotar y lo mandaré a la frontera».

Reed da fe de que el propio Villa, al igual que los campesinos mexicanos, «nunca se tomó en serio a los corresponsales». No es solo que no pareciera entender la necesidad de la presencia de reporteros, sino que hasta «le parecía muy gracioso que un periódico estadounidense estuviera dispuesto a gastar tanto dinero solo para conseguir la noticia».

El periodista insiste en dejar clara su admiración por Villa, el Centauro del Norte, y no duda en contribuir a la leyenda de su desconcertante campechanería. Escribe:

«El miércoles, mi amigo el fotógrafo y yo deambulábamos por un campo cuando Villa se acercó cabalgando hasta nosotros. Parecía cansado y sucio, pero contento. Detuvo a su caballo delante de nosotros, con movimientos tan naturales y gráciles como los de un lobo.

—¿Bueno, muchachos, cómo les va? —preguntó sonriendo».

Los reporteros le respondieron que estaban muy a gusto, y el comandante les explicó la situación, dando a entender que no era tan ingenuo como aparentaba sobre la necesidad de convencer a la opinión pública norteamericana:

«—No tengo tiempo de ocuparme de ustedes, así que deben tener cuidado de no ponerse en peligro. La cosa está mal. Hay centenares de heridos. Esos muchachos son unos valientes, los más valientes del mundo. Pero —añadió complacido— deber ir ustedes a ver el tren hospital. Ahí tienen un buen tema para escribir un artículo».

Reed le hace caso, acude a ver a los heridos y, cómo no, le da la razón a Villa: «En verdad, era un espectáculo grandioso».

Antídoto contra las bombas

México insurgente ofrece también interesantes observaciones sobre la vida de los periodistas que seguían a los revolucionarios. Cuenta Reed que los reporteros disponían de un vagón, «un furgón de carga acondicionado para los corresponsales, fotógrafos y cámaras». Y relata la satisfacción que sentían cada vez que, tras padecer las penalidades del frente, volvían a él: «Por fin, teníamos nuestras literas, nuestras mantas y a Fong, nuestro querido cocinero chino».

El alcohol como antídoto del miedo circulaba entre aquellos pioneros del periodismo de guerra. Reed describe de forma magistral el comportamiento de los reporteros en medio del caos de un ataque, con cientos de hombres huyendo, mujeres gritando y bombas cayendo por todas partes.

«Pero el efecto sobre los corresponsales y periodistas fue peculiar —relata con asombro—. Nada más explotar la primera granada, alguien sacó una jarra de güisqui de forma totalmente espontánea y nos la fuimos pasando. Nadie decía una palabra, pero todos dábamos un buen trago cuando nos tocaba. Cada vez que una granada explotaba cerca, nos estremecíamos y dábamos un brinco, pero al cabo de un rato ya no nos importó. Comenzamos a felicitarnos por ser tan valientes de haber permanecido junto al vagón bajo el fuego de la artillería. Nuestra valentía aumentaba a medida que los disparos se espaciaban hasta acabar cesando por completo, y también a medida que el güisqui menguaba. Todo el mundo se olvidó de cenar».

Los privilegios del periodista amigo

En su biografía de Pancho Villa (Planeta, 2006), Paco Ignacio Taibo II califica a Reed como el gran cronista de la revolución mexicana y lo describe con detalle: «Viste un traje de pana amarillo brillante, dispone de cuenta de gastos, carga catorce diferentes clases de píldoras y vendajes».

El periodista César G. Calero, en un documentado artículo publicado en CTXT, explica los privilegios de los que disfrutaba Reed en México: «Dispone del uso gratuito del telégrafo y del tren y, además, Villa lo invita a sus reuniones y permite que le acompañe en sus campañas militares».

Recoge también Calero una cita de Almost Thirtyun texto autobiográfico escrito en 1916 en el que Reed se refiere a sus cuatro meses en el Norte de México:

«Tal vez el periodo más satisfactorio de mi vida (…). Descubrí que las balas no son tan aterradoras, que el temor a la muerte no es una cosa tan grande y que los mexicanos son maravillosamente simpáticos (…). Me hallé de nuevo a mí mismo. Escribí mejor que nunca».

Reed es personaje difícil de catalogar. Cada línea que escribe debe tomarse con precaución porque, como dejó dicho su contemporáneo, el dramaturgo David Carb, en el libro «hay mucho de Reed y sospecho que muy poco de México». Otros se centraron más en su carácter y en su éxito con las mujeres, como el prolífico Upton Sinclair (Los dientes del dragón), que le definió como un «playboy de la revolución». Pero quizá quien mejor supo captar la compleja personalidad de Reed fuera su compañero de universidad en Harvard, Walter Lippmann, quien destacó la «genialidad» de un escritor que fue a la vez reportero, poeta, y activista. Todas esas habilidades impregnan unas narraciones que, a juicio del gran maestro del periodismo, aunaban una clase magistral de historia y la mejor literatura.

Se echa de menos la traducción en España de la obra de Louise Bryant, su compañera, para completar la historia de Reed y la de ella misma, tan apasionante como la de él. Libros como Six Months in Russia o Mirrors of Moscow y artículos como «The Last Days with John Reed: A Letter from Louise Bryant» serían de gran ayuda para entender mejor el convulso siglo XX y no quedarnos solo con la imagen de Diane Keaton en la película Rojos.

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Autor: John Reed. Ilustrador: Alberto Gamón. Traductor: Íñigo Jáuregui. Título: México insurgente.Editorial: Nórdica / Capitán Swing. Venta: Todos tus librosAmazonFnac y Casa del Libro.

(Artículo publicado en Zenda el 30 de diciembre de 2020)

Destacado

En defensa de 2020

Más allá del Negrón/ Calificado como “el peor año de nuestra historia”, falta por saber si ha sido un año perdido o un año ganado

Juan Carlos Laviana

El peor año de nuestra historia. Lo dijo Time y punto redondo.  Como si lo hubiera dicho Blas. Hombre, no. Lo que nos pasa a nosotros siempre es lo peor.  ¿Usted cree que este ha sido el peor año de la vida en la mayoría de los países africanos? Pues no. Los han tenido peores. Para esos países donde no hay más que años malos, este ha sido uno más. Para ellos la Covid 19 ha sido un mal menor al lado de los males cotidianos,

Todo depende desde qué punto de vista se mira. Hay una muy divertida película del año 1994 que Emilio Martínez Lázaro tituló “Los peores años de nuestra vida”. Y lo eran porque, desde el punto de vista de aquellos jovenzuelos,  las complicaciones del ligoteo hicieron de aquellos meses los peores de su vida. No es más que una comedia, pero sirve para demostrar lo subjetiva que es esta cuestión.

Los detractores del sensacionalista título de “Time” se han  apresurado a recordar la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, Hiroshima. Aquellos sí que fueron años malos. Es más, sobre las consecuencias de aquella guerra hay otra película titulada “Los mejores años de nuestra vida”, realizada por William Wyler en caliente, solo un año después de terminada la guerra.

Con “Los mejores años de nuestra vida”, Wyler no estaba haciendo un juego de palabras, sino refiriéndose a los años (los mejores) que habían perdido los jóvenes de aquella generación. Y esa debería ser la cuestión. ¿Hay años, según la edad, más valiosos que otros? ¿Son más valiosos los años de juventud que los de la vejez, con la que tanto se ha cebado la pandemia?  No debiera haber vidas que valgan más que otras. Ya se  discutió mucho al respecto en los peores momentos, cuando los médicos hubieron de enfrentarse al dilema de salvar unas vidas en detrimento de otras.

A veces, parece que hayamos perdido la perspectiva a la hora de la valoración. Cuando se publican titulares como “un año sin abrazos”, “un año lejos de casa por Navidad” o “un año sin vernos las caras” deberíamos tener un poco de ponderación. Parece que quisiéramos enmascarar lo verdaderamente grave con lo anecdótico, No estaría de más tener en cuenta que se trata de un sacrificio mínimo a cambio para proteger la vida, Vale, los gestos son importantes, pero también conviene no convertirlos en rutina y renovarlos de vez en cuando,

“He tenido años perores” es una respuesta frecuente y conformista cuando nos preguntan qué tal y no queremos entrar en detalles. El que no se conforma es porque no quiere. Pero, curiosamente, tendemos a no acordarnos como sociedad  de los años buenos. ¿Ha oído alguna vez decir qué gran año fue el 75, o el 82 o el 92? No, salvo que sea en  referencia a las cosechas,

Lo verdaderamente importante de este 2020 –al que por cierto recibimos con jolgorio: qué número más bonito- es saber si ha sido un año perdido o un año ganado. No creo que acierten aquellos que dicen que fue un año en blanco. Habrá sido, si acaso, un año negro para quienes se dejaron la salud o la vida en él. Pero no en blanco. En el peor de los casos, este 2020, maldito para tantos, nos deja muchas enseñanzas. Y la principal de todas es la capacidad de la sociedad para enfrentarse –con mascarillas, con sacrificios, con prudencia- al jinete del Apocalipsis del caballo pálido de la peste y de la muerte.

Es pronto para saber cómo pasará este año a la historia, ¿Será el año del Covid-19 o el año de la vacuna?  Igual, visto en perspectiva dentro de unos años, lo positivo se impone a lo negativo y se habla del año en que la humanidad fue capaz de vencer a la primera pandemia global. Que todos lo veamos. De momento, feliz 2021.

(Artículo publicado en La Nueva España el 31 de diciembre de 2020)

Destacado

Pierre Cardin, el gran capitalista que revolucionó la moda

El multimillonario modisto italo-francés, uno de los grandes renovadores del diseño del siglo XX, murió en París a los 98 años

Juan Carlos Laviana

El mundo tal y como lo conocemos tendría una apariencia muy diferente sin la decisiva influencia del diseñador y modisto Pierre Cardin. Creó el prêt-à-porter, socializando la moda, y cambió por completo la forma de vestir de la mujer. Moldeó los gustos estéticos del siglo XX y, además de convertir el mercado de la moda en un negocio global, lo trasladó a otros sectores como el del automovilismo o el de la alimentación.

Por si todo ello no fuera suficiente, Cardin ha dejado además una huella importante como restaurador, dramaturgo, escenógrafo y compositor, hasta el punto de ser considerado un Leonardo da Vinci de los siglos XX y XXI. Él mismo era consciente de su enorme influencia y así lo dejo dicho en una entrevista reciente: “Yo no digo que mi gusto sea mejor que otro, pero la realidad es que ha sido aceptado masivamente”.

De pobre a multimillonario

Nació pobre. Fue el último de los once hijos de una familia de granjeros venecianos. El hambre lo llevó a París con sólo tres años. Muy joven demostró su afición por la costura como meritorio de diversos modistos. Sus dotes propulsaron su carrera hasta convertirle en 1947, con solo 25 años, en jefe del atelier de Christian Dior, una influencia decisiva.

Dando muestras prematuras de su carácter emprendedor, en sólo tres años se independizó y estableció su propia casa, la casa Pierre Cardin. A partir de ahí, ya sólo dependería de sí mismo y de su desbordante creatividad.

En la década de los 50, fue un vanguardista. Rompió moldes con su ropa “lista para ponerse” y revolucionó la industria, lo que le valió el rechazo y la expulsión del corto de miras sindicato de modistos. Sus modelos baratos fabricados en serie arruinaban el exclusivista negocio de los caros y exclusivos modelos hechos de formar artesanal y a medida.

Distribuido masivamente por los grandes almacenes Printemps, se convirtió en el primer costurero de París. Como él mismo diría años después, era necesario vestir a las mujeres que se ven obligadas a salir de sus casas para ir a trabajar.

En la década de los 60, emerge el llamado Cardin futurista. Incorpora formas y motivos geométricos, incluso renunciando al corsé de las formas femeninas. No deja de innovar y lanza la primera moda unisex. Las estrellas, la ciencia y la carrera espacial le inspiran. “Yo soy un hombre de la luna” explicó años más tarde. “De esa época cosmonáutica que entonces era una ideología y que ahora es una realidad”. Siempre diría que aquellos experimentales y creativos años 60 fueron la época de su vida de la que se sentía más orgulloso.

Cardin, el omnipresente 

En los años 70, llama la atención del mundo por su alternancia de las faldas mini y las faldas maxi, por las combinaciones de casacas largas o abrigos hasta los pies con exiguas minifaldas. Su propuesta se extendió como la pólvora y hoy no hay película o fotografía de la época en la que no se reconozca su decisiva influencia.

El Pierre Cardin hombre de negocios tampoco paraba de progresar. Ya a finales de los 50 había visitado Japón, sentando las bases de la apertura de la moda occidental al inmenso mercado asiático. Se ponía en marcha un mundo globalmente uniformado por la moda. Los jóvenes de Tokio empezaron a vestir igual que los jóvenes de Londres o París. Algo que, pese a ser su responsabilidad, no encajaba con los gustos estéticos de Cardin: “No entiendo cómo los jóvenes, que detestan a los militares y los uniformes, están todo el día con el vaquero como si fuera un uniforme”.

Con solo 16 años, una médium ya le había vaticinado que viajaría por todo el mundo. Pero Cardin irá más allá y lo conquistará. Su imperio llegó a emplear a 180.000 personas en 800 fábricas repartidas por 102 países, entre ellos China y la Unión Soviética, entonces mercados inéditos para las grandes firmas de la moda.

Artista del Renacimiento

No se limitó al vestido. Su creatividad desbordante también se extendió a una infinidad de productos –se calcula que en torno a 700–, que incluyen automóviles, baldosas, mermeladas, cacerolas, corbatas, perfumes, lapiceros, vajillas… Baste decir que cada semana se venden en el mundo un millón de productos con el sello Pierre Cardin.

A principios de los 80, abrió otra vía de negocio muy diferente al adquirir los lujosos restaurantes Maxim’s, de los que más tarde abrió sucursales en Nueva York, Londres y Pekín. Años después, completaría su negocio de hostelería con una cadena de hoteles con el mismo nombre.

Con el Cardin hombre de negocios convivía el Cardin amante de la cultura. Amigo de Salvador Dalí, de Jean Cocteau, de Luchino Visconti, de Franco Zeffirelli, de Lucía Bosé o de Jackie Kennedy, guardaba un grato recuerdo de sus largas conversaciones sobre arte. Todos ellos fueron una influencia decisiva en su trabajo.

El dinero como medio

Siguiendo su máxima de que “el dinero sólo es un medio”, dedicó gran parte de su fortuna a la inversión inmobiliaria. Se sentía muy orgulloso de la compra del Espace Cardin, inaugurado en 1971 en el Théâtre des Ambassadeurs de París. Allí se exhiben hoy sus creaciones, pero también sirve de plataforma para jóvenes talentos del teatro o de la música.

Se hizo con las ruinas del emblemático castillo en Lacoste Vaucluse, que en su tiempo fue habitado por el Marqués de Sade y Casanova. Tras un profundo trabajo de restauración, en el que dejó su inconfundible sello, lo utilizó para celebrar festivales de teatro y también para guardar sus dos colecciones personales favoritas: la de muebles y la de loros.

Además de su talento para el arte, Pierre Cardin tenía una enorme facilidad de palabra. Era famoso por su forma de hablar. Sus entrevistas acababan por ser una sucesión de ingeniosos aforismos en los que intentaba envolver su manera de pensar.

“No necesitas nada cuando lo tienes todo”, decía sobre sus aspiraciones. Incluso se atrevía a hacer vaticinios y explicar cómo veía el mundo de la moda del mañana: “En el futuro, cuando las ciudades estén climatizadas, el maquillaje ya no se limitará sólo a la cara, sino que se extenderá por todo el cuerpo, como una segunda piel. El vestido será un adorno, perderá sus limitaciones climáticas y se convertirá en una joya“.https://www.youtube.com/embed/H8e45iQjMPI

Capitalista de alma socialista

Nunca ocultó sus ideas ni su forma de pensar sobre la política. “Yo he sido capitalista” aseguró en una entrevista. “No he querido ser comunista porque es lo más triste del mundo, aunque yo respeto esa ideología humanitaria, que tiene razón de existir cuando no se tiene nada, porque es una especie de religión. Desde siempre, mi objetivo para el éxito ha sido el capitalismo. Sin embargo, quiero señalar que yo soy un capitalista al servicio del socialismo, que el capitalismo sólo es válido cuando se pone al servicio del público”.

En cambio, siempre se ha mostrado muy receloso sobre su privacidad. “Mi forma de vivir es la misma de cuando empecé”, declaró cuando le preguntaron por su vida. Se conocen detalles nimios, pero significativos, como que utilizaba una pequeña habitación, casi una celda, en su caserón de los Campos Elíseos, frente al palacio presidencial, y que el paladín de la modernidad detestaba los aparatos digitales.

Cuando le preguntaron sobre la mayor locura que había hecho por amor, se limitó a bromear. “No casarme. Así soy libre y no un esclavo”.

Su gran amor fue la actriz Jeanne Moreau, con la que mantuvo un romance. Incluso se plantearon casarse, pero él se negó, según contaría más tarde. “No quería ser el señor Moreau y ella no habría querido ser la señora Cardin. Sin duda, fue una especie de orgullo ridículo”.

En su vejez, el hombre que lo consiguió todo en la vida, que incluso transformó el mundo en el que vivió, reconocía que sólo le quedaban dos sueños por realizar: tener un hijo y viajar a la luna. El mundo se le quedaba pequeño. Aún necesitaba expandir más su creatividad y su influencia.

Pietro Costante Cardin, más conocido como Pierre Cardin, nació el 2 de julio de 1922 en San Biagio di Callalta (Véneto, Italia) y murió el 29 de diciembre de 2020 en París (Francia).

(Artículo publicado en El Español el 29 de diciembre de 2020)

Destacado

Vida contemplativa contra el virus

Más allá del Negrón/ En estos tiempos inciertos de pandemia, se celebra una inusual Navidad austera e introspectiva  

Juan Carlos Laviana

Ha sido así históricamente. Cuando los seres humanos vivimos momentos apocalípticos, volvemos la mirada al cielo o hacia nuestro interior, o hacia los dos sitios, según cada cual. Las pestes, los grandes desastres naturales o las guerras han dado lugar a momentos que podríamos llamar místicos. Ante la incomprensión de lo que sucede, la persona busca respuestas; está en su naturaleza.

Esta Navidad la vamos a vivir –en muchos casos por obligación- de la forma más austera y monacal que se recuerda. En la intimidad. A lo sumo, rodeados por lo que ahora llaman convivientes y antes llamábamos el núcleo familiar; o de los allegados, que se puede traducir libremente como los más íntimos. Y no pueden faltar, que este año van a ser muchos más, los que ya no están entre nosotros,

Bueno, ese es el más auténtico espíritu de la Navidad, o de “las fiestas del afecto”, en la versión gubernamental. No hay grandes aglomeraciones con ansias consumistas en los centros comerciales. No hay suntuosos viajes al otro lado del mundo huyendo de la “cursilería” o de la angustiosa sensación soledad que despiertan estas fechas, No habrá fastuosas fiestas de Nochevieja para despedir el año.

Estarán contentos quienes denunciaban que la Navidad había perdido su espíritu en pro de los dioses paganos del consumismo. Estarán contentos, también, quienes se indignaban por la invasión del espacio público por una celebración que ni les iba ni les venía y que, incluso, proponían cambiar por la bienvenida al solsticio de invierno,

El no hay mal que por bien no venga o el cada crisis es una nueva oportunidad nos facilita, por fin, una Navidad diferente.  Acotados en un determinado perímetro, encerrados en  casa y con muchas horas conviviendo con  uno mismo o con los estrenos de Netflix. Será difícil evitar la intimidad, la introspección, la reflexión. El desconcierto nos hace buscar respuestas. Buscar un sentido a un mal del que ignoramos casi todo, del que apenas sabemos que ha modificado nuestra vida para siempre.

Esta Navidad nos ha pillado bajos de moral ante un futuro incierto, pesimistas ante una vacuna que a saber si funcionará y qué efectos tendrá, y apabullados por una crisis económica de la que no sabemos el alcance, No es de extrañar que en estos días, sean muchos los que dirijan sus miradas hacia la vida contemplativa; no hay más que ver el éxodo de las ciudades a los pueblos.

Los periódicos dan noticia de la nueva campaña de la Asociación Contemplare, que acaba de lanzar su “Amazon de la vida monástica”. Un grupo de empresarios han lanzado este proyecto para “tender un puente entre los más de 800 conventos de España y la sociedad”. Ofrecen desde muy  exquisitos alimentos gourmet hasta productos de belleza naturales, pasando por una selección de vinos y licores muy tentadores. Haciendo honor al lema “del convento a casa”, el consumidor también puede, rellenando un simple cuestionario, comprar oraciones de los frailes o monjas ofrecidas en exclusiva a la persona que quiera destinarlas.

Se echa de menos, en la muy moderna y cuidada página web, la oferta de estancias en los monasterios. A muchos les han venido muy bien unos días de paz y serían muy recomendables en estos tiempos azorados y estresantes. El columnista Pedro G. Cuartango, asiduo de la hospedería de Silos y agnóstico confeso, recomendaba en una columna reciente a nuestros políticos que pasaran una semana de vez en cuando en algún convento. “para aprender de la austeridad y de su amor al prójimo,”

En una entrevista este domingo en el “Diario de Burgos”, el nuevo abad de Silos. Lorenzo Maté, coincide en señalar la pandemia como “una oportunidad para pensar, porque se lleva una vida demasiado ajetreada”. Entre sus sabias observaciones, destaca una tajante proclama: “La crisis actual es un toque de atención, pero no es un castigo divino”.  En esta Navidad, libre de compromisos y con mucho tiempo libre, merece la pena darle una vuelta a las palabras del abad.

(Artículo publicado en La Nueva España el 24 de diciembre de 2020)

Imagen: Fragmente de “Vista desde el mirador de la playa de Aguilar”, obra de Federico Granell utilizada por La Nueva España como Christmas navideño.

Destacado

Vida más allá de la pandemia

Más allá del Negrón/ Mientras el común de los mortales se afana por sobrevivir, las grandes compañías de Internet ya tienen el plan para el día después

Juan Carlos Laviana

En esta situación límite, son muchos los que luchan por sobrevivir. Los hosteleros que no han tenido que cerrar se han entregado a las compañías de reparto -que se llevan entre un 30 y un 40 por ciento de la cuenta- o ya han convertido las barras en meros mostradores. Los pequeños comerciantes intentan de forma titánica adaptarse al mundo digital para competir con los grandes monstruos del telecomercio, cuando ni siquiera el Corte Inglés logra plantarles cara. Los taxistas intentan reagruparse para competir con los Uber que gráficamente ya no llaman conductores a sus conductores, sino partners; el lenguaje lo dice todo. Las salas de cine se desesperan, ahogadas por la falta de películas que proyectar, acaparadas por las plataformas. Los periódicos corremos desaforadamente detrás de la inalcanzable liebre de la digitalización. mientras los grandes monstruos de la comunicación (redes, agregadores) se llevan la publicidad a espuertas y los lectores a millones.

Sin ánimo de caer en la recurrente conspiranoia, cualquiera diría que alguien está diseñando un mundo nuevo mientras los demás luchamos por no contagiarnos o por no caer en un ERTE. Simplemente por sobrevivir. No hay más que asomarse a las colas en iglesias  y bancos de alimentos y sorprenderse de que quienes buscan algo que comer ya no son los denostados vagos y maleantes, sino personas de andar por casa. “La clase media en las colas del hambre”, titulaba un periódico el domingo.

Hace nada, nuestros padres llegaban a casa con la cara teñida de carbón cuando no había ni duchas a la salida de los pozos o talleres. Hace un poco menos, llegaban con la corbata aflojada y el último botón de la camisa desabrochada como si vinieran de pelearse con la vida. Hoy, simplemente, no salen de casa. Ya sea  porque no tienen empleo al que acudir o porque teletrabajan.

El teletrabajo ha sido una de las grandes revoluciones que ha traído esta crisis. Se ha pasado de que fuera una práctica aislada a una práctica casi mayoritaria. Es más, las grandes compañías ya se preparan para que así sea una vez superada la pandemia. El 12 de mayo, el patrón de Twitter, Jack Dorsey, anunciaba que los empleados podrían trabajar desde casa indefinidamente, Medidas similares han adoptado todas las grandes empresas tecnológicas.

“Teletrabajo para siempre”, sentencia en un artículo reciente Bernardo Crespo, de la IE Business School. Y va más allá: “si cambia el ecosistema laboral, cambian las habilidades profesionales” requeridas por los empresarios. De hecho, ya son muchas las compañías que están adiestrando a sus empleados en esas habilidades propias del trabajo a distancia. Finaliza el profesor Crespo con una pregunta estremecedora: ¿Estamos diseñando personas tal y como diseñamos productos en la era digital?

Qué exagerado, se dirá. No tanto si tenemos en cuenta que el siguiente objetivo de esas grandes compañías es la educación. Hace seis meses Google anunciaba el lanzamiento de títulos privados de determinadas carreras. Microsoft, a través de LinkedIn, ha puesto en marcha su plataforma LinkedIn Learning. Si ya consiguieron moldear las preferencias de los consumidores, si ya consiguieron determinar el voto en las elecciones, ¿qué les va a impedir dirigir la educación de nuestros hijos? Dicen que no se puede ir contra el progreso, aunque a veces dan ganas, por aquello que escribió Delibes en Un mundo que agoniza: “El progreso comporta, inevitablemente, una minimización del hombre”.

Las administraciones públicas han empezado a reaccionar tímidamente a lo que ya se percibe como una amenaza, dada la posición de monopolio de estos gigantes. La semana pasada el gobierno norteamericano presentó una demanda contra Google. Europa se afana en que, al menos, paguen impuestos o nos retribuyan por usurpar nuestra información.

No se avecina un mundo tranquilo después de la pandemia. La batalla por la hegemonía mundial entre China y EE.UU.,  estará  condicionada por la relación con los grandes monstruos digitales. Y en eso China siempre lleva las de ganar, porque para Beijing el estado y las empresas vienen a ser lo mismo.

Mientras, nosotros seguiremos entretenidos dándole vueltas a la Ley Celaá, a los chats de los militares retirados o al creciente peso de Iglesias en el Gobierno.

(Articulo publicado en La Nueva España el 17 de diciembre de 2020)

Destacado

La turbulenta vida de Alfons Quintà, una novela de no ficción

JUAN CARLOS LAVIANA 

La turbulenta vida de Alfons Quintà, una novela de no ficción

Jordi Amat recuerda en la nota final de El hijo del chófer (Tusquets) un curso en el que se discutía sobre «el mal de los otros y el mal que habita en nosotros». Salieron a relucir célebres personajes malignos elevados a personajes literarios. Entre ellos, el Adolf Eichmann de Hannah Arendt, el Ramón Mercader de Gregorio Luri, el Enric Marco de Javier Cercas y el Perry Smith de Truman Capote. Amat ya tenía entonces, en 2018, a su propio malvado en la cabeza: el periodista Alfons Quintà. Era un personaje literario. Sólo faltaba plasmarlo en libro e incorporarlo, como ha hecho Amat, a la selecta galería de los perversos.

La vida de Alfons Quintà tiene muchos ángulos, ángulos muertos, diría Amat. Pero tiene sobre todo un carácter novelesco. Hijo del chófer de Josep Pla, prácticamente se cría en el llamado Camelot ampurdanés del escritor, del que conservaría unos inmejorables contactos, clave para su actividad periodística. No en vano, allí, en el círculo de Pla y en pleno franquismo, se cocina la identidad catalana que hoy, más de medio siglo después, se ha transformado en el procés.

Testigo de los secretos del poder

Convertido en periodista, Quintà inicia su carrera en diarios impulsados por la burguesía catalanista: Tele/eXpress, donde firma su primer artículo sobre el «caso Matesa», y El Correo CatalánLlega a ser ayudante del todopoderoso corresponsal de Le Monde, Antonio Novais, colabora con la agencia Associated Press y el New York Times. Con Franco aún vivo, en 1973, dirige Dietari, el primer informativo radiofónico en catalán desde la República. Es un periodista con una sólida formación, con valiosos contactos nacionales e internaciones, como pocos en aquella España. Y además, como recuerda Amat, ha sido un testigo privilegiado: «No hay un solo periodista de su generación que sepa como él cómo se ha desarrollado el poder en Cataluña durante la posguerra desarrollista».

Su gran salto profesional se produce siendo delegado de El País en Barcelona. Allí destapa el mayor escándalo financiero de la historia de España: el «caso Banca Catalana», entidad financiera de la familia Pujol. Las presiones obligan al entonces director, Juan Luis Cebrián, a paralizar la investigación y a desechar a Quintà como director de la edición catalana de El País.

La función del cuarto poder

A propósito de su primera información de Quintà sobre Banca Catalana, Jordi Amat introduce una muy clarificadora reflexión sobre la relación entre la prensa y los otros poderes, que merece leerse con detenimiento. «El artículo —escribe— es un ejemplo de la función democrática del cuarto poder, pero el cuarto poder solo es independiente en teoría. No lo es en la práctica. Al fiscalizar los otros poderes, en especial los poderes duros —el dinero, la ley, la política— ejerce una función en la batalla que se da dentro de cada uno de los poderes y en la interrelación que se establece entre ellos, creando una trama que garantice su estabilidad pero también su impunidad».

Y concluye asegurando de forma tajante que «los ingenuos no sirven para este oficio. No es un territorio para la moral. Es una batalla destructiva. Abrasa a quien la juega y la pierde, encumbra a quien la gana». Es la otra cara de la tan manida e incomprendida sentencia de Ryszard Kapuściński: «Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas».

El constructor del «mito» catalán

De Alfons Quintà no se puede decir que fuera ingenuo ni buen ser humano. Ayudado por su aparente incongruencia y su capacidad para levantarse tras la caída, pronto se repone del golpe que supuso la censura en El País. Su enemigo número uno, el político al que había intentado destruir, el presidente de la Generalitat, le hace un encargo que iba a transformar para siempre la imagen y la conciencia de Cataluña: poner en funcionamiento TV3, un instrumento de propaganda que en manos diestras, como las de Quintà, es la más poderosa de las armas. Alejado del folclore, de la sardana y la butifarra, la televisión catalana se convierte en una de las más modernas e innovadoras del mundo. Una televisión de vanguardia para una nación moderna, se dirá. Como si de una Leni Riefenstahl se tratara, Quintà glorifica a Pujol —a quien antes quiso destruir—, convierte al villano enriquecido irregularmente con su banca en un mártir de la persecución de Madrid, y construye lo que hoy conocemos como el mito catalán.

Desde lo más alto, el periodista vuelve a caer, seguramente porque su alta competencia profesional se ve lastrada por sus maneras de tirano a la hora de dirigir sus equipos. Pero ahí está de nuevo la mano derecha de Pujol, Lluís Prenafeta, para recogerlo y ofrecerle la que iba a ser la penúltima oportunidad de convertirse en el mejor periodista de su generación. Se trata de un nuevo e insólito proyecto, El Observador, un diario en español para catalanistas. Entre los inversores llama la atención el entonces magnate Javier de la Rosa, quien aporta mil millones de pesetas procedentes de su inversión en Grand Tibidabo.

¡Qué puede salir mal! Baste una anécdota como muestra de lo disparatado del proyecto. Como la salida del diario se retrasa una y otra vez, el propio director imprime un ejemplar de 8 páginas con artículos incendiarios contra su propia empresa. Por la presión, o por otras razones, el periódico nace finalmente el 23 de octubre de 1990. Antes de cumplir los tres meses, Quintà es otra vez destituido.

El Mundo, la última oportunidad

A partir de ahí, la decadencia. Cada vez se le hace más difícil levantarse de las caídas. Los grandes logros no compensan la mala reputación. La definitiva y última oportunidad se la da en 1991 Pedro J. Ramírez, quien le ofrece la corresponsalía de El Mundo en Barcelona, con la misión de organizar una delegación. En ese momento tengo la oportunidad de conocerle. Soy su interlocutor en Madrid y soporto estoicamente sus largas peroratas. Deambula por la redacción en busca de alguien que quiera escucharle. Opina sobre todo, ante el recelo de los demás periodistas. Lleva de un lado para otro una foto hecha por él mismo de un muro en el que aparece una enorme pintada contra España; según él, el mejor reflejo de la opresión que vivía Cataluña. Se la enseña a todo el que se cruza. Por pesadez —como si fuera un becario mendicante— consigue que se publique. Fue su primera aportación al diario, en el que tampoco duraría mucho. De nuevo, hubo de refugiarse en sus colaboraciones —esas nunca le fallaron— en el Diari de Girona.

Estrambótica y violenta personalidad

Hasta aquí el periodista Quintà. Falta el personaje. Y eso es precisamente lo que aporta Jordi Amat al entretejer la estrambótica y violenta personalidad con su indudable capacidad profesional, aunque, eso sí, siempre inspirada por un activismo cambiante. Y como fondo, una Cataluña que avanza en la historia desde el acomodo a la dictadura franquista hasta los delirios independentistas, todo ello bien aliñado por la corrupción que todo lo impregna.”Acosa a las redactoras con procaces y amenazantes propuestas sexuales, llega a ser un maltratador que persiguió pistola en mano a una pareja que osó abandonarlo”

Quintà es un hombre condicionado por el odio al padre, un padre que le dejó marcado de por vida, y no solo con la pretina. Recurre con frecuencia al chantaje. Extorsiona al propio Pla, su otra figura del padre. Se convierte en una práctica habitual. Siendo ya delegado de El País, saca tiempo para estudiar Derecho. Algunos profesores le aprueban a cambio de que él consiga publicar sus artículos de opinión. Incluso en una ocasión, una profesora le sorprende copiando y el periodista se indigna hasta tal punto que la denuncia al día siguiente en un breve del periódico.

Sostiene Amat que “hay dos dimensiones de Quintà que pueden solaparse en el día: la del director que cumple con el intenso programa de reuniones y la del ogro arbitrario”. En El hijo del chófer quedan perfectamente ensambladas. «Su conducta —puede leerse— va de la mala educación al asedio. No es que sea raro o excéntrico. Es pérfido. Sabemos de su grosería, que come ansiosamente con las manos, y no solo de su plato, que acosa a las redactoras con procaces y amenazantes propuestas sexuales, que llega a ser un maltratador, que persiguió pistola en mano a una pareja que osó abandonarlo. En la redacción de TV3, cuentan los que lo vivieron, impuso un clima de terror, incluso con amenazas de muerte».

El sangriento final

El carácter violento se mezcla con la depresión por la decrepitud. Visto desde ahora, el más trágico de los finales posibles parece estar predeterminado como en las tragedias griegas. El 19 de diciembre de 2016, en su casa del barrio de Les Corts, asesina con una escopeta de caza a su esposa, Victòria Bertran, médico de 57 años, que lo había abandonado y había regresado a la vivienda para cuidar al enfermo. El asesino aún tiene tiempo para escribir una nota de despedida antes de dispararse con la misma escopeta un tiro en la cara,

Una vida que es una novela. Una novela que ahora llamamos de no ficción, porque la vida, por novelesca que sea, no es ficción. Jordi Amat cuenta los avatares de la tormentosa existencia de Alfons Quintà con una medida mezcla de profusa información y opiniones deslizadas por el propio autor. Y lo cuenta de una forma que estremece al leerla, en un rabioso tiempo presente, como si lo que narra estuviera sucediendo en el mismo momento que el lector lo lee.

Novela, crónica, libro documento, nuevo periodismo, nueva narrativa… Qué más da el nombre que le pongamos. Eric Vuillard (El orden del día) o Emmanuel Carrère (Limónov) han resucitado esa forma de contar que ha inspirado a Jordi Amat. Lo cierto es que ahora ya sabemos quién fue Alfonso Quintà y sabemos un poco más sobre «el mal de los otros y el mal que habita en nosotros».

P. S. Cuando Pedro J. Ramírez me llama el 20 de diciembre de 2016 para informarme de la muerte de Alfons Quintà y proponerme escribir su obituario, declino el ofrecimiento. Lo conocía, lo había tratado, pero apenas sabía nada sobre él. Siempre me quedó un mal sabor de boca por no haberlo intentado. La lectura del libro de Jordi Amat me ratifica en la decisión: no sabía quién era Quintà.

(Artículo publicado en Zenda el 8 de diciembre de 2020)

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Convivir con la mentira

Más allá del Negrón/ Boris Johnson pide advertir de que «The Crown» es ficción, porque el espectador de hoy ya no distingue lo que es verdad

 Juan Carlos Laviana

Los parroquianos del Grand Café de París. que en 1896 veían por primera vez la película «La llegada de un tren a la Ciotat», se levantaron precipitadamente de sus sillas pensando que el tren les iba a arrollar, Mi tío Honorino, el mayor aficionado al wéstern que he conocido, salía del cine Vital de El Entrego andando con las piernas arqueadas como si acabara de bajarse del caballo. La abuela de Rosana, la hermana pequeña de un amigo de la infancia, apartaba continuamente a la niña del campo visual del televisor, no fuera que aquellos señores la vieran sentada en el orinal.

Siempre hemos estado rodeados de mentiras. Los hermanos Lumière siguieron proyectando su película sin tener que advertir que el tren era solo una sombra. Los wéstern nunca necesitaron –por lo menos hasta ahora- un aviso previo sobre su carácter más legendario que real. Lo de la tele –transformada en la pantalla del móvil- es más peliagudo, porque resulta que sí hay señores al otro lado de la pantalla que nos vigilan,

En cualquier caso, siempre hemos convivido razonablemente bien con las ficciones.  Nos han servido para entretenernos y para formarnos, ya sea a través de los productos audiovisuales o de la lectura. Pero ahora la humanidad parece sufrir un retroceso. Al igual que cada vez distinguimos menos el bien del mal, cada vez confundimos más la realidad con la ficción. De tanto consumir mentiras –fundamentalmente a través de las redes sociales-, ya no sabemos distinguir lo que es verdad de lo que es mentira. Nos pasa lo que al mentiroso que, a base de repetir su mentira, él mismo se la acaba creyendo.

¿Ya no sabemos la diferencia entre una serie documental y una serie dramatizada? Parece que no. De lo contrario, ni la reina Isabel ni el gobierno de Boris Johnson hubieran exigido de forma airada a Netflix que advierta previamente a los espectadores de que la exitosa serie «The Crown» es ficción. Ya ocurrió con «Lo que el viento se llevó», cuando HBO se vio obligada a avisar que la película «niega los horrores de la esclavitud». Todas las plataformas incluyen ya antes de cada capítulo de una serie una retahíla desmesurada de advertencias: contenido violento, desnudo, suicidio, lenguaje soez, consumo de drogas, sexo explícito, discriminación racial, desorden alimenticio…,  Hace décadas se solucionaba con dos simples rombos. Hoy, los espectadores debemos de ser más ignorantes cuando nos tienen que proteger así de tanto mal que nos acecha.

No ocurre solo con series o películas. Recordaba la semana pasada Antonio Muñoz Molina que en el mundo anglosajón era habitual colocar bajo el título de las novelas un aviso: A novel, Roman, Se intentaba así que el lector tuviera claro que lo que iba a leer era una trama novelesca.

Afortunadamente hoy en el mundo del libro hemos superado ese paternalismo. Estos días, se ha vuelto a hablar y a discutir sobre las novelas de no ficción, a propósito de la publicación de lo que ya se está convirtiendo en uno de los libros del año. Me refiero a «El hijo del chófer»,  de Jordi Amat. El autor cuenta, a modo de novela pero sin un dato inventado, la turbulenta historia del periodista Alfons Quintà y, de paso, la del proceso que llevó a Cataluña de la acomodaticia convivencia con el franquismo hasta el delirio independentista.  La editorial Tusquets ha incluido el libro –que en otro tiempo habríamos  considerado ensayo, documento o testimonio- en la colección Andanzas, junto a ficciones de Almudena Grandes, Luis Landero o Leonardo Padura.

Esa confusión de géneros no es más que un reflejo de un mundo en el que las cosas están poco claras. En el que la frontera entre verdad y mentira es cada vez más difusa. En el que que decir la verdad tiene graves consecuencias y mentir sale gratis. No hay más que comparar lo que algunos políticos dijeron ayer con lo que dicen hoy. O comprobar cómo los usuarios de Twitter, Facebook o WhatsApp comparten mensajes, aun sabiendo que son mentira, por el mero hecho de fortalecer sus convicciones o de dañar al contrario.

Hace casi cuatro siglos, Calderón ya se había percatado de que «tienen de su parte mucho poder las mentiras cuando parecen verdades». Y hace solo unas décadas Goebbels decía que «más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil».  En suma, que jugar a la verdad y a la mentira, cuando se convierten en armas, es peligroso porque, como es sabido, quien carga las armas es el mismísimo diablo.

(Artículo publicado en La Nueva España el 9 de diciembre de 2020)

España en 2021 y la ciencia ficción

DestacadoEspaña en 2021 y la ciencia ficción

Más allá del Negrón/ Mientras el resto de países se sume en la incertidumbre, el Gobierno afronta el futuro con un arriesgado optimismo

Juan Carlos Laviana

Hemos empezado muy pronto a pensar en el año que viene. Debe de ser por las ganas de que se termine este aciago 2020. Llegan las previsiones de la prestigiosa revista The Economist, biblia del mundo empresarial y la prospectiva, que habitualmente marcaban la agenda de lo que estaba por venir.  Esta vez, con un mundo sumido en la incertidumbre, lo han tenido más complicado. Sí, anuncian obviedades como que Biden tomará posesión, que Alemania tendrá un nuevo líder, que habrá un nuevo capítulo del culebrón del Brexit o que, si no pasa nada, se celebrarán los Juegos de Tokyo…  Pero la palabra clave del 2021 será Aftershock (réplica), es decir, cómo responderá el mundo al desafío económico, político y médico tras el shock de la pandemia.

En suma, que en las previsiones  para el año 21 hay pocas certezas: “Especulación sobre posibles escenarios y profecías provocadoras” son las palabras que utiliza el semanario británico. Y hay una angustiosa pregunta: ¿Qué vamos a hacer?  Estamos ante una enorme incertidumbre semejante a la metáfora anglosajona del elefante en la habitación. Es decir, una presencia apabullante e incómoda, que fingimos ignorar hablando de nimiedades. Por supuesto, el elefante en la habitación es, en este momento, el virus.

En España, parece que tenemos más claro cómo será nuestro 21. El presidente del Gobierno ya  ha dado, incluso,  el calendario de vacunación.  Personal y ancianos en residencias, sanitarios y discapacitados, de enero a marzo. De marzo a junio, otros grupos y así hasta vacunar a todos. Le ha faltado dar la cita, con el día y la hora, en el ambulatorio correspondiente.

No cabe duda de que a nuestro presidente le sobra ambición. No conformándose con tenerlo todo previsto para el año que viene, que ya estaría bien, nos ha sorprendido con un plan que llega hasta 2026. Es decir, más allá de las próximas elecciones, por lo que es de suponer que ya da por descontado que las ganará o que, en su defecto, quien las gane asumirá su plan.  Le ha puesto un título lo suficientemente neutro para que sirva en cualquiera de los supuestos y sea fácil de asumir por cualquiera: “La España que nos merecemos”. Si va bien, será porque ya era hora de que nos tocara algo bueno. Y si va mal, será porque no tenemos arreglo y nos tenemos bien merecido lo que nos pase.

El presidente se ha prodigado en hermosas frases plagadas de optimismo. “Hoy asistimos a un descenso significativo del nivel de contagio y tenemos la esperanza de doblegar la curva en poco tiempo”, proclama vaticinando la luz al final del túnel. Y añade en la misma línea: “Nos acercamos a la tercera y definitiva etapa para superar esta pandemia”.

Sorprende su confianza  en el mañana. De tanto pensar en el futuro, parece haber olvidado el pasado. Da la impresión de que ya no recuerda  que, en este mismo 2020,  el  domingo 8 de marzo no sabía qué iba a pasar el lunes 9. O que España, con su Gobierno a la cabeza, se fue de vacaciones en agosto sin tener prevista la segunda ola, que con tanta virulencia azota ahora a los asturianos. ¿Habrá una tercera? Por si acaso, mejor ser prudente.  Con los planes tan concretos de salida de la crisis el Gobierno da esperanza a la población, lo que es necesario, pero también da alas para que se lance a las calles como hizo el pasado fin de semana en la mayor parte de España.

El ser humano es como es. Tropieza dos veces en la misma piedra. Tiende a olvidar con facilidad lo malo y a ilusionarse con un porvenir en cuanto le dan el menor motivo. Es comprensible, es, como la propia palabra lo dice,  humano. Soñar es gratis y el ciudadano puede permitirse el lujo -uno de los pocos que le quedan- de soñar. Pero el Gobierno no puede, ni debe tomarse el futuro como si fuera ciencia ficción. Ojalá todo se cumpla y el mares 19 de enero, como ha anunciado con sorprendente precisión el ministro de Sanidad, se empiecen a ver ante los ambulatorios las primera colas de quienes se van a vacunar.

(Artículo publicado en LNE el 3 de diciembre de 2020)

Escarmentar con la pandemia

DestacadoEscarmentar con la pandemia

Más allá del Negrón/ El virus destruye tópicos: ni Asturias es el modelo sanitario, ni Madrid un desastre

Juan Carlos  Laviana

Cualquiera diría que el virus está jugando con nosotros. Hace nada, Asturias era casi casi zona libre de virus, el paraíso. Hace nada, era la muestra de que una sanidad pública potente  era garantía infalible contra la pandemia. Hace nada, recelaba de las hordas procedentes de las zonas más afectadas que la invadían y ponían en riesgo su salud.

Hace nada,  Madrid era la zona cero de la devastación pandémica, la capital europea de la segunda ola. Hace nada, las privatizaciones  en la sanidad habían provocado el ensañamiento de la pandemia con la capital. Hace nada, los madrileños eran como las bandas de leprosos, castigados por Dios por sus graves pecados, a los que nadie quería recibir.

Hoy, Asturias ha escalado en los rankings de casos por cien mil habitantes hasta posiciones vertiginosas. Hoy, nadie habla del modélico sistema sanitario de Asturias, desbordado por la situación  del paraíso ya convertido en purgatorio  Hoy, son los médicos y enfermeras asturianos los que protestan amargamente por su desprotección.

Hoy, Madrid canta victoria. Acabará cometiendo el mismo error que Sánchez cuando, allá por julio, proclamó inconsciente: “Hemos vencido al virus”. La presidenta Ayuso, crecida por los datos favorables, ha escrito al presidente Barbón ofreciéndole, no sin cierta sorna, la ayuda necesaria en estas circunstancias dramáticas para el Principado.  Le devolvía así las puyas lanzadas por el presidente asturiano, que se cebaba con la “privatización” de la sanidad en Madrid.

Hay algo de nuestro denostado sistema autonómico que no podemos negar que ha fallado estrepitosamente: la solidaridad entre las autonomías. El “España nos roba”, el “Madrid es un paraíso fiscal” o “el nacionalismo no es más que un capricho de ricos” son síntomas de un provincianismo de boina calada y de una asimetría mal llevada.  No es de extrañar que ante una crisis grave, la solidaridad brille por su ausencia.

¿Cuántos gobiernos regionales han acogido enfermos de otras autonomías? Lo lógico sería que quienes tengan una mejor situación sanitaria presten sus medios a los vecinos desbordados. Aquí no hemos visto, como en Francia, trenes-hospital trasladando enfermos de una comunidad a otra.

¿Cuántos gobiernos regionales se han apresurado a acoger a los inmigrantes  apiñados en Canarias? Ah, es un problema de ellos que han tenido la mala suerte de ser frontera con África. Más de 4.000 emigrantes llegados en pateras aguardan sin esperanza, repartidos en hoteles, no se sabe muy bien qué ¿No sería más lógico que cada autonomía asumiera su cuota?

¿Quién se acuerda de Ceuta y Melilla, con unas cifras de incidencia que doblan la media nacional?  Las dos ciudades repiten día tras día las primeras posiciones del fatídico ránking. ¿Han recibido ayuda sanitaria del resto de España? ¿Han podido trasladar enfermos a hospitales de las provincias menos colapsadas? Si se ha hecho, se ha llevado en secreto.

La pandemia plantea muchos interrogantes. Es un test de estrés para nuestro modelo sanitario, para nuestro modelo político,  para nuestro modelo autonómico y para nuestro modelo económico. Y todos los modelos demuestran una debilidad alarmante. Se dirá que nos servirá para aprender. Es dudoso. Si no aprendimos con la primera ola la pasada primavera, nada hace prever que vayamos a aprender ahora con la segunda, pero no la última.

Y en cuanto a lo económico,  ¿alguien ha dado una explicación convincente de por qué en Madrid con comercios, bares y restaurantes abiertos, la incidencia disminuye?  ¿No será que el problema no está en los bares?  Si les parece baladí, pregunten a los hosteleros y comerciantes arruinados de Asturias o de Cataluña a ver qué opinan cuando ven a sus colegas de Madrid con los establecimientos abiertos, mientras  ellos han tenido que cerrarlos.

Y esto no se ha acabado. El anuncio de una vacuna puede ser un espejismo peligroso. “De repente, esperanza”, titulaba “The Economist” sobre una imagen de un túnel al que la luz empezaba a iluminar. Las bolsas experimentan la mayor subida en diez años, nos han repetido por activa y por pasiva. Pero, cuidado, toca “desescalar” ordenadamente; siempre ha sido más difícil bajar que subir. Y toca, sobre todo,  escarmentar: la insolidaridad, la gresca y el triunfalismo no han sido buenos consejeros para luchar contra la enfermedad. Eso sí que está probado empíricamente.

(Artículo publicado en La Nueva España el 19 de noviembre de 2020)

Ahora os toca a vosotros

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Más allá del Negrón/ Las palabras de la portavoz del PSOE sobre “los mayores” denotan poco aprecio por la experiencia

Juan Carlos Laviana

“Yo siempre escucho atentamente a nuestros mayores, pero ahora nos toca a nosotros”. En el “pero” está el quid. Si la portavoz del PSOE se hubiera quedado en la primera afirmación, habría quedado como una reina. Perdón por la expresión si se interpreta como machista y/o monárquica.  Si uno escucha atentamente a sus mayores, no hay pero que valga. Los escucha y ya está. Se da por supuesto que la portavoz hará lo que le venga en gana. Sólo faltaría. Para eso ha sido votada por 184.602 asturianos y elegida por la actual, y muy joven, dirección de su partido, si exceptuamos a su presidenta Cistina Narbona (69).

Dada la muy envejecida población asturiana, es muy probable que entre los votantes de Lastra haya muchos de esos mayores a los que dice escuchar atentamente.  Si trasladamos la proporción –uno de cada cuatro asturianos tiene más de 65 años-, es de suponer que uno de cada cuatro votantes de Adriana Lastra sean, digamos, mayores. Salvo que todos los mayores –ya se sabe, nos volvemos conservadores con la edad- hayan votado a Foro, a Vox o a al PP, cosa que dudo. Me extrañaría mucho que, por ejemplo, nuestros ex presidentes socialistas vivos -Javier Fernández (72), Antonio Trevín (64), Juan Luis Rodríguez-Vigil (75) y Pedro de Silva (75)- dejaran de votar PSOE.

La expresión “nuestros mayores” lleva una carga explosiva. El eufemismo, que sustituye a viejo o anciano, se utiliza para referirse a aquellos carcamales ya un poco deteriorados, tal vez afectados por cierto grado de chochez, normalmente recluidos en residencias, a los que se les escucha las batallitas casi por caridad. Son esos vetustos personajes que ya no están en este mundo, ese mundo en el que “ahora nos toca a nosotros” gobernar.  ¿A qué edad se considera mayor a una persona? Se ha convenido que a los 65. Pero es tan elástico el término que, literalmente, mayor es alguien que tenga 42, un año más que Adriana, o unos meses más, como el presidente Barbón.

La ambigüedad del término mayor la ha constatado el presidente de la Sociedad Española de Geriatría, José Augusto García Navarro, al afirmar que  “la edad, en general, no es criterio para nada porque es biológica, no cronológica”.  Ya se pueden poner los académicos a buscar nuevos términos con los que  denominar las diferentes etapas de la vejez.

Porque si seguimos el criterio de los 65, ministros tan activos y tan productivos como Isabel Celaá (70), Manuel Castells (77), o Luis Planas, (68) formarían parte de esos “mayores” los que atentamente escucha Lastra, pero  no entrarían entre los elegidos de “ahora nos toca a nosotros”. Les pasaría lo mismo que, pongamos por ejemplo, a Felipe González (78) o a Juan Carlos Rodríguez Ibarra (72), que por edad no desentonarían mucho en el actual gabinete, que, de hecho, es el tercero más viejo de toda la democracia.

Probablemente el pecado de Adriana Lastra sea un pecado de juventud, divino tesoro. «Somos una nueva generación –ha añadido-, a la que le toca dirigir el país y la dirección del PSOE». Es fácil de entender. Quien más quien menos, en algún momento de su vida, ha formado parte de “la nueva generación” y ha empujado, con más o menos delicadeza, a sus mayores hacia la estantería de los jarrones chinos. Y, si no, que se lo pregunten a Felipe González, quien con 32 añitos envió a su secretario general, Rodolfo Llopis, a los anales de la historia.

Adriana Lastra tiene todo el derecho a reclamar que ahora le toca a ella. Sin duda. Pero debería tener en cuenta algo que la mayoría de los gobiernos olvidan. Se gobierna para todos, no solo para los nuestros. Y, con igual, criterio, se debe gobernar para los jóvenes, para los mayores y para los de mediana edad. Y todos ellos tienen derecho a que sus opiniones no ya solo sean escuchadas, sino atendidas.

Voltaire se preguntaba si hay alguien tan inteligente que pueda aprender de la experiencia de las demás. Adriana Lastra debiera recoger ese envite y ser tan inteligente como para aprovecharse de la experiencia de Felipe González, de Alfonso Guerra (80) o de Rodríguez Ibarra…  Lo malo no es que esos señores mayores compartan su experiencia, lo malo es que dijeran: “Ahora os toca a vosotros”. Ahí os quedáis.

(Artículo publicado en La Nueva España el 26 de noviembre de 2020)

Incapaces de pactar

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Más allá del Negrón/ La pandemia delata la incapacidad de la clase política para construir un frente común

Juan Carlos Laviana

Somos muy amigos de hacer las cosas a nuestra manera. No hay más que ver cómo se ha afrontado políticamente la pandemia. Gobierno y oposición han sido incapaces de alcanzar una estrategia común. Bastante tenían con entenderse entre ellos mismos. Cuando en algún remoto pueblo se alcanza un acuerdo entre todos los partidos para hacer frente a la crisis sanitaria, es noticia destacada del telediario lo que debía ser el pan nuestro de cada día.

Gregorio Marañón Bertrán de Lys es nieto del doctor Marañón,  preside con éxito el Teatro Real de Madrid y ha dedicado toda su vida a poner de acuerdo posturas enfrentadas. Lo ha hecho en el mundo de la política, en el de la gran empresa, en el de los medios de comunicación y en el de la cultura.  Su contribución a la convivencia de democristianos y socialdemócratas en la UCD, a la fusión de Canal Satélite Digital y Vía Digital o al reciente traslado de los restos de Franco fuera del Valle de los Caídos son solo tres muestras de su capacidad para llegar a acuerdos partiendo de posturas aparentemente contrapuestas. Los detalles de esas, y otras muchas, enmarañadas, espinosas y, con frecuencia tensas, conversaciones los recoge en las “Memorias de luz y niebla”, que acaba de publicar.

Es una rara avis de nuestra sociedad. No todo el mundo goza de la herencia de un abuelo que formó parte, con Ortega y nuestro Pérez de Ayala, del triunvirato de la bienintencionada Agrupación al Servicio de la República. Un abuelo que fue, además, uno de los máximos exponentes de lo que se dio en llamar la tercera España, “la silenciosa del interior”, que convivía bajo el franquismo con la oficial y la peregrina del exilio.

Escuchar al que opina diferente y “estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo” son algunas de las máximas que ha seguido en su vida el autor de las memorias. No es de extrañar, pues, que afirme tajante que  le “escandaliza la incapacidad de pactar”.

En el escenario político actual, marcado por el tono belicoso, intransigente y despectivo hacia el adversario, sus palabras, aparentemente cándidas y llenas de buenas intenciones, pueden servir de referencia. Su libro debería ser un manual para los políticos de hoy en día que sistemáticamente menosprecian los momentos históricos de mayor consenso para ensalzar aquellos  de confrontación más feroz.

La política actual consiste más en imponer que en consensuar. Se impone una ley sobre la transexualidad sin siquiera hablar con las personas que se verán afectadas. Se impone la supresión del español como lengua vehicular en Cataluña sin tener en cuenta a más de la mitad de la población catalana. Se impone una comisión contra las noticias falsas sin ni siquiera haber hablado con los editores, los más perjudicados, junto con los lectores, por la amenaza de la desinformación.

Por eso a nuestros políticos les gustan tanto las mayorías absolutas, que sirven para imponer sin rendir cuentas, para “dejar un país que no lo reconozca ni la madre que lo parió”, como ya proclamaba Alfonso Guerra tras la abrumadora mayoría de 1982. No en vano acabaron por conocerse esas mayorías como el “rodillo” que aplasta las ideas del contrario.

A nuestros políticos no se les caen de la boca expresiones como “mesa de diálogo”, “ronda de conversaciones” o “comisión negociadora”.  Son sólo palabras. En el Parlamento, no hay debate: unos exponen sus posiciones y los otros, las suyas. En las redes sociales, donde tanto les gusta encontrarse a los dirigentes, más que debate hay descalificaciones. Por no hablar de las reuniones que, tras mucho choque de codos, mucha sonrisa tras la mascarilla y mucha palmada en el corazón, no sirven para que los reunidos reafirmen sus propias posturas.

Es frecuente oír que los ciudadanos tenemos los dirigentes que nos merecemos. Y es probable que así sea, que los políticos se comporten como los españoles que describe Julio Camba,  “poco dados a pensar, pero si piensan, no hay otro pensamiento más que el suyo”. En cualquier caso, siempre es bueno recordar de Antonio Machado –uno de los pocos españoles sobre los que parecemos estar todos de acuerdo-, que aconsejaba: “Para dialogar, preguntad primero, después… escuchad.”

(Artículo publicado en La Nueva España el 12 de noviembre de 2020)

Destacado

Estado de confusión

Más allá del Negrón/ Divisiones administrativas complejas y mensajes contradictorios alimentan la incertidumbre por la pandemia


Juan Carlos Laviana

Ilustración de Pablo García para La Nueva España

El Fielato era el barrio que separaba El Entrego del resto del mundo. Cada vez que, siendo niño, atravesaba esa frontera me preguntaba a quién se le habría ocurrido un nombre tan gracioso para ese barrio. Tardé mucho en saber que El Fielato hacía referencia  al fiel de la balanza. Era la forma popular para llamar a unas casetas situadas entre los pueblos, en las que se cobraban los arbitrios. La denominación oficial era estación sanitaria, ya que, además de recaudar, en teoría se aseguraba de que no entraran alimentos en mal estado que pudieran dar lugar a epidemias.

Me acordé de los fielatos –desaparecidos en los 60 del pasado siglo- a propósito del lío que tenemos en Madrid –y me imagino que en el resto del país- a propósito de la pandemia. Somos parte de España, no en vano ostentamos la capitalidad.  Y también somos parte de esta nuestra comunidad. Pertenecemos al municipio de Madrid y nos regimos en ciertos ámbitos por las normas de la capital. El Ayuntamiento, a su vez, delega sus funciones en distritos; en mi caso, Chamartín, que asume parte de sus competencias. Y, cuando creía que esa era nuestra última instancia, aparece una nueva: la zona básica de salud. Por ejemplo, yo pertenezco a la denominada Potosí, la calle que da nombre al ambulatorio que me corresponde. A cada área sanitaria, según la incidencia de la enfermedad, se le aplican unas normas de comportamiento diferentes lo que provoca no pocos desconciertos.

No es infrecuente oír preguntas como ¿esto de quién es de la Comunidad o del Ayuntamiento? o ¿si vivo en la zona sanitaria de Los Alperchines puedo ir a ver a mi madre a la de Luis Vives? O ¿por qué yo, que vivo enfrente del colegio necesito justificante de movilidad y mi compañero de pupitre, que vive diez manzanas más allá, no?  Este verano me llamaba la atención cómo los parisinos se ponían y quitaban la mascarilla con sorprendente soltura, al cruzar ciertas calles, hasta que me fijé en unos carteles improvisados en las farolas en las que se advertía que a partir de ahí, precisamente ahí, era obligatorio su uso.

Vivimos en una permanente confusión debida a la descoordinación de los mensajes. Por si ya fuera poco lío la división administrativa, los políticos se encargan de avivar el fuego con mensajes contradictorios. Si uno dedica un día a oír las recomendaciones de Sánchez, Illa, Simón, Ayuso, Aguado (vicepresidente de la anterior), y Martínez-Almeida lo más probable es que acabe esquizofrénico o paralizado. Por contradecirse, hasta se contradicen Barbón y el ministro de Sanidad de Sánchez.

Son muchos los que aprovechan el momento para afirmar rotundamente que la pandemia ha demostrado el fracaso del Estado de las Autonomías. Yo soy de la opinión que las instituciones no fracasan, fracasan quienes las dirigen. Que habría que replantearse la actual administración territorial es evidente. Con  lo aprendido estos cuarenta años, algo tenemos que haber aprendido y mucho se podrá mejorar. Pero nunca es buen momento para abrir ese melón. Si no damos alas a los separatistas catalanes, se las damos a los vascos, cuando no a los dos. Y si no, podemos estar haciendo el juego a Vox, a quien le gustaría la vuelta a un férreo estado central, eso sí, cuando ellos gobiernen.

La comunicación de la pandemia ha sido un desastre. De ahí que se aplauda con fervor la claridad meridiana de los mensajes de Macron o de Merkel. Necesitamos líderes así, proclamamos desesperanzados. Siempre deseamos lo que no tenemos. Pero el virus, por desgracia, nos ha dibujado un mapa nuevo que no entiende nuestras divisiones artificiales.

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(Artículo publicado en La Nueva España el 5 de octubre de 2020)

¿Para quién escribimos?

«¿Cuándo fue la última vez que, tras leer un artículo, creyó que había sido escrito en exclusiva para usted?»

Artículo publicado The Objective (Opinión) el13 de junio de 2021

¿Para quién escribimos?
Foto: Andrew Neel| Unsplash

Juan Carlos Laviana

@j_c_laviana

La tecnificación del periodismo nos ha hecho olvidar lo esencial: Para quién escribimos. El destinatario de informaciones y opiniones se ha colectivizado. Ya no hablamos del lector, del oyente o del espectador, sino de la audiencia, un magma difícil de identificar, que trae de cabeza a la baqueteada profesión de periodista.

No hace tanto, en las redacciones se imponía una obsesión por identificar al lector, por individualizarlo, incluso por personificarlo. “Tú piensa que esto lo va a leer el de la cazalla a las seis de la mañana”. El de la cazalla madrugaba mucho. Con la legaña puesta y resucitado por el aguardiente, se encaminaba a la obra mientras se enfrentaba al periódico del día. Este perfil del lector se lo debemos a Alberto Otaño, histórico redactor jefe del Diario 16 verdadero, que diría Luis María Anson si alguna vez hubiera dirigido ese periódico. El de la cazalla hoy ya no existe. El de la cazalla con probabilidad se ha despertado esta mañana con el móvil y un desayuno más healthy.

En las redacciones fin de siglo también se recurría con frecuencia a la figura de la madre. «Piensa que esto tiene que entenderlo tu madre», nos decían a los imberbes. Tu madre. No tu padre, o tu hermano o tu amigo. Ese «tu madre» seguramente tendría hoy un componente machista, ya que se daba por supuesto que la madre era la que  tenía menos nivel intelectual en la familia. Y uno se imaginaba a su madre dejándose los cuernos, una vez más, para comprender lo que su hijo había escrito. Sin duda sería maravilloso –amor de madre-, pero a ella le interesaba cero.

La forma de conocer los intereses del lector en aquella época era complicada. Los instrumentos de medición eran del tipo de contar los escasos pasajeros del metro que leían nuestra cabecera. O de comprobar en el quiosco cómo bajaban, o se acumulaban, los montones de ejemplares. Las cifras reales tardaban semanas en contabilizarse, cuando llegaba la devolución y, entonces, ya era demasiado tarde para reaccionar.

Recuerdo con especial cariño cuando nos ofrecían pistas los ruteros, aquellos correcaminos que se jugaban la vida en sus furgonetas llevando ejemplares a todos los rincones del país. Poned en portada –nos decían- algo de lo que haya hablado Informe Semanal la noche del sábado y ya veréis cómo vendéis más los domingos. Dicho y hecho. Solución científica y mágica. Hoy no serviría, porque los periodistas ya no se relacionan con los ruteros. Y, como el Informe Semanal ya no lo ve casi nadie, habría que llevar a portada los detalles del documental «Rocío, contar la verdad para seguir viva».

Además, hoy en día da igual lo que se ponga en portada. Nadie compra un diario por la portada o entra por la home, como no se cansan de repetir los gurús, borrachos de estadísticas. El ansia de los viejos periodistas por colocar su tema en portada solo sirve para satisfacer su propio ego. Vivimos el periodismo sin portada, es decir, sin jerarquización, sin orden ni concierto. Ya no somos nosotros los que decidimos la portada, sino  las redes sociales con sus tendencias o los algoritmos de los motores de búsqueda. Se acabó el banquete de noticias servido por un amable camarero y ordenado de forma metódica: entrante, primero, segundo y postre. Ahora las noticias se devoran en forma de buffet. Arrojamos las noticias sobre una mesa y el comensal las toma como Dios le da a entender. Lo mismo da empezar con la sopa que con el postre. Al final, se le olvidará lo que ha comido, qué le ha gustado más o menos, y tendrá una digestión pesada en la que la mezcla del pepino del gazpacho  y el mascarpone del tiramisú provocará nefastos efectos en el tracto intestinal.

Todo ello ha provocado en el periodista de hoy un estado de confusión que le hace olvidar para quien escribe. Así que cada cual decide escribir para quien más le interesa. Hay quien escribe para sí mismo, pero para ello,  es necesario un prestigio al menos del tamaño del ego. Hay quien escribe para exaltar a sus adeptos, ratificándoles lo que ya piensan, Hay quien escribe para sublevar a sus enemigos en un vano intento de hacerles cambiar de opinión. Hay, cada vez más, quien escribe para Twitter, olvidándose de su propio medio y echando carnaza a la jauría con el afán de convertirse en tendencia, de que su firma sea la marca y no su cabecera.

Y luego está la legión que escribe para quien le manda. De forma habitual le suelen exigir que escriba para las máquinas. Máquinas que nos prometen audiencias descomunales. Máquinas que dicen saber lo que interesa a los lectores. Máquinas que ofrecen coloridos gráficos de temperatura, que nos diferencian las noticias frías de las calientes. Máquinas que deciden si nuestros artículos deben ser destacados, si los debemos titular en forma de pregunta, de listado o de acertijo. Máquinas que deciden hasta qué palabras deben contener los titulares.

Máquinas inteligentes que lo saben todo sobre la audiencia y nada sobre el lector. Por más que traten al lector de tú, como si le conocieran de toda la vida, por más que le digan en tono imperativo «qué debes ver», «qué debes leer», «qué debes saber», usted lector es consciente de que esos artículos no están dirigidos a usted. ¿Cuándo fue la última vez que, tras leer un artículo, creyó que había sido escrito en exclusiva para usted? «Parece que ha sido escrito pensando en mí», proclamamos cuando nos encontramos una perla tan preciada como escasa. Es la mayor satisfacción del lector ante un periódico y se la negamos.

A mí, como lector, me ofende que me traten como parte de una masa informe, de una audiencia. Si voy a pagar por un artículo, necesito saber que está escrito para mí, que al leerlo voy a formar parte de esa «conversación íntima» que tan bien definió Eça de Queirós. Y, como periodista, me gustaría poner cara y ojos a mi lector –mi madre, mi novia o el de la cazalla-, porque para noticias robotizadas sobra el periódico. El lector ya dispone del pantagruélico buffet de las redes sociales para atiborrarse hasta el empacho.

(Director de Nueva Revista. Escribe en La Nueva España, El Español y Zenda. Fue fundador y director adjunto de El Mundo. Autor de ‘Los chicos de la prensa’).

Cristóbal Halffter, el compositor que rompió el silencio musical del franquismo

OBITUARIO/ El también director falleció en Villafranca del Bierzo a los 91 años

Juan Carlos Laviana 24 mayo, 2021 13:17

El director y compositor con su esposa Marita al piano.

Son muchos los méritos artísticos de Cristóbal Halffter. Pero quizá el más importante sea el de haber roto el silencio musical en medio del páramo cultural franquista. La música clásica sufrió un arrinconamiento nacional, limitada a pequeños círculos, y un aislamiento internacional que Halffter fue capaz de interrumpir con su trabajo.

Sin su aportación sería imposible entender la decisiva Generación del 51, que no solo renovó el panorama musical español, sino que también lo abrió al mundo con la introducción de las técnicas musicales de la vanguardia, tales como el serialismo o el dodecafonismo. En dicha generación, hay que incluir nombres tan notables en nuestra música como Ramón BarceJosep SolerRomán AlísLuis de PabloCarmelo BernaolaJoan Guinjoan o Antón García Abril.

La música le venía dada a Cristóbal, por su apellido alemán y por su entorno familiar. Era sobrino de dos compositores de la anterior generación, decisivos en la historia musical española: Rodolfo (1900-1987), exiliado en México, y Ernesto (1905-1989), el gran discípulo de Manuel de Falla.

La vida de Cristóbal Halffter se vio truncada y marcada por la Guerra Civil. La contienda le sorprendió en Madrid con solo seis años. La familia en pleno se trasladó de inmediato a Alemania, entonces en pleno fervor del nacionalsocialismo. Se instaló en Baviera, donde el aún niño comenzó sus estudios musicales. Tres años después, acabado el fratricidio, volvieron a la desolada España, donde el franquismo apagaba cualquier rescoldo de libertad.

Creía, con Hegel, que la música es un un tipo de comunicación que supera toda verdad y toda filosofía

Cristóbal se aisló como pudo del entorno -sus referentes Manuel de Falla y su tío Rodolfo se encontraban en el exilio- y se dedicó al estudio, en el Conservatorio de Madrid y fuera de él, de la mano del muy influyente, pero también muy clásico maestro Conrado del Campo. Se graduó en 1951, año que precisamente da nombre a su generación.

Muy pronto se dedicó a la composición, combinando la tradición española con la vanguardia. Sus primeras obras denotan, según sus estudiosos, una influencia nacionalista, pero pronto evolucionó hacia un estilo más personal y novedoso con influencias de las corrientes de la época. Así mezclaba la atonalidad, el dodecafonismo, el serialismo, las músicas concreta y electrónica, pero sin olvidarse nunca de las formas clásicas.

La familia no perdió la relación con el exilio y en especial con su tío Rodolfo y con Manuel de Falla. Su otro tío, Ernesto, concluyó la obra inacabada del compositor gaditano, Atlántida. Aquel trabajo influyó mucho en el joven Cristóbal, y le animó a seguir indagando en la vanguardia, Así, el joven Halffter mostró gran interés por la Escuela de Viena –SchoenbergAlban Berg-, por Bartok, por Stravinski, a quien llegó a hacer de guía en una visita a Madrid del músico ruso. “Con don Conrado (el maestro del Conservatorio) no se podía hablar de estas cosas, yo los estudiaba por mi cuenta”, declaró años más tarde.

No dejó de estudiar y llegó a ser primero catedrático y luego director del Conservatorio, Su prestigio hizo que fuera nombrado incluso Consejero Nacional de Educación.

Consiguió becas para ampliar sus estudios en el extranjero, en Estados Unidos y en Alemania. Allí se empapó de las nuevas corrientes de la música, de las que la España de entonces se encontraba muy alejada. Comenzó su carrera internacional y pronto llegaron obras tan decisivas como la cantata Yes, speak out (con texto del escritor norteamericano Norman Corwin) para el XX aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. O Dortmund II, encargo para conmemorar la fundación de la ciudad alemana.

‘El arte –dejó dicho- siempre está hecho por un ser humano y es fruto de su sensibilidad. En cada obra está la impronta del momento en el que fue hecha. Por eso el arte por el arte no existe, sería inhumano’

La muerte es uno de los grandes temas en la obra de Cristóbal Halffter. Así queda patente en composiciones de los años setenta, donde da fe de su preocupación por el más allá: Llanto por las víctimas de la violencia (1971), Elegía a la muerte de tres poetas españoles (1975) y el Officium defunctuorum, estrenada en Les Invalides de París (1979).

La forma de entender la cultura como un todo y el afán por hacer llegar la música al gran público la manifestó componiendo, como muchos de su generación, música para el cine. A él se deben las bandas sonoras de películas tan importantes en la historia del cine español como El beso de Judas (Rafael Gil, 1954), Una muchachita de Valladolid (Luis César Amadori, 1958) o El extraño viaje (Fernando Fernán Gómez, 1964).

La literatura y el arte españoles también fueron una constante en la inspiración de su obra. En ella se puede seguir fácilmente la pista de Cervantes, Juan Ramón Jiménez (Platero y yo), Antonio MachadoMiguel Hernández (Elegía a la muerte de tres poetas españoles). Goya y sus Pinturas negras.

No fue hasta el año 2000 cuando Cristóbal Halffter se adentra en la ópera. Ese año presentó su Quijote en el Teatro Real de Madrid, con un montaje de Herbert Wernicke, libreto de Andrés Amorós y dirección de su hijo Pedro. A Cervantes siguió un encargo de la Ópera de Kiel, donde realizó en 2013 su último estreno, una obra basada en La novela del ajedrez, de Stefan Zweig. Sobre la narración del escritor austriaco dijo en una entrevista en el diario El País: “Esta es una obra que alerta sobre los fantasmas de Europa, sobre sus locuras colectivas, sobre el riesgo de aniquilación que Zweig contempló”, Su preocupación por la preservación de los derechos humanos fue una constante en su carrera.https://www.youtube.com/embed/-tsTkrp76tA

A partir de ahí, cambió su vida de forma radical. En 2014, mientras jugaba con sus nietos, se fracturó la pelvis. Se vio obligado a guardar reposo absoluto en una posición que le imposibilitaba escribir música, pero que no le impidió redactar su autobiografía, titulada Una vida para la música. En una entrevista concedida entonces a El Cultural, explicaba por qué creía, con Hegel, que la música es un tipo de comunicación que supera toda verdad y toda filosofía: “El hecho de que sea abstracta y no represente nada en concreto –argumentó- tiene el poder de absorberlo todo y de moverse en una esfera de la total abstracción a la que la filosofía ni llega ni tiene intención de llegar”.

Vivió esos años acompañado por su esposa, la pianista María Manuela Caro, muerta en 2017, encerrados ambos en su caserón Villafranca del Bierzo. Según cuentan los que le visitaron en esa época, el artista estaba concentrado con su partitura impoluta, rodeado de una ingente cantidad de plumas y frascos de tinta china. Dedicado, como podía, a su música con una minucia artesanal.

El crítico Arturo Reverter, uno de los especialistas que más ha profundizado en el trabajo de Halffter, definió de forma precisa las claves de su arte. “Toda su producción -escribió- ha venido delimitada por las mismas constantes: total libertad de concepto y de construcción en pos de pentagramas siempre sentidos, expresivos, que calibran con raro refinamiento el espectro sonoro, con ese lenguaje ya conocido y, diríamos, tradicional del maestro, lleno de fogonazos y de un lirismo atenazador cargado de amenazas”.

Pero nadie mejor que el propio Cristóbal Halffter para explicar su concepción humanista de la música. “El arte –dejó dicho como mensaje último- siempre está hecho por un ser humano y es fruto de su sensibilidad. En cada obra está la impronta del momento en el que fue hecha. Por eso el arte por el arte no existe, sería inhumano”.

Cristóbal Halffter nació en Madrid el 24 de marzo de 1930 y murió en Villafranca del Bierzo (León), el 23 de mayo de 2021 a los 91 años. Estuvo casado con María Manuela Caro hasta la muerte de ésta en 2017. Del matrimonio nacieron tres hijos: Pedro, Alonso y María.

(Artículo publicado en El Español el 24 de mayo de 2021)